Coyuntura

La izquierda mexicana tras la derrota

La izquierda mexicana no ha debatido a fondo las razones de su derrota en las elecciones presidenciales de 2006. Su candidato, Andrés Manuel López Obrador, presentó un programa que difícilmente podría ser considerado de izquierda, pero lo hizo con una actitud muy ruda, que alejó a los sectores más moderados y se sumó al falso idealismo de su partido, que se resiste a avanzar en acuerdos con la derecha democrática, si bien no se ha privado de cerrar alianzas oportunistas con el PRI. Sumida en un sentimentalismo testarudo, gran parte de la izquierda ha tendido a abandonar uno de sus ejes fundamentales, la igualdad, y a reemplazar la discusión de proyectos por las pasiones. Para evitar la extinción, la izquierda debería explorar la confluencia de las tradiciones socialista y liberal, que sigue siendo un terreno fértil para nuevas ideas.

La izquierda mexicana tras la derrota

El 2 de julio de 2006, la elite política e intelectual asociada a Andrés Manuel López Obrador estaba absolutamente segura de que su candidato ganaría las elecciones holgadamente. El hecho de haber perdido por muy pocos votos, menos de un cuarto de millón, generó una gran frustración y un enorme desconcierto. Era evidente que un granito de sensatez en la campaña hubiese bastado para ganar. Si no se hubiese insultado al presidente llamándolo «chachalaca»... Si los voceros del candidato hubiesen sido menos arrogantes... Si se hubiese tenido una actitud más razonable ante la clase media y los empresarios... Si el equipo de López Obrador hubiese sido más de izquierda y no hubiese estado integrado por tantos priístas oportunistas reciclados... En fin, si se hubiese hecho una campaña más inteligente y menos agresiva, se habría ganado la Presidencia.

López Obrador fabricó una mezcla incongruente que acabó en un cóctel fatal. Presentó un programa que difícilmente podría ser considerado de izquierda, pero lo hizo con una actitud muy ruda. La combinación de blandura y dureza –de mansedumbre y terquedad– fue catastrófica. Ideas blandas en una cabeza dura no podían dar un buen resultado.

Pero no quiero decir con esto que el fracaso se deba a la personalidad del candidato. Creo que estas paradojas obedecen a un problema más vasto. Durante muchos años, especialmente después del derrumbe del bloque socialista, la izquierda ha sufrido un lento proceso de sustitución de las ideas por los sentimientos. Las ideas han ido retrocediendo ante las pasiones. Como el corpus ideológico tradicional era cada vez más incapaz de ilustrar el camino, se acudía cada vez más a recursos sentimentales. De esa manera, para justificar las carencias ideológicas, se apelaba a los sentimientos nacionalistas, a las fobias contra los países ricos y al amor por los agraviados o desposeídos. Si el marxismo en sus diversas variantes no servía ya para entender el mundo, se acudía a las emociones. No es un recurso desconocido: la derecha con frecuencia ha usado los sentimientos religiosos para compensar sus carencias y vaciedades.

Estos procesos son dañinos porque desgastan y llevan a las fuerzas políticas a condiciones peligrosas. De allí surge el odio contra los adversarios, que son vistos como enemigos. Es cierto que también asoman los sollozos de los políticos acongojados por la espantosa situación de los pobres y los miserables. Aparecen, igualmente, el amor por el líder carismático y las envidias más bajas. Las lágrimas ocultan la falta de ideas y el puño colérico sustituye la radicalidad perdida. Todo ello se concentró en la campaña electoral de López Obrador, quien por ello mismo se enajenó el apoyo de muy diversas corrientes de izquierda, que comprobaban con alarma la deriva oportunista del caudillo. Los nuevos intelectuales orgánicos señalaron a los culpables del fracaso. López Obrador había perdido porque los radicales, los cardenistas y los socialdemócratas no lo habían apoyado. La escritora Elena Poniatowska fue muy clara: al referirse al subcomandante Marcos, a Cuauhtémoc Cárdenas y a Patricia Mercado, declaró: «Si estos tres personajes se hubieran sumado, si no se hubieran echado para atrás, no habría la menor duda del triunfo de López Obrador, pero no lo hicieron por envidia». Así, habrían sido los sentimientos –la envidia y no las ideas– los que desviaron los pocos votos que faltaban. En realidad, lo que ocurrió fue que el candidato del Partido de la Revolución Democrática (PRD) fue incapaz de lograr el apoyo de estas tres importantes corrientes de la izquierda, en buena medida debido a que había presentado un programa político completamente incoloro. Y, además, había preferido aliarse a grupos oportunistas del Partido Revolucionario Institucional (PRI), como en Chiapas, y a ex-funcionarios del antiguo régimen, especialmente ex-salinistas.

Sinrazones de una derrota

Es alarmante que hayan sido intelectuales, supuestamente encargados de la generación de ideas y razones, quienes auspiciaron una inclinación creciente por los sentimientos, las emociones y las pasiones. Quiero poner otro ejemplo, una declaración sintomática formulada por un miembro conocido del PRD, el novelista Paco Ignacio Taibo II, durante una entrevista en la que se le preguntó por Octavio Paz. «No tengo ninguna empatía con Octavio Paz, al contrario. Tengo absoluto odio. Paz me parece uno de los grandes gángsters intelectuales de este país.»

Expresiones como ésta revelan que algo se ha torcido en las corrientes de la izquierda. En lugar de hacer lo más sensato –revisar las ideas–, la izquierda que sigue a López Obrador, ante la crisis, ha tejido un manto sentimental de odios y amores para justificar su derrota. Y el populismo ha sido el mejor caldo de cultivo para estas peculiares reacciones. Al olvido de la razón se agrega el abandono de la cultura política democrática, aquella que implica, además de aceptar los mecanismos electorales de representación, el ejercicio de una actitud tolerante y negociadora. Acaso uno de los síntomas más evidentes de esta situación son las convenciones que convoca López Obrador en el Zócalo, donde sus decisiones se aprueban a mano alzada. La política democrática de los partidos modernos suele ser exitosa cuando admite los pactos, las coaliciones y los acuerdos con otras fuerzas políticas. Desgraciadamente, la derecha mexicana parece tener un equivalente a esa «arma secreta» con la que siempre han contado los partidos de la derecha de Israel: el rechazo sistemático de las elites árabes. Ante cada iniciativa de paz que implique la cesión tanto de parte de palestinos como de israelíes (como los acuerdos de Oslo), la derecha israelí cuenta con la intransigencia de los gobiernos árabes. De la misma manera, la derecha mexicana tiene su «arma secreta» en el rechazo de López Obrador a toda negociación. Esta «arma secreta», hay que decirlo, funciona desde hace varios años gracias a la arraigada resistencia del PRD a toda forma de acuerdo, una alergia a los pactos que obliga a realizar las inevitables negociaciones a escondidas, con graves y escandalosas consecuencias cuando se descubren. Y que arroja resultados nefastos para la izquierda, especialmente cuando se conocen alianzas tan abierta y obviamente oportunistas como las que se concretaron en Chiapas, Hidalgo y Tabasco, donde el PRD apoyó a los candidatos priístas a la gubernatura y al Senado.