Tema central

¿Hacia una nueva arquitectura sindical en América Latina?

La participación del sindicalismo latinoamericano en el diseño de la nueva central sindical mundial, que se creó fines de 2006, fue más bien marginal. Esto era un reflejo de su debilidad, en gran parte consecuencia del impacto de más de una década de políticas neoliberales. Pero la fundación de la nueva central abrió también un fuerte debate sobre el futuro del sindicalismo en la región, en un contexto favorable debido a la presencia de gobiernos progresistas en muchos países. La fundación de una central para las Américas en marzo de 2008 es una chance única para impulsar una renovación sindical y rediseñar la arquitectura sindical de la región. Para avanzar en esta dirección, la nueva central regional necesita crear fuertes vínculos con otros actores sindicales que actúan en campos específicos y buscar agendas comunes con los gobiernos progresistas.

¿Hacia una nueva arquitectura sindical en América Latina?

América Latina y la nueva central sindical mundial

El 1 de noviembre de 2006 se fundó en Viena una nueva central sindical mundial. Participaron del congreso fundacional unos 1.700 delegados de 304 centrales nacionales, que representaban a 168 millones de trabajadores (Traub-Merz/Eckl). El nacimiento de la Confederación Sindical Internacional (CSI) fue el resultado de largas y complejas negociaciones entre las dos centrales sindicales mundiales más representativas: la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL), con 41 millones de trabajadores, como socia mayor, y la Confederación Mundial del Trabajo (CMT), de orientación confesional, con nueve millones de trabajadores, como socia menor.

Diversos factores facilitaron esta fundación. Desde el fin de la Guerra Fría y la disolución de la Unión Soviética, la Federación Sindical Mundial (FSM), que agrupaba a las centrales con fuerte influencia comunista, perdió relevancia como actor en la esfera sindical internacional. Al mismo tiempo, el liberalismo económico y la globalización perjudicaron a las organizaciones sindicales, generaron una creciente pérdida de afiliados, redujeron su peso político y provocaron problemas económicos. El acercamiento entre la CIOSL y la CMT se debió en buena medida al reconocimiento de que, frente a estas tendencias, algunas viejas divisiones resultaban anacrónicas.

El proceso que llevó a la creación de la nueva central mundial despertó diversas reacciones. Para algunos, se trata apenas de la fusión de dos aparatos burocráticos, con un enfoque eurocentrista y un impacto muy limitado (Waterman). Sin embargo, la mayoría de los actores del mundo sindical lo evaluó como algo necesario, como una respuesta adecuada frente a la globalización política, de las empresas y de los mercados. Esto se expresó en la convocatoria del flamante secretario general de la CSI a impulsar un «nuevo internacionalismo». Pero, a la vez, el congreso fundacional reflejó la grave crisis que atraviesa gran parte del movimiento sindical: de las 304 centrales que participaron, más de 200, entre ellas muchas latinoamericanas, dependen estructuralmente del financiamiento externo.

En las negociaciones para la creación de la CSI, el sindicalismo latinoamericano tuvo una participación discreta y simbólica. Solo al final logró introducir algunas de sus reivindicaciones, lo que refleja su débil presencia internacional. Sin embargo, aunque parezca contradictorio, en ninguna otra región del mundo como en América Latina se desarrolló un debate tan amplio y profundo acerca de la creación de una nueva estructura sindical, tanto en el orden mundial como en el regional. Esta discusión no se limitó, como sucede con frecuencia, a un grupo reducido de dirigentes, sino que se extendió a importantes sectores sindicales. El grueso de la discusión se concentró no tanto en la creación de la nueva central mundial como en la conformación de su filial regional americana, un proceso que todavía está abierto.¿Cómo se explica la contradicción entre el papel marginal del sindicalismo latinoamericano en la creación de la nueva central mundial y las fuertes repercusiones e impactos que el proceso generó en su interior? Esto tiene que ver, en principio, con la situación sui generis del sindicalismo latinoamericano: importantes sectores perciben este proceso como una oportunidad de redefinir y renovar el sindicalismo de la región, mientras que otros se oponen por distintas razones.

