Tema central

Generación, acontecimiento, perspectiva. Pensar el cambio a partir de Brasil

La vinculación entre la sociología de las generaciones de Karl Mannheim y el concepto filosófico de acontecimiento habilita una mirada renovada sobre procesos como los iniciados en junio de 2013 en Brasil, que han dado forma a una nueva generación militante en este país. Pero una generalización de esta concepción perspectivista de la política permite también pensar la coyuntura latinoamericana y evita reducir las diferentes perspectivas a esquemas simplistas como «realismo versus idealismo» o «traidores versus auténticos». Es necesario, por un lado, reconocer que la tensión entre perspectivas es necesaria para toda política que se quiere transformadora; y, por otro, comprender la inconmensurabilidad de las distintas miradas en los momentos de ruptura.

Generación, acontecimiento, perspectiva. Pensar el cambio a partir de Brasil

Generación y acontecimiento

Se debe a Karl Mannheim el primer tratamiento formal del «problema sociológico de las generaciones»1. A fin de desenredar el concepto de sus asociaciones biológicas y espirituales, el autor húngaro-alemán propuso distinguir entre generación como «fenómeno de localización», «copresencia en una región histórica y social» que define una banda [range] de experiencias posibles y una zona de potencialidades; y generación como actualidad o actualización de esos potenciales, lo que tiene por condición la «participación en el destino común de [una] unidad histórica y social»2. Solamente en este segundo caso –para lo cual el primero es una condición necesaria, pero no suficiente– la palabra puede asumir un sentido más allá de la trivial referencia a los ciclos biológicos y culturales de renovación de una población. «No toda localización generacional –no toda franja etaria– crea nuevos impulsos colectivos y principios formativos originales y adecuados a su situación particular»3. Para eso, hace falta «un lazo concreto entre miembros de una generación en virtud de su exposición a los síntomas sociales e intelectuales de un proceso de desestabilización dinámica»4.

Obviamente, no solo la localización en el tiempo está estratificada en otras diferentes localizaciones (en el espacio, en posiciones sociales, de género, de etnia, etc.), sino que a la concepción molar de cada una de estas como «banda de experiencia potencial»5 habría que añadir una concepción molecular, en el sentido en que hablan Gilles Deleuze y Felix Guattari6. Ello nos permitiría concebir zonas de indiscernibilidad entre diferentes bandas y la posibilidad de movimiento, contacto e interferencia mutua entre diferentes estratos. Pero lo que interesa aquí es la relación que se puede establecer a partir de Mannheim entre la actualización de una generación –la formación de lo que él llama «un nuevo estilo generacional», o «una nueva entelequia generacional»7– y el acontecimiento.

El acontecimiento es un concepto clave de la filosofía contemporánea y atraviesa, directamente con este nombre u operativo bajo otras denominaciones, la obra de pensadores tan distintos entre sí como Heidegger, Whitehead, Bachelard, Althusser, Foucault, Deleuze, Derrida, Badiou y Rancière –aunque podamos hacerlo remontar aún más lejos, al occursus (encuentro) de Spinoza, la occasione (ocasión) de Maquiavelo o la plaga y el ictus (colisión) de Lucrecio8. Su importancia y ubicuidad provienen de la cantidad de funciones que es llamado a cumplir: explicar la posibilidad de lo nuevo; sostener la novedad no en el sujeto o en el objeto, sino al mismo tiempo entre los dos y, por lo tanto, promover la temporalización de lo transcendental, que deja de ser una estructura estática para devenir transformable (y así, paradójicamente, transformable desde lo empírico); plantear la ruptura con la causalidad, la temporalidad y la historicidad lineales; asegurar el primado de la práctica sobre el pensamiento o la teoría, al mismo tiempo que la impersonalidad: más que hacerlo pasar nosotros, el acontecimiento (nos) pasa.

