Tema central

Izquierda nacional y empresarios en América Latina

La izquierda moderada, antes denominada socialdemócrata, es hoy cada vez más «socioliberal»: busca gobernar el capitalismo de forma más competente que los capitalistas y acepta un papel más activo del mercado en la economía. No hay, por lo tanto, ningún obstáculo para que se produzca una alianza con el sector privado, como ocurre ya en algunos países de América Latina: los empresarios se benefician si disminuyen la desigualdad y la inestabilidad política, y se inclinarán entonces por apoyar a una izquierda que, ante el fracaso del neoliberalismo, ubique el desarrollo nacional en el centro de su estrategia.

Izquierda nacional y empresarios en América Latina

¿Los empresarios pueden formar parte de un partido o de un gobierno de izquierda? Para responder a esta pregunta, es necesario determinar antes qué se entiende por «izquierda» y «derecha». Según mi parecer, la concepción para definir estas dos posiciones debe tener como criterios básicos la diferencia entre justicia social y el orden público, y el reconocimiento o no de la necesidad de intervención del Estado en la economía. Mientras que alguien de derecha prioriza siempre el orden en relación con la justicia, quien se define de izquierda estará dispuesto a poner en riesgo ese orden en nombre de la justicia social; mientras el conservador es hoy un neo o un ultraliberal, el progresista defiende un grado razonable de intervención del Estado para corregir las fallas del mercado. Hay muchos tipos de izquierda, más que tipos de derecha, probablemente porque ésta, más allá de los valores y las ideas, tiene al capital para unificarla, mientras que la izquierda solo tiene los valores y las ideas. Podemos distinguir al menos cuatro tipos de izquierda: la extrema izquierda, la izquierda utópica, la izquierda burocrático-sindical y la centroizquierda. La extrema izquierda es revolucionaria, no ve en la democracia existente sino una forma de dominación y pretende implementar lo que denomina «socialismo», aunque sería mejor llamarlo «estatismo». La izquierda utópica, por su parte, prefiere no disputar el poder para conservar sus ideales socialistas: hoy, el mejor ejemplo es el movimiento «otromundista», que se formó a partir del Foro Social Mundial, cuyos principales referentes afirman que no aspiran al poder, sino que quieren constituirse en la conciencia crítica de las sociedades capitalistas contemporáneas. La izquierda burocrático-sindical, en cambio, participa del juego democrático y tiene bases sólidas en el Estado y los sindicatos. Por último, la centroizquierda reconoce la imposibilidad de una transición hacia el socialismo dentro de un plazo previsible y, utilizando una frase de Michel Rocard, trata de «gobernar el capitalismo de forma más competente que los capitalistas». Es una izquierda reformista, que durante el siglo XX fue socialdemócrata, pero que está transformándose en una centroizquierda socioliberal, en la medida en que los partidos de izquierda europeos han ido reformando la economía y el Estado con el objetivo de continuar garantizando los derechos sociales y profundizar la igualdad, aceptando, al mismo tiempo, un papel más activo de los mercados.

Una segunda pregunta es necesaria en este punto: ¿puede esa izquierda ser nacional? En América Latina, después de un prolongado periodo de hegemonía de las ideas de derecha, la izquierda y el nacionalismo democrático han regresado. En los últimos años, gobiernos de orientación izquierdista y nacionalista fueron elegidos en Brasil, Argentina, Venezuela, Uruguay y Bolivia. Este nuevo nacionalismo, moderado, democrático y liberal, entiende la globalización como la competencia mundial de las empresas, apoyadas por sus respectivos países. Sin rechazar los conflictos, defiende una prudente solidaridad de clases cuando se trata de competir internacionalmente.

El nacionalismo no es necesariamente de izquierda. Históricamente, fue por cierto una ideología burguesa, que se sumó a la ideología liberal al formarse los modernos Estados-nación. Pero la Guerra Fría llevó a las burguesías nacionales a identificarse con Estados Unidos para hacer frente a las amenazas comunistas, y el nacionalismo tendió a ser cada vez más adoptado por partidos de centroizquierda. La Guerra Fría terminó hace casi 20 años, pero solo en los últimos tiempos los empresarios se están dando cuenta de que sus intereses han cambiado, y que ahora tiene más sentido competir internacionalmente, con el apoyo de sus respectivos países.

