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Intelectuales, experiencia e investigación militante Avatares de un vínculo tenso

En los últimos 15 años, la figura del intelectual ha sido desafiada, combatida y reorganizada en relación con prácticas que la han puesto severamente en cuestión. Pero ¿cuál es el estatuto del pensamiento y la investigación frente a los nudos de conflicto y disputa que caracterizaron el continente en los últimos años? ¿Cómo se ubica la militancia frente a una serie de experiencias que ponen justamente en crisis los modelos pedagógicos clásicos de la política? Debemos leer estas preguntas desde la actualidad: una crisis de la propia noción de movimiento social y un declive de los gobiernos llamados progresistas que usufructuaron su legitimidad.

Intelectuales, experiencia e investigación militante / Avatares de un vínculo tenso

El prejuicio antiintelectual tiene una gran influencia entre intelectuales y militantes y ha logrado sedimentar una serie de lugares comunes que siguen operativos. Por ejemplo, la remanida división entre pensar y hacer; entre elaborar y experimentar; entre comodidad y riesgo. Se trata, sin dudas, de polos que concentran caricaturas: la abnegación militante por la práctica como si estuviera despojada de ideas y la adoración límpida del intelectual por el cielo de los conceptos como si de una pura abstracción se tratara.

A pesar de lo estereotipado de estas figuras, continúan marcando los confines de un mapa que, sin embargo, ha cambiado muchísimo, con cimbronazos que hacen trabajosa la vuelta atrás. En este sentido, la cuestión puede plantearse al revés: cada vez que reemerge este binarismo (en su fórmula más brutal: los que hacen y los que piensan) es en respuesta disciplinadora a un desplazamiento de la relación entre pensamiento y práctica. Por eso, el antiintelectualismo, en lugar de ser un guiño hacia lo popular (como muchas veces se sobreactúa), es un llamado al orden y una confirmación de las jerarquías clasistas. Lo hemos escuchado en los últimos años de muchas maneras1: tal idea no se entiende en un barrio; tal concepto no lo puede haber elaborado un grupo de desocupados; no hace falta teoría para saber lo que hay que hacer cuando hay hambre; pensar es un lujo, etc. El estigma toma forma condescendiente y paternalista porque reacciona al tembladeral de los lugares asignados, autoatribuyéndose las mejores intenciones.

Hay ecos que se hacen presentes, de modo discontinuo, en el ejercicio de dividir el campo político en dos. «Los que luchan y los que lloran», tituló Jorge Masetti la entrevista-libro que hizo con Fidel Castro en Sierra Maestra (1958), preludio de su conversión de periodista en guerrillero. La cesura tajante, en diagramas como ese, llama al combate, repudia la pasividad y, en todo caso, interpela a las herramientas intelectuales a que desenfunden su poder de fuego. En cambio, la división entre quienes hacen y quienes piensan traza una división mucho más conservadora y forzada: no provee ningún llamamiento ni interpelación; más bien confirma la división pasiva y subordinada entre un arriba y un abajo, donde el saber es un sobrevalorado poder de elite y el hacer un modesto recurso subalterno.

Propongo aquí un ejercicio situado: una especie de cartografía de problemas en los que la relación entre pensamiento y práctica se ha visto conmovida en la última década y media. Me voy a concentrar en Argentina pero debiera quedar en evidencia también que esa delimitación se hace imposible: la perspectiva transnacional emerge de la propia coyuntura conmovida del periodo en cuestión. No solo es un gesto más allá del nacionalismo metodológico que intenta imponerse como premisa una y otra vez, sino que me gustaría evidenciar cómo ese supuesto se ha visto desarmado a partir de la dinámica material de ciertos acontecimientos político-intelectuales.Creo que vale la pena sumar otro desplazamiento: no se trata tanto de entender qué leen las militancias para comprender sus claves de acción y clasificarlas en tradiciones determinadas, sino de pensar hasta qué punto la militancia supone políticas de lectura. Por tanto, en el campo de la lectura hay una productividad que no se reduce a modelos pedagógicos preestablecidos. La imagen contorneada del intelectual-lector (de libros y de coyunturas) especializado es la que se preserva respecto a los regímenes de lectura que logran, en ciertas situaciones, tejer relaciones y efectuar otras operaciones: justamente las que desobedecen la distinción entre lo manual y lo intelectual y las que se practican no para construir un capital simbólico o un prestigio personal, sino para arriesgarse al nombrar y valorizar modos de existencia que denuncian y combaten las formas de explotación y dominio.

