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Estado y mercado en el nuevo desarrollismo

El nuevo desarrollismo no es una simple teoría económica, sino una estrategia nacional de desarrollo. Se diferencia del desarrollismo de los 50 en que no defiende amplias medidas para proteger a una industria infante y en que si bien le otorga al Estado un papel central, cree que para llevar a cabo su tarea, éste debe ser financieramente sólido y administrativamente eficiente. Por otro lado, a diferencia de la ortodoxia convencional, el nuevo desarrollismo no cree que el mercado pueda resolverlo todo ni que las instituciones deban limitarse a garantizar la propiedad privada y el cumplimiento de los contratos. El nuevo desarrollismo es entonces un tercer discurso, un conjunto de propuestas útiles para que los países de desarrollo medio, como Brasil y Argentina, recuperen el tiempo perdido y logren ponerse a la par de las naciones más prósperas.

Estado y mercado en el nuevo desarrollismo

Las políticas neoliberales implementadas en América Latina como consecuencia de la gran crisis de la deuda de los 80 lograron controlar la inflación, pero fracasaron en promover una verdadera estabilidad macroeconómica y recuperar el desarrollo. Dadas sus ventajas comparativas, sobre todo la mano de obra relativamente barata, los países latinoamericanos deberían haberse acercado a los niveles de desarrollo de los países del Primer Mundo (proceso de catch up). Pero ha sucedido lo contrario y en consecuencia, se percibe hoy una fuerte reacción contra la ortodoxia convencional.

Ahora bien, ¿significa esto que los países de ingreso medio de la región, que cuentan con amplios mercados internos y democracias consolidadas, como Brasil y Argentina, entre otros, volverán al nacional-desarrollismo de los años 50? ¿O significa que podemos y debemos pensar en un «nuevo desarrollismo», una alternativa tanto a la ortodoxia convencional como al viejo desarrollismo? En este trabajo, después de analizar la crisis de la estrategia nacional de desarrollo del antiguo desarrollismo, haré una comparación entre éste, la ortodoxia convencional y el desarrollismo que está surgiendo. El objetivo es mostrar que, contrariamente a lo que afirma el pensamiento neoliberal dominante –según el cual la única alternativa a la ortodoxia es el populismo económico–, sí existe una opción responsable y mucho más compatible con el desarrollo económico.

Del nacional-desarrollismo a la ortodoxia convencional Entre los 30 y los 70, Brasil, al igual que la mayoría de los demás países de América Latina, creció a tasas extraordinariamente elevadas. Estos países aprovecharon el debilitamiento del centro para formular estrategias nacionales de desarrollo, que implicaban tanto la protección de la industria nacional naciente y la promoción del ahorro forzado a través del Estado, como una alianza entre empresarios industriales, burocracia y trabajadores. El nombre que se le dio a esta estrategia fue «desarrollismo» o «nacional-desarrollismo».

Con este nombre se quería resaltar que el objetivo fundamental de la política económica era promover el desarrollo económico y que para ello era necesario que la nación –los empresarios, la burocracia del Estado, las clases medias y los trabajadores– definiesen los medios que iban a utilizar en el marco del sistema capitalista. Su principal instrumento de acción colectiva era el Estado. Los economistas latinoamericanos que, junto con un notable grupo de economistas internacionales, participaron en la formulación de la «teoría económica del desarrollo» (development economics) conjugaban tres corrientes teóricas: las teorías clásicas de Adam Smith y Karl Marx, la macroeconomía keynesiana y la teoría estructural latinoamericana.

El desarrollismo no fue una teoría económica, sino una estrategia nacional de desarrollo. Basándose en las teorías económicas disponibles, buscaba formular la estrategia que le permitiera a cada país de la periferia capitalista alcanzar gradualmente el nivel de desarrollo de las naciones centrales. Se basaba en el mercado, porque no hay teoría económica que no parta del mercado, pero le atribuía al Estado un papel central.

En los 40, 50 y 60, los desarrollistas y keynesianos dominaban el panorama económico de América Latina: constituían el mainstream. A partir de los años 70, sin embargo, en el contexto de la gran ola neoliberal y conservadora, la teoría keynesiana, la teoría económica del desarrollo y el estructuralismo latinoamericano fueron desafiados por los economistas neoclásicos. Desde los 80, en el marco de la crisis de la deuda externa, estos economistas consiguieron aplicar su doctrina a los países en desarrollo. La ideología neoliberal se volvió hegemónica en América Latina. Se expresó a través de lo que se llamó el «Consenso de Washington», que yo prefiero llamar «ortodoxia convencional», no solo porque es una expresión más general, sino también porque si algún consenso existía en los 90, éste desapareció en 2000. Lo central, en todo caso, es que la estrategia nacional de desarrollo entró en crisis y fue sustituida por una estrategia impuesta a los países de la periferia por los países desarrollados.

Veinte años después vemos su fracaso. En Brasil, el ingreso per cápita había aumentado casi 4% anual durante la etapa desarrollista (entre 1950 y 1980). Desde 1980, en cambio, comenzó a crecer a una tasa ¡cuatro veces menor! El desempeño en los demás países latinoamericanos, con la excepción de Chile, fue similar. En el mismo periodo, sin embargo, los países asiáticos más dinámicos –incluidos China a partir de los 80 y la India a partir de los 90– alcanzaban tasas de crecimiento extraordinarias.

¿Cómo se explica la diferencia? Desde el punto de vista de las políticas económicas, el problema fundamental fue la pérdida de control sobre el principal precio macroeconómico de una economía abierta: el tipo de cambio. Los países latinoamericanos dejaron de controlar esta variable debido a la apertura de las cuentas financieras y permitieron que el tipo de cambio se revalorizara como consecuencia de la estrategia de crecimiento con ahorro externo propuesta por Washington. Los países asiáticos, en cambio, mantuvieron el superávit de cuenta corriente durante un buen tiempo y el control de sus tipos de cambio. Otra diferencia importante se vincula con las reformas: mientras que los países latinoamericanos impulsaron indiscriminadamente reformas liberalizadoras, con una privatización irresponsable de servicios monopólicos y la apertura de su cuenta de capital, los asiáticos fueron más prudentes.

Pero la principal diferencia, desde mi punto de vista, residió en que los países latinoamericanos interrumpieron sus revoluciones nacionales, permitiendo que sus naciones se desorganizaran y perdieran cohesión y autonomía, y así se quedaron sin una estrategia nacional de desarrollo. Desde los 80, las elites locales dejaron de pensar con la propia cabeza, aceptaron los consejos y las presiones del Norte y, sin una estrategia nacional de desarrollo, condujeron a sus países al estancamiento.