La lucha por el centro

En la discusión sobre los conceptos «izquierda» y «derecha» es esencial debatir el problema del centro. En las sociedades modernas, las agrupaciones políticas que se autodenominan «de centro» son siempre de derecha o de centroderecha. Podemos entonces pensar en una escala ideológica que va de la extrema derecha a la extrema izquierda, pasando por la derecha, la centroderecha, la centroizquierda y la izquierda. Tenemos, de ese modo, una escala con seis formaciones políticas, pero sin un centro. En esa escala, el centro es inexistente pero, como punto virtual, es fundamental. El gran objetivo, tanto de la izquierda como de la derecha, es conquistar el centro, porque quien lo logra se convierte en gobierno. Y, como ese centro se mueve cíclicamente, la pugna ideológica entre la izquierda y la derecha en las democracias modernas se define en torno a su corrimiento, un poco hacia la izquierda o un poco hacia la derecha. Los movimientos del centro son pendulares por naturaleza: ya sea que se incline hacia la izquierda, como ocurrió después de la crisis de los años 30, o hacia la derecha, como sucedió a partir de mediados de los 70. Esos movimientos se dan en la medida en que las propuestas de gobierno de uno u otro sector se agotan y los electores situados más cerca del centro se corren en una dirección opuesta a la dominante.

Por otro lado, es preciso considerar que el centro varía geográficamente. En EEUU, donde nunca hubo un movimiento socialista fuerte, el centro está mucho más a la derecha que en Gran Bretaña. Allí, a su vez, se ubica más a la derecha que en Francia, Alemania o España. Esta diferencia se debe a razones de orden histórico que no interesa discutir aquí. Lo que importa dejar en claro es el hecho de que, si aceptamos esa variación del centro, los conceptos de izquierda y derecha se vuelven relativos. Políticas consideradas de izquierda en EEUU podrán ser calificadas de derechistas en Francia. Por eso, al afirmar que el centro se mueve en el tiempo y que varía de país a país, debo reconocer una limitación en la definición inicial. Porque si la distinción izquierda-derecha en relación con el orden y la justicia fuese estricta, esa variación no tendría sentido. Permitir el desarrollo de los movimientos sociales y las huelgas, restringir sin violencia acciones ilegales como las que promueve con frecuencia el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, y apoyar sus reivindicaciones, sería siempre de izquierda. En contrapartida, defender la ley a cualquier precio y usar la autoridad tradicional y religiosa para justificar posiciones políticas y morales sería siempre de derecha. Esto, sin embargo, es verdadero solo hasta cierto punto. En las cuestiones sociales, el principio de racionalidad debe siempre prevalecer, y ese principio evita distinciones claras entre lo que es blanco y lo que es negro. La realidad social es ambigua, como el ser humano. La derecha tiende a presuponer que el ser humano es, por naturaleza, egoísta e interesado solo en sí mismo; la izquierda, a pensarlo como generoso. Ciertamente, el ser humano es intrínsecamente contradictorio y, por lo tanto, ambiguo. Nace con dos necesidades básicas y contradictorias: el instinto de supervivencia, que lo hace individualista y egoísta; y el instinto de convivencia, que lo torna solidario y cooperativo. Toda sociedad se basa en esa ambigüedad, y por eso los cientistas sociales tienen tantas dificultades para prever su comportamiento.

¿Qué sucede con el centro en Brasil y, en general, en América Latina? ¿Está más a la izquierda o más a la derecha que en los países desarrollados de Europa continental? Es difícil afirmarlo con claridad, dado que la división entre izquierda y derecha enfrenta una dificultad fundamental en nuestra región, donde la izquierda hoy está presente en los gobiernos de Argentina, Uruguay, Chile, Venezuela, Bolivia y Brasil. Según observó Wilfredo Lozano (2005, p. 145), «la izquierda que está actualmente en el poder es un complejo producto de su reacomodación reformadora, lo que la obligó a girar hacia el centro». Pero, ¿cuánto es necesario girar hacia el centro? ¿El giro es solo hacia el centro o también hacia la derecha? Dietmar Dirmoser (2005, p. 28) se pregunta: «¿estará el futuro latinoamericano caracterizado por democracias sin demócratas?». La pregunta encierra una paradoja absoluta. En el caso de Brasil, la cuestión es dominada por otra paradoja, que quizás no esté ausente en el resto de América Latina: la izquierda gana las elecciones, pero no gobierna. Este fenómeno, que denomino «paradoja de la izquierda», ¿será verdadero? Y, si lo es, ¿existe una explicación?

