Coyuntura

La centroderecha y el «cambio cultural» argentino

El triunfo de la alianza Cambiemos en las elecciones presidenciales de 2015 permite ver en acción a un gobierno promercado, surgido de una votación que ganó por estrecho margen, que tiene el desafío de reorientar las políticas públicas en virtud de su proyecto de «cambio cultural» mientras lidia con las demandas y las resistencias de una sociedad movilizada. El cambio en curso ayuda también a estimar los legados del ciclo anterior. El caso argentino abre la pregunta acerca de la posibilidad de que Propuesta Republicana (PRO), que hegemoniza Cambiemos, pueda constituirse en un espacio competitivo representativo de la centroderecha a escala nacional.

La centroderecha y el «cambio cultural» argentino

El triunfo de la alianza Cambiemos en los comicios presidenciales de 2015 en Argentina representa el único pase de manos por vía electoral de un gobierno de centroizquierda hacia uno de centroderecha –por usar alguna definición general– que tuvo lugar, hasta el momento, en América Latina, tras el llamado «giro a la izquierda» (con la excepción de Chile, que siguió una dinámica bastante particular). En un contexto de cambio de tendencia de varios de los países de la región, o al menos de pérdida de apoyos claramente mayoritarios de los gobiernos progresistas, el caso argentino nos habilita a pensar algunas cuestiones de más largo aliento en relación con el ciclo que llega a su fin –al menos, como lo conocimos en la primera década y media del siglo xxi– y a sus legados. Por un lado, permite ver en acción a un gobierno promercado surgido de una elección dividida, que tiene el desafío de reorientar las políticas públicas lidiando al mismo tiempo con las demandas y las resistencias de una sociedad democrática y movilizada. En definitiva, debe hacer frente a la tensión entre la voluntad de llevar a cabo un proyecto socioeconómico determinado y la factibilidad política de ese proyecto, lo que ya habían experimentado los gobiernos del ciclo progresista. Por otro lado, el cambio en curso ayuda a estimar cuáles son los legados de ese ciclo y en qué medida hay situaciones y acuerdos culturales y redistributivos establecidos y otros de más fácil remoción o reorientación.

Además de reflexionar sobre esas cuestiones, en este artículo nos interesa referir a una especificidad del caso argentino que lo diferencia de la mayor parte de las derechas regionales, y cuyo devenir también mostrará en qué medida este país puede formar parte del club de las derechas regionales institucionalizadas y competitivas electoralmente. Nos referimos a la posibilidad de que Propuesta Republicana (pro), la fuerza que hegemoniza la alianza Cambiemos1, pueda constituirse en un partido de alcance nacional y estabilizar así, en Argentina, un espacio competitivo representativo de esa orientación. Tras un año y medio de gobierno, nos encontramos en condiciones de revisar al menos parcialmente estas tres cuestiones, que serán objeto de los puntos que organizan este texto.

La senda del gradualismo

Como señalamos en otra parte2, pro nació con un proyecto sociocultural y económico de modernización gestionaria, que criticaba las excesivas regulaciones estatales de la vida económica sin desconocer el rol central del Estado como reasignador de recursos, y en especial en lo referido a la protección de algunos derechos sociales, lo que en el discurso de pro se asocia al «cuidado» de los sectores «vulnerables». Particularmente en los últimos años del ciclo kirchnerista, cuando pro se definió como fuerza claramente opositora, incorporó como elemento central de su programa la defensa de una concepción política republicana-liberal de la democracia y, junto con ella, las denuncias sobre corrupción gubernamental y la promoción de una modernización gestionaria.

Al mismo tiempo, también desde sus inicios, pro se concibió como un partido posideológico, con una estrategia flexible y pragmática, que busca construir consensos de gobernabilidad para llevar a cabo su proyecto político. Tiene un diagnóstico claro sobre las resistencias de la sociedad y la economía argentinas a apoyar mayoritariamente políticas de apertura económica y flexibilización de la regulación de los mercados, así como de reducción de la inversión pública en bienes de provisión potencialmente universal (como jubilaciones, salud, etc.). Así, aunque el tipo de economía al que quisieran llegar sus líderes sea similar a la que imaginan los economistas llamados ortodoxos, su pragmatismo y la pretensión de hacer de pro un verdadero partido de poder –es decir, capaz de gobernar la sociedad argentina– los llevaron, hasta el momento, a preferir el gradualismo –en relación con la apertura de la economía argentina y el rol del Estado– antes que las tradicionales terapias de shock. Por eso es criticado por los economistas ortodoxos, quienes acusan al gobierno de hacer «kirchnerismo con buenos modales»3.

