Tema central

Equidad social en la Europa globalizada

La experiencia de la Unión Europea, la región del mundo que más ha avanzado en la integración de los mercados nacionales y la construcción de instancias supranacionales, arroja importantes enseñanzas acerca de la relación entre equidad e integración. En la ue, la desigualdad se ha incrementado como consecuencia del ingreso de nuevos miembros, en general más pobres, pero también como resultado del impacto de la globalización y las decisiones económicas adoptadas en el ámbito nacional. La historia de la ue demuestra que, para lograr más equidad social, es necesario tanto revertir la tendencia a la creciente desigualdad intraestatal como acelerar la convergencia interestatal. Para ello es necesario fortalecer la coordinación macroeconómica y pensar en nuevos instrumentos, como un impuesto o un seguro de desempleo europeos.

Equidad social en la Europa globalizada

Las interacciones entre globalización y equidad social no generan consenso ni entre académicos ni entre políticos. Mientras algunos creen que la apertura de los mercados generará más bienestar y contribuirá a reducir la pobreza, y suelen destacan los progresos de China, otros temen un aumento de la desigualdad y que el Estado tenga pocas posibilidades de corregirla. En este artículo se examinarán estas cuestiones a partir de la experiencia de la Unión Europea, por tratarse de la región del mundo en la que la integración transnacional de los mercados nacionales y su regulación se encuentran más avanzadas.

Globalización y desigualdad: el ejemplo de Europa

La globalización es resultado de dos procesos: por un lado, los avances técnicos y el abaratamiento del transporte y las comunicaciones; por el otro, la liberalización política de las relaciones económicas transfronterizas. Ambos procesos se verificaron con especial intensidad en Europa, hasta 1989 sobre todo en Europa occidental y desde 1989 también en Europa oriental, en el marco de los procesos de transición de los países comunistas. Dentro de la UE, las barreras al comercio internacional, la circulación de capital y la migración han sido prácticamente desmanteladas. La UE no solo ha eliminado aranceles y cuotas para el comercio sino también otro tipo de barreras comerciales de carácter no tarifario, al tiempo que los Estados miembros renunciaban incluso a subvencionar a sus empresas si no obtenían antes la aprobación de las instancias comunitarias. Pero el mayor impulso integracionista, que diferencia a la UE de otros bloques regionales, fue sin dudas la introducción de una moneda común en 1999, que comenzó a circular como dinero en efectivo a partir de 2002.

Como resultado de ello, el comercio, los flujos de capital y, en menor medida, la migración entre los países que integran la UE se han incrementado. En muchos casos, los puestos de trabajo y los ingresos de un país dependen de decisiones de consumo e inversión que se toman en otros Estados. Esto es especialmente válido para los países miembros más pequeños, en los cuales la participación del comercio exterior en el PIB suele ser alta. En general, como resultado de las sucesivas ampliaciones, el comercio exterior de la mayoría de los integrantes de la UE se dirige principalmente a otros Estados miembros.

Pero este proceso avanzado de integración no significa que los países que componen la UE no se diferencien considerablemente en su estadio de desarrollo económico y social. La desigualdad tiene varias dimensiones. Incluso si nos limitamos al análisis de la desigualdad de ingreso, dejando fuera las otras desigualdades, pueden establecerse diferencias claras entre la distribución personal, funcional y regional del ingreso, dentro de cada uno y entre los Estados miembros. La distribución personal del ingreso en la UE es extremadamente desigual. Si se la mide según la relación entre el quintil más pobre y el quintil más rico de la población, entonces es claramente más alta que la del espacio económico de Estados Unidos, comparativamente igual de extenso, y se encuentra casi al nivel de la de China (v. cuadro 1). En cuanto a la distribución funcional del ingreso, se observó en las últimas décadas una disminución de la cuota salarial. Y respecto de la distribución entre las regiones, esta no ha mejorado en mucho tiempo o incluso ha empeorado; recién en los últimos diez años se ha observado una ligera convergencia. Esto implica un aumento de las diferencias regionales en los ingresos dentro de los Estados miembros, en simultáneo con una convergencia del promedio nacional de cada país.

Si los ingresos se comparan en poder adquisitivo, como muestra el cuadro 2, el panorama resulta menos desigual. Esto coincide con los resultados del Índice Big Mac de la revista The Economist: el precio promedio de un Big Mac en el euroespacio es de 4,17 dólares, mientras que el precio en los países de Europa oriental oscila entre 2,49 en Eslovaquia y 2,72 en Letonia (excepto Hungría: 3,33). Al diferenciar el análisis según poder adquisitivo y tipo de cambio, no solo se nota que a la población de los países más pobres de la UE le va mejor de lo que supone la simple comparación de los ingresos per cápita según tipo de cambio vigente. Ello tiene también efectos sobre el desarrollo económico de la UE en su conjunto, incluida la distribución del ingreso, de la cual nos ocupamos más adelante. En general, la desigualdad del ingreso en la UE en comparación con años anteriores ha aumentado debido a las ampliaciones de 2004 (ingresaron Eslovenia, Estonia, Lituania, Letonia, Eslovaquia, Polonia, República Checa, Hungría, Chipre y Malta) y 2007 (se sumaron Bulgaria y Rumania), pues estos países eran generalmente más pobres que el promedio. En casi todos los casos, su stock de capital es bajo y obsoleto y, por lo tanto, su productividad también es baja. Se trata de países poscomunistas que pasaron por profundas crisis que hicieron que el empleo y la producción se hundieran en términos reales. Al mismo tiempo, devaluaron fuertemente sus monedas, por lo que su ingreso nominal se derrumbó.

Pero el incremento de la desigualdad en la UE no es solo resultado de las ampliaciones, pues la distribución del ingreso dentro de muchos países miembros también ha empeorado significativamente. La creciente desigualdad interna tiene distintas causas, entre ellas algunas de origen externo, de las que se hablará más adelante. Pero tanto en los Estados miembros más ricos como en los más pobres del espacio poscomunista, la política económica y social nacional contribuyó a empeorar la distribución del ingreso. En la mayoría de los antiguos y más ricos países europeos los sistemas de seguridad social fueron debilitados y el mercado laboral fue parcialmente liberado de regulaciones. Supuestamente, esta liberalización generaría más crecimiento y contribuiría a controlar el gasto público en tiempos de deudas crecientes y mayores cargas derivadas del desarrollo demográfico (envejecimiento de la población) y el desempleo. En los países poscomunistas, la transformación de los sistemas de seguridad social siguió la misma línea liberalizadora. Y en estos casos, considerando la importancia que habían adquirido el empleo estatal y la distribución equitativa del ingreso antes de 1989, el aumento posterior de la pobreza y la desocupación resultó especialmente doloroso.