Opinión

La Cumbre de Viena desde una perspectiva europea

América Latina y el Caribe no necesita cumplidos, sino un claro compromiso europeo con una alianza estratégica que le aporte ventajas perceptibles en las cuestiones concretas que se debaten, como en materia comercial y en el sector agropecuario: de importancia central para la región. La Cumbre de Viena deberá dar señales claras para llegar a un consenso en estos puntos, y posibilitar el rápido avance hacia la firma del acuerdo de asociación UE-Mercosur que, a su vez, dinamizará la Ronda de Doha.

La Cumbre de Viena desde una perspectiva europea

En pocos días se inicia en Viena la IV Cumbre Birregional de los jefes de estado y gobierno de América Latina, el Caribe (ALC) y la Unión Europea (UE). En este gigantesco evento diplomático se planteará la pregunta –al igual que hace dos años– de si realmente existe la asociación estratégica tantas veces proclamada, o si se trata de un mero deseo de los dirigentes, especialmente de los de este lado del Atlántico.

Más allá de todas las debilidades del proceso de cumbres birregionales ALC-UE, no hay que olvidarse que, al sumarse Rumania y Bulgaria, los países involucrados alcanzan ya sesenta. Y al estar representados alrededor de un tercio de los estados de las Naciones Unidas, se proyecta como el mayor foro birregional y constituye un enorme potencial de innovación que sería menester aprovechar.

El intenso diálogo político que se entablará en la Cumbre es de por sí valioso, aunque existe el riesgo de que termine en declaraciones de cierre sin mayores compromisos y acuerdos híbridos. Sin embargo, especialmente en Guadalajara, se evidenciaron acercamientos de posiciones entre ambas regiones frente a los desafíos globales (Corte Penal Internacional, rechazo de la pena de muerte, protección del sistema climático, desarme y no proliferación de armas de destrucción masiva, etc.)

Un futuro orden mundial multipolar requiere de actores regionales fuertes. En este sentido, ALC es nuestro más estrecho aliado. En los últimos años, la región adquirió una importancia creciente como actor internacional y viene realizando aportes significativos a la política estructural global en el contexto de la nueva arquitectura internacional, surgida del fin del conflicto Este-Oeste.

Un compromiso con América Latina y el Caribe

En las últimas décadas, Latinoamérica experimentó profundos cambios políticos, económicos y sociales. Se encuentra en una fase de transición histórica y sus dirigentes están en la búsqueda de opciones frente al modelo económico neoliberal. Al mismo tiempo necesitan superar problemas estructurales que Europa deberá considerar, y solidarizarse más de lo que lo ha hecho hasta ahora. Solo a través de mayores esfuerzos conjuntos se podrá enfrentar efectivamente los desafíos centrales: la consolidación democrática, la superación de la pobreza y la desigualdad social.

Por otra parte, a pesar de tener puntos de partida diferentes, los problemas que se plantea América Latina no son tan distintos a los europeos: ¿cuál es la articulación entre mercado y Estado benefactor que permitirá lograr un desarrollo sostenible y favorable desde el punto de vista social para las grandes mayorías? y ¿cuáles son los sistemas de seguridad social que derivan de esta articulación, cuál la política fiscal y qué instrumentos regulatorios se necesitarán?

ALC no necesita cumplidos, sino un claro compromiso europeo con una alianza estratégica que le aporte ventajas perceptibles en las cuestiones concretas que se debaten, como en materia comercial y en el sector agropecuario: de importancia central para la región (mayores cuotas, reducción de subsidios distorsivos a la exportación y eliminación de la progresividad arancelaria). La Cumbre de Viena deberá dar señales claras para llegar a un consenso en estos puntos, y posibilitar el rápido avance hacia la firma del acuerdo de asociación UE-Mercosur que, a su vez, dinamizará la Ronda de Doha.

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