Tema central

La migración de mujeres hondureñas y la crisis de los cuidados

La crisis humanitaria de menores migrantes no acompañados provenientes del triángulo norte de Centroamérica permite una aproximación al análisis de la migración de las mujeres desde la perspectiva de la crisis de los cuidados y con las categorías que aporta la economía feminista. La llamada «feminización de las migraciones» es un fenómeno que no se produce de manera aislada o al margen de la configuración de las «cadenas globales de cuidado». Y estas, a su vez, se generan a partir de la confluencia de dos crisis: la de reproducción social en los países de origen (pobreza, desempleo y violencia) y la del cuidado en los países de destino.

La migración de mujeres hondureñas y la crisis de los cuidados

El impacto diferenciado de la migración en la vida de las mujeres generalmente pasa inadvertido a pesar del incremento de estas en los flujos migratorios. Cuando se incorpora el enfoque de género, apenas se analizan los elementos superficiales más visibles o aquellos que despiertan mayor sensibilidad, como puede verse, por ejemplo, en un caso reciente que expuso la magnitud y gravedad del problema de la migración «ilegal» de niñas y niños provenientes del triángulo norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador) que viajaban solos hacia Estados Unidos. Las cifras varían dependiendo de la fuente: según el Departamento de Seguridad Nacional de EEUU, las patrullas fronterizas reportaron entre enero y agosto de 2014 la detención de 66.000 niñas y niños, cantidad que representa un incremento sustancial en comparación a los 38.759 niñas y niños detenidos en 20131.

La delegación especial nombrada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) manifestó su preocupación con respecto al trato que se les da a las familias, principalmente a las madres detenidas con niños y niñas menores de 18 años. El comunicado afirma que las familias que son interceptadas en una estación fronteriza o puerto de entrada son detenidas durante el periodo de su procesamiento migratorio, aun en los casos en que un oficial de asilo ha determinado que existe un temor creíble por los riesgos que viven sus padres. Además, se les niega a menudo la libertad bajo fianza, o el monto de la fianza es extremadamente elevado, y puede llegar a 15.000 dólares o incluso más2.

Los países de destino abordan la migración como problema de seguridad nacional. En los últimos años, se ha emitido una diversidad de leyes para gestionar y controlar la inmigración por encima de la normativa internacional que regula las migraciones como derecho humano fundamental. Una vez más, se evidencia que, en tiempos de globalización del capitalismo, la migración humana, más que un derecho, es un privilegio supeditado al acceso a recursos económicos, pero, además, sujeto a otros criterios de discriminación por razones de raza, nacionalidad, sexo, clase social o edad.

Del tratamiento dado a la llamada «crisis humanitaria de menores migrantes no acompañados» provenientes del triángulo norte de Centroamérica se desprende que, para las autoridades estadounidenses, los niños y niñas migrantes son una especie de pequeños «sujetos burbuja» que aparecieron de la nada sin ningún vínculo o dependencia familiar. La congresista demócrata por el estado de California Nancy Pelosi subrayó la importancia de aprobar una reforma migratoria y aseguró que esta crisis tiene que ser tratada con «alma», para respetar la dignidad y el valor de los menores. Otro congresista, también demócrata, añadió: «Este país tiene que saber que está tratando con niños» y destacó la valentía de estos menores, que espera que en el futuro sean abogados, médicos o ingenieros3.

Las mujeres y madres de estos menores, que en muchos casos viajaban con ellos o los esperaban en EEUU, han sido invisibilizadas. Se trata de una especie de versión infantil del llamado «trabajador champiñón»4, concepto con el que la economía feminista se refiere al modelo normativo de autosuficiencia e independencia del sujeto en la economía remunerada productiva, que no está vinculado de ninguna manera a la economía no remunerada del mundo de los cuidados. En realidad, es todo lo contrario: los y las menores requieren de cuidados de los que no se hacen cargo el Estado, el mercado ni la sociedad en los países de origen y tampoco en los países de destino. Como ya lo han abordado los análisis feministas, la responsabilidad del cuidado es sostenida casi de manera exclusiva por las mujeres, a quienes la sociedad patriarcal y el sistema económico dominante les han delegado el sostenimiento del mundo de los cuidados de manera naturalizada y gratuita. ¿Cómo se explica entonces que se pueda prescindir de la vida de estas mujeres migrantes? ¿Por qué se invisibiliza por completo el rol que el mismo sistema les ha asignado como cuidadoras? ¿Cómo hemos llegado a supeditar la vida a las lógicas de acumulación capitalista, a punto tal que ciertas vidas se tornan irrelevantes?

Estas inquietudes no tienen cabida dentro de la economía clásica dominante: la división artificial entre la economía mercantil remunerada y la economía del cuidado no remunerada elimina a esta última del análisis, la vuelve irrelevante y oculta el hecho de que la primera, es decir, la economía mal llamada «productiva», es parasitaria de la segunda, de la economía reproductiva. Pero sobre todo, oculta la violencia implícita en esta relación. La imposición de la lógica del beneficio económico como único criterio de validez de la economía y la reducción del ser humano a la dimensión de homo oeconomicus no solo empobrecen la vida, sino que atentan contra su reproducción y sostenimiento. Esta lógica supedita al beneficio los criterios de qué tipo de vida merece la pena ser vivida y, por tanto, protegida por el sistema, y cuáles son vidas carentes de valor, como las vidas de las mujeres migrantes que, cuando no responden a la demanda de mano de obra y tampoco disponen de capital para invertir, se vuelven irrelevantes y por lo tanto pueden ser violentadas sin ninguna consecuencia, pese a la abundante normativa generada supuestamente para protegerlas.

Desde los supuestos epistemológicos de esta economía dominante que ha impuesto sus lógicas y códigos a la política y a los demás sistemas de la sociedad, no se cuestiona la deshumanización que provoca la economía capitalista, sobre todo en esta etapa de fundamentalismo de mercado. La economía feminista, en cambio, pone al descubierto estas dinámicas esencialmente violentas, las cuestiona y expone de manera contundente el carácter biocida del capitalismo heteropatriacal que elimina la vida de la esfera de lo público y, por lo tanto, de las responsabilidades del Estado y de la sociedad, sometiéndola a la lógica del mercado como cualquier otra mercancía.