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La migración de mujeres hondureñas y la crisis de los cuidados

La crisis humanitaria de menores migrantes no acompañados provenientes del triángulo norte de Centroamérica permite una aproximación al análisis de la migración de las mujeres desde la perspectiva de la crisis de los cuidados y con las categorías que aporta la economía feminista. La llamada «feminización de las migraciones» es un fenómeno que no se produce de manera aislada o al margen de la configuración de las «cadenas globales de cuidado». Y estas, a su vez, se generan a partir de la confluencia de dos crisis: la de reproducción social en los países de origen (pobreza, desempleo y violencia) y la del cuidado en los países de destino.

Marzo - Abril 2015
La migración de mujeres hondureñas y la crisis de los cuidados

El impacto diferenciado de la migración en la vida de las mujeres generalmente pasa inadvertido a pesar del incremento de estas en los flujos migratorios. Cuando se incorpora el enfoque de género, apenas se analizan los elementos superficiales más visibles o aquellos que despiertan mayor sensibilidad, como puede verse, por ejemplo, en un caso reciente que expuso la magnitud y gravedad del problema de la migración «ilegal» de niñas y niños provenientes del triángulo norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador) que viajaban solos hacia Estados Unidos. Las cifras varían dependiendo de la fuente: según el Departamento de Seguridad Nacional de EEUU, las patrullas fronterizas reportaron entre enero y agosto de 2014 la detención de 66.000 niñas y niños, cantidad que representa un incremento sustancial en comparación a los 38.759 niñas y niños detenidos en 20131.

La delegación especial nombrada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) manifestó su preocupación con respecto al trato que se les da a las familias, principalmente a las madres detenidas con niños y niñas menores de 18 años. El comunicado afirma que las familias que son interceptadas en una estación fronteriza o puerto de entrada son detenidas durante el periodo de su procesamiento migratorio, aun en los casos en que un oficial de asilo ha determinado que existe un temor creíble por los riesgos que viven sus padres. Además, se les niega a menudo la libertad bajo fianza, o el monto de la fianza es extremadamente elevado, y puede llegar a 15.000 dólares o incluso más2.

Los países de destino abordan la migración como problema de seguridad nacional. En los últimos años, se ha emitido una diversidad de leyes para gestionar y controlar la inmigración por encima de la normativa internacional que regula las migraciones como derecho humano fundamental. Una vez más, se evidencia que, en tiempos de globalización del capitalismo, la migración humana, más que un derecho, es un privilegio supeditado al acceso a recursos económicos, pero, además, sujeto a otros criterios de discriminación por razones de raza, nacionalidad, sexo, clase social o edad.

Del tratamiento dado a la llamada «crisis humanitaria de menores migrantes no acompañados» provenientes del triángulo norte de Centroamérica se desprende que, para las autoridades estadounidenses, los niños y niñas migrantes son una especie de pequeños «sujetos burbuja» que aparecieron de la nada sin ningún vínculo o dependencia familiar. La congresista demócrata por el estado de California Nancy Pelosi subrayó la importancia de aprobar una reforma migratoria y aseguró que esta crisis tiene que ser tratada con «alma», para respetar la dignidad y el valor de los menores. Otro congresista, también demócrata, añadió: «Este país tiene que saber que está tratando con niños» y destacó la valentía de estos menores, que espera que en el futuro sean abogados, médicos o ingenieros3.

Las mujeres y madres de estos menores, que en muchos casos viajaban con ellos o los esperaban en EEUU, han sido invisibilizadas. Se trata de una especie de versión infantil del llamado «trabajador champiñón»4, concepto con el que la economía feminista se refiere al modelo normativo de autosuficiencia e independencia del sujeto en la economía remunerada productiva, que no está vinculado de ninguna manera a la economía no remunerada del mundo de los cuidados. En realidad, es todo lo contrario: los y las menores requieren de cuidados de los que no se hacen cargo el Estado, el mercado ni la sociedad en los países de origen y tampoco en los países de destino. Como ya lo han abordado los análisis feministas, la responsabilidad del cuidado es sostenida casi de manera exclusiva por las mujeres, a quienes la sociedad patriarcal y el sistema económico dominante les han delegado el sostenimiento del mundo de los cuidados de manera naturalizada y gratuita. ¿Cómo se explica entonces que se pueda prescindir de la vida de estas mujeres migrantes? ¿Por qué se invisibiliza por completo el rol que el mismo sistema les ha asignado como cuidadoras? ¿Cómo hemos llegado a supeditar la vida a las lógicas de acumulación capitalista, a punto tal que ciertas vidas se tornan irrelevantes?