Esta orientación pragmática es la que comparten los sectores que controlan el partido y definen la orientación general en materia de políticas públicas. La incorporación al gobierno de ceo provenientes de grandes corporaciones, lejos de ser necesariamente parte de un sesgo hacia el polo del shock, es consistente con esta línea: se trata de especialistas en procesos, cuyo prestigio profesional está ligado a «hacer que las cosas ocurran», en palabras de un funcionario entrevistado, sin que el contenido de esas cosas sea un asunto que esté bajo su órbita. Al contrario, las definiciones políticas las sigue dando la «mesa chica», de la que están ausentes tanto la mayor parte de esos ceo como los economistas ortodoxos. La división del trabajo en la Jefatura de Gabinete de Ministros, área clave para el manejo de la marcha de las políticas públicas y para el diseño de la comunicación política en el nuevo gobierno, da cuenta de esta combinación entre manejo político pragmático y altas dosis de ideología gestionaria. En efecto, junto a un jefe de gabinete político, de larga trayectoria en pro y de cercanía y confianza con Macri como Marcos Peña, hay dos secretarios de Estado que, provenientes de grandes corporaciones, se ocupan de la «coordinación interministerial»4 y de la «coordinación de políticas públicas». En palabras de un ex-ceo funcionario, «Marcos no es un tipo de la gestión sino más bien de la estrategia política, la comunicación, entonces la idea [de incorporar a los dos ceo-secretarios de Estado] era fortalecer el equipo con ese perfil de gestión». Por su parte, los economistas de mayor prestigio que habían ingresado al gobierno en sus inicios lo abandonaron a fines de 2016, ora por desacuerdos con el gradualismo, ora por pretender cierta autonomía en sus decisiones. La definición sobre la orientación política, entonces, se concentra en pocas manos.

  • 1.

    A diferencia de lo ocurrido en 1999 en el gobierno de la Alianza, que incluía a la Unión Cívica Radical (UCR) y el Frente por un País Solidario (Frepaso), en el gobierno de Cambiemos puede decirse que prevalece el control partidario por sobre la lógica de coalición, especialmente en la composición del gabinete, ya que la mayor parte de los ministros y secretarios provienen de pro y de sus fundaciones. Solo hay tres ministros de la UCR en un gabinete que cuenta con 23 carteras, pero además esos radicales no fueron elegidos por su partido según sus reglas internas, sino por las preferencias del presidente.

  • 2.

    G. Vommaro, Sergio Morresi y Alejandro Bellotti: Mundo PRO. Anatomía de un partido fabricado para ganar, Planeta, Buenos Aires, 2015.

  • 3.

    Esa fue la expresión que utilizó el economista ortodoxo –de asidua presencia pública– José Luis Espert en diferentes entrevistas en medios de comunicación durante 2016. Uno de los audios está disponible en . Ya en los inicios del partido, una de las líneas más duras de pro en términos políticos, proveniente en especial de la Unión del Centro Democrático (Ucedé) –principal partido de centroderecha argentino de los años 80 del siglo XX– pero también del peronismo menemista, había intentado sin éxito una definición más tajante en materia programática. G. Vommaro y S. Morresi (eds.): «Hagamos equipo». PRO y la construcción de la nueva derecha en Argentina, Ediciones UNGS, Buenos Aires, 2015.

  • 4.

    Como se afirma en la web de la Secretaría de Coordinación Interministerial, su función es facilitar «las relaciones entre los ministros y el jefe de Gabinete para alcanzar los objetivos de pobreza cero, unidad de los argentinos y lucha contra el narcotráfico», es decir las tres grandes líneas del discurso de inauguración de mandato de Macri en diciembre de 2015.