Tema central

¿Es posible otro desarrollo en los países emergentes?

El debate entre crecimiento y desarrollo ha revivido en razón de los desastrosos efectos colaterales del crecimiento sobre el ambiente, la salud de los seres humanos y la puesta en cuestión de los derechos indígenas. Pero ¿cuáles son las razones invocadas para justificar la explotación sin límites de las materias primas? Habitualmente, estas giran alrededor de los sacrificios necesarios para lograr un fuerte crecimiento, el equilibrio de la balanza de pagos y del presupuesto y la expansión de las políticas sociales. Pero esta argumentación, en apariencia irrefutable, opaca muchas cuestiones importantes, de las que se ocupa este artículo.

¿Es posible otro desarrollo en los países emergentes?

En las décadas de 1960 y 1970, numerosos economistas y sociólogos se interrogaban por el sentido del crecimiento y el desarrollo y por las relaciones que los vinculaban. El crecimiento sería de orden cuantitativo, mientras que el desarrollo pertenecería al orden cualitativo. Un crecimiento sostenido y regular en el tiempo se traduciría en desarrollo, es decir, en cambios estructurales relativos a la propiedad, las instituciones, los comportamientos, las desigualdades en el patrimonio y en los ingresos. Sin estos cambios, el crecimiento correría el riesgo a la vez de no ser inclusivo y de extinguirse. Pero no podría haber desarrollo si antes no hubo crecimiento. Lo cualitativo se alimentaría entonces de lo cuantitativo y de la capacidad de aumentar los ingresos y distribuirlos. En torno de estas interrelaciones giraban los debates. Finalmente, esta discusión se atenuó un poco para resurgir más tarde, por un lado, con los efectos colaterales del crecimiento sobre el medio ambiente y la salud de los seres humanos1, y por otro lado, con el cuestionamiento de la mercantilización de la sociedad y la búsqueda de beneficios a cualquier precio. Esto explica que se haya virado del término genérico «desarrollo» a la expresión más precisa «desarrollo sostenible» en 1987.

Los daños del desarrollo

Hoy el crecimiento nos interroga de nuevo. Las economías emergentes se enfrentan a numerosos obstáculos para su crecimiento continuo. El crecimiento se desacelera más o menos fuertemente en Asia. La amenaza de una «trampa de ingresos medios» (middle income trap)2 se vuelve cada vez más preocupante. Ya no parece posible seguir los mismos caminos que han permitido un fuerte crecimiento en las últimas décadas sin que haya cambios profundos.

En Asia, y particularmente en China, los estragos que provoca la contaminación son reconocidos hoy incluso por las propias autoridades, ya sea respecto de la degradación de la calidad del aire, la contaminación del agua, la manipulación de materiales peligrosos y el consumo de productos que no cumplen con las exigencias mínimas de seguridad, o respecto de los costos económicos que implica. Las condiciones de trabajo y los salarios, principalmente de los 260 millones de mingongs3, distan de ser decentes y surgen presiones para que sus derechos básicos sean reconocidos, así como los de los campesinos desposeídos. Estas presiones se han traducido en un aumento de los salarios superior al de la productividad, un incremento en el costo de la mano de obra tal que muchas de las empresas compradoras prefieren hacer sus pedidos a países con mano de obra más barata y donde existen mayores posibilidades de imponer legalmente condiciones de trabajo peligrosas para los seres humanos. Vietnam, la India, etc., se convierten en los países que acogen esta relocalización de la manufactura de productos de fabricación relativamente simple y que requieren mucha mano de obra por unidad de capital. En la industria de la confección, por ejemplo, Bangladesh es el nuevo taller del mundo. Los salarios son muy bajos, la precariedad, muy grande. La «gestión libre de la fuerza de trabajo», es decir, sin limitación proveniente de la aplicación de la legislación laboral que protege mínimamente a los empleados, da lugar a una proliferación masiva de «accidentes de trabajo». Las empresas multinacionales, de las que dependen las empresas nacionales, intentan aprovecharse de estas situaciones mediante la reubicación de parte de su producción. No se trata solo de costos diferentes (presentados en los manuales para explicar la especialización internacional), sino también, y sobre todo, de dar un rodeo, a menudo legal, a las leyes y reglamentaciones nacionales, tanto sobre las condiciones de trabajo como sobre la protección de la naturaleza y de los hombres. La «gestión libre de la fuerza de trabajo» y de la naturaleza constituye un poderoso imán que permite evitar tener que pagar por una «gestión socializada», a la vez de los seres humanos y de la naturaleza, que se rige por las leyes nacionales de los países de origen de estas empresas.