Este artículo analiza los complejos y contradictorios procesos que atraviesa el sindicalismo latinoamericano en la creación de las nuevas centrales sindicales mundial y regional, lo cual nos lleva a ensayar un análisis del contexto sindical y de los actores y fuerzas que intervienen. Esto, a la vez, genera diversas preguntas. ¿Existen en América Latina bases sindicales nacionales lo suficientemente sólidas y representativas como para crear una organización regional consistente? ¿Cómo se distinguirá la nueva central sindical regional de las que existen ahora o de las que la precedieron? ¿Qué rol podrá jugar ella en el proceso de renovación del movimiento sindical latinoamericano? ¿Qué impacto puede generar en cada país? ¿De qué forma puede proyectar al sindicalismo latinoamericano en el mundo, y cómo se podrá articular con otros actores? América Latina: una escena sindical compleja

El proceso de construcción de una nueva central mundial encontró al sindicalismo latinoamericano en una situación difícil y contradictoria, pero con algunas perspectivas interesantes. Durante casi dos décadas, las políticas económicas neoliberales impactaron fuertemente en el sindicalismo de la región. La apertura de mercados, el achicamiento del Estado, las privatizaciones, la desregulación y la flexibilización laboral cambiaron profundamente los mercados de trabajo. Uno de los efectos más llamativos fue el incremento explosivo de la economía informal: hoy, más de la mitad de la población económicamente activa (56%, según el Banco Mundial) de América Latina se ubica en el sector informal. Los niveles son aún mayores entre las mujeres. Por sus características laborales, la economía informal tiene muchas dificultades para organizarse sindicalmente. El panorama se torna más sombrío si se toma en cuenta que la mayoría de los nuevos puestos de trabajo que se crean se ubican en ese sector.

Estos cambios afectaron al movimiento sindical de distintas formas, entre las que se destaca la fuerte reducción de la tasa de afiliación sindical que se verificó, sobre todo, en el sector privado de la economía. Fueron acompañados, además, por un discurso altamente eficiente que describió a los sindicatos como anacrónicos y prehistóricos, como obstáculos para la modernización. Todos estos factores contribuyeron a su debilitamiento en la mayoría de los países latinoamericanos, especialmente en la región andina y en Centroamérica: en muchos de estos países, el sindicalismo se convirtió en un actor marginal.

A la vez, los cambios mencionados cuestionaron (o pusieron en jaque) algunos modelos, prácticas e ideologías sindicales de larga tradición en América Latina. Las organizaciones de trabajadores reaccionaron de diversa manera a estos cambios. El sindicalismo de tradición corporativa estuvo entre los más afectados, ya que se constituyó en el contexto de un Estado fuerte y benefactor, que necesitaba organizaciones capaces de imponer su modelo de desarrollo. En algunos países, como Argentina y México, las organizaciones de este tipo habían ganado un rol político y económico importante. Sin embargo, ya en los 70 y 80, como consecuencia de los cambios en la economía, la sociedad y la política, este modelo sindical comenzó a exhibir las primeras señales de desgaste. Fue el inicio de un proceso que se aceleró en los 90, con las políticas que apuntaron a desarticular los Estados de bienestar (Silvia). No fue casual que fuera justamente en estas organizaciones corporativas, blanco de las críticas por sus estructuras autoritarias y antidemocráticas, donde se desarrollaron corrientes que cuestionaron las viejas tradiciones, cobraron más y más relevancia y formaron sus propias centrales. Por otro lado, el sindicalismo de orientación comunista quedó golpeado por la caída de la Unión Soviética: el colapso de su referente político disminuyó significativamente su influencia.

Como consecuencia de estos cambios, la división sindical en términos ideológicos dio paso a una mayor dispersión, en muchos casos vinculada a la creciente fragmentación política. El resultado es un escenario en el que muchas veces, dentro de cada país, conviven diversas centrales sindicales con bajísimos niveles de afiliación. La fragmentación es una de las principales características del sindicalismo latinoamericano y agudiza su debilidad; no depende de condiciones externas al mismo sindicalismo, sino de la disputa de poder interna y de la ausencia de una cultura que priorice los intereses del conjunto.

En síntesis: los cambios económicos, sociales y políticos generados por el neoliberalismo y la globalización, junto con el colapso del bloque socialista, no solo redujeron la importancia del movimiento sindical en América Latina, sino que también pusieron en jaque ciertas prácticas y concepciones que tenían una fuerte tradición.Las organizaciones que comenzaron tempranamente un proceso de renovación fueron las que mejor resistieron los vientos del neoliberalismo y la globalización. El caso paradigmático fue el novo sindicalismo brasileño, el mismo que más tarde derivó en la creación de la Central Única de los Trabajadores (CUT), hoy la más importante de América Latina. Este tipo de sindicalismo se formó, liderado por Luiz Inácio Lula da Silva, sobre la base de la industrialización de la economía brasileña de los 60 y logró superar el tradicional corporativismo y crear una nueva identidad de izquierda sindical. Una de sus características fue la fuerte articulación con otros movimientos sociales y actores de la sociedad civil.

