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Izquierda nacional y empresarios en América Latina

La izquierda moderada, antes denominada socialdemócrata, es hoy cada vez más «socioliberal»: busca gobernar el capitalismo de forma más competente que los capitalistas y acepta un papel más activo del mercado en la economía. No hay, por lo tanto, ningún obstáculo para que se produzca una alianza con el sector privado, como ocurre ya en algunos países de América Latina: los empresarios se benefician si disminuyen la desigualdad y la inestabilidad política, y se inclinarán entonces por apoyar a una izquierda que, ante el fracaso del neoliberalismo, ubique el desarrollo nacional en el centro de su estrategia.

Izquierda nacional y empresarios en América Latina

¿Los empresarios pueden formar parte de un partido o de un gobierno de izquierda? Para responder a esta pregunta, es necesario determinar antes qué se entiende por «izquierda» y «derecha». Según mi parecer, la concepción para definir estas dos posiciones debe tener como criterios básicos la diferencia entre justicia social y el orden público, y el reconocimiento o no de la necesidad de intervención del Estado en la economía. Mientras que alguien de derecha prioriza siempre el orden en relación con la justicia, quien se define de izquierda estará dispuesto a poner en riesgo ese orden en nombre de la justicia social; mientras el conservador es hoy un neo o un ultraliberal, el progresista defiende un grado razonable de intervención del Estado para corregir las fallas del mercado. Hay muchos tipos de izquierda, más que tipos de derecha, probablemente porque ésta, más allá de los valores y las ideas, tiene al capital para unificarla, mientras que la izquierda solo tiene los valores y las ideas. Podemos distinguir al menos cuatro tipos de izquierda: la extrema izquierda, la izquierda utópica, la izquierda burocrático-sindical y la centroizquierda. La extrema izquierda es revolucionaria, no ve en la democracia existente sino una forma de dominación y pretende implementar lo que denomina «socialismo», aunque sería mejor llamarlo «estatismo». La izquierda utópica, por su parte, prefiere no disputar el poder para conservar sus ideales socialistas: hoy, el mejor ejemplo es el movimiento «otromundista», que se formó a partir del Foro Social Mundial, cuyos principales referentes afirman que no aspiran al poder, sino que quieren constituirse en la conciencia crítica de las sociedades capitalistas contemporáneas. La izquierda burocrático-sindical, en cambio, participa del juego democrático y tiene bases sólidas en el Estado y los sindicatos. Por último, la centroizquierda reconoce la imposibilidad de una transición hacia el socialismo dentro de un plazo previsible y, utilizando una frase de Michel Rocard, trata de «gobernar el capitalismo de forma más competente que los capitalistas». Es una izquierda reformista, que durante el siglo XX fue socialdemócrata, pero que está transformándose en una centroizquierda socioliberal, en la medida en que los partidos de izquierda europeos han ido reformando la economía y el Estado con el objetivo de continuar garantizando los derechos sociales y profundizar la igualdad, aceptando, al mismo tiempo, un papel más activo de los mercados.

Una segunda pregunta es necesaria en este punto: ¿puede esa izquierda ser nacional? En América Latina, después de un prolongado periodo de hegemonía de las ideas de derecha, la izquierda y el nacionalismo democrático han regresado. En los últimos años, gobiernos de orientación izquierdista y nacionalista fueron elegidos en Brasil, Argentina, Venezuela, Uruguay y Bolivia. Este nuevo nacionalismo, moderado, democrático y liberal, entiende la globalización como la competencia mundial de las empresas, apoyadas por sus respectivos países. Sin rechazar los conflictos, defiende una prudente solidaridad de clases cuando se trata de competir internacionalmente.

El nacionalismo no es necesariamente de izquierda. Históricamente, fue por cierto una ideología burguesa, que se sumó a la ideología liberal al formarse los modernos Estados-nación. Pero la Guerra Fría llevó a las burguesías nacionales a identificarse con Estados Unidos para hacer frente a las amenazas comunistas, y el nacionalismo tendió a ser cada vez más adoptado por partidos de centroizquierda. La Guerra Fría terminó hace casi 20 años, pero solo en los últimos tiempos los empresarios se están dando cuenta de que sus intereses han cambiado, y que ahora tiene más sentido competir internacionalmente, con el apoyo de sus respectivos países.

La lucha por el centro

En la discusión sobre los conceptos «izquierda» y «derecha» es esencial debatir el problema del centro. En las sociedades modernas, las agrupaciones políticas que se autodenominan «de centro» son siempre de derecha o de centroderecha. Podemos entonces pensar en una escala ideológica que va de la extrema derecha a la extrema izquierda, pasando por la derecha, la centroderecha, la centroizquierda y la izquierda. Tenemos, de ese modo, una escala con seis formaciones políticas, pero sin un centro. En esa escala, el centro es inexistente pero, como punto virtual, es fundamental. El gran objetivo, tanto de la izquierda como de la derecha, es conquistar el centro, porque quien lo logra se convierte en gobierno. Y, como ese centro se mueve cíclicamente, la pugna ideológica entre la izquierda y la derecha en las democracias modernas se define en torno a su corrimiento, un poco hacia la izquierda o un poco hacia la derecha. Los movimientos del centro son pendulares por naturaleza: ya sea que se incline hacia la izquierda, como ocurrió después de la crisis de los años 30, o hacia la derecha, como sucedió a partir de mediados de los 70. Esos movimientos se dan en la medida en que las propuestas de gobierno de uno u otro sector se agotan y los electores situados más cerca del centro se corren en una dirección opuesta a la dominante.

Por otro lado, es preciso considerar que el centro varía geográficamente. En EEUU, donde nunca hubo un movimiento socialista fuerte, el centro está mucho más a la derecha que en Gran Bretaña. Allí, a su vez, se ubica más a la derecha que en Francia, Alemania o España. Esta diferencia se debe a razones de orden histórico que no interesa discutir aquí. Lo que importa dejar en claro es el hecho de que, si aceptamos esa variación del centro, los conceptos de izquierda y derecha se vuelven relativos. Políticas consideradas de izquierda en EEUU podrán ser calificadas de derechistas en Francia. Por eso, al afirmar que el centro se mueve en el tiempo y que varía de país a país, debo reconocer una limitación en la definición inicial. Porque si la distinción izquierda-derecha en relación con el orden y la justicia fuese estricta, esa variación no tendría sentido. Permitir el desarrollo de los movimientos sociales y las huelgas, restringir sin violencia acciones ilegales como las que promueve con frecuencia el Movimiento de los Sin Tierra en Brasil, y apoyar sus reivindicaciones, sería siempre de izquierda. En contrapartida, defender la ley a cualquier precio y usar la autoridad tradicional y religiosa para justificar posiciones políticas y morales sería siempre de derecha. Esto, sin embargo, es verdadero solo hasta cierto punto. En las cuestiones sociales, el principio de racionalidad debe siempre prevalecer, y ese principio evita distinciones claras entre lo que es blanco y lo que es negro. La realidad social es ambigua, como el ser humano. La derecha tiende a presuponer que el ser humano es, por naturaleza, egoísta e interesado solo en sí mismo; la izquierda, a pensarlo como generoso. Ciertamente, el ser humano es intrínsecamente contradictorio y, por lo tanto, ambiguo. Nace con dos necesidades básicas y contradictorias: el instinto de supervivencia, que lo hace individualista y egoísta; y el instinto de convivencia, que lo torna solidario y cooperativo. Toda sociedad se basa en esa ambigüedad, y por eso los cientistas sociales tienen tantas dificultades para prever su comportamiento.