Sería posible transponer todas estas funciones al modelo propuesto por Mannheim. Según él, surge algo como una «nueva generación» cuando la velocidad del cambio social impide un proceso continuo y latente de adaptación. Ocurre que podemos decir, por una parte, que la aceleración del cambio social no es otra cosa que la acumulación de acontecimientos de diferentes tipos en diferentes escalas, que implican un desplazamiento en lo que toca a los límites de lo que se puede pensar, decir y hacer en una sociedad en un momento dado. Esto es así porque los acontecimientos conllevan transformaciones de diferentes tipos y escalas en los individuos, por intermedio de lo cual se van estableciendo nuevas identidades, actitudes y modos de pensar, decir y hacer que podrán progresivamente consolidarse en una «nueva generación» y en nuevas «unidades generacionales»9. Por último, aunque esta dimensión no esté explícitamente planteada por Mannheim, existe la posibilidad de que todas estas mutaciones se condensen y precipiten en un acontecimiento de largo alcance, cuyos efectos se prolongan y ramifican por la topología del tejido social y por el tiempo, y frente a los cuales la indiferencia es prácticamente imposible10.

Junio de 2013 y una nueva generación política en Brasil

Justamente, los últimos años están llenos de nombres que se refieren a acontecimientos antes que a «movimientos» en el sentido tradicional: la «primavera árabe», el 15-M español, el Occupy de Estados Unidos, el Diren Gezi de Turquía; y, de forma aún más claramente limitada a una identificación temporal (que además deja de incluir todo lo que ha pasado después), las «jornadas» o «acontecimientos» de junio en Brasil11. Más que entidades políticas y organizativas más o menos individualizables, estos nombres indican momentos, impredecibles e intempestivos, en que un malestar difuso y una gama de potencialidades hasta entonces latentes se cristalizan en una expresión visible, que deviene al mismo tiempo punto focal de una serie de demandas sociales y centro irradiador de un cambio subjetivo.

En el caso brasileño, parece posible afirmar que, con las protestas masivas de junio de 2013, se ha cristalizado una nueva generación política. La de junio sería la primera generación que se podría denominar como tal tras la «generación de la redemocratización», es decir, la que se constituyó en el «caldo de cultivo» en el que, durante el periodo de transición del régimen militar a la nueva república, surgieron las principales instituciones de la izquierda brasileña hasta hoy: el Partido de los Trabajadores (PT), la Central Única de los Trabajadores (CUT) y el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST), entre otros. Ni una ni otra fueron creadas ex nihilo por los acontecimientos que las definen, pero en ambos casos los acontecimientos operan como cristalizadores. La «generación de la redemocratización» se vino conformando desde los años 60, en la resistencia contra la dictadura, el trabajo de organización de las comunidades eclesiales de base e incluso la lucha armada, pero es con la huelga de los metalúrgicos de San Pablo a fines de los años 70 cuando comienza a consolidarse de manera definitiva. Del mismo modo, aunque solo devenga visible a partir de junio, la «generación de junio» estuvo casi una década en formación.

Está en la naturaleza de los acontecimientos que, aunque son imprevisibles, una vez pasados es posible identificar las señales que anunciaban su posibilidad; y especialmente desde el inicio del gobierno de Dilma Rousseff, casi universalmente percibido como un retroceso político en relación con los dos mandatos de Luiz Inácio Lula da Silva, las señales abundaron. Quienes estuviesen atentos habrían podido observar una proliferación de protestas y movilizaciones en los últimos años: contra las remociones de comunidades pobres causadas por los megaeventos deportivos y la especulación inmobiliaria rampante; contra la expansión de la frontera agrícola y de grandes proyectos de energía y minería sobre tierras indígenas y los ataques a los derechos y la integridad física de estos pueblos; contra la toma de posición inequívoca del gobierno en favor de un modelo de desarrollo en el que las cuestiones ambientales son consideradas como meros obstáculos o, en el mejor de los casos, como un barniz retórico; contra las concesiones del PT al conservadorismo social de ciertas fuerzas que componen la coalición de gobierno, negociando con temas que son banderas históricas del partido, como los derechos reproductivos y los de orientación sexual; y finalmente, una gran revuelta obrera en la obra de la central hidroeléctrica de Jirau, en la Amazonía.

