Tribuna global

​La construcción de la «buena sociedad» Un desarrollo con compromiso socialdemócrata

El modelo basado en el crecimiento de las manufacturas de exportación para los países emergentes económicamente más dinámicos parece encontrar un techo. Además, en muchos países, la «trampa de la transformación» –que distancia a clases medias y populares– ha impedido la conformación de una amplia coalición social para la modernización y el desarrollo. En ese marco, la plataforma de las capacidades de Amartya Sen atiende a las esperanzas y necesidades de las clases emergentes, y a la vez ofrece a la clase media servicios públicos de calidad a cambio de sus impuestos, en un New Deal socialdemócrata tendiente a una «buena sociedad con capacidades plenas para todos».

​La construcción de la «buena sociedad» / Un desarrollo con compromiso socialdemócrata

La carrera contra el tiempo

A lo largo de las últimas décadas, las economías de los «tigres asiáticos» dejaron de ser agriculturas atrasadas para transformarse en usinas industriales. Con algunas variaciones, siguieron la misma fórmula mágica. La manufactura orientada a la exportación y dirigida por la inversión permitió que Japón, Corea del Sur y Taiwán se situaran en la frontera tecnológica, con Malasia, Tailandia y China siguiéndoles los pasos. Hoy, Vietnam, Camboya, Indonesia, Filipinas, Myanmar, Bangladesh y la India se proponen repetir este milagro de crecimiento.

Sin embargo, todo indica que esta estrategia de resultados tan espectaculares en las últimas décadas dejará de funcionar en la actual coyuntura de rápidos cambios globales. La manufactura ya no es la máquina generadora de empleo que supo ser en el pasado. Los fabricantes necesitan menos trabajadores para obtener el mismo volumen de producción y trasladan su fábrica a una ubicación más conveniente cuando los salarios comienzan a aumentar. El prolongado estancamiento de Occidente pone en duda la capacidad del mundo para absorber más centros manufactureros. El crecimiento basado en recursos chocará tarde o temprano con las fronteras planetarias. Para decirlo de manera simple: si gigantes como China y la India alimentan su crecimiento con recursos, los crecientes costos de las materias primas podrán dejarlos fuera del mercado. Los costos manufactureros de muchas economías emergentes casi han alcanzado el nivel de Estados Unidos, fenómeno que está desplazando el interés de los inversores hacia factores como la calidad, los tiempos de envío, las cadenas de suministro y la forma de gobierno local. La automatización digital acelerará aún más esta tendencia. Con la menguante ventaja comparativa de los costos, las multinacionales ya han comenzado a reubicar la producción otra vez en los viejos centros industriales. Todas estas circunstancias indican que la era dorada del crecimiento manufacturero orientado a las exportaciones está llegando a su fin, de modo tal que la industrialización ha pasado a ser una gigantesca carrera contra el tiempo.

En China, el modelo de crecimiento impulsado por la exportación y la inversión está perdiendo fuerza. Urgidas por la desaceleración de los mercados exportadores, las industrias basadas en el uso intensivo de mano de obra han comenzado a trasladarse a países vecinos donde los costos son menores. El gobierno se muestra resuelto a apostar al gigantesco mercado interno y acelera deliberadamente los incrementos salariales para contrarrestar la dependencia respecto de la exportación. La meta de China es tomar las riendas del destino tecnológico mediante la enérgica elevación de las aptitudes globales y la cadena de valor. Sin embargo, la desaceleración del crecimiento complicará la tarea de satisfacer las crecientes aspiraciones de las nuevas clases medias y las necesidades de los trabajadores urbanos.

El Sudeste asiático eligió una senda de desarrollo impulsado por la inversión extranjera que lo expone al riesgo de la desindustrialización prematura: el ensamblaje de productos extranjeros no condujo al aprendizaje tecnológico. En Tailandia, los crecientes costos de la producción, la escasez de mano de obra calificada y la inestabilidad política ahuyentan a los inversores. Sumida en conflictos etnorreligiosos y corrupción clientelar, Malasia deposita sus esperanzas en el Tratado Transpacífico (tpp) para atraer nuevas inversiones. Sin embargo, la inversión extranjera directa dista de ser una solución para la principal debilidad de las economías políticas extractivas: la falta de innovación.

