Opinión

¿Un glamour anticapitalista?


julio 2026

El «Desfile sin multimillonarios», protagonizado en mayo de este año por trabajadoras y trabajadores de Nueva York, reabrió un viejo debate: ¿el brillo, el maquillaje y el artificio son cómplices del capitalismo o pueden ser también formas de resistencia?

<p>¿Un <em>glamour</em> anticapitalista?</p>
Imagen creada con inteligencia artificial

Mientras se pavoneaba en la pasarela con un vestido de Cindy Castro, Samari Jomar Mercado, una trabajadora de Amazon de 37 años, parecía un hada etérea del punk rock: tatuajes en los brazos, un bolso de encaje colgado de la muñeca y una cinta blanca que le ondeaba desde la nuca como una bandera. Después de un giro teatral y una pose desafiante, se detuvo para saludar al público, que la ovacionaba.

«Durante años trabajó diez horas por día, seis días a la semana (...) levantando objetos pesados a gran velocidad», anunció la maestra de ceremonias Lisa Ann Walter mientras Mercado recorría la pasarela con paso despreocupado. «Hizo circular una petición entre sus compañeros de trabajo y presentó una denuncia ante la Administración de Seguridad y Salud Ocupacional [OSHA, por sus siglas en inglés] por la calidad del aire (...) y hoy está aquí para mostrarles a los demás que no hay que tener miedo de alzar la voz».

La iniciativa «Desfile sin multimillonarios», celebrada el 4 de mayo de 2026 en el Meatpacking District de Nueva York, tuvo como modelos a trabajadoras y trabajadores de Amazon, Whole Foods y The Washington Post. El objetivo era protestar contra la Gala del Met, la gran cita anual de la moda y las celebridades organizada para recaudar fondos para el Instituto del Vestido del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, que iba a realizarse a ocho kilómetros de allí. La velada, copresidida por el fundador de Amazon Jeff Bezos y su esposa, Lauren Sánchez Bezos, reunía a algunas de las figuras más famosas del mundo del espectáculo. «Dejemos que esos multimillonarios se queden con su fiesta del Met», ironizó la copresentadora Gabriella Karefa-Johnson. «¡Nosotros vamos a hacer aquí algo mucho más fabuloso!».

Mientras veía en mi cuenta de Instagram un video tras otro del «Desfile sin multimillonarios», quedaba claro que la movilización sindical del sur de Manhattan había funcionado precisamente porque quienes desfilaron realmente lo habían dado todo: habían werked. La expresión, popularizada entre el gran público por la drag queen RuPaul, alude a actuar con estilo, audacia y un dominio absoluto de la escena.

La palabra tiene su origen en la jerga del ballroom queer, una subcultura nacida en Nueva York en la que personas LGBTI+ afroestadounidenses y latinas competían en desfiles, bailes y performances. Según la investigadora de medios madison moore, designa «un tipo de trabajo estético que se manifiesta en el cuerpo y pone de relieve el esfuerzo necesario para producir momentos estéticos memorables». En otras palabras, la confianza, la energía y la expresividad de quienes desfilaron formaban parte del activismo desplegado allí: no eran un simple envoltorio de una causa más amplia.

«Un gran estilo nunca es simplemente estilo por el estilo mismo», escribe moore en Fabulous: The Rise of the Beautiful Eccentric [Fabuloso: el ascenso de la bella excentricidad]. «También es una forma de protesta, una rebelión contra las estructuras y los sistemas que nos oprimen y atormentan a todos, todos los días». De hecho, en un momento en que la inteligencia artificial amenaza los medios de subsistencia –y la vida misma– de trabajadores de todas las clases sociales, un espectáculo fastuoso puede constituir, por derecho propio, un acto de resistencia.

Nunca sostendría que el glamour puede revertir la realidad explotadora y desmoralizante de tantos empleos en la era de Jeff Bezos. Pero los movimientos políticos que rechazan los enigmáticos placeres del artificio solo se perjudican cuando excluyen a personas que, de otro modo, podrían compartir sus ideas.

El placer frente a las pruebas de pureza

Las pruebas de pureza relacionadas con una feminidad vistosa existen desde hace mucho tiempo. Pero, como sostengo en mi reciente libro Lipstick [Lápiz labial], embellecerse puede ser un acto deliberado de autodeterminación y creatividad. El gusto por la audacia visual no tiene por qué ser rechazado de plano como una señal de materialismo y superficialidad. Incluso puede unir a personas por encima de sus diferencias mediante alegres gestos de exuberancia en el vestir dentro del espacio público. Entonces, ¿por qué no se suma más gente a esta disidencia decadente?

Ya se trate del estigma que pesa sobre las telas brillantes o sobre los tonos de lápiz labial capaces de hacer girar todas las cabezas, el rechazo al glamour se remonta a fines del siglo XIX, un periodo en el que las primeras corrientes feministas convivían con los códigos victorianos de pudor y virtud femeninos. Aunque no todas las feministas de entonces rechazaban los ornamentos, las voces que más se hacían oír solían provenir de familias de la elite de Nueva Inglaterra que valoraban la sencillez y el autocontrol.

Casi un siglo más tarde, muchas feministas vieron el glamour como una herramienta de opresión. Durante las protestas contra el concurso Miss America de 1968, en Atlantic City, Nueva Jersey, manifestantes del Movimiento Nacional de Liberación de las Mujeres arrojaron a un «cesto de basura de la Libertad» objetos asociados con cánones de belleza restrictivos, entre ellos cosméticos, pestañas postizas, fijador para el cabello, fajas y sostenes.