En todo estos casos estaban en cuestión básicamente dos conjuntos de problemáticas: las reivindicaciones provenientes de los que han sido de manera sistemática excluidos del desarrollo cuantitativo de la última década, es decir, de quienes no solo no se han beneficiado con el crecimiento económico, sino que han sido directamente perjudicados por él; y las demandas por un desarrollo cualitativo. Por este último se entiende no solamente una mejora de los servicios públicos a la altura del nuevo estatus económico y geopolítico del país, sino también un modelo de desarrollo capaz de contemplar, más allá de la preocupación exclusiva por la economía, una nueva relación del Estado con la población (en especial la más pobre), la creación de derechos y la expansión de la participación política y de los bienes comunes (commons), comprendido ahí también –en un lugar de primer plano– el medio ambiente. Que haya sido el transporte la chispa que encendió la insatisfacción que se acumulaba es relativamente contingente12, al mismo tiempo que tiene mucho sentido, puesto que es un tema universalmente compartido y un ejemplo claro de que algunas dimensiones elementales de la vida cotidiana de la mayoría de la población no han cambiado nada, a pesar del éxito internacional del país en la última década.

Lo que hizo junio fue, entonces, volver visibles los puntos ciegos de la política de los gobiernos del PT a los que apuntaban estos pequeños focos de disenso anteriores y, aún más importante, exponer cuánto han contribuido ciertas opciones políticas de quienes están en el gobierno a invisibilizar la posibilidad de plantear soluciones (o incluso problemas) más allá de los límites de la actual correlación de fuerzas. Es decir, exponer en qué medida tomar esta correlación como límite absoluto ha servido para reforzarla y endurecerla, de manera que, después de una década de gobiernos de centroizquierda, el debate público parece haberse vuelto menos y no más permeable a la discusión de cambios más profundos. En ese marco, junio hizo crecer de forma exponencial la excitabilidad política que ya se observaba en la sociedad brasileña –no solo en las protestas en los centros de las grandes ciudades, sino también en las manifestaciones y confrontaciones con la policía en las favelas y las periferias, así como en las «huelgas salvajes» de los profesores y los trabajadores de limpieza de Río de Janeiro–. Sin embargo, aunque los vínculos de solidaridad y a veces de colaboración directa claramente existan, el abismo social que corta la sociedad brasileña implica una distancia todavía por superar entre quienes luchan contra la exclusión que resulta del desarrollo cuantitativo y los que luchan por diferentes dimensiones de lo que sería un desarrollo cualitativo.

Uno de los desafíos para esta nueva generación será sin duda articular puntos y espacios de convergencia, sea cual fuere la forma que estos tengan, entre la clase media politizada y las clases populares, como lo hizo la generación anterior por medio de las instituciones que creó.

En todo caso, lo que nos interesa explorar aquí es la idea de que una nueva generación implica la emergencia de otra perspectiva, de otra mirada sobre la política y la coyuntura histórica. De las experiencias y los acontecimientos que se cristalizan en una generación resultan maneras cualitativamente distintas de sentir, percibir y pensar –y, por lo tanto, maneras cualitativamente distintas de hacer cálculos políticos–, que implican que –parafraseando a Roy Wagner– «el modo como la nueva generación no comprende a la vieja es diferente de cómo la vieja generación no comprende a la nueva»13. Esto es aún más el caso si, como en Brasil, donde la generación nueva se formó durante los años de la vieja en el poder, inevitablemente el proceso de formación tiene algo de oposicional: la nueva mirada busca los puntos ciegos de la anterior. Esta diferencia fundamental de perspectiva significa que, en un momento de crisis, puede ocurrir que lo que para unos aparece como el límite absoluto de lo posible –cuando forzar la situación solo podría resultar en un desastre–, para otros se ve como justamente el nodo central que hay que desarmar para que las cosas puedan volver a moverse. En este caso, lo que para los primeros es un imperativo de la Realpolitik se manifiesta a los ojos de los segundos como internalización y naturalización del statu quo; y lo que los primeros ven como la cautela necesaria para enfrentar la realidad, a los segundos les parece miopía frente a restricciones que, si no se confrontan ahora, tenderán a potenciarse.

