Opinión

Fútbol, xenofobia, racismo, discriminación y algunas manchas más del tigre

Sociedades ampliamente discriminatorias no pueden sino tener una cultura de masas con esa característica. En el fútbol, un deporte que concita pasiones y entusiasmos, esos rasgos se manifiestan de un modo virulento. Tanto en la cancha como fuera de ella, se expresan una serie de tramas sociales con un elevado contenido de discriminación. Mientras miramos el Mundial, conviene que pensemos en esto.

Fútbol, xenofobia, racismo, discriminación y algunas manchas más del tigre

Homoerotismo

El fútbol es un gran relato sobre la identidad. Esto, que se ha vuelto un lugar común (e incluso un argumento publicitario) lo sabe ya hasta un pasante de periodismo deportivo. Lo que no se discute jamás son las variaciones posibles de esa identidad. Y mucho menos sus consecuencias, a veces funestas.

Afirmar que el fútbol se vincula a la identidad resulta tranquilizador. En principio, porque le repone un estatus superior al de la mera banalidad: permite la afirmación sonora de que «el fútbol es la cosa más importante de las menos importantes» (otra banalidad). Esa importancia deriva, exactamente, de que constituye una trama de memorias y relatos en la que se inventan y reproducen identidades muy variadas. Su eficacia se basa en su calidez afectiva (la supuesta «pasión»), la posible belleza del juego (aunque escasa entre nosotros) y la imprevisibilidad de los resultados. Pero la tranquilidad de la identidad olvida –u oculta– que con eso no terminamos de explicar nada: que debemos introducir otra dimensión, infaltable (y generalmente escamoteada) que es la del poder.

Las dimensiones de la identidad puestas en juego no son simplemente las dos más visibles: la microidentidad o identidad tribal (la del club, el equipo, los colores) y la nacional (la selección, la nación, la patria), aunque también exijan nuestra atención antes que nuestra celebración. Los relatos de identidad que el fútbol pone o puso en juego históricamente en América Latina se construyeron sobre ejes muy variados. En principio, sobre los de la etnicidad, la raza, la clase, el territorio y la nación. Todos ellos fueron puestos en acción a través de relatos que, en algunos casos, se autonominaron como estilos de juego. La etnicidad nos remite a las fundaciones reales y los conflictos entre europeos –que no fueron solo ingleses–, criollos y mestizos; a la clase, a la popularización y a las disputas por la profesionalización; a la raza, a la aparición de los afrodescendientes; al territorio, a la estrecha relación entre equipos y ciudades o pueblos (o barrios, en las ciudades más importantes); a la nación (desde 1916 y con la aparición de las competencias internacionales, encontró en el fútbol el soporte más idóneo para la popularización de narrativas de identidad). A la vez, empero, hay una gran ausencia que no es solo propiedad latinoamericana: el género fue silenciado –tanto como prohibido– en esa invención y en esos relatos.

Detengámonos en esa ausencia que nos permite ejemplificar mejor la dimensión del poder. La vulgata de la identidad olvida a menudo que se trata de identidades y relatos básicamente masculinos que se impusieron como universales por medio de la censura y la prohibición sobre el fútbol y el fanatismo femenino. Para colmo, en la cultura deportiva, las mujeres no pueden ser soportes de narrativas de identidad porque esa imposibilidad es dependiente de una ley más amplia y no meramente latinoamericana. Según ella, la patria no puede narrarse en femenino y las mujeres no pueden ser las heroínas de un relato nacionalista. A la inversa: el exceso narrativo –el exitoso exceso narrativo– del fútbol masculino, obturó por completo la posibilidad de que hubiera un relato femenino, llegando incluso hasta la prohibición.

Entonces, no se trata de celebrar identidades sino más bien de analizar quién las inventa, quién las reproduce, cómo las narra. Y fundamentalmente, contra quién se la narra. Porque, como sabemos, todo relato de identidad es a la vez uno de alteridad: lo que se es y a la vez lo que no se es. En el fútbol, el relato dominante sostiene que quien narra es macho: pero el otro es el homosexual, no la mujer, lo que permite en un solo movimiento duplicar la exclusión femenina. Todo queda entre hombres, lo que permite a la vez un relato homoerótico y, paradójicamente, homofóbico. Un primer lugar común de la discriminación, que la reciente y fallida publicidad de la señal televisiva Torneos y Competencias puso en acción: disfrazada de supuesta crítica a la represión rusa sobre la homosexualidad, la publicidad mostraba la perseverante discriminación antifemenina que organiza la cultura futbolística.