Para responder a estas preguntas, y tomando a Brasil apenas como base para el análisis, parto del presupuesto de que la ideología determina el voto. Ese presupuesto teórico fue puesto en duda por una serie de analistas de diferentes países, en su mayoría de filiación conservadora, que también tienden a negar la relevancia de las diferencias entre izquierda y derecha. Pero, finalmente, las investigaciones dejaron en claro que los electores, aunque no tengan una estructura ideológica definida, poseen una identificación política suficiente como para distinguir posiciones de izquierda o derecha, progresistas o conservadoras.

Singer (1999) confirmó esa hipótesis en relación con Brasil. Desde que, en 1985, se inició la transición a la democracia, los partidos que dominan el Congreso (el Partido del Movimiento Democrátido de Brasil –PMDB–, el Partido Social Demócrata de Brasil –PSDB– y el Partido de los Trabajadores –PT–, según el orden histórico) siempre se autodefinieron como de izquierda (los dos primeros, de centroizquierda; el último, de izquierda a secas). Junto con pequeñas fuerzas políticas, lograron la mayoría en la Cámara de Diputados, aunque no en el Senado. De los tres presidentes elegidos en forma directa desde 1985, dos se autodenominaron de izquierda –Fernando Henrique Cardoso y Luiz Inácio Lula da Silva– y solo uno –Fernando Collor de Melo– admitió ser de derecha. Es cierto que no todos los legisladores de esos partidos pueden ser considerados de centroizquierda: algunos, incluso dentro del PT, son más bien de centroderecha, aunque los programas y los mensajes que envían sean de centroizquierda.

El motivo por el cual en Brasil los partidos y los candidatos presidenciales de izquierda suelen ser elegidos con más frecuencia que los de derecha es evidente. Está directamente relacionado con la brutal desigualdad social: los políticos de izquierda pueden enarbolar un discurso que reivindique una mejor distribución de la riqueza de manera más natural, mientras que los candidatos de derecha solo son capaces de formular planteos de esta naturaleza apelando a consignas populistas, con un discurso que no se corresponde con sus convicciones. Sin embargo, una vez elegidos, ni el presidente ni los legisladores de izquierda construyen un gobierno de izquierda, que efectivamente contribuya a la reducción de la injusticia social. Puede que incluyan en sus administraciones algunas políticas sociales de redistribución, atendiendo de ese modo a la presión de los pobres; pero, finalmente, sus gobiernos promoverán los intereses de los ricos, y la renta y la riqueza continuarán concentrándose.

¿Por qué los partidos de izquierda no gobiernan en nombre de la izquierda en Brasil, ni tampoco –presumo– en el resto de América Latina? No es porque sea imposible un gobierno de izquierda en países capitalistas: las variadas experiencias europeas no dejan dudas al respecto. La respuesta más general está en el hecho de que, tanto en Brasil como en los demás países en desarrollo, existe un gran desfase entre el «pueblo» y la «sociedad civil», y es en esta última donde se encuentra el verdadero poder político en las democracias. Con «sociedad civil» no me refiero a las organizaciones (ONG), sino a la sociedad políticamente organizada, cuya influencia está exacerbada por el dinero, el conocimiento y la capacidad de organización: tiende a ser más conservadora y menos democrática que el pueblo, porque en ella aquellos individuos que poseen más capital, más conocimiento técnico, organizacional y comunicativo tienen individualmente más poder que los ciudadanos comunes. Cuanto más avanzada es una democracia, más democratizada se encuentra su sociedad civil, y, por eso mismo, menor será la diferencia entre ella y el pueblo. Y esto sucederá en la medida en que aumente el grado de igualdad del ingreso, conocimiento y capacidad de organización; o sea, el grado de justicia social. Lo que demuestra que la libertad –garantizada por la democracia– y la justicia –impulsada por el creciente respeto a los derechos sociales– son objetivos políticos que, aunque parezcan independientes, se encuentran relacionados. En sociedades como la sueca o la suiza, en las que las desigualdades son menores, la sociedad civil es fuertemente democrática y se diferencia poco del pueblo. Allí la sociedad civil tiene menos poder. Por eso, cuando gana la izquierda, gobierna la izquierda.