Entre «izquierda» y «progresismo»

Podríamos aproximar la diferencia entre perspectivas que hoy se observa en Brasil al diagnóstico del ecologista uruguayo Eduardo Gudynas sobre la actual coyuntura latinoamericana. Su cartografía pone de relieve diez temas que hoy oponen, de manera más o menos aguda, dos tendencias que denomina «izquierda» y «progresismo» en los diferentes países gobernados por la «nueva izquierda»14.

Hay reparos que podrían presentarse frente a ese diagnóstico. Por ejemplo, si la generalización de casos tan diferentes como Brasil, Venezuela, Bolivia y Argentina revela efectivamente una tensión existente en todos estos países. También sería productivo trazar las genealogías, bastante distintas en cada uno de ellos, de cómo se constituyó esta tensión y cuáles son las fuerzas reales que se oponen en ella. En este sentido, las dos categorías centrales de «izquierda» y «progresismo» quizás confundan más de lo que aclaran, sea porque al fin y al cabo «ser de izquierda» se aplica a ambas, sea por las diferencias entre países, o sea por las diferentes trayectorias históricas. Después de todo, decir que el «progresismo nació como una expresión reciente en el seno de la izquierda latinoamericana», hibridizando «distintas condiciones culturales y políticas», pero que «quedó enmarcado en las ideas occidentales del desarrollo»15, parece minimizar inexplicablemente la importancia de un cierto progresismo nacional-desarrollista en la propia conformación histórica de la izquierda latinoamericana.

Sin embargo, incluso si las etiquetas fueran equívocas y el diagnóstico pudiera ser diacrónicamente cuestionable, la cartografía identifica de modo certero una serie de diferendos políticos en el marco de los cuales se puede visualizar con nitidez la tensión sincrónica (y la creciente divergencia) entre dos perspectivas distintas16. Además, el diagnóstico tiene el mérito de presentar los dos lados como componentes de la izquierda en sentido amplio –dos posiciones legítimas dentro de un espectro político común–. Con esto, neutraliza los modos en que cada uno de ellos puede descalificar al otro como «de derecha» (los discursos poco interesantes de la «traición de los gobernantes» o de la «manipulación por las oligarquías/el imperialismo»). Neutraliza también la opción que a menudo hace uno de los lados (justamente lo que Gudynas contraintuitivamente llama «izquierda») por dejar de disputar el sentido de la palabra «izquierda» para simplemente aceptar sin críticas la reducción de esta a una caricatura de los tiempos de la Guerra Fría (autoritaria, productivista, estatista, etc.)17.

La ventaja de considerar que cada posición puede ser a su manera legítima y de izquierda es triple. Primero, permite tomar la coyuntura regional como un todo (es decir, considerarla más allá de la polarización interna a la izquierda) de manera más adecuada: por más que crezca la divergencia entre los dos polos, todavía sigue siendo menos lo que los separa que las divergencias de ambos subgrupos respecto de las fuerzas sociales conservadoras que preferirían revertir los logros de las últimas décadas18. Segundo, identificar los dos polos como internos a la izquierda permite establecer lo que tienen en común como, en los términos de una definición clásica de la diferencia entre “izquierda” y “derecha”, un compromiso con la igualdad social y política –con diferencias de interpretación en las que reside, justamente, el origen del disenso–. Tercero, así se puede precisamente valorar su condición de perspectivas distintas dentro de una misma realidad.

