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¿Hacia una nueva arquitectura sindical en América Latina?

La participación del sindicalismo latinoamericano en el diseño de la nueva central sindical mundial, que se creó fines de 2006, fue más bien marginal. Esto era un reflejo de su debilidad, en gran parte consecuencia del impacto de más de una década de políticas neoliberales. Pero la fundación de la nueva central abrió también un fuerte debate sobre el futuro del sindicalismo en la región, en un contexto favorable debido a la presencia de gobiernos progresistas en muchos países. La fundación de una central para las Américas en marzo de 2008 es una chance única para impulsar una renovación sindical y rediseñar la arquitectura sindical de la región. Para avanzar en esta dirección, la nueva central regional necesita crear fuertes vínculos con otros actores sindicales que actúan en campos específicos y buscar agendas comunes con los gobiernos progresistas.

¿Hacia una nueva arquitectura sindical en América Latina?

América Latina y la nueva central sindical mundial

El 1 de noviembre de 2006 se fundó en Viena una nueva central sindical mundial. Participaron del congreso fundacional unos 1.700 delegados de 304 centrales nacionales, que representaban a 168 millones de trabajadores (Traub-Merz/Eckl). El nacimiento de la Confederación Sindical Internacional (CSI) fue el resultado de largas y complejas negociaciones entre las dos centrales sindicales mundiales más representativas: la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL), con 41 millones de trabajadores, como socia mayor, y la Confederación Mundial del Trabajo (CMT), de orientación confesional, con nueve millones de trabajadores, como socia menor.

Diversos factores facilitaron esta fundación. Desde el fin de la Guerra Fría y la disolución de la Unión Soviética, la Federación Sindical Mundial (FSM), que agrupaba a las centrales con fuerte influencia comunista, perdió relevancia como actor en la esfera sindical internacional. Al mismo tiempo, el liberalismo económico y la globalización perjudicaron a las organizaciones sindicales, generaron una creciente pérdida de afiliados, redujeron su peso político y provocaron problemas económicos. El acercamiento entre la CIOSL y la CMT se debió en buena medida al reconocimiento de que, frente a estas tendencias, algunas viejas divisiones resultaban anacrónicas.

El proceso que llevó a la creación de la nueva central mundial despertó diversas reacciones. Para algunos, se trata apenas de la fusión de dos aparatos burocráticos, con un enfoque eurocentrista y un impacto muy limitado (Waterman). Sin embargo, la mayoría de los actores del mundo sindical lo evaluó como algo necesario, como una respuesta adecuada frente a la globalización política, de las empresas y de los mercados. Esto se expresó en la convocatoria del flamante secretario general de la CSI a impulsar un «nuevo internacionalismo». Pero, a la vez, el congreso fundacional reflejó la grave crisis que atraviesa gran parte del movimiento sindical: de las 304 centrales que participaron, más de 200, entre ellas muchas latinoamericanas, dependen estructuralmente del financiamiento externo.

En las negociaciones para la creación de la CSI, el sindicalismo latinoamericano tuvo una participación discreta y simbólica. Solo al final logró introducir algunas de sus reivindicaciones, lo que refleja su débil presencia internacional. Sin embargo, aunque parezca contradictorio, en ninguna otra región del mundo como en América Latina se desarrolló un debate tan amplio y profundo acerca de la creación de una nueva estructura sindical, tanto en el orden mundial como en el regional. Esta discusión no se limitó, como sucede con frecuencia, a un grupo reducido de dirigentes, sino que se extendió a importantes sectores sindicales. El grueso de la discusión se concentró no tanto en la creación de la nueva central mundial como en la conformación de su filial regional americana, un proceso que todavía está abierto.¿Cómo se explica la contradicción entre el papel marginal del sindicalismo latinoamericano en la creación de la nueva central mundial y las fuertes repercusiones e impactos que el proceso generó en su interior? Esto tiene que ver, en principio, con la situación sui generis del sindicalismo latinoamericano: importantes sectores perciben este proceso como una oportunidad de redefinir y renovar el sindicalismo de la región, mientras que otros se oponen por distintas razones.

Este artículo analiza los complejos y contradictorios procesos que atraviesa el sindicalismo latinoamericano en la creación de las nuevas centrales sindicales mundial y regional, lo cual nos lleva a ensayar un análisis del contexto sindical y de los actores y fuerzas que intervienen. Esto, a la vez, genera diversas preguntas. ¿Existen en América Latina bases sindicales nacionales lo suficientemente sólidas y representativas como para crear una organización regional consistente? ¿Cómo se distinguirá la nueva central sindical regional de las que existen ahora o de las que la precedieron? ¿Qué rol podrá jugar ella en el proceso de renovación del movimiento sindical latinoamericano? ¿Qué impacto puede generar en cada país? ¿De qué forma puede proyectar al sindicalismo latinoamericano en el mundo, y cómo se podrá articular con otros actores? América Latina: una escena sindical compleja

El proceso de construcción de una nueva central mundial encontró al sindicalismo latinoamericano en una situación difícil y contradictoria, pero con algunas perspectivas interesantes. Durante casi dos décadas, las políticas económicas neoliberales impactaron fuertemente en el sindicalismo de la región. La apertura de mercados, el achicamiento del Estado, las privatizaciones, la desregulación y la flexibilización laboral cambiaron profundamente los mercados de trabajo. Uno de los efectos más llamativos fue el incremento explosivo de la economía informal: hoy, más de la mitad de la población económicamente activa (56%, según el Banco Mundial) de América Latina se ubica en el sector informal. Los niveles son aún mayores entre las mujeres. Por sus características laborales, la economía informal tiene muchas dificultades para organizarse sindicalmente. El panorama se torna más sombrío si se toma en cuenta que la mayoría de los nuevos puestos de trabajo que se crean se ubican en ese sector.

Estos cambios afectaron al movimiento sindical de distintas formas, entre las que se destaca la fuerte reducción de la tasa de afiliación sindical que se verificó, sobre todo, en el sector privado de la economía. Fueron acompañados, además, por un discurso altamente eficiente que describió a los sindicatos como anacrónicos y prehistóricos, como obstáculos para la modernización. Todos estos factores contribuyeron a su debilitamiento en la mayoría de los países latinoamericanos, especialmente en la región andina y en Centroamérica: en muchos de estos países, el sindicalismo se convirtió en un actor marginal.

A la vez, los cambios mencionados cuestionaron (o pusieron en jaque) algunos modelos, prácticas e ideologías sindicales de larga tradición en América Latina. Las organizaciones de trabajadores reaccionaron de diversa manera a estos cambios. El sindicalismo de tradición corporativa estuvo entre los más afectados, ya que se constituyó en el contexto de un Estado fuerte y benefactor, que necesitaba organizaciones capaces de imponer su modelo de desarrollo. En algunos países, como Argentina y México, las organizaciones de este tipo habían ganado un rol político y económico importante. Sin embargo, ya en los 70 y 80, como consecuencia de los cambios en la economía, la sociedad y la política, este modelo sindical comenzó a exhibir las primeras señales de desgaste. Fue el inicio de un proceso que se aceleró en los 90, con las políticas que apuntaron a desarticular los Estados de bienestar (Silvia). No fue casual que fuera justamente en estas organizaciones corporativas, blanco de las críticas por sus estructuras autoritarias y antidemocráticas, donde se desarrollaron corrientes que cuestionaron las viejas tradiciones, cobraron más y más relevancia y formaron sus propias centrales. Por otro lado, el sindicalismo de orientación comunista quedó golpeado por la caída de la Unión Soviética: el colapso de su referente político disminuyó significativamente su influencia.