Como ya señalamos, en sociedades menos democráticas y menos justas, como las latinoamericanas, el desfase entre pueblo y sociedad civil es enorme. El pueblo no necesariamente tiende a ser más democrático, como demuestran las investigaciones de Latinobarómetro, pero sí tiende a ser más de izquierda, en la medida en que demanda del Estado políticas distributivas activas. Sin embargo, una vez elegido un gobierno de izquierda, la tendencia de los nuevos gobernantes será buscar «legitimidad» ante la sociedad civil, identificándose con su percepción y sus valores, ya que allí se encuentra la fuente real de legitimidad. En las democracias, la fuente de la legalidad política es siempre el pueblo; sin embargo, la de la legitimidad proviene del apoyo de la sociedad civil. Cuando asume un nuevo gobierno, seguramente buscará hacer coincidir la legalidad y la legitimidad políticas, incluso si es de izquierda y no contó con el apoyo de la sociedad civil. Esto es así porque, aunque una vez elegido se inclinen a darle un voto de confianza, la sociedad civil, y en especial los sectores más derechistas, buscarán que garantice el respeto por la propiedad y los contratos –es decir, por el orden establecido– y que no adopte políticas redistributivas fuertes. Caso contrario, el gobierno correrá el riesgo de perder su apoyo.

Los empresarios y la izquierda

Si abordamos ahora la pregunta central, no hay ningún obstáculo para que un empresario sea de izquierda, siempre que la izquierda a la que apoye no sea revolucionaria. Tal vez un empresario de izquierda precise de algún espíritu republicano para serlo, pero no demasiado: a largo plazo, es muy posible que salga ganando con la política distributiva y defensora de las libertades que el gobierno de izquierda que apoya probablemente adopte.

Al mismo tiempo, podrá beneficiarse si la reducción de la desigualdad morigera la inestabilidad política y, en consecuencia, acelera el proceso de crecimiento económico (Przeworski/Curvale). También podrá salir ganando si la política de intervención moderada del Estado patrocinada por un gobierno de izquierda contribuye al desarrollo. Por eso, en caso de que tenga espíritu republicano, incluso sin beneficiarse personalmente, el empresario podrá ser de izquierda, siempre que su partido, una vez en el gobierno, sea capaz de gobernar el capitalismo de forma más competente que los capitalistas.

Para el empresario, el partido de izquierda ideal es aquel que busca reformar el capitalismo. La socialdemocracia fue la primera forma que asumió la izquierda cuando dejó de ser revolucionaria. Hoy, los partidos políticos de centroizquierda, que fueron originalmente socialdemócratas, tienden, cada vez más, a volverse socioliberales. El socioliberalismo representa una superación positiva de la socialdemocracia, y hoy es un objeto de desconfianza natural para la izquierda burocrática y para la izquierda utópica. Del mismo modo que la socialdemocracia fue durante mucho tiempo acusada de traicionar los ideales del socialismo, ahora se acusa al socioliberalismo de traicionar los ideales de la socialdemocracia.

Pero ser socioliberal es casi una condición para el éxito de un partido de izquierda en el gobierno. Hoy, los países que tienen gobiernos de izquierda exitosos, como es el caso de los países escandinavos, Holanda y Gran Bretaña están dejando de ser socialdemócratas, para comenzar a ser socioliberales. La diferencia fundamental entre la socialdemocracia y el socioliberalismo no reside en la defensa de los derechos sociales, sino en la mayor importancia otorgada al mercado y la competencia en la organización de la economía, además del modo de organización del Estado y los servicios sociales y científicos que financia.

En América Latina, el programa de un partido de izquierda deberá necesariamente combinar la lucha por la disminución de las desigualdades con la lucha por el desarrollo. La izquierda radical tiende a creer que en el capitalismo el desarrollo está asegurado, y se preocupa solamente por la distribución. Pero se trata de un error. Aunque es cierto que en los países más avanzados, que completaron su revolución industrial, el desarrollo capitalista tiende a ser autosustentado (Furtado 1961), esto no es así en los países que fueron sometidos a procesos imperialistas. En esos casos, sus elites se volvieron ambiguas en relación con los intereses nacionales, pues también estaban ideológicamente subordinadas al centro desarrollado.