Estas inquietudes no tienen cabida dentro de la economía clásica dominante: la división artificial entre la economía mercantil remunerada y la economía del cuidado no remunerada elimina a esta última del análisis, la vuelve irrelevante y oculta el hecho de que la primera, es decir, la economía mal llamada «productiva», es parasitaria de la segunda, de la economía reproductiva. Pero sobre todo, oculta la violencia implícita en esta relación. La imposición de la lógica del beneficio económico como único criterio de validez de la economía y la reducción del ser humano a la dimensión de homo oeconomicus no solo empobrecen la vida, sino que atentan contra su reproducción y sostenimiento. Esta lógica supedita al beneficio los criterios de qué tipo de vida merece la pena ser vivida y, por tanto, protegida por el sistema, y cuáles son vidas carentes de valor, como las vidas de las mujeres migrantes que, cuando no responden a la demanda de mano de obra y tampoco disponen de capital para invertir, se vuelven irrelevantes y por lo tanto pueden ser violentadas sin ninguna consecuencia, pese a la abundante normativa generada supuestamente para protegerlas.

Desde los supuestos epistemológicos de esta economía dominante que ha impuesto sus lógicas y códigos a la política y a los demás sistemas de la sociedad, no se cuestiona la deshumanización que provoca la economía capitalista, sobre todo en esta etapa de fundamentalismo de mercado. La economía feminista, en cambio, pone al descubierto estas dinámicas esencialmente violentas, las cuestiona y expone de manera contundente el carácter biocida del capitalismo heteropatriacal que elimina la vida de la esfera de lo público y, por lo tanto, de las responsabilidades del Estado y de la sociedad, sometiéndola a la lógica del mercado como cualquier otra mercancía.

Esta mirada de las «niñas y niños champiñón» que prescinde de sus madres se podría entender como el correlato de una especie de deslocalización de las relaciones de parentesco, de la misma manera que se deslocaliza el capital transnacional siguiendo criterios de maximización de beneficios5. Por grotesco que nos pueda parecer, a juzgar por la evidencia, en esta deslocalización que fragmenta y desarticula las dinámicas familiares se niega o elimina la cercanía física característica del ámbito de cuidado, que depende del contacto material y afectivo y genera una especie de relación de interdependencia entre cuidadoras y dependientes; así se nos muestra una dimensión más del conflicto capital-vida que hace girar las vidas al servicio y en función de la acumulación capitalista.

Estrategias para enfrentar la crisis de los cuidados y el incremento de la migración de las mujeres

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) resalta que una de las tendencias más importantes de la migración en los últimos tiempos es el significativo incremento en la cantidad de mujeres que migran a través de rutas peligrosas que en el pasado solo eran utilizadas por hombres. A la par de este incremento en la migración de mujeres por diversas rutas y hacia tradicionales y nuevos destinos, se registra también un cambio en los motivos de la migración. El mismo organismo señala que tradicionalmente las mujeres viajaban, en general, acompañando a sus parejas o por razones de reunificación familiar, pero que, en las últimas décadas, las razones han cambiado: las mujeres migran de manera independiente, en muchos casos porque son las únicas proveedoras de la familia y enfrentan la responsabilidad de generar ingresos suficientes para sostenerla. Se profundiza así la llamada «feminización de las migraciones», un fenómeno no se produce de manera aislada o al margen de la configuración de las «cadenas globales de cuidado», que a su vez se generan a partir de la confluencia de dos crisis: la crisis de reproducción social en los países de origen (pobreza, desempleo y violencia) y la crisis del cuidado en los países de destino (incorporación laboral femenina, envejecimiento de la población y transformaciones en el mundo del empleo, como la flexibilización laboral)6. Esta crisis detona cuando se pone en evidencia la incapacidad social y política de garantizar el bienestar de amplios sectores de la población7.