Quizás el impulso más alentador para el movimiento sindical, después de muchos años a la defensiva, derive del surgimiento en varios países de gobiernos progresistas elegidos por su discurso antineoliberal. Algunos de ellos incluso contaron con el apoyo decisivo del movimiento sindical. Aunque la nueva coyuntura política latinoamericana no cambiará automáticamente la difícil posición del sindicalismo, sí puede ayudar a oxigenarlo en algunos aspectos. Por ejemplo, a través de una valoración distinta y de la aceptación del sindicalismo como un socio para aplicar políticas progresistas, mediante una mejora de la legislación laboral y del respeto a las normas laborales y la libertad de organización. Una experiencia interesante es la de Uruguay, donde las recientes reformas al marco laboral permitieron y estimularon un fuerte crecimiento de la tasa de sindicalización.

La unidad sindical en América Latina

En América, las organizaciones más afectadas y comprometidas con el acuerdo entre la CIOSL y la CMT en la creación de una nueva central mundial fueron las dos organizaciones regionales: la Organización Regional Interamericana de Trabajadores (ORIT), afiliada a la CIOSL, y la Central Latinoamericana de Trabajadores (CLAT), perteneciente a la CMT. Además, otros actores sindicales fueron afectados por este proceso, frente al cual todos se vieron forzados a posicionarse. Entre ellos se destacan las centrales «independientes», aquellas agrupaciones nacionales que no estaban afiliadas a ninguna central internacional. También tuvieron que adoptar una postura los vestigios latinoamericanos de la otrora poderosa FSM, representada básicamente por la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), y las organizaciones vinculadas al concepto sindical –todavía poco claro– de la Revolución Bolivariana del presidente venezolano Hugo Chávez.

Por otro lado, el proceso de creación de una nueva central mundial supone desafíos importantes para dos actores sindicales regionales: las Federaciones Sindicales Internacionales (FSI), que agrupan a los sindicatos nacionales por rama de actividad y tienen una larga tradición en América Latina; y las coordinadoras subregionales, una novedad en la escena sindical latinoamericana, que articulan a las centrales nacionales por región –Cono Sur, zona andina y Centroamérica– y que han evolucionado como parte de los procesos de integración.

La ORIT como pilar de la unificación. El papel de la CIOSL como fuerza dominante en el proceso de creación de la nueva central mundial se corresponde con el protagonismo de la ORIT en el continente americano. En la ORIT, que cuenta con unos 23 millones de afiliados cotizantes, están nucleadas no solo las centrales con más afiliados, sino también las más relevantes de la región. Entre ellas se destacan la estadounidense Federación Americana del Trabajo-Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO, por sus siglas en inglés), la CUT brasileña, la Confederación General del Trabajo (CGT) argentina, el Congreso del Trabajo de Canadá (CLC, por sus siglas en inglés), la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y la Unión Nacional de Trabajadores (UNT) mexicanas, y la Central Única de Trabajadores (CUT) chilena.

A pesar de que la ORIT era la organización regional de la CIOSL, existen diferencias en el desarrollo histórico de ambas organizaciones, que se explican, al menos en parte, por la convivencia del sindicalismo norteamericano con el latinoamericano dentro del mismo espacio. La ORIT fue fundada en 1952 como filial de la CIOSL para todo el continente americano, con sede en México. Desde sus inicios estuvo marcada por la lógica de la Guerra Fría. No podía ser de otra forma, ya que su destino fue rápidamente definido por la central estadounidense AFL-CIO, que asumió sin fisuras el punto de vista del Departamento de Estado. La dominación de la AFL-CIO sobre la ORIT fue el reflejo de su enorme poder económico y político.

En sintonía con la política del gobierno estadounidense, la ORIT impulsó en América Latina y el Caribe democracias que se asemejaban a la norteamericana y calificó de comunistas los distintos procesos de reformas sociales que se desarrollaron en los 50 y 60 en países como Guatemala y República Dominicana. Sin embargo, las cosas cambiaron desde los 70. El debilitamiento de la AFL-CIO, el creciente interés del sindicalismo europeo en la región y los reposicionamientos en el sindicalismo latinoamericano permitieron un viraje de la ORIT hacia posiciones más progresistas. Algunas transformaciones que se producirían después, como el fin de la Guerra Fría y los cambios en la propia AFL-CIO, también favorecieron este proceso de reorientación progresista. La ORIT fue ganando respeto y atractivo frente a centrales sindicales que hasta el momento se habían mantenido distantes. Con la afiliación de la CUT chilena y de las tres centrales brasileñas, la ORIT logró afianzarse en el Cono Sur. Sin embargo, pese a los avances, se mantienen sus contradicciones, ya que el viraje progresista y el compromiso con los valores de un sindicalismo sociopolítico no fueron acompañados en la práctica por un importante número de sus centrales afiliadas.

