Tema central

Globalización, regionalización y fragmentación

Las relaciones entre América Latina y el resto del mundo están condicionadas por la asimetría respecto de los países más poderosos, un entorno de seguridad caracterizado como zona de paz y un contexto económico marcado por la herencia neoliberal y la apertura comercial. En este marco, América Latina ha adoptado tres caminos diferentes: la apertura al mundo, la regionalización mediante los procesos de integración y la articulación de vínculos transregionales a través de tratados de libre comercio, en general con Estados Unidos. Las diferencias entre países y las superposiciones demuestran que la región carece de una estrategia única y coherente de inserción en el mundo globalizado.

Globalización, regionalización y fragmentación

Introducción

¿Quo vadis, América Latina? ¿Cómo pueden calificarse las actuales relaciones internacionales de la región con el mundo? ¿Es posible referirse a América Latina como una región homogénea, capaz de articular una política internacional coherente? En este trabajo, formulo algunas especulaciones sobre estas preguntas y sobre las estrategias y las opciones con las que cuenta América Latina para su inserción en el mundo.Las alternativas que tiene América Latina son el resultado de tres procesos fundamentales que, combinados, definen hoy la política mundial –la globalización, la regionalización y el nacionalismo– y que deben comprenderse y estudiarse como fuerzas superpuestas e interrelacionadas, a veces antagónicas y a veces no, pero nunca en armonía (Kacowicz 1998a). Las estrategias de América Latina en su relación con el resto del mundo están condicionadas por la interacción dinámica entre esas tres fuerzas y pueden resumirse en tres: apertura al mundo (mediante la globalización), integración regional (mediante la regionalización) y fragmentación (mediante la regionalización externa y los vínculos transregionales).

Desde luego, identificar tres estrategias diferentes implica suponer la existencia de América Latina como región, una afirmación ya de por sí controvertida. Hay argumentaciones tanto en contra como a favor. Para sostener que América Latina no constituye una región coherente, hay que referirse al nuevo escenario de diferenciación entre los países latinoamericanos y al incremento de sus vínculos extrarregionales en el marco más amplio de la globalización. Por ejemplo, la globalización de los mercados ha impulsado a los países latinoamericanos a diversificar sus contactos más allá de la región, e incluso más allá del hemisferio occidental (Muñoz, p. 35). Además, cada subregión latinoamericana recibe de distinta forma la influencia de EEUU, que tras el fin de la Guerra Fría ha adoptado diferentes estrategias: ha ampliado y consolidado su poder en las subregiones de México, Centroamérica, el Caribe y la franja norte de Sudamérica (con excepción de Cuba y Venezuela) y ha disminuido su presencia en el Cono Sur (Russell/Calle, pp. 3-4). Pero aunque esto induciría a pensar que América Latina no puede ser analizada como una sola región, también es cierto que los países que la integran comparten intereses y problemas, especialmente tres: la asimetría, el entorno de seguridad en un proceso de cambio y el contexto económico.

La asimetría es un tema común a toda América Latina (Smith, pp. 341-342). Significa que otras regiones, como Norteamérica, Europa o Asia, son más importantes para América Latina de lo que América Latina es para ellas. La economía mundial se encuentra en proceso de transición, con América del Norte y la Unión Europea en declive y un eje económico dominante que se orienta cada vez más hacia Asia. En este contexto, a pesar del enorme potencial derivado de su dotación de recursos naturales, América Latina, con apenas 8% del producto bruto mundial, no puede cambiar su posición de manera dramática. Por otro lado, sin las rígidas estructuras ideológicas y geoestratégicas de la Guerra Fría, las naciones latinoamericanas reciben menos atención que antes por parte de los poderes mundiales y enfrentan el riesgo de la marginación o la irrelevancia (Tulchin/Espach, pp. 1 y 37-38).

El segundo aspecto mencionado como factor común a los países latinoamericanos, el entorno de seguridad en proceso de cambio, incluye la consolidación de la región, en especial de Sudamérica, como una zona de paz, y un nuevo panorama de seguridad caracterizado por amenazas y conflictos que son a la vez internos y externos, es decir «intermésticos» (intermestic). Finalmente, el tercer punto en común, el contexto de economía política, alude sobre todo a los efectos de la globalización, que ha tenido un impacto significativo pero desparejo en el desarrollo político, social y económico de América Latina.

En las páginas siguientes abordo brevemente estos dos últimos temas –el contexto de seguridad y el contexto económico– con el fin de echar luz sobre las opciones con las que cuenta América Latina para relacionarse con el resto del mundo.

El contexto de seguridad

El contexto de seguridad es relevante para comprender las estrategias que los países latinoamericanos adoptan en materia de relaciones internacionales. Con el final de la Guerra Fría y la resolución de los conflictos en Centroamérica, América Latina –y no solo Sudamérica– se fue transformando poco a poco en una de las regiones más pacíficas del mundo. Han tenido lugar importantes transformaciones en las relaciones entre los países de la región en relación con las preocupaciones tradicionales por la paz y la seguridad internacionales (Domínguez, pp. 4-11). Pero existen nuevos tipos de desafíos de seguridad que los países de la región se ven forzados a enfrentar con eficacia, todos ellos de carácter «interméstico». Un concepto de seguridad amplio implica incluir también problemas como el desempleo y la pobreza crecientes, la marginalidad de muchos sectores de la población, las violaciones a los derechos humanos, la degradación del medio ambiente, las amenazas al desarrollo democrático y al bienestar económico, y la inestabilidad económica y política.Además, el cambiante panorama de seguridad regional de América Latina se caracteriza por las amenazas transnacionales, como el tráfico de drogas, los flujos migratorios, el crimen organizado internacional (o más bien transnacional) y el tráfico de armas. El terrorismo y el narcotráfico plantean nuevos desafíos para los planes de seguridad subregionales, como los que se intenta desarrollar en el marco del Mercosur. Un caso conocido es la Triple Frontera, una zona libre de impuestos en la que limitan Paraguay, Brasil y Argentina, identificada como un lugar clave para la operación de grupos terroristas islámicos (Pion-Berlin, p. 216; Tickner, p. 7). Las nuevas amenazas hacen que los países ya no perciban a sus vecinos como potenciales enemigos, pero impiden crear una percepción clara acerca de quién es el adversario externo común y cómo se lo debe enfrentar.