La tensión constitutiva

Interesa menos saber si es posible en el caso brasileño asociar la «generación de la redemocratización» y la «generación de junio» con lo que Gudynas llama «progresismo» e «izquierda», que extraer algunas conclusiones generales sobre la relación entre la oposición de perspectivas y la política transformadora, que puedan aplicarse en mayor o menor medida a los diferentes casos latinoamericanos. De la misma forma, la cuestión no es saber si los diferendos entre «progresistas» e «izquierdistas» tienen un fondo generacional en los demás países latinoamericanos, sino investigar las lecciones que podemos sacar de una concepción perspectivista de la política para pensarlos.

A primera vista, en especial si tomamos literalmente la idea de que el «progresismo» habría surgido del interior de la izquierda latinoamericana después de su llegada al poder, se podría pensar que esta tensión no sería más que un desfase temporal, por una parte, y vinculado a los límites de la Realpolitik, por otra. Lo que Gudynas llama «izquierda» sería la dimensión del deseo, de todo lo que se quiso o se imaginó hacer antes de llegar al poder, de las virtualidades aparentemente infinitas de la movilización social; el «progresismo», por su parte, sería la perspectiva madurada por la experiencia del gobierno, la que reconoce los límites de lo que se puede hacer y trabaja estrictamente dentro de los confines de lo posible. En síntesis: el principio de placer contra el principio de realidad.

Sería igualmente posible pensar la situación a partir de la célebre frase de Deleuze según la cual «no existen gobiernos de izquierda»19. Inevitablemente, el «ser gobierno» y los compromisos que están implicados en la positivación de un nuevo orden político (el principio de realidad y la «molaridad» que necesariamente supone la «macropolítica») se encuentran en relación antitética con la apertura permanente a los devenires y mutaciones moleculares (el principio de placer, el inconsciente social) que definen, más allá de cualquier programa político determinado, la actitud propia del «ser de izquierda».

¿Se trata de dos lecturas distintas, o más bien de la misma pero con una carga valorativa diferente, que celebra o lamenta el hecho de que el principio de realidad, el pragmatismo de la política concreta, deba al final triunfar sobre el principio de placer, la radicalidad de los deseos y proyectos? De hecho, hay que ver las dos no simplemente como imágenes especulares, sino también como imágenes que, de cierta manera, ocultan en la evaluación positiva o negativa aquello que deben suponer: que la tensión entre los dos polos es constitutiva de una política transformadora; que los dos polos se necesitan mutuamente.

La radicalidad que no encuentre formas de positivar por lo menos aquello que le proporcione una base a partir de la cual seguir constituyéndose o bien se disipa o se aísla en un narcisismo más enamorado de sí mismo que de los cambios que es capaz de promover en el mundo20. En este caso, tenemos solamente la represión del poder constituido sobre los impulsos de transformación o la mera estetización y automarginalización de estos. Un pragmatismo que se enajena de los procesos de cambio que existen en la sociedad y de los actores que los encarnan, que deja de tener un horizonte más largo dentro del cual pensar las acciones que puede realizar ahora y cómo estas crean mayor amplitud de acción en el futuro, deviene en simple gestión de lo que ya existe (lo que no excluye, por cierto, el recurso a la represión).

En la mayoría de los casos, la riqueza de los procesos que condujeron los actuales gobiernos latinoamericanos en el poder –bastante visible en sus primeros años, aunque menos ahora– consistía justamente en saber plasmar prácticas y mecanismos políticos que incorporaban la necesidad de esta tensión. El ejemplo del más antiguo y consistente entre los partidos de esta «nueva izquierda», el PT brasileño, lo deja claro en la medida en que supo ser un espacio donde la tensión entre movimiento y partido, base y liderazgo, poder constituyente y poder constituido se mantuvo abierta durante mucho tiempo y quizás todavía hoy, aunque cada vez más de modo residual.