Cuando comenzó la discusión sobre la formación de una nueva central mundial, la ORIT atravesaba un proceso de consolidación y profundización de sus posiciones progresistas, que se expresó de varias formas. En su congreso de junio de 2005 en Brasilia, la ORIT logró presentarse como una alternativa sindical progresista en la región. Al mismo tiempo, sus vínculos con otros movimientos sociales, como la Alianza Social Continental (ASC), la fuerte presencia de mujeres en sus órganos directivos y su interacción con los gobiernos progresistas de América Latina mejoraron su imagen. El traslado de su sede de Caracas a San Pablo fue una decisión eminentemente política, que ayudó a la ORIT a tomar distancia de la difícil situación generada por el conflicto entre una de sus afiliadas, la Central de Trabajadores de Venezuela (CTV), y el gobierno de Chávez. Al instalarse en San Pablo, la ORIT se ubicó en el centro sindical más importante y dinámico de América Latina. Pero, además de avances, también se registraron retrocesos. El más importante fue sin duda la división de su afiliada más importante, la AFL-CIO, durante su congreso de agosto de 2005 en Chicago. La salida de un sector importante de la AFL-CIO generó un debilitamiento de la ORIT y significó la pérdida de varios millones de cotizantes.

En un primer momento, la decisión de la CIOSL de fusionarse con la CMT para crear una nueva central sindical mundial no provocó demasiado entusiasmo en la ORIT. Sin embargo, rápidamente se percibió que el proceso implicaba una oportunidad para profundizar la articulación del movimiento sindical en la región. En ese sentido, la estrategia de la ORIT no se limitó a fusionarse con la CLAT, replicando en el orden regional la convergencia mundial, sino más bien a abrir el juego a otros actores sindicales.

La CLAT: un socio menor y reticente. Las centrales sindicales que integran la CLAT no tienen en general demasiada relevancia. Especialmente en los grandes países del continente, como Estados Unidos, Canadá, Brasil, México y Argentina, la CLAT tiene una presencia más bien simbólica, o directamente no existe. Su fuerza radica, sobre todo, en los países con un desarrollo sindical reducido, principalmente en América Central y la región andina. Esta central, que cuenta con poco más de tres millones de afiliados cotizantes, ha aportado poca sustancia al proceso de creación de una central mundial y regional.

Sin embargo, esta organización forma parte del patrimonio histórico del movimiento sindical latinoamericano y es por lejos la filial más importante de la CMT. Sus orígenes se remontan a 1954. En 1968, dos años después que lo hiciera su organización matriz, quitó de su nombre la referencia cristiana. Contrariamente a la ORIT, la CLAT definió desde el comienzo como su espacio de actuación a América Latina y el Caribe –y no a América. Con un discurso latinoamericanista y tercermundista, propugnando un socialismo participativo y un tercer camino entre capitalismo y comunismo, la CLAT buscó una posición autónoma entre la ORIT, en aquellos tiempos todavía dominada por la central estadounidense, y la FSM, de orientación comunista. Pero el programa progresista de la CLAT no generó grandes adhesiones. Con frecuencia, los conceptos progresistas chocaron con una práctica sindical contradictoria y anacrónica. Muchas organizaciones afiliadas a la CLAT se subordinaron a la estrategia de partidos demócrata-cristianos conservadores y, de esta forma, dañaron su credibilidad.

La CLAT tiene algunas características propias. Afilia no solo a sindicatos, sino también a organizaciones de la economía informal y a diferentes grupos sociales. En algunos países, como Argentina y Uruguay, actúa a través de corrientes internas de las centrales ya existentes. Caracterizada además por una fuerte autonomía frente a su organización matriz (la CMT), la CLAT ha recibido a lo largo de su historia importantes apoyos financieros de instituciones católicas europeas. Esto le permitió crear un patrimonio significativo, con muchas propiedades e importantes centros de formación, como la Universidad de los Trabajadores de América Latina (UTAL), con sede en Caracas, pero le significó también una fuerte dependencia del financiamiento externo.

Desde un comienzo, la CLAT se mostró escéptica frente al proceso de creación de una nueva central mundial. Esto, sin embargo, se explicaba más por cuestiones regionales, vinculadas a temas latinoamericanos, que por la resistencia al proceso de unificación mundial.

La ORIT versus la CLAT. La decisión de unificación de las dos centrales mundiales no provocó, en un primer momento, demasiado entusiasmo, ni en la ORIT ni en la CLAT. El proceso no contó con una participación destacada de las organizaciones regionales, que se mantuvieron como espectadoras. Conscientes de su poca influencia global, la discusión entre ambas centrales se limitó al orden regional. Como era de esperar, las discusiones fueron complicadas y conflictivas. Las relaciones entre la ORIT y la CLAT estuvieron históricamente marcadas por una fuerte competencia que a menudo provocó fricciones y conflictos. Desde un comienzo, la CLAT vivió con temor la posibilidad de perder influencia y autonomía y ser absorbida por la ORIT en caso de que se concretara la unificación.

