Opinión

Horacio Cartes y una agenda poco convincente Encrucijadas de la política en Paraguay

El gobierno liderado por Horacio Cartes sostiene una agenda política discutida por distintos sectores de la opinión pública paraguaya.

Horacio Cartes y una agenda poco convincente / Encrucijadas de la política en Paraguay

Horacio Cartes ha cumplido tres años como presidente de Paraguay. Sus antecedentes poco claros de enriquecimiento, su falta de historia política (habría votado por primera vez en su vida cuando lo hizo por sí mismo) y su gestión al frente del país, motivan diversos debates. Gobernante por la Asociación Nacional Republicana (Partido Colorado), es decir, por el partido de la dictadura que se extendió entre 1954 y 1989, de la Guerra Fría contra el comunismo y de la Operación Cóndor, Cartes se propone una agenda política de reformas y contrareformas.

Administración y malestar

La agenda económica del gobierno liderado por Cartes incluye cierta austeridad en las contrataciones que se evidenció con el despido de 1.000 empleados de la administración pública. A su vez, se exhiben mayores inversiones en infraestructura a través del incremento en la contratación de construcción de carreteras. Se trata de un gobierno de ministros técnicos, es decir, de la llamada «selección nacional» diferenciada de los «políticos» que lideran el Partido Colorado.

Si bien el gobierno ha desarrollado políticas que han otorgado mayor poder al empresariado, también ha sostenido políticas de asistencia para los sectores más vulnerables, transferencias condicionadas para las madres (plan Tekoporá) y no condicionadas para los mayores (plan Adultos Mayores). Este proceso se produce en el marco del apuntalamiento del modelo agroganadero exportador, que se ha demostrado incapaz de crear puestos de trabajo, a la vez que genera una deforestación acelerada y compite con la agricultura familiar, pero genera las divisas que ofrecen capacidad de compra al sector adinerado y permite un auge financiero e inmobiliario.

El país no crece con celeridad pero, en relación con el continente -–y con el mundo– mantiene tasas de crecimiento mayores a 3%, en los últimos tres años. La pobreza no solo no ha aumentado sino que ha descendido levemente, pese a la caída de los precios de las principales exportaciones paraguayas (soja y carne). Algunos sectores dinámicos de la economía, como las finanzas, los agronegocios, la construcción y la comunicación, se aceleraron. Sin embargo, descendió el ingreso para la mayor parte de los quintiles poblacionales, cuya prosperidad decreció y cuya precariedad aumentó. La percepción de la ciudadanía, expresada tanto en mediciones de opinión como en la Encuesta Permanente de Hogares, verifican que el crecimiento beneficia a pocos. Y demuestran, asimismo, que un creciente endeudamiento público amenaza y amortiza el futuro.

Esto motiva que la serie de logros de la administración de Cartés –alabados por el Banco Mundial– no hayan tenido un beneplácito generalizado. Aunque la macroeconomía paraguaya parece marchar bien, los conflictos económicos de la población son evidentes.

Nada de esto sonaría extraño ni nuevo en un país de históricas desigualdades, donde solo 20% de la población cuenta con seguro social, salud y jubilación y en donde el resto es trabajo informal. Un país en el que buena parte de los patrones no cumplen con los pagos del seguro social, donde 2% de los propietarios rurales detenta 89% de la tierra y esa minoría está acaparando aún más superficie rural del país, sólido dato registrado en los censos agrícolas y denunciado por la centrales campesinas. Sin embargo, el desagrado con el actual gobierno, se origina cuando se lo contrasta con tiempos mejores.

El de Cartes es un gobierno conservador y antireformista, muy diferente al del derrocado Fernando Lugo (2008-2012), que había emprendido acciones para reformar un país cuyo índice de Gini de ingresos oscila entre 0,47 y 0,51. En la memoria colectiva, la situación actual reviste un carácter muy diferente al de aquel tiempo en el que Lugo encaraba políticas sociales para los más vulnerables, un tiempo con expansión de la salud pública, de una educación más incluyente, de mayor gasto en la agricultura familiar campesina y sin menoscabo de la ganancia para los empresarios. «El gobierno se ocupaba más de los pobres y no tanto de los ricos», es el comentario general expresado en conversaciones cotidianas, pero también en las redes sociales y en las diversas encuestas. La convicción generalizada es que el de Cartes es un gobierno de ricos y para los ricos, continuación de un golpe parlamentario contra un gobierno más interesado por justicia social.

Reacio a cobrar impuestos para no molestar a los más ricos –Paraguay tiene una presión tributaria entre 12 y 13% del PIB, de las menores de América Latina– el gobierno actual incrementa los ingresos públicos con endeudamiento, sobre todo con la emisión de bonos soberanos. De esta manera se está fabricando una deuda que dejará un legado negativo. No porque sea muy alta (ronda el 30, que es bajo) sino porque hay pocos recursos estatales para honrarla sin comprometer los gastos fijos, es decir, los gastos salariales y demás obligaciones rígidas del Estado. Pero si la economía tiene aspectos buenos y malos, la política tiene más aspectos negativos.

El fantasma de la reelección

Surgido de elecciones perfectamente libres en 2013, Cartes experimenta ahora la cercanía al término de su mandato, ya que, en el Paraguay, según lo establece la Constitución Nacional (de 1992, articulo 229), no hay reelección «en ningún caso». Eso lo llevó a preparativos para cambiar la Constitución Nacional a través de una enmienda. El procedimiento es sencillo: el Parlamento la vota y un plebiscito la ratifica. Pero ese intento fue bloqueado por el Senado.

La otra alternativa constitucional para volver a presentarse sería el cambio de la Constitución Nacional a través de una reforma. Es decir, de la convocatoria a una Convención Nacional Constituyente. Pero todos temen a esta alternativa, incluso el presidente Cartes. Con una popularidad de apenas 23% –recién medida por una empresa brasilera, el IBOPE– el presidente tiene lealtades efímeras. El trámite de la reelección resulta incierto. Y las tentativas fueron dándose de a poco.

  • 1.

    El Gini, medida de la desigualad que oscila entre sus extremos: el mínimo: 0,0: todos son completamente iguales; y el máximo: 1,0: uno lo tiene todo y los demás, nada.