Sin embargo, si algo podría confirmar la hipótesis de una divergencia creciente o un «divorcio» entre las dos perspectivas, sería justamente el hecho de que ellas dejen de verse a sí mismas «bajo el mismo techo»; que pasen a confrontarse de manera externa, no mediada por el reconocimiento de un terreno común. Es esto lo que se puede ver hoy en Brasil: cómo se oponen, de manera prácticamente inconmensurable, la nueva generación política y aquella que está en el poder. Es también lo que se ve en otros países latinoamericanos: si en algún momento era en términos de la tensión necesaria entre deseo y realidad como el «progresismo» se justificaba frente a la «izquierda» –«nosotros compartimos el mismo deseo, pero estamos haciendo lo que es posible dentro de la realidad»–, el progresismo parece afirmarse ahora cada vez más como un proyecto con identidad propia. Con eso, niega el territorio compartido y la posibilidad de una tensión positiva con el otro lado, que resulta descalificado, en última instancia, como radicalización idealista y/o instrumento más o menos consciente de la derecha contra el éxito del proyecto progresista. ¿Sería, entonces, el fin de la tensión y el establecimiento de un antagonismo abierto y, por lo tanto, necesariamente el inicio de un nuevo ciclo político para la izquierda, más allá de las posiciones hasta aquí conquistadas?

Choque de perspectivas

En términos formales, se pueden distinguir los polos de la tensión constitutiva de diferentes maneras. Desde el punto de vista de la iniciativa política, sería la tensión (para decirlo como Maquiavelo) entre Pueblo y Príncipe, o entre base y liderazgo; desde el punto de vista de la continuidad del proceso, sería la tensión (para hablar como Deleuze y Guattari) entre desterritorialización y reterritorialización, entre cambio desestabilizador y estabilización o estabilidad, entre entropía y orden, acontecimiento y estructura. Ocurre que cada uno de estos polos representa, al mismo tiempo, una perspectiva distinta, otra mirada sobre cada situación. Estas perspectivas se deben comprender en sentido formal y no sustancial, o sea: por un lado, son una parte ineliminable de la política; por otro, preexisten a cualquier sujeto determinado que las pueda ocupar (el individuo que es «radical» frente a una cuestión puede ser «moderado» frente a otra). Mantener abierta la tensión entre los dos polos implica, por lo tanto, el esfuerzo conjunto de ambas partes para mantenerse bajo «un mismo techo», tanto en sentido figurativo cuanto, a menudo, literal. Ellas deben verse como complementarias y no antagónicas, necesarias una para la otra, lo que supone reconocerse mutuamente como miradas legítimas sobre la situación21.

¿Qué puede ocurrir en momentos de crisis? Precisamente que este reconocimiento mutuo se rompa. En la crisis, la complementariedad deviene inconmensurabilidad y lo que era tensión deviene antagonismo. Mao Zedong proponía resumir el marxismo en la simple fórmula: «Es justo rebelarse contra los reaccionarios». Esta frase, «tan sencilla [y] al mismo tiempo bastante misteriosa»22, opone dos perspectivas y supone el suplemento de una tercera. No cualquier rebelión es justa, sino solo aquellas que se hacen contra los reaccionarios; y si los rebelados no ven más que reaccionarios del otro lado, los supuestos reaccionarios no pueden dejar de ver al otro lado a «izquierdistas» que sirven objetivamente a intereses reaccionarios, mientras que su propia posición aparece como «la línea justa». Hace falta una tercera perspectiva desde donde sea posible juzgar si los rebelados tienen razón al identificar a los otros como reaccionarios, y consecuentemente, al rebelarse. Para Mao, esta sería naturalmente la perspectiva de la historia, que acaba siempre por darle razón a quien corresponde: si lo que hace la historia es finalmente derrotar a los reaccionarios, quienes salgan derrotados habrán sido los reaccionarios. Pero si suprimimos la posibilidad de esta tercera perspectiva (como lo hacemos hoy, que hemos perdido la creencia en la marcha necesaria de la historia), nos quedamos exactamente en la condición que se abre en una situación antagónica, en que no hay más que la verdad subjetiva de cada perspectiva, que se da razón negando la razón de la otra23.