Es posible explorar tres imágenes-polémicas para abordar de otro modo esta relación entre conceptos y experiencias.

Uno: lo destituyente

La crisis de 2001 en Argentina –enlazada a una secuencia continental de revueltas y levantamientos antineoliberales– proveyó un espacio de creación teórico-política. El momento de irrupción de «subjetividades de la crisis», que tomaron forma de movimientos de desocupados, experiencias autogestivas en fábricas y barrios, y modalidades de economía alternativa y popular (del trueque a las redes de abastecimiento y ferias), mostró una capacidad de impugnación y de acción capaz de quebrar el consenso neoliberal. A la vez logró articular, de modo novedoso, resistencias que venían tejiéndose desde años atrás. Toda la teoría política se pone a prueba en momentos como esos. Las respuestas reactivas de infantilización, desprecio y clausura respecto del heterogéneo movimiento fueron múltiples y vinieron de muchos lados (y siguen disputando la interpretación de los acontecimientos): justo cuando el Partido Justicialista (pj) en sus territorios más tradicionales afrontaba el más duro de los cuestionamientos de las últimas tres décadas, las visiones que solo se empeñan en detectar el orden no veían allí más que al pj rearmándose; cualquier atisbo de encontrar en esas emergencias algo que no fuera víctimas o población meramente desesperada era voluntarista o sobreestimaba el poder popular. A partir de la investigación militante colectiva, nombramos aquel poder como destituyente: justamente por su capacidad de derribar y vaciar la hegemonía del sistema político de partidos y por abrir una temporalidad de indeterminación radical a partir de la fuerza de los cuerpos en la calle. Quisimos, además, subrayar que aquello que se tildaba de espontáneo era más bien la visibilización de una trama que estaba pacientemente construida, que sintetizaba una larga elaboración por abajo y que tenía la densidad de cuestionar la distinción misma entre lo «social» y lo «político». Hablamos entonces de un «nuevo protagonismo social»2 .

El modo en que el concepto de multitud resonó en el debate alrededor de la caracterización y valoración de ese «sujeto» político novedoso proyectó también la experiencia argentina hacia el plano de los debates teóricos de otras latitudes y encontró en nombres como Antonio Negri y Paolo Virno, por nombrar a los que más se citaron entonces, interlocuciones concretas. Pero ¿por qué? Sobre todo, porque coincidieron un ciclo de luchas en América Latina contra el neoliberalismo y un ciclo de luchas en Europa contra la globalización y la guerra (con Génova 2001 como escena clave), que forzaron la producción de conceptos estratégicamente comunes para dar cuenta de subjetividades que ya se desmarcaban en la práctica del modelo obrero fordista (periférico o central) y que implicaban un balance respecto de los modos de derrota de los años 70. Tales ciclos, además, se inscriben en un plano abierto por la insurgencia zapatista, que marca a toda una generación militante a escala planetaria.

  • 1.

    Esta reflexión tiene un carácter situado: involucra la experiencia que he tenido como miembro del Colectivo Situaciones y de la editorial Tinta Limón. Acudo a tal reflexión colectiva, que hemos hecho junto con otros colectivos y compañeros y compañeras alrededor de la práctica de investigación militante para dar cuenta de estas polémicas. Se trata de una experiencia que, en mi reflexión, sigue operando en distintos niveles, como premisas afectivas e intelectuales, más allá de la existencia del colectivo como grupo.

  • 2.

    Colectivo Situaciones: 19 y 20. Apuntes sobre el nuevo protagonismo social, Tinta Limón, Buenos Aires, 2002.