Cuidado con la trampa de la transformación

Desde una perspectiva económica, los países en vías de transformación necesitan pasar gradualmente del crecimiento intensivo en mano de obra al crecimiento orientado por el conocimiento. Para abrirse paso entre sus competidores de bajos salarios y las economías innovadoras avanzadas, los países de ingresos medios tienen que elevar sus aptitudes globales y su cadena de valor. En el nivel de las políticas públicas, ello requiere una fuerte inversión en infraestructura y en la capacitación de los trabajadores.

Lo deseable desde el punto de vista económico no siempre es factible en el plano político. El potencial de la destrucción creativa requiere instituciones inclusivas para alcanzar su pleno desarrollo. Sin embargo, en la economía política extractiva que practica la mayoría de las sociedades en vías de transformación, la innovación no es algo conveniente para los sectores minoritarios que se benefician con el statu quo.

La superación de estas dificultades requiere una comprensión más profunda de los procesos de transformación. Desde el punto de vista estructural, las crisis de transformación reflejan la brecha entre el orden sociopolítico vigente y las nuevas realidades socioeconómicas. Las décadas de industrialización no solo han complejizado las economías, sino que también han comenzado a fragmentar y pluralizar las sociedades. La diferenciación de los estilos de vida, intereses e identidades erosiona los órdenes simbólicos, especialmente en las culturas asiáticas del Este y el Sudeste, que están más arraigadas en la conformidad, la unidad y la disciplina. La tarea de gobernar las complejas, dinámicas y conflictivas sociedades en vías de transformación se vuelve cada vez más problemática para los sistemas políticos verticalistas inspirados en culturas ancestrales. La imposibilidad de responder a las crecientes esperanzas, necesidades y demandas de las sociedades en rápido proceso de cambio está erosionando la legitimidad del antiguo orden. Los conflictos entre los ganadores y los perdedores de la transformación paralizan el devenir político y socavan la capacidad de reforma.

¿Quiénes se resisten al cambio y por qué? Tras la campaña contra el presidente filipino Joseph Estrada en 2000-2001, surgieron protestas masivas en Venezuela (2001 a 2003), Taiwán (2004 y 2006), Ucrania (2004 y 2013), Kirguistán (2005), Tailandia (2006, 2008, 2013-2014), Bangladesh (2006-2007), Kenia (2007-2008), Bolivia (2008), Georgia (2003 y 2007), Líbano (2011), Túnez (2010-2011), Rusia (2012), Egipto (2011 y 2012-2013), Turquía (2013), Brasil (2013 y 2014), Hong Kong (2014), Malasia (2015) y Ecuador (2015). Por mucho que hayan variado sus circunstancias y resultados, la mayoría de estas protestas (aunque no todas) se desarrollaron de acuerdo con un libreto similar.

Estas protestas masivas se enfrentaron en su mayoría a gobiernos elegidos por el voto, lo cual indica que las elecciones, pese a todas sus deficiencias, han pasado a ser el mecanismo central (si no exclusivo) para otorgar mandato a los gobiernos. Los políticos más inteligentes se han valido de esta nueva avenida para llegar al poder. Son escasos los aspectos en común entre líderes como el socialista bolivariano Hugo Chávez, el capitalista de camarilla Thaksin Shinawatra o el conservador islámico Recep Tayyip Erdoğan, pero todos estos dirigentes han entendido cómo se obtienen victorias electorales atendiendo a las esperanzas y necesidades de los votantes del interior. Las mayorías populares, hasta ayer excluidas de los bienes públicos, expresan su gratitud con firme lealtad en la urna electoral.