Nada permite decidir a priori si es posible forzar los límites de la correlación de fuerzas, en Brasil así como en los otros países latinoamericanos, más allá de su equilibrio actual. Es un problema cuya «decisión», es decir, la actualización, depende precisamente de la continuidad de una convicción subjetiva de verificarlo, y de la capacidad política de aquellos que se empeñen en ello. Pero que la respuesta mayoritaria del PT haya consistido en negar el valor positivo de las protestas de junio no puede tener otro efecto, hasta aquí, que confirmar la convicción subjetiva de una nueva generación que pasa a ver al partido como obstáculo a las reformas más profundas que aquellos eventos parecían al mismo tiempo demandar y posibilitar. El efecto paradojal de negar al otro como «izquierdista» es confirmarse a sus ojos como «reaccionario». Lo que debería ser feedback negativo («Si continúan las protestas, se fortalecerá la derecha»), desestimulando la movilización, corre así el riesgo de devenir feedback positivo («¿Lo ves? Es justo rebelarse»); aún más si, como ha sido el caso, en lugar de concentrarse en el horizonte estratégico (qué cambios quedan por realizar y cómo hacerlo), el discurso se resume en la necesidad de defender lo que ya se ha logrado hacer (principalmente, el Bolsa Família).

En lugar de ver el mayor movimiento de masas en la historia del país desde los años 80 como la mejor oportunidad de cambiar una correlación de fuerzas que, a pesar de más de una década en el poder, no cesa de apuntarse como impeditiva, el governismo en Brasil teme sobre todo las consecuencias que una desestabilización de este equilibrio puedan tener para sí mismo. Por eso chantajea a los movimientos con la amenaza de que es el único katechon24 capaz de evitar el retorno de la derecha, además bastante débil electoralmente hoy. No obstante, si se mira desde otra perspectiva, ¿no sería natural que el hecho de que prefieran ignorar esta oportunidad se viera como la prueba de que el governismo habría pasado a funcionar como un katechon de otro tipo, es decir, con la señal invertida: como el último (o más nuevo) obstáculo de un sistema político autorreferencial frente a una nueva ola de presiones populares?