Al mismo tiempo, para importantes sectores de la ORIT, una simple fusión con la CLAT agregaba poco valor. Sin embargo, rápidamente se impuso la idea de que una nueva central, con un diseño innovador, podría ser una chance única para posicionar al sindicalismo latinoamericano de forma distinta. Esta estrategia supuso abrir el juego, es decir, no solamente apuntar a la fusión entre la ORIT y la CLAT, sino también ampliar la base de la nueva central regional a través de la incorporación de las organizaciones no afiliadas.

Más allá de las animosidades, existían algunas discrepancias concretas que debían ser negociadas. Uno de los puntos más polémicos fue el alcance geográfico de la nueva central regional. Para la ORIT, la dimensión continental, con la inclusión de las centrales de América de Norte, era un tema no negociable. Predominaba la convicción de que la participación del sindicalismo norteamericano era indispensable para fortalecer su peso en el mundo. En particular, las centrales canadienses tenían gran interés en mantener la organización conjunta con las de América Latina. La CLAT, en cambio, consideraba la identidad latinoamericana como un tema central.

Otras discrepancias surgieron alrededor de cuestiones como la futura sede de la organización, la fecha del congreso de fundación, el nombre de la nueva regional, el manejo de las propiedades de la CLAT y el rol que adquirirían las organizaciones por sector. También hubo discusiones en torno de la distribución de los cargos en los órganos de decisión. Por momentos, pareció que las negociaciones fracasarían. Dentro de la CLAT existían posiciones diferentes acerca de cómo encarar el proceso: sus dirigentes más jóvenes y algunas de sus organizaciones más importantes se mostraron más dispuestos, mientras que ciertos dirigentes más antiguos, probablemente con poco futuro en la nueva central regional, opusieron más resistencia. Las centrales no afiliadas. Una de las características que distingue a América Latina de otras regiones del mundo es la presencia de un número relevante de centrales sindicales no afiliadas a ninguna de las grandes organizaciones mundiales. Algunas de ellas formaron parte de la FSM, de orientación comunista, pero después del colapso del campo soviético esa afiliación se transformó en una cuestión meramente formal. Algunas tienen un fuerte peso político, especialmente en algunos países de América del Sur. Y, aunque con fuertes diferencias, en general tienen en común una tradición combativa y una relación con la izquierda política.

Dos de estas organizaciones, el Plenario Intersindical de Trabajadores-Convención Nacional de Trabajadores (PIT-CNT) de Uruguay y la Central Obrera Boliviana (COB), son centrales únicas en sus respectivos países. En otros casos, como la Central Única de Trabajadores (CUT) de Colombia y la Confederación General de Trabajadores de Perú (CGTP), no son las únicas centrales, pero sí las más importantes. La Central de los Trabajadores Argentinos (CTA) ocupa el segundo lugar en su país.

Con la única excepción de la COB, que practica cierto autoaislamiento, la ORIT ha podido construir relaciones estrechas con las centrales independientes luego de su viraje progresista. Para la ORIT, la participación de algunas de esas centrales en la nueva organización regional era una de las condiciones indispensables para avanzar en la renovación del sindicalismo regional. La posible incorporación de algunas de esas agrupaciones potenciaría la presencia de la nueva organización regional en los respectivos países e incrementaría su legitimidad y representatividad en el continente. Por último, y no menos importante, contribuiría a la consolidación del eje progresista de la nueva organización regional.

En todas estas centrales existen importantes corrientes internas, en general cercanas a los partidos comunistas, que se manifestaron en contra de la incorporación a la nueva central mundial y regional. Esto provocó fuertes discusiones dentro de cada central, entre ellas, y entre ellas y la ORIT. En su congreso de 2006, la CTA resolvió participar en la nueva central. Poco después, en agosto de ese año, la CUT colombiana tomó la misma decisión. Sin embargo, el PIT-CNT de Uruguay y la CGTP rechazaron esa posibilidad. En ambos casos, las corrientes comunistas impulsaron la negativa.

¿Indiferentes o adversarios? Si bien la mayoría de las centrales sindicales de la región participó del proceso de discusión sobre la creación de una nueva central regional y mundial, algunas tomaron distancia y se desvincularon, sobre todo aquellas históricamente alineadas con la FSM. Si bien para algunas, como la CGT de Perú y la COB, el vínculo es meramente formal, en otros casos no es así: la Central de los Trabajadores de Cuba (CTC) actúa de hecho como la columna vertebral de la FSM en América Latina.