La antipatía de muchos movimientos de izquierda hacia el glamour suele surgir de preocupaciones justificadas por los efectos dañinos de lo que Karl Marx llamó «fetichismo de la mercancía». Cuando una falda de satén o un pañuelo de seda se valoran principalmente por el estatus que confieren a quien los lleva –y no por su función como prendas–, los productos adquieren un aura mística. Esto puede ocultar las realidades económicas, entre ellas la explotación, demasiado frecuente, de quienes confeccionaron esas prendas.

En su célebre libro Modos de ver, publicado en 1972, el crítico de arte e intelectual socialista John Berger sostuvo que el glamour no era más que «la felicidad de ser envidiado» y que las personas intentaban transformarse comprando cada vez más productos que en realidad no necesitaban. Por eso no sorprende que cualquiera que desconfíe de la misoginia y el capitalismo también pueda desconfiar de la moda y la cultura de la belleza, que, al menos superficialmente, solo parecen prometer el placer fugaz de una satisfacción epidérmica. Dicho esto, creo que una posición moralizante contra el glamour solo reduce el campo de quienes están dispuestos a enfrentarse al poder.

La belleza como resistencia

Durante la investigación para mi libro Lipstick, encuesté a casi 100 mujeres cisgénero, mujeres trans y personas no binarias de entre 18 y 78 años. Que pintarse los labios se considerara empoderador o degradante solía reflejar las diferentes expectativas generacionales en torno de la feminidad.

Quienes alcanzaron la mayoría de edad durante las tres últimas décadas del siglo XX solían mostrarse más ambivalentes respecto de lo que el lápiz labial –y el maquillaje llamativo en general– comunicaba a los demás. Parte de esa tensión proviene de que el maquillaje se considera una obligación asociada a la feminidad, el cortejo o la vestimenta laboral, lo que, como sostengo en Lipstick, a menudo le impide convertirse en una forma de expresión creativa. En cambio, cuando embellecerse no está ligado a la presión por amoldarse a determinadas normas, puede convertirse en una práctica que privilegia el juego, la experimentación y la transformación.

En su ensayo «Beauty Laid Bare: Aesthetics in the Ordinary» [La belleza al desnudo. La estética en lo cotidiano], la feminista radical bell hooks sostuvo que «aprender a ver y apreciar la presencia de la belleza es un acto de resistencia en una cultura de dominación que reconoce en la producción de un sentimiento generalizado de carencia, tanto material como espiritual, una eficaz estrategia colonizadora». Más aún, el glamour cotidiano de los sectores marginados y las clases trabajadoras muestra que una apariencia impactante tiene poco que ver con los diseñadores de lujo y sus precios exorbitantes. El overol también puede llevar lentejuelas.

No tirar al bebé junto con la espuma del baño

En buena parte del rechazo contemporáneo al glamour asoma una veta de misoginia, incluso cuando lo expresan mujeres bienintencionadas.

Parte de este antagonismo entra en lo que la investigadora independiente Sophie Lewis llama «machismo feminista». Como ejemplos, Lewis señala a la jurista feminista Catherine MacKinnon, quien desestima la feminidad por considerarla una forma en que las mujeres se pliegan a su propia degradación sexual, y a la columnista Moira Donegan, quien se burla de la «frivolidad aniñada» de Katy Perry.

En el próximo libro de Lewis, Femmephilia –un texto que elogia tanto a la despampanante Marilyn Monroe como a la poeta beat Diane Di Prima–, la autora sostiene con ironía: «Al demonizar el poder y el placer de lo mujeril a secas, las feministas culturales tiran al bebé junto con la espuma del baño».

La historia ofrece numerosos ejemplos de feministas que no solo lucharon contra el patriarcado, sino que además abrazaron sin complejos el placer femenino. Durante la ceremonia de asunción de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York, la cantautora Lucy Dacus interpretó «Bread and Roses» [Pan y rosas], un himno obrero y sufragista inspirado en una huelga de 1912 del mismo nombre. Liderada en gran medida por mujeres inmigrantes que reclamaban salarios más altos y mejores condiciones laborales en las fábricas textiles de Massachusetts donde trabajaban, aquella huelga fue la primera en la que el canto desempeñó un papel crucial.

«¡Queremos pan, pero también queremos rosas!», decía una de las pancartas, sugiriendo que una buena vida no se compone únicamente de lo indispensable para subsistir, sino también de pequeños placeres perfumados. Ya se trate de «Pan y rosas» o de «Pan y lápiz labial», el credo es el mismo: las personas necesitan belleza y placer –y sí, incluso un poco de brillo– para que la vida valga la pena. Iniciativas como el «Desfile sin multimillonarios» parecen abrir un nuevo capítulo del activismo, uno en el que la solidaridad también puede forjarse con tacones de aguja.

«Nunca había sentido tanto amor ni tanto empoderamiento rodeada de una multitud», dijo Mercado a sus seguidores de Instagram pocos días después de su debut en la pasarela. «El trabajo es arte, el arte es cultura y la cultura nos pertenece. Exigimos algo mejor y merecemos algo mejor».


Nota: la versión original de este artículo, en inglés, se publicó en The Conversation el 8/6/2026 y está disponible aquí. Traducción: Mariano Schuster.



Artículos Relacionados

Newsletter

Suscribase al newsletter

Democracia y política en América Latina