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La crisis de la integración se juega en casa

La integración latinoamericana está en crisis. Aunque comenzó prácticamente al mismo tiempo que la europea, ha producido pocos avances, como demuestran los múltiples conflictos entre países que existen en la actualidad. El artículo argumenta que es necesario dejar de lado la tendencia a buscar culpables fuera de la región y encarar los propios problemas, entre los que sobresalen tres: el exceso de retórica, el nacionalismo y la falta de liderazgo. Además resulta urgente aclarar algunos puntos básicos: ¿una integración de Estados o de sociedades?, ¿una integración comercial o política?, ¿con qué instituciones? Si no se elaboran respuestas consensuadas a estas preguntas, parece difícil que la integración latinoamericana llegue a buen puerto.

La crisis de la integración se juega en casa

La integración latinoamericana atraviesa un prolongado periodo de parálisis o una crisis mayúscula, según cómo se mire y según cuán profundo y lapidario quiera ser el juicio. Si bien no hay problemas en el diagnóstico, sobre el que existe prácticamente unanimidad más allá de los mensajes políticamente correctos y bien intencionados, el consenso desaparece cuando se abordan las causas que explican esta parálisis. En el último tiempo, la discusión se ha centrado en por qué América Latina no se integra, en lugar de debatir para qué y cómo debe integrarse. Esta desviación analítica permite emitir mensajes optimistas, generalmente desde círculos cercanos a los gobiernos (especialmente el brasileño y el venezolano) y desde sus cajas de resonancia mediáticas. Por distintas razones, vinculadas básicamente a sus objetivos regionales y globales, los dos principales impulsores de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), Brasil y Venezuela, se empeñan en decir que las cosas van razonablemente bien y que quienes no comparten semejante juicio son agoreros o, incluso, defensores de posturas antilatinoamericanas.

Para reforzar la visión optimista se apela a un conjunto de argumentos, todos ciertos pero bastante peregrinos en relación con la cuestión de fondo: la no integración. Entre ellos, se destacan las menciones al prolongado periodo de democracia que vive América Latina, el crecimiento económico del último lustro (2004-2008), las posibilidades que brindan la energía o la infraestructura, las nuevas capacidades para resolver ciertos conflictos regionales o la mayor sintonía político-ideológica entre los gobiernos de la región (el famoso giro a la izquierda). Pese a su importancia y trascendencia, se trata de cuestiones periféricas a la integración, que no aluden a sus problemas centrales, vinculados al para qué y al cómo se debe integrar América Latina.

A la hora de buscar culpas y culpables, se nota un sesgo importante que lleva a mirar más hacia fuera que hacia dentro de América Latina. Es así como se suele acudir recurrentemente a elementos y presiones exógenas: cuando no es Estados Unidos el causante directo de tal desaguisado, se acusa a la Unión Europea (UE), como apuntó recientemente el presidente de Ecuador, Rafael Correa. Según su particular interpretación, la decisión de la Comisión Europea de negociar directamente con Colombia y Perú un tratado de asociación –en lugar de hacerlo con la Comunidad Andina de Naciones (CAN) en su conjunto– era un golpe mortal contra la integración regional. Pero ocurre que los europeos estaban, están, cansados, aunque por delicadeza no lo digan públicamente, de las contradicciones existentes en el seno de la CAN y de los obstáculos a la negociación que permanentemente impone Bolivia y también, aunque en menor medida, Ecuador. Y además sucede que los responsables directos de los problemas de la CAN son sus Estados miembros, las desavenencias entre ellos, las propuestas descabelladas de algunos y la salida de Venezuela.

La tentación de buscar más allá de las fronteras lo que en realidad son responsabilidades propias no es nueva. En su momento, la teoría de la dependencia fue el punto más alto de este tipo de análisis, algunos de cuyos contenidos hoy vuelven con fuerza renovada. En el caso de la integración regional, el razonamiento que se suele utilizar es sencillo pero eficaz: a EEUU, y a los demás poderosos del mundo, no les interesa una América Latina integrada y unida, y por eso aplican la macabra política del «divide y vencerás». Ya en su momento el nacimiento de Uruguay se explicó en estos términos, mediante la gráfica idea de la balcanización.

Aunque el proceso de integración en América Latina es prácticamente tan antiguo como el europeo, pues ambos se originaron tras la Segunda Guerra Mundial y comenzaron a despegar en la década del 50, los resultados de uno y otro son palmariamente diferentes. No se trata aquí de recalcar, de forma caricaturesca y una vez más, todo aquello de bueno que teóricamente tiene Europa y todo lo que tanto le falta a América Latina, sino de rastrear en la propia realidad latinoamericana los obstáculos, grandes y pequeños, que han impedido que la integración llegue a buen puerto.

Los tres obstáculos a la integración

Resulta muy complicado rastrear las causas del fracaso de la integración regional, ya que no estamos frente a un único proceso ni a un camino lineal. En los 50 años transcurridos desde el inicio de la integración latinoamericana, ha surgido un gran número de instituciones, cada una de ellas con sus siglas correspondientes. De hecho, la integración se ha convertido en una espesa sopa de letras y en un cúmulo de subprocesos, regionales y subregionales, que incluso se contradicen entre sí.

Aunque repetidamente se ponen de manifiesto las ventajas de la integración, rara vez se define de qué integración estamos hablando: ¿de una integración hemisférica o continental que recoja la herencia del panamericanismo (y ahí está, con todas sus limitaciones, el Área de Libre Comercio de las Américas, ALCA)? ¿De la integración latinoamericana (con instituciones antiguas, como la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio, Alalc, u otras más modernas, del tipo Asociación Latinoamericana de Integración, Aladi)? ¿De integraciones subregionales (Mercosur, CAN, Sistema de la Integración Centroamericana, SICA) o de la integración sudamericana (primero con la Comunidad Sudamericana de Naciones, CSN, y luego con la Unasur)? ¿De integraciones comerciales en torno de tratados de libre comercio (TLC), con o sin EEUU, o de integraciones alternativas, como la Alternativa Bolivariana de las Américas (ALBA) en su versión inicial, o Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América en su versión más reciente? ¿O hablamos incluso de una más que complicada integración iberoamericana, que sume a España y Portugal? La falta de definición revela que ni los medios ni los fines están claros para aquellos que deben tomar las decisiones, con el ruido de fondo que una situación como esta termina incorporando al proceso.