Una vez en el poder, los líderes populares suelen atenerse a la lógica del sistema clientelar, en cuyo marco recompensan a partidarios, protegen a clientes, favorecen a parientes y distribuyen recursos. De ahí que muchos se conviertan rápidamente en «autócratas elegidos por el voto» que amenazan a la oposición, silencian medios y socavan instituciones democráticas. Al mismo tiempo, para apuntalar su base electoral, estos gobiernos comienzan a redistribuir moderadamente la riqueza y las oportunidades. De ahí que tales «autócratas elegidos por el voto» sean percibidos por gran parte de la elite y las clases medias establecidas como una amenaza. Resulta interesante señalar que las acusaciones de corrupción, nepotismo, incompetencia e inestabilidad política no recaen solo en estos «autócratas», sino que se extienden al sistema democrático en sí mismo. Inmersos en un discurso de crisis nacional y decadencia moral, los militares, el Poder Judicial o las burocracias escuchan con atención los llamados a ejercer la mano dura o el autoritarismo para derrocar al gobierno o suspender por completo el sistema democrático. Sin embargo, algunos «autócratas elegidos por el voto» logran conservar o recuperar el poder con el apoyo de sus bases populares. Este círculo vicioso de crisis y golpes de Estado está condenado a repetirse en tanto no se resuelva el conflicto de transformación que le subyace. De más está decir que el resultado de estas pugnas depende en gran medida del equilibrio de poder específico entre los sectores que se benefician con el statu quo y los que aspiran a modificarlo. La alianza del statu quo no nuclea solo a las viejas elites que bregan por defender su posición y sus privilegios, sino también a quienes temen que una transformación rápida cause estragos en el mundo que habitan. Ciertos conceptos fundamentales, como la familia, el trabajo o el rol de los hombres y las mujeres han experimentado un cambio radical en el transcurso de una generación. Mientras algunos aprovechan con entusiasmo las nuevas oportunidades, otros sienten amenazada su identidad ante la pérdida del mundo que los vio nacer. El temor a la decadencia social confiere a estas luchas sociales un cariz paranoico y agresivo. No es casualidad que en tiempos de cambio acelerado aparezcan grupos fascistas que buscan chivos expiatorios de la supuesta decadencia moral y recurren a tácticas violentas para restaurar una imaginaria era dorada del pasado. Tal como advirtió con pesimismo Antonio Gramsci desde su celda en la prisión, «la crisis consiste precisamente en que muere lo viejo sin que pueda nacer lo nuevo, y en ese interregno ocurren los más diversos fenómenos morbosos».

¿Por qué están tan enojadas las clases medias? En este conflicto de la transformación, en cuyo marco las fuerzas del cambio se enfrentan a las fuerzas restauradoras, las clases medias desempeñan un papel decisivo. En la medida en que las clases medias establecidas se mantengan fieles a las viejas elites, será posible conservar el statu quo. Pero si las clases medias establecidas hacen causa común con las clases emergentes, el resultado más probable será el cambio. ¿Qué motiva realmente a las clases medias?

En primer lugar, la furia de personas en buena posición económica evidencia que la clase media establecida no está satisfecha con el «trato» que se le ha propuesto. El abuso de los «autócratas elegidos por el voto» infunde temor en el corazón de las clases medias. A fin de mantener su base electoral, los gobernantes redistribuyen riqueza y oportunidades. Por diversas razones sociales y políticas, ni los ricos ni los pobres aportan fácilmente los ingresos necesarios para financiar estos programas, de modo que la principal carga impositiva recae sobre la clase media. Y en la medida en que esta se siente insegura o maltratada, rehúsa solidarizarse con otros segmentos de la sociedad. Por otra parte, en tanto no se satisfacen las demandas de iguales oportunidades, la población mayoritaria sigue cuestionando el viejo orden social. Este prolongado conflicto refuerza aún más el temor de las clases medias, que reaccionan protestando contra las demandas de las «masas indignas». La disputa en torno de la pregunta «¿solidaridad con quién?» permite distinguir, en líneas generales, cuáles son los sectores que se consideran miembros plenos del sistema político y cuáles son percibidos como sujetos subalternos desprovistos de esos derechos. En muchas sociedades, la solidaridad solo se prevé entre miembros del mismo grupo, clase, casta o comunidad. Y el problema central del conflicto por la transformación es precisamente la inclusión de los antiguos trabajadores rurales en el sistema político. Dicho de otro modo: la crisis de transformación se suscita cuando ha expirado el viejo contrato social pero aún no se han acordado los términos del nuevo.En segundo lugar, la centralidad que adquieren las denuncias de corrupción, nepotismo y populismo en las protestas de las clases medias deja entrever un malestar frente al sistema clientelista. Mientras las elites se benefician con el clientelismo y los pobres recurren a él por una cuestión de supervivencia física, la clase media lo ve como una necesidad injusta cuando sirve a otros sectores, pero justa si es útil para ella. En consecuencia, las periódicas efusiones contra la corrupción no reflejan tanto una convicción moral como un profundo viraje en la cultura contractual del capitalismo. Si los asuntos económicos se rigen por vínculos contractuales entre iguales –preguntan muchos–, ¿por qué las mismas personas tienen escasa o nula injerencia en los asuntos públicos? De ahí que las demandas de rendición de cuentas, transparencia, participación y receptividad sean en verdad reclamos por la modernización weberiana del Estado. Las prácticas clientelares se reformulan en consonancia: la premiación de partidarios se demoniza bajo la etiqueta de «populismo»; el favorecimiento de parientes se tacha de «nepotismo»; la protección de clientes se tilda de «amiguismo» y la distribución de recursos se denuncia como «corrupción». La corrupción, en particular, es la nueva manera de codificar el abuso de poder por parte de elites que no rinden cuentas. En pocas palabras, la clase media teme ser despojada por políticos corruptos que le roban el dinero para comprar los votos de los pobres indignos con proyectos populistas. En esencia, entonces, las protestas de las clases medias apuntan contra el sistema clientelar como principal obstáculo a la modernización.

