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Globalización, agrobusiness, América Latina y...¿ Finlandia?

La globalización, además de crear redes de información planetarias y negocios globales, ha revalorizado las materias primas que constituyen las tradicionales exportaciones de América Latina. El auge del agrobusiness es parte de este proceso, dentro del cual se ubica la decisión de cada vez más empresas nórdicas de trasladar sus plantas de celulosa al sur del planeta. Esto ha generado conflictos como el que enfrenta a Argentina con Uruguay y ha debilitado la imagen del modelo de bienestar nórdico, valorado en América Latina como un ejemplo mundial de solidaridad. Pero, afortunadamente, la globalización genera también efectos positivos, como la emergencia de nuevas formas de conciencia global que se expresan en redes planetarias de resistencia de la sociedad civil.

Globalización, agrobusiness, América Latina y...¿ Finlandia?

La idea de globalización puede ser entendida desde ángulos diferentes. Por ejemplo, muchos cientistas sociales se acercan a ella desde el marco de la historia global. Es decir, con una mirada de larga duración, que abarca las diferentes fases históricas del mundo moderno. Desde esta perspectiva, la globalización actual no se diferenciaría mucho de procesos anteriores.Sin embargo, normalmente pensamos en la globalización como en la última fase, la etapa actual del capitalismo. No en el sentido de Lenin, sino más bien como el momento y el desarrollo de nuestro modo de producción. La mayoría de los economistas analiza la globalización con este enfoque. La globalización en sentido tecnológico-económico se define, desde esta perspectiva, como el mercado monetario digital-electrónico que funciona en tiempo real y en el cual actúan las empresas multinacionales. Las estructuras de producción son diferentes redes globales, dentro de las cuales existen nuevos productos intangibles, como la información, el conocimiento, las marcas y los logos.

Esta sería la situación actual, dominada por las leyes del mercado, gracias a las cuales una persona con «ideas» y algo de capital puede obtener ganancias increíbles en muy poco tiempo. En otras palabras, la concreción de la vieja utopía liberal estadounidense: de hecho, la globalización actual del «sueño americano» es percibida como la gloriosa victoria de la cultura y el modo de vida de Occidente. Es, de alguna forma, una victoria del capitalismo occidental, sea este neoliberal, liberal o socialdemócrata, que conforma un sistema mundial al cual pertenecen y del cual participan nuevos actores, como la China «comunista».

Pero la última fase del capitalismo global también ha generado choques culturales entre diferentes regiones del planeta, causados por el fundamentalismo tanto de Occidente como de Oriente. Al mismo tiempo, se observa la fragmentación de las identidades anteriores y el surgimiento de nuevas y múltiples identidades. En ese sentido, algunos analistas advierten sobre una relación entre el contexto de globalización y la posmodernidad entendida como la necesidad –y hasta la obligación– de elegir, formar y cambiar identidades.

Pero a pesar de estas típicas ideas acerca de la globalización, de los avances generados y los cambios evidentes, no hay que olvidar que en el mundo actual los mercados tradicionales de materias primas conservan una gran importancia. En esta etapa de globalización, América Latina existe y sobrevive dentro de la división de trabajo mundial de una forma no muy diferente de la de los últimos 500 años. En este marco, uno de los nuevos desafíos para la región es la creciente importancia del agrobusiness.

América Latina y... ¿Finlandia?

La industria forestal finlandesa –el oro verde tradicional del país, mucho más antiguo que los Nokias de hoy– se ha globalizado de forma acelerada en los últimos 10 años. Este proceso ha llegado a América Latina. Un ejemplo de la nueva globalización forestal es la planta de celulosa de la empresa Metsä-Botnia instalada sobre el río Uruguay, con una inversión de más de mil millones de dólares, que ha generado una crisis política entre Argentina y Uruguay, con una amplia y polémica cobertura por parte de los medios de comunicación, tanto en Europa como en el Cono Sur.

Lo que ha llamado menos la atención es que la planta de Metsä-Botnia es solo una expresión del crecimiento del agrobusiness, rama a la cual pertenecen tanto las plantaciones de caña para producir biodiesel en Brasil como las de soja o las de celulosa ya mencionadas. Se trata de un cambio estructural, económico y global, realmente importante. Las plantaciones intensivas de caña y eucalipto destinadas a la agroindustria están transformando las zonas rurales de Sudamérica de la misma forma, y en la misma escala, que las bananeras de la United Fruit Company en Centroamérica a principios del siglo XX. Al contrario de lo que dicen los Ministerios de Hacienda de los países sudamericanos, las nuevas pasteras no pueden ser calificadas como simples inversiones industriales. Aunque la celulosa, producida a partir del monocultivo de eucalipto, se procesa en máquinas sofisticadas, en realidad es solo una materia prima para las fábricas de papel de Asia y Europa.

Las pasteras operan casi sin excepción en zonas francas y compiten por la tierra con otros actores de la nueva agroindustria global o con la sociedad civil. Los competidores pueden ser los cultivadores de soja o los actores sociales locales, como ocurre con el Movimiento de los Sin Tierra y la empresa Stora Enso en su fábrica Aracruz Celulose en Brasil, donde han ocurrido varios conflictos. En este contexto, el agrobusiness a gran escala y en vastas extensiones de tierras ha causado diversos problemas económicos y sociales. Por ejemplo, debido a la competencia por la tierra suben los precios de las propiedades. Así, en muchos casos la agricultura tradicional es desplazada por este tipo de inversiones.

Pero a pesar de los problemas locales –y hasta los conflictos nacionales– generados, para las transnacionales nórdicas las inversiones millonarias en tierras latinoamericanas siguen siendo muy lucrativas. Curiosamente, los gobiernos de izquierda de la región han dado una calurosa bienvenida a este tipo de inversiones creando zonas francas para garantizar la mayor cantidad posible de beneficios al capital extranjero. Para las empresas transnacionales extranjeras, los beneficios son claros: es muy ventajoso producir celulosa en zonas francas y utilizar para ello árboles de campos en los que la fibra crece más rápidamente gracias al uso de especies como el eucalipto y el aprovechamiento intensivo de fertilizantes. Al mismo tiempo, este nuevo tipo de inversión ha creado una lógica económica diferente en base a una articulación distinta de mercados. Las plantas de celulosa no están ubicadas, como normalmente ocurre en los países nórdicos, cerca de las fábricas de papel. En América Latina, y especialmente en Sudamérica, la pasta producida es trasladada a las fábricas de papel instaladas en Europa y China. La otra cara de este fenómeno de globalización de la industria forestal es lo que ocurre en los países nórdicos. En noviembre de 2006, la corporación finlandesa M-Real –propietaria, junto con la multinacional de origen finlandés UPM, de la empresa Botnia– anunció el cierre de varias de sus fábricas en Finlandia y la aplicación de un programa de austeridad y reestructuración. Antes de la actual fase de la globalización, esta situación sin dudas habría preocupado a los dueños de la empresa. Sin embargo, el valor de la empresa subió 15% en la Bolsa de Helsinki. Otras empresas forestales nórdicas, como Stora Enso, también han cerrado sus plantas de celulosa en Finlandia, a pesar de que eran lucrativas, para abrir nuevas procesadoras en Brasil y Rusia, donde tienen aseguradas mayores ganancias porque cuentan con materia prima garantizada y mano de obra más barata.