Tema central

La democracia participativa y la izquierda latinoamericana

La creación de diferentes mecanismos de participación popular fue una de las grandes innovaciones de los partidos de izquierda y centroizquierda que gestionaron ciudades latinoamericanas durante los 80 y 90. El presupuesto participativo impulsado por el Partido de los Trabajadores (pt) en Porto Alegre ganó fama mundial y se extendió por toda la región. Sin embargo, una vez que llegaron al gobierno nacional, estos mismos partidos descartaron los mecanismos participativos y el objetivo de construir una democracia profunda. El artículo analiza los casos del pt en Brasil, el Frente Amplio en Uruguay y el chavismo en Venezuela y los motivos por los cuales las instancias participativas han sido reemplazadas por visiones más corporativas o, en el caso venezolano, más cercanas a la izquierda ortodoxa.

La democracia participativa y la izquierda latinoamericana

Introducción

Desde el final de los 70 hasta el comienzo de los 90, muchos partidos políticos de la izquierda latinoamericana se transformaron ideológicamente. En vez de negar la importancia de las instituciones democráticas, como solían hacer en el pasado, comenzaron a repensar la democracia e hicieron de su «profundización» o «radicalización» su meta principal (Roberts). El Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil, la Izquierda Unida (IU) en Perú, el Frente Amplio (FA) en Uruguay y La Causa Radical (LCR) en Venezuela propusieron como mecanismo clave para alcanzar una democracia más profunda la participación popular directa en las tomas de decisiones de gobierno (Chavez /Goldfrank). Fue así como la izquierda empezó a implementar nuevas instituciones participativas en gobiernos locales.

En algunos casos, como el del presupuesto participativo creado por el PT, estas instituciones ganaron fama nacional e internacional, incluso en un momento en que los analistas se mostraban pesimistas con respecto a la calidad de las democracias latinoamericanas. A finales del siglo XX, cuando los partidos de izquierda o centroizquierda comenzaron a ganar las elecciones nacionales, se especuló con que los nuevos gobiernos trasladarían los esfuerzos de democracia participativa realizados en el orden local al ámbito nacional. Las campañas presidenciales de Luiz Inácio Lula da Silva, Hugo Chávez y Tabaré Vázquez estimularon esas expectativas, que sin embargo no se han cumplido. Es más: aunque la práctica del presupuesto participativo se ha diseminado por toda la región (e incluso más allá), ha perdido su contenido ideológico original. Hoy, las organizaciones que promueven el desarrollo y los partidos políticos de casi todo el espectro ideológico han aprovechado estas experiencias de «buen gobierno local» y las han hecho suyas.

Este ensayo intenta identificar los nuevos patrones de prácticas participativas que están emergiendo en el orden nacional sobre la base de dos tendencias características de este nuevo siglo: la llegada de partidos de izquierda o centroizquierda al gobierno nacional en muchos países y la creciente fama del presupuesto participativo. En la primera parte se reseñan los debates acerca de la participación ciudadana en los gobiernos locales. En la segunda, se describe la multiplicación de experiencias de presupuesto participativo y se presenta una clasificación de estas. En la tercera parte del ensayo se examinan los casos de Venezuela, Brasil y Uruguay, y se presentan algunas hipótesis para explicar por qué los gobiernos de Chávez, Lula y Vázquez han cambiado el enfoque y han dejado atrás los principios de democracia profunda que antes los motivaban. En Brasil y Uruguay la idea de democracia profunda ha sido reemplazada por el corporativismo, con un nuevo énfasis en las ONG en el caso brasileño y con la incorporación de un componente rural en el caso uruguayo. Solo en Venezuela quedan algunos rastros de la perspectiva de democracia profunda. Sin embargo, el panorama es difícil de analizar allí debido a la variedad de programas que empiezan y terminan y a las discusiones acaloradas dentro del chavismo sobre los objetivos de estos programas. La idea que recorre este artículo es que, para entender los nuevos patrones de participación que prevalecen en la región, es necesario retomar el viejo debate, que nunca ha sido resuelto por la izquierda, acerca de la relación entre democracia participativa y democracia representativa.

La democracia participativa local, en debate

Hasta hace pocos años, los discursos y debates dentro de la izquierda latinoamericana giraban alrededor de la tensión entre reforma o revolución, partidos o guerrillas, política parlamentaria o activismo social, democracia social o socialismo. No obstante, como parte de una nueva valoración de la democracia por parte de la izquierda luego de las dictaduras militares de los 60 y 70, comenzó a enfatizarse cada vez más la participación ciudadana o popular. Este discurso participativo tenía un enfoque local. Los partidos de izquierda, aunque no pudieron ganar la Presidencia durante los 80 y buena parte de los 90, sí lograron éxitos en las elecciones municipales, especialmente en las grandes ciudades e incluso en algunas capitales (Chavez/Goldfrank; Fox; Goldfrank/Schrank; Stolowicz).

La llegada de la izquierda al poder local no se dio en todos lados ni del mismo modo. Se verificó de manera desigual y experimentó muchas reversiones. Comenzó con el triunfo de la IU en Lima en 1983, continuó con las victorias del PT en Diadema y Fortaleza en los 80 y, después, en decenas de ciudades brasileñas. En 1989, el FA obtuvo la intendencia de Montevideo, casi al mismo tiempo que LCR se imponía en Caracas y Ciudad Guayana. En los 90, la ola izquierdista prosiguió con el triunfo del Partido de la Revolución Democrática (PRD) en México DF, el del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) en San Salvador y el del Polo Democrático Alternativo (PDA) en Bogotá, junto con las elecciones de alcaldes indígenas en Ecuador y Bolivia.

En algunas ciudades, sobre todo al principio, los partidos de izquierda debatieron el papel que tendría la participación local. La perspectiva ortodoxa fue perdiendo terreno progresivamente frente a una perspectiva de defensa de la democracia profunda. Al mismo tiempo, las voces conservadoras que se oponían a estas iniciativas fueron mermando y algunos grupos políticos de centro, con perspectivas más tecnocráticas, comenzaron a adoptar el discurso participativo.

Existían, y aún existen, diferentes visiones sobre la participación. La más importante de ellas puede sintetizarse en una pregunta fundamental: las nuevas instituciones participativas ¿deben complementar o reemplazar a las instituciones tradicionales de la democracia representativa, como los parlamentos? La izquierda ortodoxa consideraba que los gobiernos municipales debían ser utilizados para crear una situación de poder dual, de modo de enfrentar al gobierno nacional y acelerar la revolución. Según esta visión leninista, predominante en ciudades como Fortaleza en la segunda mitad de los 80, los programas de participación popular conformarían estructuras paralelas de poder o «embriones revolucionarios». Aunque casi nunca se especificaba cómo evolucionarían después, estaba claro que no se valoraban las instituciones representativas tradicionales.