Es por eso que los discursos sobre el buen gobierno resuenan tanto en las clases medias. La teoría clásica de la modernización también prevería que las clases medias fueran las impulsoras primordiales de la democratización. Pero entonces, ¿por qué las clases medias de Hong Kong o Kuala Lumpur demandan más democracia, mientras sus homólogas de Bangkok y El Cairo marchan contra la democracia electoral?

Aquí es preciso reiterar que la furia de la clase media no emana de un determinado interés de clase ahistórico u objetivo, sino que está atizada por la manera de enunciar en el discurso el conflicto de la transformación. Si bien es cierto que las economías políticas extractivas excluyen sistemáticamente a las mayorías populares, los conflictos de la transformación no son simples «luchas de clases» entre ricos y pobres. Tanto la defensa del statu quo como la alianza por el cambio atraviesan todos los estratos y sectores sociales. El equilibrio de poder entre quienes buscan mantener el statu quo y quienes pretenden modernizar el orden sociopolítico depende de la aptitud que demuestra cada bando para cooptar a otros grupos sociales y sumarlos a su lucha. Esto sugiere que el resultado del conflicto por la transformación no será un mero reflejo de los cambios estructurales, sino que también estará determinado por la manera de construir el conflicto en el discurso. Los conflictos de la transformación no suelen enunciarse en términos socioeconómicos, sino que a menudo se construyen como conflictos de identidad entre diferentes razas, religiones, géneros o etnias. De ahí que las elites tradicionales –contradiciendo las expectativas del determinismo histórico– puedan mantener el statu quo frente a las arremetidas de la globalización capitalista y la emancipación social, si logran cooptar a las clases medias enunciando el conflicto como una cuestión de esencialismo cultural.

¿Cuál es la trampa de la transformación? En la carrera contra el tiempo, las economías emergentes necesitan hacer frente a los vientos globales adversos pasando de un crecimiento intensivo en mano de obra a uno basado en la innovación. Esta iniciativa tropieza con el apabullante desafío que plantea la interconexión de las dificultades económicas, sociales, culturales y políticas. En una coyuntura dominada por los conflictos sociales y políticos, no resulta nada fácil implementar políticamente las estrategias concebidas para elevar la economía en materia de cadena de valor y aptitudes globales.

La puesta en marcha del crecimiento impulsado por la innovación requiere una fuerza de trabajo altamente calificada. Para financiar esta inversión en recursos humanos, es preciso incrementar significativamente los ingresos fiscales. Por razones políticas y sociales, el grueso de la carga impositiva suele recaer sobre las clases medias, que a su vez rehúsan hacerse cargo de los costos en la medida en que se sienten inseguras y maltratadas. En ausencia de un contrato social que otorgue a todos los miembros de la sociedad el mismo derecho a la solidaridad, es probable que las políticas dirigidas a mejorar las aptitudes y el estado físico de la fuerza laboral encuentren resistencia. Y las políticas redistributivas que favorecen a los pobres presentan aún mayores riesgos de antagonizar a las clases medias. Sin embargo, la falta de inversión en capacidades humanas socava la capacidad para pasar del desarrollo intensivo en mano de obra al desarrollo impulsado por el conocimiento. El aumento de la desigualdad, las intermitencias del motor económico y la propagación del malestar pueden conducir en el largo plazo al estancamiento y la decadencia de la economía.

