Opinión

Fantasmas europeos

En Europa, el continente de las libertades y el Estado de Bienestar, resurgen los fantasmas. Los iliberales como Viktor Orbán, Matteo Salvini y Jarosław Kaczyński, se montan sobre las desigualdades de la globalización para retrotraer al continente al pasado. Apoyados por Steve Bannon, el ex asesor de Donald Trump, ponen en peligro el orden democrático tal como lo conocemos.

Fantasmas europeos

El miércoles 29 de agosto, el primer ministro de Hungría Viktor Orbán y el ministro del interior italiano Matteo Salvini presentaron un desafío a la Europa que, según ellos, representa el presidente francés Emmanuel Macron. «Actualmente hay dos campos en Europa» –dijo Salvini–. «Macron está en cabeza de las fuerzas que sostienen la inmigración. Por otro lado, estamos nosotros, que queremos detener la inmigración ilegal. Trabajaremos juntos para crear una futura alianza que ponga en primer plano el derecho al trabajo, a salud y a la seguridad: todo lo que nos niegan las élites europeas dirigidas por Macron».

A veces parece una película de superhéroes, como ocurrió cuando Marine Le Pen se reunió con Donald Trump. Recientemente, Steve Bannon (el ex consejero de Donald Trump) anunciaba su intención de impulsar una plataforma en Bruselas, destinada a impulsar a la extrema derecha de cara a las elecciones europeas de 2019. Se trataría, como ha escrito Máriam Martínez-Bascuñán, de una europeización del antieuropeísmo. Hay un elemento propagandístico: la influencia de Bannon en la victoria de Trump es en buena medida indemostrable, y que un agitador estadounidense intente influir en Europa muestra ante todo que es menos influyente de lo que quisiera en su país de origen.

Pero más allá de la propaganda y de los supervillanos, hay muchos elementos preocupantes. El grupo de Visegrado –compuesto por la República Checa, Eslovaquia, Hungría y Polonia– ha mostrado resistencia a las políticas y los valores de la Unión Europea. Víktor Orbán ha sido el más elocuente defensor de una democracia iliberal. El antiguo disidente contra el comunismo, y cuyo partido Fidesz sigue formando parte del Partido Popular Europeo, ha debilitado instituciones contramayoritarias como el Tribunal Constitucional, ha atacado la prensa y la Unión Europea y ha alentado campañas con claras señales antisemitas. En Polonia, el partido Libertad y Justicia ha purgado la administración pública, debilitado el Tribunal Constitucional y reducido la independencia judicial. Lo más grave, como en el caso de Hungría, son los ataques a la separación de poderes y al Estado de Derecho. En palabras de Timothy Garton Ash, Orbán y Kaczynski intentan «desmantelar los pilares de una democracia frágil, joven, liberal y pluralista y convertirla en algo que está entre una democracia puramente mayoritaria y un régimen híbrido competitivo-autoritario». Acompañan el proyecto de revisionismo histórico y teorías de la conspiración: se ha prohibido hablar de complicidad de la nación o el Estado polaco en el Holocausto y se alientan interpretaciones paranoicas sobre la muerte del presidente Lech Kazcinsky y 95 personas más en un accidente aéreo.

Tras el año sorprendente de 2016, con las victorias de Trump y el Brexit, en 2017 parecía que se habían evitado algunos de los mayores peligros, en las elecciones de Holanda y Francia. En Alemania, Alternative für Deutschland, un partido de extrema derecha, se ha convertido en la principal fuerza de la oposición. Angela Merkel, la política más importante en Europa en la última década, parece más frágil que nunca. A finales de agosto ha habido disturbios en Chemnitz, cerca de la frontera con la República Checa, donde radicales hacían un discurso contra los refugiados. En Italia gobiernan dos partidos populistas: el Movimento 5 Stelle y la Lega Nord. En Austria, la extrema derecha está en el poder. En Suecia, el partido ultra los Demócratas Suecos avanza posiciones en el tablero político tras las últimas elecciones. Hay un componente iliberal en el Brexit y también en el movimiento independentista catalán.

Existen elementos comunes entre los partidos y movimientos antisistema europeos, pero también hay diferencias, como las hay entre los países y sus circunstancias. Una de las explicaciones que más se dan para el ascenso de estas fuerzas populistas es la crisis y su salida. Estos días se cumplen diez años de la caída de Lehman Brothers en Estados Unidos. Desató una catástrofe más atlántica que global. Como han explicado autores como John Lanchester o Adam Tooze, una crisis financiera se reinterpretó como una crisis fiscal. Grecia fue el caso más claro: fue donde los recortes fueron más severos y también donde se mostró una mayor impotencia de la política. La percepción era que las policies se deciden en Europa; en los Estados se hace solo politics tan ruidosa como estéril. Una fuerza de izquierdas como Syriza no pudo cambiar la orientación; el mandato del referéndum tampoco pareció reforzar su posición negociadora. En la culpabilización de Bruselas, ya previa a la crisis, aparecía a menudo el ventajismo de las élites nacionales: los éxitos eran propios y las normas impopulares venían de Europa.

La crisis, la sensación de impunidad de sus responsables y de que los costes de la salida estaban mal repartidos produjeron una desconfianza en el sistema y en los partidos que lo habían sostenido históricamente, los socialdemócratas y la democracia cristiana. (La tercera vía, escribió Jan-Werner Müller, había convertido la competición electoral en una opción entre Pepsi y Coca-cola.) En muchos países occidentales se ha producido un incremento de la desigualdad; también, una mayor preocupación por ella. La globalización –la compresión del espacio y el tiempo, como dice Miguel Otero-Iglesias– genera ganadores y perdedores, pero también miedo a estar en el segundo grupo. Se percibe la competición de otros países y de la tecnología, y hay una sensación de inseguridad y ansiedad con respecto al futuro: un desánimo.