Frente a esta crisis del cuidado, los países del Norte rico, lejos de promover una redistribución de las actividades relacionadas en la sociedad y las familias, o de detener la destrucción del Estado de Bienestar, que otrora asumió algunas responsabilidades a ese respecto, reaccionan con un incremento en la demanda de mano de obra barata, generalmente mujeres extranjeras que migran para hacerse cargo de los cuidados de dependientes de familias del Norte. De esta manera, se promueve la «internacionalización de los cuidados», a la par que se profundiza su privatización.

Dicha internacionalización también está cruzada por criterios de discriminación étnica, de nacionalidad, educación y clase social. Paradójicamente, a la vez que se registra un incremento en la demanda, proliferan discursos racistas y xenófobos que rechazan la migración extranjera, y con frecuencia se promueven imágenes de las mujeres migrantes como irresponsables con su maternidad, eternas embarazadas o cargadas de criaturas que no pueden mantener. Esa supuesta mayor natalidad incluso pondría en riesgo la identidad de la sociedad de acogida, tal como lo indican titulares como el del periódico La Vanguardia de Barcelona, en su edición del 27 de noviembre de 2008: «Los hijos de inmigrantes logran aumentar la natalidad a niveles de hace treinta años»8. Estas representaciones y debates similares fortalecen posiciones xenófobas y allanan el camino para una gestión de la migración desde la perspectiva de la seguridad nacional de los Estados, lo cual deriva en políticas migratorias ajenas a las necesidades humanas de las mujeres. Por el contrario, se reduce a estas a su dimensión de mano de obra, subsumida bajo la categoría abstracta de «inmigrantes», sin cuerpos sexuados, sin historia ni cultura pero, sobre todo, sin presente ni futuro: una mercancía más, sometida a las leyes de la oferta y la demanda del mercado, el mercado del cuidado, que no tiene el mismo estatuto del mercado de trabajo, tradicionalmente ocupado por hombres.

Aun cuando el sistema capitalista las reduzca a su condición de mano de obra barata, flexible y desechable, las mujeres migrantes que asumen estos cuidados, igual que las mujeres de los países de destino, tienen una vida afectiva y responsabilidades de cuidado en sus países de origen, generalmente son madres de varios hijos que deben dejar al cuidado de alguna mujer de su familia, remunerada o no, lo que produce una reasignación de cuidados entre mujeres. Con frecuencia se observa que las hijas y los hijos de las migrantes quedan al cuidado de las abuelas, hermanas, tías u otras mujeres cercanas a la familia.

En el marco de este proceso de feminización de las migraciones, no debería sorprendernos la explosión del fenómeno de migración de niñas y niños que cruzan las fronteras para reencontrarse con su familia o que son llevados por sus madres, quienes, obligadas por la situación de pobreza, desempleo o violencia de sus entornos, deciden migrar con ellos a pesar de los peligros de la ruta migratoria. No se ignora que pueden existir elementos coyunturales detonantes, pero siendo un fenómeno multicausal, explicarlo desde un solo punto de vista podría ocultar su complejidad.

En este caso, se argumenta que algunas leyes estadounidenses, como la Ley de Protección y Reautorización de Víctimas de Tráfico Humano, o la llamada Ley de Acción Diferida para Jóvenes Indocumentados (DACA, por sus siglas en inglés)9, pudieron haber sido malinterpretadas, generar un efecto llamada y finalmente haber contribuido al incremento del flujo migratorio de menores. Pero, sin descartar esta posibilidad de carácter coyuntural, un análisis con enfoque de género nos conduce a otras aproximaciones: desde la perspectiva de la economía feminista y de la crisis de los cuidados, se podría inferir que este incremento de la migración de menores podría ser el estallido de la crisis de los cuidados y también de las estrategias privilegiadas para enfrentar esa crisis, tanto en los países de origen como en los de destino.