En resumen, la trampa de la transformación no es una suerte de ley económica que causa una desaceleración sistemática cuando un país alcanza el nivel de ingresos medios, sino la incapacidad para resolver las contradicciones políticas, sociales y económicas que caracterizan a las sociedades en vías de transformación. En estas sociedades resulta más difícil estimular el desarrollo por medio de la ingeniería institucional y social. En una sociedad diferenciada y movilizada, es más probable que las políticas impuestas desde arriba choquen con la resistencia de los sectores afectados. La innovación no puede ser impuesta, porque solo florece en entornos más abiertos y libres. Cuando la desaceleración del crecimiento obstaculiza la generación de una «marea alta que levante todos los barcos», se complica aún más la labor de construir consenso para el desarrollo.

Construir la buena sociedad con capacidades plenas para todos

Eludir la trampa de la transformación no es solo una tarea económica, sino también un desafío político seminal. El vértigo que causa el cambio favorece el aprovechamiento de temores culturales y sociales con el propósito de sofocar las innovaciones disruptivas. Construir una fuerza de trabajo apta para el crecimiento impulsado por la innovación es una misión ardua, en ausencia de un contrato social en cuyo marco se constituya la solidaridad con millones de personas que antes se desempeñaban como peones rurales. Desde una perspectiva política, elevar la cadena de valor significa construir consenso social para la destrucción creativa así como para la redistribución. O bien, en otras palabras, sentar bases sociales y políticas estables para lograr un alto crecimiento sostenible.Por qué se necesita un compromiso social para el desarrollo. Es imprescindible negociar un compromiso social entre todas las clases a fin de generar la estabilidad social y política que requiere la modernización de la economía y el Estado. Solo un compromiso social inclusivo puede tranquilizar a las clases establecidas e integrar en el sistema político a millones de personas antes excluidas, garantizándoles el estatus de ciudadanos con iguales derechos y oportunidades.

Desde el punto de vista histórico, así fue el New Deal socialdemócrata que se concertó para superar la Gran Depresión. La promesa de la socialdemocracia, en esencia, es el logro de la prosperidad para todos mediante la generación de «una marea alta que levante todos los barcos». A cambio de la igualdad de oportunidades para participar plenamente en la vida política, social y cultural, la población mayoritaria aceptó el mecanismo de frenos y contrapesos para el gobierno de las mayorías. A cambio de la paz social, la protección mediante el imperio de la ley, el buen gobierno y servicios públicos de calidad, las clases medias suscribieron las políticas redistributivas. Por último, a cambio de la paz social y la estabilidad política, las elites se abocaron a resolver la crisis de la justicia social creando oportunidades para todos. Este compromiso socialdemócrata ayudó a restaurar la paz social tras un siglo de conflictos y a sentar así las bases sociales para la prosperidad de posguerra. Huelga decir que no podemos calcar el New Deal del pasado para establecer los compromisos sociales de un presente regido por otras condiciones políticas, sociales y culturales. Pero sí es importante tenerlo en cuenta como demostración de que un compromiso social debe ser algo más que el mínimo denominador común entre intereses opuestos.

Hoy necesitamos un modelo de desarrollo capaz de proporcionar la paz social y la estabilidad política que requiere el vertiginoso proceso de la transformación. El alto crecimiento del pib es una condición necesaria, pero no suficiente, de la creación de oportunidades para todos. Un modelo de desarrollo sostenible tiene que combinar crecimiento con equidad, inclusión con innovación y preservación con cambio disruptivo. El proyecto «Economía del mañana», impulsado por la Fundación Friedrich Ebert, que nuclea a más de 200 pensadores de economías asiáticas emergentes, ha propuesto un modelo de este tipo para lograr un desarrollo dinámico socialmente justo, elástico y ecológico. Apuntalado en el enfoque de las capacidades que delineó Amartya Sen, el modelo de «Economía del mañana» procura generar un crecimiento impulsado por la innovación mediante el desarrollo de condiciones que permitan realizar plenamente el potencial creativo, emprendedor y cognitivo de todos los ciudadanos.