En países como España la crisis castigó especialmente a las clases más bajas y las dificultades, así como un mercado de trabajo que protege a los insiders, complicaban el acceso de los jóvenes a una vida adulta y provocaron una frustración de las expectativas. Gran Bretaña, que todavía no sabe si podrá dejar la Unión Europea y en qué condiciones, vive el periodo de caída de los salarios reales más largo desde que existen los registros económicos y hay indicios de un descenso de la esperanza de vida, como en Estados Unidos.

En su libro Antisistema el politólogo español José Fernández-Albertos descarta la tesis que dice que el populismo de derechas sería una reacción ante una transformación cultural, y habla de factores económicos y la creación de un precariado político. Según él, una de las razones por las que la gente apoya partidos antisistema, en Europa y en Estados Unidos, es la sensación de que ya no influye en las decisiones, a las que se llega en un proceso complejo donde la rendición de cuentas no es clara. Los problemas asociados a la globalización también afectan al Este de Europa. Pero, además, muchos de esos países han vivido una gran transformación económica, con el paso de una economía estatalizada a economías de mercado.

Otro de los grandes conflictos de los últimos años es la cuestión migratoria. En este momento, el flujo de refugiados e inmigrantes es menor que hace dos o tres años, aunque las rutas de entrada sean otras. Más que una crisis migratoria estamos ante una crisis política.

El ensayista búlgaro Ivan Krastev ha escrito en After Europe sobre las diferencias en la visión con respecto a la migración en el este y el oeste de Europa. Algunas tienen que ver con la historia. Otro búlgaro, Tzevtan Todorov, señalaba que Europa no podría tener una memoria compartida, porque en Occidente el comunismo había representado una fuerza que luchaba contra el fascismo y el autoritarismo, mientras que en el este había sido una fuerza opresora. El discurso cosmopolita, en la época de la dominación soviética, servía para justificar el imperialismo. Había una cierta alianza entre el nacionalismo y las ideas liberales. Cuando, en los años noventa, la democracia liberal abrazó la globalización, una de las consecuencias habría sido un debilitamiento de la soberanía nacional, y la separación entre esos antiguos aliados. La visión que tendrían muchos en Occidente hacia el nacionalismo sería distinta: allí la idea era que el nacionalismo, a menudo expansionista, acababa por llevar al enfrentamiento y a menudo a la guerra. La descomposición de Yugoslavia era un recordatorio de esta interpretación.

Hay, a juicio de Krastev, otros factores que tienen que ver con la demografía. En algunos casos, los países de Europa del Este vivieron un gran cambio. Polonia pasó de ser antes de la Segunda Guerra Mundial un país con un tercio de judíos y alemanes a ser un Estado muy homogéneo étnicamente (el 98% de la población es étnicamente polaco). En otros casos, como el de su país, Bulgaria, hay un miedo casi a la desaparición, por la pérdida de población.

Pero, aunque las posiciones varíen, la preocupación por la migración afecta a todo el continente: ha sido, de Madrid a Estocolmo, uno de los temas del verano, y pone en peligro elementos cruciales como la zona Schengen. Uno de los cambios de los últimos años es que el discurso sobre la migración que antes parecía extremo ahora es prácticamente mainstream. Según el periodista Pablo Rodríguez Suanzes, un cierto optimismo deprimente diría que por ahí los populistas ya no tienen tanto que ganar. Podríamos enfrentarnos a una paradoja: si el liberalismo tiene una desventaja propagandística frente al populismo, la amenaza de una extrema derecha antieuropea podría prestarle algo de atractivo. Y, por otro lado, algunas de las posiciones de los populistas ya se han filtrado en los partidos centrales.

El filósofo británico John Gray sostiene que los liberales han creado las condiciones para que florezca el iliberalismo. A su juicio, no habrían aprendido nada de los reveses de los últimos años, y se regodearían en la autocomplacencia y el desdén hacia los votantes que tienen las ideas equivocadas. Para el ensayista español Ramón González Férriz, una de las lecciones que se podrían extraer es la necesidad de ser al mismo tiempo más progresista y más conservador:

«En el lado conservador, por ejemplo, deberíamos tener más en cuenta las ideas de Edmund Burke acerca del cambio: este es necesario y debe ser frecuente, pero gradual y siempre con la mirada puesta en las consecuencias negativas que, de forma inevitable, acarrea en partes importantes de la sociedad; en las últimas décadas, ciertamente, sobre los más desfavorecidos. En el lado progresista, quizá podríamos acercarnos incluso a una versión light de Herbert Marcuse: hay malestares en la sociedad que escapan a los índices económicos –aunque si estos son malos, los recrudecen– y que no podemos ocultar bajo nuestro entusiasmo por la tecnología o la velocidad.»

La Unión Europea sigue siendo, en muchos sentidos, el mejor lugar del mundo para vivir: en términos de prosperidad, de Estado de bienestar, de seguridad, de acceso a servicios y cultura. Parte de sus problemas tienen que ver con cambios tecnológicos y sociológicos; algunos tienen que ver con lo que Krastev llama el síndrome de las Galápagos: es demasiado buena para el mundo. Y otros con su propio éxito: hace que la demos por sentada. Comparte algunos problemas con el liberalismo, y quizá las noticias sobre la muerte de los dos sean exageradas. La misma humildad que algunos reclaman al liberalismo pueda ayudarla, y puede que para eso sea útil no ser radical: atender a los síntomas si no sabemos curar la enfermedad.

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