Tribuna global

​La construcción de la «buena sociedad» Un desarrollo con compromiso socialdemócrata

El modelo basado en el crecimiento de las manufacturas de exportación para los países emergentes económicamente más dinámicos parece encontrar un techo. Además, en muchos países, la «trampa de la transformación» –que distancia a clases medias y populares– ha impedido la conformación de una amplia coalición social para la modernización y el desarrollo. En ese marco, la plataforma de las capacidades de Amartya Sen atiende a las esperanzas y necesidades de las clases emergentes, y a la vez ofrece a la clase media servicios públicos de calidad a cambio de sus impuestos, en un New Deal socialdemócrata tendiente a una «buena sociedad con capacidades plenas para todos».

​La construcción de la «buena sociedad» / Un desarrollo con compromiso socialdemócrata

La carrera contra el tiempo

A lo largo de las últimas décadas, las economías de los «tigres asiáticos» dejaron de ser agriculturas atrasadas para transformarse en usinas industriales. Con algunas variaciones, siguieron la misma fórmula mágica. La manufactura orientada a la exportación y dirigida por la inversión permitió que Japón, Corea del Sur y Taiwán se situaran en la frontera tecnológica, con Malasia, Tailandia y China siguiéndoles los pasos. Hoy, Vietnam, Camboya, Indonesia, Filipinas, Myanmar, Bangladesh y la India se proponen repetir este milagro de crecimiento.

Sin embargo, todo indica que esta estrategia de resultados tan espectaculares en las últimas décadas dejará de funcionar en la actual coyuntura de rápidos cambios globales. La manufactura ya no es la máquina generadora de empleo que supo ser en el pasado. Los fabricantes necesitan menos trabajadores para obtener el mismo volumen de producción y trasladan su fábrica a una ubicación más conveniente cuando los salarios comienzan a aumentar. El prolongado estancamiento de Occidente pone en duda la capacidad del mundo para absorber más centros manufactureros. El crecimiento basado en recursos chocará tarde o temprano con las fronteras planetarias. Para decirlo de manera simple: si gigantes como China y la India alimentan su crecimiento con recursos, los crecientes costos de las materias primas podrán dejarlos fuera del mercado. Los costos manufactureros de muchas economías emergentes casi han alcanzado el nivel de Estados Unidos, fenómeno que está desplazando el interés de los inversores hacia factores como la calidad, los tiempos de envío, las cadenas de suministro y la forma de gobierno local. La automatización digital acelerará aún más esta tendencia. Con la menguante ventaja comparativa de los costos, las multinacionales ya han comenzado a reubicar la producción otra vez en los viejos centros industriales. Todas estas circunstancias indican que la era dorada del crecimiento manufacturero orientado a las exportaciones está llegando a su fin, de modo tal que la industrialización ha pasado a ser una gigantesca carrera contra el tiempo.

En China, el modelo de crecimiento impulsado por la exportación y la inversión está perdiendo fuerza. Urgidas por la desaceleración de los mercados exportadores, las industrias basadas en el uso intensivo de mano de obra han comenzado a trasladarse a países vecinos donde los costos son menores. El gobierno se muestra resuelto a apostar al gigantesco mercado interno y acelera deliberadamente los incrementos salariales para contrarrestar la dependencia respecto de la exportación. La meta de China es tomar las riendas del destino tecnológico mediante la enérgica elevación de las aptitudes globales y la cadena de valor. Sin embargo, la desaceleración del crecimiento complicará la tarea de satisfacer las crecientes aspiraciones de las nuevas clases medias y las necesidades de los trabajadores urbanos.

El Sudeste asiático eligió una senda de desarrollo impulsado por la inversión extranjera que lo expone al riesgo de la desindustrialización prematura: el ensamblaje de productos extranjeros no condujo al aprendizaje tecnológico. En Tailandia, los crecientes costos de la producción, la escasez de mano de obra calificada y la inestabilidad política ahuyentan a los inversores. Sumida en conflictos etnorreligiosos y corrupción clientelar, Malasia deposita sus esperanzas en el Tratado Transpacífico (tpp) para atraer nuevas inversiones. Sin embargo, la inversión extranjera directa dista de ser una solución para la principal debilidad de las economías políticas extractivas: la falta de innovación.

Cuidado con la trampa de la transformación

Desde una perspectiva económica, los países en vías de transformación necesitan pasar gradualmente del crecimiento intensivo en mano de obra al crecimiento orientado por el conocimiento. Para abrirse paso entre sus competidores de bajos salarios y las economías innovadoras avanzadas, los países de ingresos medios tienen que elevar sus aptitudes globales y su cadena de valor. En el nivel de las políticas públicas, ello requiere una fuerte inversión en infraestructura y en la capacitación de los trabajadores.

Lo deseable desde el punto de vista económico no siempre es factible en el plano político. El potencial de la destrucción creativa requiere instituciones inclusivas para alcanzar su pleno desarrollo. Sin embargo, en la economía política extractiva que practica la mayoría de las sociedades en vías de transformación, la innovación no es algo conveniente para los sectores minoritarios que se benefician con el statu quo.

La superación de estas dificultades requiere una comprensión más profunda de los procesos de transformación. Desde el punto de vista estructural, las crisis de transformación reflejan la brecha entre el orden sociopolítico vigente y las nuevas realidades socioeconómicas. Las décadas de industrialización no solo han complejizado las economías, sino que también han comenzado a fragmentar y pluralizar las sociedades. La diferenciación de los estilos de vida, intereses e identidades erosiona los órdenes simbólicos, especialmente en las culturas asiáticas del Este y el Sudeste, que están más arraigadas en la conformidad, la unidad y la disciplina. La tarea de gobernar las complejas, dinámicas y conflictivas sociedades en vías de transformación se vuelve cada vez más problemática para los sistemas políticos verticalistas inspirados en culturas ancestrales. La imposibilidad de responder a las crecientes esperanzas, necesidades y demandas de las sociedades en rápido proceso de cambio está erosionando la legitimidad del antiguo orden. Los conflictos entre los ganadores y los perdedores de la transformación paralizan el devenir político y socavan la capacidad de reforma.

¿Quiénes se resisten al cambio y por qué? Tras la campaña contra el presidente filipino Joseph Estrada en 2000-2001, surgieron protestas masivas en Venezuela (2001 a 2003), Taiwán (2004 y 2006), Ucrania (2004 y 2013), Kirguistán (2005), Tailandia (2006, 2008, 2013-2014), Bangladesh (2006-2007), Kenia (2007-2008), Bolivia (2008), Georgia (2003 y 2007), Líbano (2011), Túnez (2010-2011), Rusia (2012), Egipto (2011 y 2012-2013), Turquía (2013), Brasil (2013 y 2014), Hong Kong (2014), Malasia (2015) y Ecuador (2015). Por mucho que hayan variado sus circunstancias y resultados, la mayoría de estas protestas (aunque no todas) se desarrollaron de acuerdo con un libreto similar.