Sin embargo, cuando se adopta el desarrollo económico como objetivo, no existe alternativa sino pensar estrategias nacionales. Desde que en los 80 la corriente ideológica globalizadora se volvió dominante, las elites conservadoras de América Latina se subordinaron de forma indiscriminada a las recomendaciones de Washington y Nueva York. Ahora bien, el desarrollo económico es siempre el resultado de una estrategia que cada nación define con autonomía. De ahí que los países asiáticos, que preservaron celosamente esa autonomía, sean hoy países dinámicos, mientras que los de América Latina, que cedieron a las presiones, quedaron atrás.

En este contexto, a los empresarios nacionales les puede resultar interesante participar en gobiernos de izquierda, ya que han revelado mayor capacidad de identificarse con los intereses nacionales.

Izquierda y Nación

El interés y la capacidad de promover el desarrollo económico nacional y la libertad no distinguen entre izquierda y derecha. Naturalmente, cada tendencia se considera la más capacitada para llevar adelante esos objetivos. Pero, históricamente, hemos visto gobiernos de las dos orientaciones exitosos y otros desastrosos en relación con esas metas.

Aquí argumentaré que, cuando se piensa en una definición de izquierda para los países en desarrollo, es necesario incluir la idea de desarrollo como un objetivo básico, y las nociones de Nación e interés nacional como medios para alcanzar ese objetivo. Históricamente, en la Europa del siglo XIX, la de Marx, la burguesía fue nacionalista, mientras que la izquierda era internacionalista. Esto, sin embargo, nunca convenció a los trabajadores, quienes no dudaron en asociarse a la burguesía y al gobierno cuando se trató de competir internacionalmente. Fue eso lo que permitió que los países capitalistas económicamente exitosos consolidaran sus Estados-nación. En todos esos países, el nacionalismo dejó de ser una ideología explícita y se convirtió en un sobreentendido. Del mismo modo, en las naciones más dinámicas de Asia, a diferencia de lo que sucede en los países dependientes de América Latina, hoy prácticamente nadie duda de que el deber de los gobiernos sea impulsar el desarrollo. En esos casos fue posible ocultar la perspectiva nacionalista, siempre incómoda en las relaciones internacionales, y reservar el adjetivo «nacionalista» para sus degeneraciones más extremas y violentas (como el nazismo) o para las diversas formas de populismo. Para los países más ricos, ese ocultamiento es un proceso natural, que tiene la ventaja extra de neutralizar el eventual nacionalismo de los países en desarrollo y volver a sus elites más dóciles a las directrices del Norte.

En América Latina no tiene sentido ignorar el nacionalismo, que está lejos de haberse consolidado como un valor consensual y sobreentendido. Las elites de la región –tanto económicas, lo que incluye a los empresarios, como intelectuales– son en su mayoría dependientes. Aunque fueron nacionalistas en el pasado, se subordinaron a EEUU a partir de la amenaza que representó la Revolución Cubana de 1959. La adopción de la «teoría de la dependencia», tanto en su versión marxista radical como en su versión también marxista pero más moderada de «dependencia asociada», no motivó un mayor nacionalismo. Por el contrario, impulsó a muchos a copiar la clásica perspectiva internacionalista de la izquierda europea del siglo XIX: partiendo del presupuesto de que en América Latina era imposible que se formara una «burguesía nacional», algunos se inclinaron por la revolución socialista, mientras que otros se resignaron a la asociación o subordinación a los países ricos (Bresser-Pereira). La prioridad del desarrollo económico fue abandonada por la izquierda en la medida en que ésta asumió que, en el capitalismo, el desarrollo ocurriría de todas formas, y que solo había que preocuparse por la democracia y la justicia social. A partir de la crisis de la deuda externa de los 80, la dependencia de los países latinoamericanos se profundizó, por lo cual el modelo nacional-desarrollista entró en crisis. Esto ocurrió como consecuencia de las presiones de quienes afirmaban que el Estado-nación había perdido preeminencia en un mundo globalizado y sin fronteras. Y sucedió, finalmente, porque las elites latinoamericanas, conservadoras y dependientes, adhirieron a las nuevas ideas. De ese modo, los países latinoamericanos vieron interrumpida la construcción del desarrollo nacional (Furtado 1992).