Cómo construir un proyecto político transformador. En el contexto de las crecientes aspiraciones, impaciencias y ansiedades que suscita la carrera contra el tiempo, el relato del «crecimiento alto en primer lugar» aumenta su incidencia en el discurso político. Las posturas que se oponen al crecimiento quedan marginadas. Las agendas de los derechos a la tierra y el trabajo, la protección ambiental y el cambio climático se reformulan como «lujos que no podemos permitirnos». En este paisaje político resulta difícil comunicar las agendas progresistas.

Quienes aspiran a modernizar el orden económico y social deberían optar por una estrategia dialéctica. La estrategia progresista tiene que mirar más allá de los beneficios transaccionales, hacia el horizonte de una transformación sostenible. Un proyecto de transformación exitoso, entonces, sienta las bases sociales para el desarrollo sostenible con un compromiso social inclusivo.

No todos estarán dispuestos a suscribir este compromiso social para el desarrollo. Algunos se resisten al cambio en defensa de su estatus y sus privilegios; otros lo hacen porque sienten que su identidad corre peligro. El cambio del paradigma de desarrollo será entonces el resultado de la pugna entre quienes buscan mantener el statu quo y quienes ansían modificarlo. En consecuencia, las sociedades solo podrán eludir la trampa de la transformación si prevalecen quienes bregan por la innovación económica, política, social y cultural. En la economía política del cambio, esto significa que los agentes de la transformación deben unir sus fuerzas en una amplia coalición social.

Sin embargo, construir coaliciones sociales amplias sobre la base de la clase social, la identidad o el interés es una tarea muy difícil. En su aquí y ahora, los grupos sociales tienen diferentes intereses y prioridades. El mínimo denominador común entre estos intereses es demasiado estrecho para que sirva como plataforma de una amplia coalición social por el cambio. Por eso no es nada fácil hallar una escala común que permita unir las diversas luchas progresistas aisladas en una amplia lucha social por el cambio.

Si resulta difícil formar coaliciones basadas en intereses comunes, la construcción de una amplia coalición social por el cambio podría comenzar por el establecimiento de una alianza discursiva. En vez de negociar un compromiso transaccional entre intereses distintos en el aquí y el ahora, convendría delinear un paradigma alternativo en el que esos intereses puedan converger: para expandir la imaginación de lo posible, es preciso vislumbrar una utopía práctica. La recreación del futuro imaginado, a su vez, cambiará las interpretaciones de la situación presente. La modificación de las expectativas en lo que concierne al rumbo de los acontecimientos impelerá a los actores a recalcular el riesgo y las oportunidades de sus opciones y, por ende, a redefinir sus intereses. En otras palabras, el cambio de paradigma permite trascender las diferencias de intereses.

Tras el «fin de la historia», los progresistas parecen haberse olvidado de usar este método utópico. A fin de insuflar esperanzas en quienes hoy luchan por el cambio, urge llenar el vacío del pensamiento único del «There is no alternative»1 con la visión de un mañana mejor. Es por eso que un proyecto transformador no puede reducirse a un mero conjunto de políticas: debe ser una utopía práctica que expanda la imaginación más allá de las limitaciones impuestas por la política diaria.

A fin de que cumpla las funciones de ensanchar el horizonte imaginario (La audacia de la esperanza), entusiasmar a los seguidores («Yes, we can») y establecer el punto de mira desde donde vislumbrar una alianza social más amplia («Coalición del Arcoíris»), la utopía práctica no debe ser una construcción arbitraria sino un proyecto transformador estratégicamente concebido. A fin de que los potenciales seguidores se movilicen para unir sus fuerzas, la promesa central de esta utopía práctica debe ser lo suficientemente digna de crédito como para constituirse en el «cambio creíble», pero también debe estar dotada de suficiente capacidad transformadora para que los actores puedan mirar más allá de sus actuales diferencias. A fin de que sirva de plataforma para una amplia alianza discursiva, la visión utópica («Nuestro sueño») tiene que ocupar el centro exacto del discurso. Enmarcado en valores compartidos y experiencias colectivas, el proyecto político transformador ha de conjugar la buena política con la buena economía y el accionar moralmente correcto.