Como era de esperar, la invitación de la ORIT a la CTC para que participara en la discusión fue rechazada. Y, a pesar de que le transmitió a la ORIT que no se opondría al proceso de construcción de la nueva central, la CTC hizo valer su influencia en algunos congresos sindicales en los que se debatió la participación en el proceso de construcción de la nueva central mundial. Esto fue así en los congresos de la CUT de Colombia, del PIT-CNT de Uruguay y de la CGT de Perú.

Otro actor sindical que no se sumó al proyecto fue la Unión Nacional de Trabajadores (UNT) de Venezuela, fundada bajo el auspicio de Chávez. Se trata, de todas formas, de un actor de poca presencia internacional debido a varios problemas internos que todavía no se han resuelto. Es muy difícil percibir una visión sindical de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), el proyecto de integración impulsado por Chávez. Solamente en el sector energético se realizan actividades que podrían desembocar en la creación de una federación sindical chavista.

¿Hacia una nueva arquitectura sindical en América?

A pesar de que su participación en el proceso de creación de una central sindical mundial fue marginal, la ORIT logró que dos de sus reivindicaciones fueran incluidas en la agenda. Por un lado, la garantía de cierto margen de autonomía para las organizaciones regionales, que en un primer momento había sido puesto en cuestión. Por otro, la definición del proceso de creación de una nueva central mundial no como una simple fusión entre la CIOSL y la CMT, sino como una verdadera refundación. Esto era especialmente importante para la ORIT, ya que generaba la posibilidad de incorporar a las centrales independientes. Para imponer esos dos objetivos, la ORIT consiguió el apoyo explícito de un grupo de centrales europeas importantes. Esto reflejó, de cierta forma, el reconocimiento a la nueva dirigencia de la ORIT en su búsqueda de renovación del sindicalismo latinoamericano.

La ORIT y la CLAT llegaron al congreso de Viena con una larga agenda de cuestiones pendientes entre ellas. Esto, sin embargo, no impidió que participaran de él todas sus organizaciones afiliadas. Para la ORIT, fue central la participación de dos de las centrales independientes, la CUT de Colombia y la CTA. La presencia de estas dos organizaciones confirmó, pese a la ausencia de la CGTP y el PIT-CNT, la estrategia de la ORIT de atraer, con políticas y prácticas sindicales renovadas, a nuevos socios.

Los meses que siguieron al congreso de Viena estuvieron marcados por intensas discusiones para sentar las bases de la nueva central regional, que, según el reglamento, debería fundarse en el plazo de un año, es decir antes de noviembre de 2007. Para avanzar en ese objetivo, la ORIT buscó profundizar sus relaciones con las FSI y con las coordinadoras sindicales subregionales. Desde la perspectiva de la ORIT, una fuerte articulación con estos núcleos era indispensable para el sustento de la nueva central regional. Paralelamente, continuaron las reuniones entre la ORIT y la CLAT para solucionar los numerosos puntos pendientes. En la mayoría de los casos, se logró llegar a un consenso: la nueva central regional abarcará todo el continente (incluyendo Norteamérica), se inaugurará el 25 y 26 de marzo de 2008 y ya tiene nombre. En sintonía con la central mundial, se llamará Confederación Sindical de las Américas (CSA). Su congreso inaugural se realizará en la ciudad de Panamá y todo indica que la nueva sede de la organización estará en San Pablo. Otro punto conflictivo, la representación de las distintas organizaciones en el futuro órgano ejecutivo, también fue resuelto: la CLAT tendrá una representación significativamente mayor que la que le correspondería en función de su fuerza real, pero menor a la que había exigido. Otro tema crítico, el de las propiedades de la CLAT, también se resolvió. Sin embargo, a pesar de estos avances, es posible que no todas las centrales afiliadas a la CLAT se sumen a la nueva central regional.

La futura central y las coordinadoras subregionales. En los últimos años se crearon en América Latina, bajo distintas modalidades, conglomerados sindicales subregionales, que representan una importante novedad. La primera en constituirse y la más importante es la Coordinadora de Centrales Sindicales del Cono Sur (CCSCS), que agrupa las principales centrales del sur del continente y tiene como referencia al Mercosur.