Después de casi dos décadas de abundante migración de mujeres que en muchos casos se vieron obligadas a separarse de sus hijos, es comprensible que, ante el rumor de que pueden ingresar al país de destino sin separarse de ellos o finalmente tener la oportunidad de reunificarse con su familia en el país de acogida, se haya producido este incremento en la migración de menores, que no es nuevo: el escándalo social está dado por el aumento en tan poco tiempo, el peligro de la ruta migratoria y el trato recibido por parte de las autoridades del país de destino.

Diversos estudios se refieren al drama de las madres que enfrentan la separación de sus hijos e hijas. Las entrevistas a algunas de estas mujeres migrantes muestran que la decisión de migrar con los niños y las niñas o de reencontrarse en el país de destino no se puede entender al margen de un análisis desde la perspectiva de género y de otras aproximaciones a la economía, distintas de la economía hegemónica y hasta ahora ausentes en el debate de las migraciones.

Curiosamente, el discurso sobre la importancia de la familia, tan extendido en los países de origen como en los de destino, no se aplica para estas familias víctimas del modelo económico y de las lógicas de acumulación capitalista. La vehemencia con que madres e hijas apelan a los tomadores de decisiones, reflejada en este fragmento de discurso ante el Congreso estadounidense, parece insuficiente:

La hondureña Mayeli Hernández, una niña menuda, se quiebra al recordar lo que echaba de menos a su madre antes de poder reunirse con ella en EEUU. Viajó con su hermana de ocho años hace un año y pidió a los congresistas que los niños «no sean devueltos porque sus madres han sufrido mucho para traerlos aquí».10

Tendencias de la migración de mujeres hondureñas

En Honduras, desde mediados de la década de 2000 se evidenció un proceso de feminización de jefaturas de hogar, lo cual implica una importante reestructuración de la familia y de los roles históricamente asignados a las mujeres; esta tendencia se incrementó, según cifras del PNUD (2006) de 47% a 50% en 2005. El comportamiento de las cifras revela una línea de continuidad desde la feminización de la jefatura de hogar a la feminización de las migraciones: según la OIM, de los 100.000 hondureños que emigran del país cada año, 43% son mujeres, 50% son hombres y 7%, menores11.

Estas tendencias se confirman en un informe oficial del gobierno de Honduras referido a la emergencia humanitaria derivada de la gran cantidad de unidades familiares, así como niñas, niños y adolescentes no acompañados, muchos de los cuales permanecen en centros de detención en ciudades fronterizas de EEUU. Se calcula que estos menores sobrepasan los 14.000 niños y niñas. Dicho informe señala:

la niñez sigue siendo afectada por la migración, ya que los adultos migran a otros países y estos quedan a cargo de sus abuelos, familiares o personas conocidas, los que son enviados a otros países para el reencuentro con sus padres o familiares y que nunca llegan a su destino final, porque son enviados de regreso a nuestro país.12

Entre sus principales hallazgos, este informe revela que 98% de las niñas y los niños no acompañados detenidos o retornados viajaban por motivo de reunificación familiar; sostiene que una de cada cuatro personas era menor de 18 años y reconoce la tendencia al alza en las estadísticas de entrada de menores de 18 años no acompañados, de los cuales 60% son niños y 40%, niñas. También refiere a un alto porcentaje de madres adolescentes, algunas que viajan con sus hijos13, y describe los abusos a los que son sometidas estas madres y sus hijos.Al respecto, el relator especial sobre los Derechos de los Migrantes de la CIDH señaló:

Estamos ante una crisis humanitaria que comprende cifras récord de niñas y niños migrantes en la frontera sur de los Estados Unidos (…). Hemos podido ver cómo nuestros niños están muriendo o siendo víctimas de diversas formas de violencia en muchas partes de la región (…). Esta situación es una bomba de tiempo y requiere que los Estados garanticen el derecho a migrar, el derecho a buscar y recibir asilo, el principio y el derecho de no devolución y el derecho a no ser forzado a migrar.14

El derecho a no verse obligadas a migrar, en el caso de las mujeres hondureñas, pasa por revertir muchas situaciones que precarizan sus vidas, comenzando por los elevados índices de violencia de género y la impunidad que la reproduce. Según datos del Observatorio de la Violencia de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, de enero a diciembre de 2014 se registraron 531 muertes violentas de mujeres y femicidios, cifra ligeramente inferior a las 636 de 2013, lo que representa una tasa de 12 por cada 100.000 habitantes mujeres15. De hecho, en las entrevistas hechas a las mujeres retornadas, muchas afirman haber emigrado a raíz de la violencia16.