Para construir un relato transformador, en primer lugar hay que analizar las comunidades discursivas existentes en busca de elementos comunes entre sus expectativas y promesas básicas. En segundo lugar, es preciso formular una promesa central que permita vislumbrar la convergencia de los intereses percibidos en un futuro imaginado. En tercer lugar, hay que identificar proyectos de cambio cuyo potencial para transformar la situación presente sea digno de crédito. El cuarto paso es la enunciación de los proyectos transformadores en un lenguaje resonante para las diversas comunidades discursivas, con el propósito de tender puentes entre ellas. Y el último paso es el cambio del paradigma que describe lo que ocurre ahora y lo que es necesario hacer.

La modificación de los cálculos de riesgo y oportunidad en el marco del nuevo paradigma inducirá a los actores a cambiar de comportamiento y, como resultado, a reformular las estructuras de oportunidad para otros actores. La redefinición de intereses permitirá la cooperación entre actores que antes eran antagonistas. Sobre la base del nuevo cálculo de intereses y con el estímulo de la cooperación exitosa en proyectos conjuntos, la alianza discursiva puede abrir las puertas hacia una amplia coalición social por el cambio.

La buena sociedad con capacidades plenas para todos. ¿Cuál es la visión de un mañana mejor capaz de funcionar como promesa central de un proyecto transformador? La buena sociedad con capacidades plenas para todos ofrece una visión normativa de ese calibre. Al mismo tiempo, el relato de las capacidades puede servir de plataforma para una amplia alianza discursiva en pos del desarrollo. El relato de las capacidades promete eludir la trampa de la transformación para que sea posible avanzar hacia el siguiente nivel de desarrollo. La promesa de abrir las puertas al crecimiento impulsado por la innovación es auspiciosa para la comunidad discursiva del «crecimiento alto en primer lugar». El foco en el empoderamiento está relacionado con las comunidades discursivas de la equidad, la inclusión y la justicia. El «desarrollo como libertad» incluso se vincula a las comunidades discursivas de la emancipación y la libertad. La conjunción de las comunidades discursivas del crecimiento, la justicia, la emancipación y la estabilidad ofrece las condiciones propicias para que emerja una alianza discursiva de la modernización.

Esta alianza discursiva transformadora puede deslizar el paradigma del desarrollo desde el crecimiento por aumento del pib hacia el alto crecimiento sostenible. En el marco descripto, los progresistas serán capaces de demostrar rotundamente que el mejor camino hacia el alto crecimiento sostenible es la formación de una base social estable con un compromiso socialdemócrata.

La construcción del compromiso socialdemócrata en torno de la plataforma de las capacidades sienta las bases para erigir una amplia coalición social por el cambio a partir de la alianza discursiva por el desarrollo. En la medida en que conjuga las luchas por la justicia distributiva con la militancia por la justicia de reconocimiento, la plataforma de las capacidades ofrece las condiciones necesarias para unir a las tribus progresistas. En la medida en que brinda oportunidades para que todos puedan desarrollar plenamente su potencial, el enfoque de las capacidades combina la meta privada de la innovación económica con la preocupación pública por la estabilidad política. La plataforma de las capacidades atiende a las esperanzas y necesidades de las clases emergentes, y a la vez ofrece a la clase media servicios públicos de calidad a cambio de sus impuestos. En la medida en que combina el ideal meritocrático de la clase media con el anhelo mayoritario de iguales oportunidades, el enfoque de las capacidades abre las puertas hacia el establecimiento de un compromiso social entre las elites, las clases medias y las mayorías populares.

Este compromiso social en torno de las capacidades permite echar los cimientos para construir una amplia coalición social por la modernización y el desarrollo. La «buena sociedad con capacidades plenas para todos» puede ser la base ideológica para el proyecto progresista en pos de la Gran Transformación del presente.


Bibliografía

  1. Saxer, Marc: «The Economy of Tomorrow: How to Produce Socially Just, Resilient, and Green Dynamic Growth for a Good Society», Friedrich-Ebert-Stiftung, Bangkok, 2014, disponible en http://library.fes.de/index_en.htm.Sen, Amartya: Desarrollo y libertad, Planeta, Buenos Aires, 2000.

  2. Sen, Amartya: Desarrollo y libertad, Planeta, Buenos Aires, 2000.

  • 1.

    Eslogan utilizado por Margaret Thatcher para imponer el liberalismo económico como única alternativa para el desarrollo de las sociedades [N. de la T.].