En el pasado, la dirección de la ORIT temió que la CCSCS pudiera transformarse en una competencia. Sin embargo, la nueva dirección de la ORIT comprendió la importancia de esta coordinadora subregional para su propio futuro: una organización sindical que abarca todo el continente difícilmente pueda responder adecuadamente a los desarrollos específicos de cada subregión. Así, la CCSCS ya no fue percibida como un problema sino como una oportunidad para fortalecer la presencia de la ORIT en el sur de América Latina. De hecho, la ORIT ha tomado como referencia a la CCSCS para contribuir a la creación de la Coordinadora Sindical de América Central y el Caribe (CSACC). Sin embargo, la situación en esta subregión es bastante más compleja: el sindicalismo centroamericano es débil y se encuentra disperso; existe otra organización regional, la Plataforma Sindical Común Centroamericana (PSCC), que organiza a diversas centrales sindicales y a otros actores no sindicales de la región. Además, la falta de una dinámica de integración comparable a la del Mercosur implica la ausencia de un marco de referencia fuerte. En esta perspectiva, uno de los objetivos de la ORIT consiste en consolidar a la CSACC y buscar formas de cooperación con la PSCC. En la región andina, el proceso también es complejo. Existe una instancia sindical, el Consejo Consultivo Laboral Andino (CCLA), al cual pertenecen todas las centrales nacionales relevantes. Pero no se trata de una organización sindical autónoma sino de un órgano oficial de la Comunidad Andina de Naciones (CAN), con una dependencia financiera absoluta. En noviembre de 2006, también con apoyo de la ORIT, se fundó una Coordinadora Subregional Andina. Sin embargo, también allí el sindicalismo está bastante debilitado y dividido por conflictos internos, por lo que esta coordinadora se encuentra poco consolidada, es muy dependiente del apoyo externo y aún debe demostrar su capacidad de supervivencia.

A pesar de estos problemas, para la ORIT las coordinadoras subregionales tienen un carácter estratégico. De acuerdo con su visión, ellas pueden atender de forma mucho más eficiente los problemas y desafíos específicos de las subregiones. La ORIT –al igual que la futura CSA– se ve como una referencia continental en la que confluyen distintos enfoques subregionales. Otro punto crucial es que las coordinadoras subregionales permiten mantener relaciones estrechas con aquellas organizaciones que no están afiliadas a la ORIT y que tampoco van a formar parte de la CSA. Un problema todavía abierto es que la CLAT tiene sus propias coordinadoras en el Cono Sur, aunque con muy poca relevancia, y en Centroamérica, con algo más de peso. Aunque la CLAT sostiene que las coordinadoras deberían integrarse orgánicamente a la nueva central regional, todo indica que prevalecerá la posición de la ORIT.

Una agenda común con las FSI. Otro desafío importante para la nueva central regional consiste en una articulación más consistente y profunda con las distintas FSI, organizaciones basadas en las ramas de actividad económica. Varias de ellas atravesaron, en los últimos años, procesos de fusión. Algunas se unificaron incluso con las organizaciones cristianas, como la rama de la construcción y la madera, que en diciembre de 2005 creó la Internacional de la Construcción y la Madera (ICM).

En América Latina, las FSI actúan de forma diversa. Algunas mantienen una fuerte presencia, pero otras redujeron su compromiso en los últimos años. A fin de cuentas, como ya señalamos, en la región también la afiliación sindical a las FSI –sus bases son en gran parte las mismas que las de la ORIT– se ha reducido sustancialmente. Sin embargo, es justamente la debilidad de los sindicatos latinoamericanos la que hace indispensable una articulación todavía más fuerte entre la central regional que se va a fundar y las FSI. Las respuestas sindicales frente a las empresas transnacionales, la superación de la división de los sindicatos, el respeto y la implementación de las normas internacionales del trabajo, la lucha por la libertad sindical y el posicionamiento frente a los modelos de integración y los acuerdos de comercio son cuestiones que solo pueden ser enfrentadas en forma articulada y conjunta. Se han dado ya algunos pasos alentadores en esta dirección de cooperación entre la nueva central sindical regional y las FSI, como las campañas conjuntas contra los contratos de protección en México.

Perfiles programáticos. Es pronto para especular acerca del perfil ideológico-programático de la nueva central regional. Sin embargo, algunos conceptos permiten hacerse cierta idea sobre el rumbo que va a tomar. En 2005 y 2006, el sindicalismo americano protagonizó una intensa discusión programática, cuyo resultado fue el documento titulado Plataforma Laboral de las Américas (PLA), que seguramente será uno de los pilares de la nueva central regional y que, por lo tanto, merece atención.

La elaboración de la PLA se produjo con vistas a la Cumbre de Jefes de Estado de las Américas que se realizó en noviembre de 2005 en Mar del Plata. Uno de los ejes principales de esta cumbre fue el tema del empleo. Esto motivó que la CIOSL/ORIT, junto con otras organizaciones sindicales, elaborara un concepto propio sobre empleo, que fue presentado y discutido con los gobiernos presentes.