  • 1. Rodrigo Nunes: profesor del Departamento de Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro (puc-Rio). Su publicación más reciente es el libro The Organisation of the Organisationless: Collective Action After Networks (Mute, Londres, 2014), en el que discute la actualidad de la «cuestión de la organización» en tiempos de redes.Palabras claves: acontecimiento, generación, perspectivismo, protestas de junio, Brasil.. K. Mannheim: «The Sociological Problem of Generations» en Essays on the Sociology of Knowledge, Routledge / Keegan Paul, Londres, 1952, pp. 163-195. [Hay edición en español: «El problema de las generaciones» en Revista Española de Investigaciones Sociales Nº 62, 4-6/1993, pp. 193-242].
  • 2. Ibíd., p. 182 (énfasis del original).
  • 3. Ibíd., p. 189.
  • 4. Ibíd., pp. 182-183.
  • 5. Ibíd., p. 168.
  • 6. V., por ejemplo, G. Deleuze y F. Guattari: L’Anti-Oedipe, Minuit, París, 1972, capítulo 4. [Hay edición en español: El Antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia, Barral, Barcelona, 1973].
  • 7. K. Mannheim: ob. cit., p. 189 (énfasis del original).
  • 8. Sobre los últimos tres, v. el excelente análisis de Vittorio Morfino: Il tempo della moltitudine. Materialismo e politica prima e dopo Spinoza, Manifestolibri, Roma, 2005.
  • 9. Con este concepto, Mannheim quiere designar los «grupos dentro de la misma generación actual que elaboran el material de sus experiencias comunes en diferentes modos específicos», lo que significa que, aunque los dos grupos sean polarmente opuestos, siguen siendo unidades internas de una misma generación actual. K. Mannheim: ob. cit., p. 184 (énfasis del original).
  • 10. Aunque Mannheim hable de una tendencia a la «estratificación de la experiencia» según la cual las experiencias más tempranas en la vida tienden a tener un peso mayor, se podría imaginar que un acontecimiento de este tipo tendría suficiente fuerza para reescribir el «conjunto original» de experiencias. K. Mannheim: ob. cit., pp. 176-177.
  • 11. Sobre la insuficiencia del concepto de «movimiento» para tratar estos fenómenos y para un intento de desarrollar un nuevo vocabulario capaz de describir sus formas organizativas características, v. R. Nunes: The Organisation of the Organisationless: Collective Action After Networks, Mute, Londres, 2014.
  • 12. Como es sabido, fue la respuesta masiva generada por la represión policial a las manifestaciones organizadas por el Movimiento Pase Libre contra el aumento de la tarifa de bus en San Pablo lo que desencadenó las protestas de junio de 2013.
  • 13. R. Wagner: The Invention of Culture, University of Chicago Press, Chicago, 1981, p. 24.
  • 14. E. Gudynas: «10 tesis sobre el ‘divorcio’ entre izquierda y progresismo en América Latina» en Página Siete, 9/2/2014, www.paginasiete.bo/ideas/2014/2/9/tesis-sobre-divorcio-entre-izquierda-progresismo-america-latina-13367.html.
  • 15. Ibíd.
  • 16. Estos diferendos serían: en cuanto al concepto de desarrollo (cualitativo o cuantitativo), a la concepción de democracia (expansión de la participación o electoralismo), justicia social (en sentido amplio o restringido a la distribución económica), importancia atribuida a los movimientos sociales, a los derechos humanos, a la independencia crítica, a la lucha contra la corrupción, a la integración latinoamericana, a las nuevas constituciones.
  • 17. Sobre este punto, v. R. Nunes: «Três motivos para não dizer ‘nem esquerda, nem direita’» en Fórum, 2/2/2013, www.revistaforum.com.br/blog/2013/02/tres-motivos-para-nao-dizer-nem-esquerda-nem-direita/.
  • 18. En términos de la práctica política que de ahí podría resultar para los «progresistas», esto debería servir para recordarles que su más importante base social está entre «la izquierda» (en el sentido en que habla Gudynas: los militantes y los movimientos «que se sienten desilusionados, alejados o incluso enfrentados con este progresismo»); mientras que, entre esta «izquierda» que se opone al «progresismo», podría funcionar como alerta contra flirteos oportunistas con sectores que son, finalmente, contrarios a sus propósitos.
  • 19. G. Deleuze y Claire Parnet: «‘G’ comme gauche» en L´abécédaire de Gilles Deleuze, entrevista, 1988-1989, disponible en www.youtube.com/watch?v=uqp4hzse9k4.
  • 20. Hay que recordar aquí que Deleuze también dice: «No es que no existan diferencias entre los gobiernos. Lo que se puede esperar a lo mejor es un gobierno que sea favorable a ciertas demandas o reivindicaciones de la izquierda». Ibíd.
  • 21. Eso conlleva, por otro lado, reconocerse a sí mismo como perspectiva; o, dicho de otra forma, reconocer en el otro la posibilidad de mi propio punto ciego: así como yo veo cosas que él no, no puedo excluir la posibilidad de que lo que a él le aparece no sea visible desde donde miro.
  • 22. Alain Badiou: Théorie de la contradiction, Maspero, París, 1976, p. 15.
  • 23. Se puede decir que, en el esfuerzo por mantener la tensión abierta y entender la otra perspectiva como complementaria, tal cual lo descrito arriba, también las partes presuponen una tercera perspectiva, incluso conscientemente habida por imaginaria, que engloba las otras dos: aquella del «proceso histórico».
  • 24. Tomo la expresión («aquello que refrena», en griego) de Carl Schmitt, que por su parte la toma de la Biblia, donde San Juan la utiliza para hablar de algo que retarda la llegada del Anticristo. Ver C. Schmitt: The Nomos of the Earth in the International Law of the Jus Publicum Europaeum, Telos Press, Nueva York, 2003. [Hay edición en español: El nomos de la Tierra en el derecho de gentes del «jus publicum europaeum», Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1979].