Racismos y xenofobias

Lo mismo ocurre con los ejes étnicos y raciales. El fútbol latinoamericano se inventó sobre una disputa étnica disfrazada, en ocasiones de antiimperialismo, en los procesos de criollización de un juego inventado por europeos. Pero una vez superada la etapa fundacional, dejó paso a dos articulaciones conflictivas: a las narrativas de diferenciación internas –porteños contra provincianos argentinos, santiaguinos contra porteños chilenos, cariocas contra paulistas brasileños, costeños contra serranos en Colombia, Ecuador y en menor medida en Perú– y a la racialización de la etnicidad afrodescendiente, un eje clave que fue crucial para la invención del fútbol «popular» brasileño, uruguayo y peruano.

A partir de 1916, estos ejes comenzaron a jugar a escala internacional. Ese año, la Liga chilena exigió la pérdida de los puntos obtenidos por el equipo uruguayo en el primer campeonato sudamericano por alistar «jugadores africanos». En el Sudamericano de 1921, jugado en Buenos Aires, el presidente brasileño Epitacio Pessoa impuso su voluntad de que el equipo brasileño fuera integrado solo por jugadores blancos, ya que el año anterior, al pasar por Buenos Aires rumbo al Sudamericano de Chile, los brasileños habían sido tratados de «macaquitos» por la prensa argentina. No estamos descubriendo aquí la presencia del racismo en las sociedades «blancas» latinoamericanas. Solo estamos recordando que el fútbol permitió, desde entonces y con ventaja, su puesta en escena.

Desde la década de 1930, todos estos ejes fueron narrados fundamentalmente por la prensa popular con el consiguiente predominio de la estereotipificación. La prensa organiza y narra mediante estereotipos sencillamente porque es el modo de que dispone para organizar con sencillez un mundo caótico. El problema surge cuando el estereotipo también organiza la comprensión del mundo porque no hay otro argumento disponible. Y aquí, nuevamente, aparece el problema del poder: los narradores fueron (y todavía lo son mayoritariamente) blancos y de clases medias, por lo que todas las narrativas fueron organizadas desde sus puntos de vista. La voz dominante y la mirada casi única en todo el continente, sigue siendo blanca, urbana y de clase media. En el fútbol, su mejor ejemplo es el brasileño, que descubrió que había alcanzado una presunta democracia racial a partir de 1958 con el primer título mundial en Suecia liderado por las estrellas Vavá, Didí, Pelé y Garrincha. Eran tres negros y un mulato. Pero ese descubrimiento fue hecho y publicitado por los intelectuales blancos Gilberto Freyre y Mario Filho.

Una fiesta discriminatoria

No pretendemos adjudicar, sin embargo, los excesos de homofobia, xenofobia y de racismo de las hinchadas latinoamericanas a la cultura de masas. Esta simplemente pone en escena los relatos dominantes. Sociedades ampliamente homofóbicas, xenofóbicas y racistas no pueden sino tener una cultura de masas –y por consiguiente, un fútbol– con esas características. Lo que el fútbol permite, por su masividad, es una mayor visibilidad de esas tramas y una puesta en escena de masas. No se trata del gesto racista cotidiano, sino de una multitud que reprocha la negritud de algún jugador de fútbol en sociedades mayoritariamente blancas. Por su parte, el relato xenófobo se disfraza de chiste: el periodismo deportivo tiene en muy alta estima su propio humor y cree que las andanadas mutuas entre chilenos y peruanos, argentinos y brasileños o colombianos y venezolanos pueden ser reproducidas con el argumento del folklorismo («siempre ha sido así») y el humor («no es serio»).

El panorama es, entonces, terrible. Las reglamentaciones de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA), que pocos resultados parecen haber logrado en el mundo de la Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol (UEFA), menos aún han conseguido en el mundo de la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol). Es posible que el relativo fracaso se deba a una cuestión de poder. Los que dictan esas reglas, por respeto a la corrección política, pertenecen a los mismos sectores que pueden ejercer –y ejercen– la discriminación múltiple (blancos, urbanos, y de ser posible ricos). En el caso argentino, nadie cree seriamente que esté muy mal acusar de negro, boliviano o «puto» a un rival: son «cosas de hombres», de «pulsaciones a mil» en el momento del juego. Menos aún se le puede reprochar a algunas decenas de miles de hinchas que simplemente reproducen la ética de sus clases dominantes.

La posible reversión de este proceso exige mucho más que algunas reglas punitivas bien escritas. En agosto de 2017, el jugador colombiano y afrodescendiente Frank Fabra, que juega en Boca Juniors de Argentina, fue insultado por los hinchas rivales de Estudiantes de La Plata con gritos previsibles de «negro, puto, colombiano». El árbitro decidió no interrumpir el juego alegando que los gritos no provenían de todo el estadio. Es decir...eran solo un chiste.

Pie de página