Desde el comienzo, sin embargo, se impuso la idea de producir no un simple documento para la cumbre, sino más bien un concepto estratégico. Para ello se recurrió a una metodología novedosa. En lugar de encargar a algunos asesores la elaboración del texto, la ORIT impulsó un amplio proceso de debate del que participaron las coordinadoras subregionales y las centrales de América del Norte y México. En un segundo paso, el borrador fue discutido en numerosos países. También la CLAT, que en un primer momento se abstuvo de participar, declaró su apoyo a este documento.

Uno de los méritos de la PLA consistió entonces en la incorporación al proceso de discusión de las visiones de distintas corrientes sindicales. Este factor contribuyó al proceso de unidad sindical. El documento integra también una visión de género, desarrolla conceptos de medio ambiente y otros aspectos que, en general, resultan difíciles de digerir por el sindicalismo tradicional. En este sentido, la PLA va mucho más allá de las reivindicaciones sindicales clásicas, lo que abre la posibilidad de que el movimiento sindical construya alianzas amplias con otros actores sociales.

La nueva central sindical: ¿un instrumento de renovación?

Una organización supranacional consistente necesita como sustento organizaciones nacionales fuertes. Esto significa una pesada hipoteca para la futura CSA, que deberá constituirse sobre un paisaje sindical muy complejo. Aunque existen importantes centrales sindicales en algunos países y regiones de América Latina, en otros el sindicalismo se encuentra muy debilitado. En consecuencia, las organizaciones más fuertes tienen que asumir la responsabilidad de dar aliento para garantizar el futuro de la nueva central regional.

Muchos ya se preguntan en qué aspectos la nueva central se distinguirá de las experiencias anteriores. ¿Será la CSA más de lo mismo? Al fin y al cabo, la nueva central se construirá esencialmente sobre las centrales afiliadas a la ORIT y la CLAT. ¿Reproducirá las mismas tradiciones y prácticas sindicales, las antiguas virtudes y los viejos vicios? La diferencia con las experiencias anteriores radica esencialmente en el fuerte proceso de renovación que experimenta la ORIT desde hace algunos años, que seguramente impactará en la configuración de la nueva central. Pero para mantener esta dinámica renovadora, es indispensable que se consolide el eje progresista que permitió los cambios en la ORIT. Este eje solamente puede ser integrado por las centrales importantes de la ORIT, las llamadas «independientes» y, quizás, por algunas centrales de la CLAT.

Para consolidar este desarrollo es también vital la permanencia de los gobiernos progresistas en el poder. El éxito y los avances sindicales en América Latina dependerán, en buena medida, de la suerte de estos gobiernos. Y esto no solo se relaciona con las políticas nacionales, sino también con las estrategias de integración regional. En ese sentido, para la nueva central regional es clave el posicionamiento de estos gobiernos en los órdenes continental y mundial. Por ese motivo, son importantes decisiones tales como el rechazo al avance del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), las posiciones de los gobiernos progresistas contrarias a los tratados de libre comercio con EEUU, la centralidad que ha adquirido la estrategia de integración (un reclamo histórico del movimiento sindical) y el reciente posicionamiento en las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en el marco de la Ronda de Doha.

Finalmente, ¿cuáles serán las posibilidades de la futura CSA de intervenir en cada país? Aunque seguramente no podrá solucionar los múltiples problemas que afectan hoy a las organizaciones sindicales nacionales, puede proyectar su influencia en la política sindical interna de cada país de diferente forma. El mismo proceso de unidad sindical regional implica un mensaje fuerte en el sentido de superar la dispersión que rige en la mayoría de los países. En ese sentido, la fundación de la nueva central brasileña, la Unión General de los Trabajadores (UGT), realizada en julio de 2007, como resultado de la fusión de tres centrales, entre ellas una de la CLAT y otra de la ORIT, puede ser un buen ejemplo.

La experiencia de unidad regional también puede generar otros efectos importantes en cada país. La ORIT, por ejemplo, practica una política de género mucho más avanzada que la que desarrollan la mayoría de las centrales nacionales. Del mismo modo, la política de alianzas y la articulación con otros actores que realiza la ORIT puede servir como referencia para los sindicatos de cada país. La forma en que la ORIT organizó el proceso de discusión de la PLA podría constituir también un buen modelo. Por último, una central regional activa puede organizar campañas de presión para solucionar ciertos problemas sindicales: la campaña contra los contratos de protección en México o contra la violación sistemática de los derechos sindicales en Colombia son buenos ejemplos.

Si se dan algunas de estas condiciones, si la nueva central sindical regional logra ubicarse como eje de la articulación entre las coordinadoras subregionales y las FSI y si se consigue aprovechar la favorable coyuntura política, entonces el sindicalismo latinoamericano incrementará su presencia y su visibilidad en el escenario internacional.

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