Los costos de un crecimiento menos contaminante, de una mano de obra más cara, de condiciones de trabajo más decentes, son relativamente altos y pueden refrenar fuertemente el crecimiento en China. Ahora bien, un crecimiento sostenido es indicador de la eficacia de la política del gobierno de Beijing y, por lo tanto, tiende a legitimar la continuidad del régimen autoritario. Como vimos anteriormente, se trata de una condición necesaria pero no suficiente. A las dificultades políticas provocadas por una pérdida de eficacia del gobierno se suman otros factores producidos por el crecimiento elevado. Esto exige el desarrollo, es decir, la superación de los obstáculos estructurales que el propio crecimiento produce, sin el cual este disminuiría aún más. De hecho, el crecimiento y la mejora diferenciada de los niveles de vida generan también, a la vez, una demanda de democracia que va al encuentro de los modos de dominación del Partido Comunista Chino (PCCh) sobre la sociedad y que no pueden disimularse detrás de las filosofías taoístas o budistas que podrían negar estas evoluciones con el argumento de que la cultura no prioriza al individuo sino lo colectivo. La búsqueda de intervenciones autónomas confluye con las luchas espontáneas de los trabajadores y de los campesinos. El desarrollo sostenible impone un cambio en las relaciones del ser humano con la naturaleza y en las relaciones entre los individuos en pos de una sociedad más democrática e inclusiva.En Latinoamérica, el crecimiento es débil y se verifica la desindustrialización. A pesar de algunos avances, el crecimiento latinoamericano sigue siendo excluyente. El nivel de desigualdad de los ingresos se sitúa a un nivel aún muy alto, y aunque haya habido una mejora en los estándares de vida de los estratos más bajos y modestos y una ligera disminución de estas desigualdades en los últimos años, el enriquecimiento del 1% más rico de la población no cesa de crecer, como se observa en los países desarrollados. Sin embargo, el reconocimiento de los derechos de las poblaciones indígenas, siempre negados, adquiere una cierta legitimidad, aunque tales derechos permanecen poco aplicados, en la práctica, en virtud de la reprimarización a marcha forzada de la mayoría de las economías latinoamericanas. Para caracterizar esta nueva etapa, siguiendo el trabajo pionero de Maristella Svampa, se ha utilizado la expresión «Consenso de los Commodities», que habría sucedido al de Washington4.

  • 1. Sobre el desarrollo sostenible, v. por ejemplo Maria Augusta Bursztyn y Marcel Bursztyn: Fundamentos de politica e gestão ambiental, caminho para a sustentabilidade, Garamond, Río de Janeiro, 2013. Quiero agradecer aquí a M. Bursztyn por sus comentarios.
  • 2. Esa trampa se presenta cuando un país de ingreso medio es incapaz de dar el salto para convertirse en una nación de ingreso alto.
  • 3. Trabajadores migrantes, campesinos que abandonan el campo para trabajar en zonas urbanas. [N. del T.]
  • 4. M. Svampa : «‘Consenso de los Commodities’ y lenguajes de valoración en América Latina» en Nueva Sociedad No 244, 3-4/2013, pp. 30-46, disponible en www.nuso.org/upload/articulos/3926_1.pdf.