La violencia, unida a otros factores de victimización objetivos y subjetivos, deriva en una alta percepción de inseguridad que afecta mayormente a las mujeres17. La principal causa de inseguridad, según diversos estudios, es la difícil situación económica que, de acuerdo con la Comisión Económica para América Latina (Cepal), ha sumergido en la pobreza a 70,5% de la población hondureña18. Las estrategias para sobrevivir a esta crisis multidimensional y sostener la vida también se han feminizado, puesto que el ajuste final se da en los hogares, y son por lo menos cuatro: a) «economía de rebusque», consistente en una intensificación y multiplicación de los trabajos en la búsqueda de nuevas fuentes de ingreso; b) profundización de la economía invisibilizada mediante el traslado de costos hacia el trabajo no remunerado; c) la «economía de retales» (retazos), que expande las fronteras del hogar para poner en común y optimizar recursos y trabajos, y d) la migración y los hogares transnacionales, o la estrategia de expansión global19.

En economías como la hondureña, esta última estrategia prevalece y es vista por muchas mujeres como la única opción después de haber intentado las tres anteriores, combinadas a veces con el trabajo remunerado pero precario que desempeñan fuera del hogar, principalmente mujeres jóvenes en las llamadas «maquilas». Esta fue la estrategia privilegiada para generar empleo desde principios de los años 90, pero no ha resuelto la crisis; al contrario, ha precarizado aún más la vida de las mujeres20. Primero fueron maquilas de industria textil, posteriormente, el traslado de esta modalidad a otros rubros, y así las formas de explotación laboral se fueron extendiendo a otros sectores, como producción de frutas, vegetales y productos del mar. Si bien esta ha sido una opción para generar ingresos para numerosas mujeres, no compensa las condiciones precarias de trabajo y tampoco es suficiente para superar la pobreza, por lo que muchas ven en la migración la única alternativa para superar la crisis.

Esta realidad es evidente en el caso de Angélica Gálvez (31 años), migrante hondureña retornada, madre soltera de cuatro hijos con edades de quince, ocho, seis y tres años, originaria del norte de Honduras. En una entrevista afirma que, frustrada ante la crisis económica y la falta de empleo, emprendió la ruta migratoria hacia EEUU acompañada por su hija de seis años. Así resume su experiencia:

«Viajamos en el tren, nos tocó dormir en el monte, hasta pedir dinero; es muy duro, y llegar allá y sin que nos dieran una oportunidad», expresó Angélica, quien junto a su pequeña estuvo 27 días detenida. Salió con su hija con la esperanza del sueño americano, dejando Honduras el 27 de mayo y fueron capturadas el 28 de junio. «Nos cruzamos el río, caminamos mucho y Migración nos agarró. Nos trataron mal y nos ofendieron», relató esta hondureña, «Fue una experiencia terrible. (…) No tengo esperanzas, no veo posibilidades. El Gobierno me ofreció trabajo pero no creo que será posible, si nunca nos lo han dado dudo que ahora sí. Tuvimos que ir hasta allá para que nos tomaran en cuenta».21En efecto, ahora el gobierno hondureño las ha tomado en cuenta, o más bien las ha contado para utilizar esas cifras y gestionar «ayuda» ante el gobierno de EEUU. La salida encontrada a la crisis humanitaria es la profundización de las políticas neoliberales de privatización, mercantilización y entrega de recursos naturales y bienes comunes contemplada en la llamada «Alianza para la Prosperidad del Triángulo Norte»22, que lejos de disminuir el problema lo agravará, debido a sus efectos de despojo y precarización de la vida de la población pero, fundamentalmente, de la vida de las mujeres.