Hoy, sin embargo, a casi 20 años del fin de la Guerra Fría y ante el evidente fracaso de las políticas neoliberales, sería razonable esperar que la izquierda priorizara el desarrollo económico nacional. Sin una actitud nacionalista, democrática y liberal (aunque no neoliberal), los países latinoamericanos no lograrán despegar. En los últimos 25 años, las naciones asiáticas más dinámicas demostraron que es posible utilizar con moderación el nacionalismo para promover el desarrollo.

Es necesario, sin embargo, considerar que, además de las dos teorías de la dependencia más conocidas –la de la sobreexplotación capitalista y la de la dependencia asociada– existe una tercera: la teoría del desarrollo nacional dependiente (Bresser-Pereira), que enfatiza el carácter intrínsecamente ambiguo y contradictorio de las elites latinoamericanas. Sostiene que, aunque éstas son dependientes de EEUU, también poseen intereses más relacionados con sus respectivas naciones. En ciertos momentos, como sucedió entre 1930 y 1950, los intereses nacionales prevalecieron, ya que el centro estaba en crisis; en otras etapas, como ocurrió en los 80 y 90, la dependencia se volvió dominante. Aún resta saber qué acontecerá en el nuevo siglo XXI. Ya pasó media década y, aunque algunas tendencias en dirección a la izquierda y la Nación son visibles, todavía es temprano para ensayar un pronóstico seguro.

Conclusión: empresarios, izquierda y desarrollo

En los últimos años, ante el fracaso de las reformas y las políticas neoliberales para promover el desarrollo de América Latina, puede notarse un creciente interés, más de los empresarios que de los intelectuales, respecto de las cuestiones nacionales, así como una mayor disposición a apoyar a partidos de izquierda moderados, que sostengan un compromiso firme con el desarrollo. Mientras que los empresarios son en general más nacionalistas que de izquierda, los intelectuales tienden a ser más de izquierda que nacionalistas. La alianza fundamental que forma una nación es siempre la que se constituye entre la burguesía (los empresarios) y la burocracia estatal, mientras que en los intelectuales y en los trabajadores se encuentran las principales bases de la izquierda. Por eso, en caso de que esos dos grupos –los empresarios y la izquierda– llegaran a acercarse, como es posible que acontezca, puede esperarse que un nacionalismo democrático y socioliberal gane fuerza en la región y comience a ser la principal característica de los partidos de centrozquierda. Si esto llegara a acontecer, los empresarios progresistas tendrán en esos partidos políticos un espacio privilegiado de acción política. La elección de presidentes de izquierda, y eventualmente nacionalistas, en América Latina en los últimos años es una indicación de ese cambio.

No existe, de todos modos, la seguridad plena de que conseguirán impulsar los dos objetivos que los legitimarían: retomar el desarrollo económico y promover una mejor distribución del ingreso. En Brasil, el presidente Lula estaba sostenido por un partido fuerte, y sin embargo fracasó. Se subordinó a la coalición dominante –integrada por los rentistas y el sector financiero, que demandan intereses escandalosamente altos asociados a las empresas multinacionales, y por quienes exportan a Brasil, interesados en un tipo de cambio apreciado– y mantuvo una política macroeconómica perversa. Además, el PT se vio comprometido con un sistema de corrupción generalizado. En Venezuela, Hugo Chávez continúa siendo una alternativa mucho mejor que la derecha corrupta y cosmopolita que se le opone, pero su incontinencia verbal y su inclinación autoritaria son preocupantes. Uruguay y Bolivia son aún una incógnita, y solo en Argentina, bajo la conducción de Néstor Kirchner, la izquierda nacional viene realizando avances en dirección a un buen gobierno.

Está claro que América Latina necesita un nuevo desarrollismo para superar la semiparálisis de los últimos 25 años y enfrentar los desafíos del desarrollo. El neoliberalismo fracasó, y solo una política que combine estabilidad macroeconómica con el apoyo activo a la competitividad internacional podrá sustituirlo. Una política de esa naturaleza tiene en los partidos de centroizquierda su respaldo natural. Si esos partidos pueden contar con el apoyo de los empresarios progresistas y nacionales, las posibilidades de evitar los dos grandes problemas que asolan a la política en la región –el populismo económico y la subordinación a los intereses financieros– aumentarán sustancialmente.

Bibliografía

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