Coyuntura

Izquierda y política en tiempos recientes

La crisis por las denuncias de corrupción en Brasil permanece abierta. En la raíz del problema está la forma en que el PT conquistó el poder por medio de la figura mítica de su líder, con una visión autosuficiente y desvalorizando el sistema partidario. En su pragmatismo, Lula y su partido apelaron a esta estrategia de movilización de aliados parlamentarios y creyeron que bastaba con el mero voluntarismo para llevar adelante su gestión. Los escándalos revelaron cuán frágil ha sido la evolución del gobierno petista hacia la aceptación plena de la política democrática.

Izquierda y política en tiempos recientes

Introducción

Las denuncias de corrupción que envuelven al gobierno de Luiz Inácio Lula Da Silva revelan un rasgo de la vida política brasileña poco recordado: en los últimos 50 años, los presidentes outsiders al sistema partidario encontraron dificultades para imponer sus populismos. Jânio Quadros, Fernando Collor de Melo y ahora el propio Lula –si bien fueron elegidos con gran aceptación popular– terminaron muy debilitados al enfrentarse con el mundo aparentemente frágil de la política. En contraste, se observan gobiernos de estilo democrático –con un sector reformista y un ala conservadora– que fueron exitosos, en buena medida por haberse sustentado en coaliciones de partidos. El gobierno de Juscelino Kubitschek, a mediados de la década de 1950, constituye un ejemplo. El caso crítico fue cuando, a comienzos de los años 60, el vicepresidente João Goulart asumió el gobierno y se propuso iniciar «reformas de base», en una difícil negociación con el mundo político. Esta tentativa reformista no tuvo continuidad, y el hecho de que Goulart no hubiera obtenido un apoyo partidario consolidado fue señalado como una de las principales causas del golpe de 1964. La resistencia al régimen militar, periodo durante el cual fueron impuestos presidentes generales, mostró dramáticamente la vitalidad del mundo político brasileño. Ésta sería la raíz de la movilización de grupos de resistencia al «proceso de fascistización», como lo llamaban los comunistas de esa época, quienes sustentaban la tesis de que el golpe de 1964 no significaba una simple sustitución de un gobierno por otro, sino un cambio en la «forma estatal de poder» que se contraponía con la vida compleja que ya tenía el país.

En el seno del sistema político que no fue destruido por los militares (Congreso, clase política, elecciones), se reanimaron núcleos variados que sobrevivirían convergiendo en una oposición legalizada, el Movimiento Democrático Brasileño (MDB), transformado en un frente en defensa de las libertades por medio del cual las izquierdas clandestinas buscarían salir a la superficie. Posteriormente, estos espacios partidarios desarrollaron una especie de «guerra de posiciones» gramsciana, en una época en la que no se creía mucho que la política fuese el medio capaz de enfrentar al régimen de 1964.

Para interpelar a los más diversos intereses económicos, sociales y culturales, estos agrupamientos necesitaban revivir la política en un espacio de márgenes estrechos (Congreso vaciado de poderes, bipartidismo otorgado y elecciones controladas; revocaciones de mandatos, cercenamiento de las libertades y represión). Terminaron por estructurar un amplio movimiento democrático que al principio resistió y luego llevó al régimen militar al aislamiento, para derrotarlo finalmente, veinte años después. En 1984, luego del fracaso de la movilización «Directas ya», que reclamaba elecciones directas e inmediatas, los protagonistas de aquella «guerra de posiciones» retomaron la iniciativa participando de los comicios (indirectos) en el Colegio Electoral que los militares habían creado para reproducir el régimen de 1964. El resultado fue la derrota del candidato civil oficialista, Paulo Maluf, y la elección de Tancredo Neves y José Sarney. Desde la amnistía de 1979, incluso «sin gobierno de transición», como observara Armênio Guedes a principios de 1981, ya se había iniciado una transición en el país, que se amplió con la victoria de Tancredo-Sarney y abrió paso a un nuevo curso político.En años más recientes, Fernando Henrique Cardoso constituye un nuevo ejemplo de estabilidad y de varios éxitos, incluso el de la transición pacífica a la Presidencia de una izquierda que no valoraba demasiado el sistema político. Una izquierda que se afirmó mediante el asociativismo disidente, se rehusó a participar en el Colegio Electoral y no firmó el texto de la Constitución de 1988. Antes del gobierno de Cardoso también tuvimos un presidente que, por haberse originado en el impeachment de Collor de Melo de 1992, lideraría en principio un gobierno precario. Es el caso del vicepresidente Itamar Franco quien, sin embargo, asumió el gobierno sustentado por una concertación pluripartidaria que viabilizaría un gobierno bien diferenciado del populismo del presidente destituido.

El dilema de la izquierda social

La crisis de corrupción en que cayó el gobierno de Lula muestra que el Partido de los Trabajadores (PT) no se planteó el problema de la correlación entre diversidad sociocultural y pluripartidismo como un valor de la política nacional. Si hubiera nacido con vocación propiamente política, el PT habría fundamentado mejor su combatividad en la defensa de los intereses sociales, en lugar de asociarla a la cuestión moral; parámetros estos –interés y pureza ética– con los cuales se construyó el PT bajo la vigencia plena del estado democrático de derecho en Brasil. Cuando decidió empeñarse a fondo en la conquista de la Presidencia, e incluso abrirse a las alianzas, el PT no percibió todavía que el mencionado campo reformista democrático de centro-izquierda de la tradición brasileña era mucho más que un mero espacio para maniobras tácticas. No comprendió que la apuesta de la izquierda histórica por aquel reformismo había significado la adaptación de un agrupamiento de formación marxista-leninista a la diversidad y el pluralismo de la vida nacional. Si hubiera reflexionado acerca de la trayectoria recorrida por los comunistas hacia a la valorización de la política, el PT quizás habría superado la abstracción a través de la cual evaluaba la política brasileña, abstracción que cargaba al pretenderse expresión directa de lo social. Un ejemplo importante de esta abstracción es la definición de la fórmula Lula-Alencar en términos de una «alianza entre trabajo y capital»; expresión con la que Lula revelaba la visión de su partido sobre el mundo político brasileño.

El PT llegó a la Presidencia sin tener una formulación aggiornada que le permitiese adaptarse a su nueva circunstancia. En primer lugar, no conquistó el gobierno federal como coronación de una socialdemocratización transversal del conjunto de la sociedad, o por medio de una ruptura que, como en los procesos revolucionarios, habilitara a su gobierno un margen amplio de voluntarismo. Aun exhibiendo el punto de vista de la defensa generalizada de los intereses sociales, el PT continuaba siendo la manifestación de sectores organizados no mayoritarios. Ganó las elecciones de 2002, pero sólo consiguió las gobernaciones de algunos estados fuera de las regiones de mayor peso económico, y apenas logró mayoría en la Cámara de Diputados mediante una alianza precaria. Por su cultura de raíz corporativa, con candidaturas propias y excluyentes, el PT no se había preparado para ser un partido de función nacional, capaz de ir con agilidad más allá de sus propios intereses y los de algunos grupos afines y habilitarse así para liderar medidas factibles de reforma democrática de la sociedad.