Tema central

La euforia del guardabosque

La casa de Luis Rodríguez Olmo tiene ese aire excéntrico; ahí se destaca, en el antiguo barrio cangrejero, algo emblemáticamente. Localizada entre la avenida Ponce de León y la Fernández Juncos, a la altura de la parada dieciocho y media, se me describió, con algún énfasis, como «la casa de las bolas» en la calle Figueroa. Se puede entrever la antigua distinción: a la segunda planta sube una escalinata con esas bolas -parecen de boliche, no de béisbol- que ornamentan el pasamanos. La construcción en concreto armado incita la memoria, es el detalle en que la época pasada aún se señala; no se trata de la obra maestra de un arquitecto sino de la feliz concepción de un maestro de obras. El trabajo en cemento tiene ese as- pecto funcional -con alardes «ornamentales» aunque no arquitectónicos- de las casas de concreto de hace 50 años. Se respira la época de mi in- fancia. La casa de los años 50 con distinción hoy está en un barrio venido a menos, ocupado por la emigración dominicana.

La euforia del guardabosque