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Entre el Consenso de Washington y el crecimiento con equidad

Las reformas neoliberales implementadas en América Latina permitieron controlar la inflación y generaron balances fiscales más equilibrados y un auge de las exportaciones. Sin embargo, también produjeron una alta volatilidad financiera, fuertes altibajos macroeconómicos y un cuadro social regresivo. Las privatizaciones, uno de los ejes del programa de reformas, contribuyeron al proceso de concentración del poder económico. Es necesario, por lo tanto, introducir «reformas a las reformas» para consolidar los logros y superar las principales falencias, de modo de avanzar hacia el objetivo final: el crecimiento con equidad.

Entre el Consenso de Washington y el crecimiento con equidad

América Latina ha vivido un periodo de profundas reformas económicas. Éstas fueron particularmente intensas durante los 90, pero también hay casos más precoces en el Cono Sur, especialmente Chile, donde comenzaron en la década del 70. En general, estas experiencias produjeron cambios dramáticos en la dimensión del Estado y contribuyeron a otorgarles mucho más espacio a los agentes privados.

Luego de una década y media de reformas realizadas en el marco del llamado «Consenso de Washington», el resultado es mixto. Por un lado, hubo avances notables en el control de la inflación, se consiguieron balances fiscales más equilibrados y se registró un auge de las exportaciones. Pero en lo fundamental, que es el crecimiento económico y la equidad, el desempeño ha sido mediocre. En el periodo 1990-2005 se observa un crecimiento del PIB de apenas 2,7% anual. Si se lo mide por habitante, el aumento fue de apenas 1%, una tasa insuficiente para reducir la brecha con los países desarrollados. De hecho, la distancia con Estados Unidos se agrandó durante estos años. El actual desempeño se refleja, también, en un dato concreto: en 2005 existían en América Latina unos 13 millones de pobres más que en 1990.

En resumen, se produjo una doble divergencia. Por un lado, el PIB per cápita no se acercó al de los países desarrollados y, por otro, la brecha entre los grupos de altos y bajos ingresos aumentó. Actualmente, el PIB por habitante de América Latina representa solo un cuarto del de los países más ricos (los integrantes del G-7), mientras que la brecha de equidad duplica la de esas economías. El desafío, entonces, es crecer, pero con mucha más equidad (ver gráfico 1).

Reformas económicas en América Latina

¿Era necesario reformar? Indudablemente, sí. La América Latina de 1990 necesitaba reformas profundas. Teníamos economías sobreintervenidas, con un sector privado restringido, un intervencionismo excesivo y reglas poco transparentes. Sin embargo, las masivas privatizaciones y las intensas liberalizaciones comerciales generaron cambios muy abruptos, en secuencias equivocadas, sin una adecuación a la especificidad de cada país, y además dejaron vacíos muy grandes.

Las reformas han sido, en general, lineales. Tendieron a moverse siempre en la misma dirección y a tener el carácter de objetivo y no de medio, que es lo que debiera ser. Es vital, en ese sentido, no postular las reformas per se, sino llevar a cabo aquellas que sean funcionales para lograr los objetivos finales: crecer más y con más equidad.

El Consenso de Washington buscaba que las reformas tendieran a generar precios correctos y que, además, fueran amigables con el mercado. Dos principios que comparto plenamente. Sin embargo, los resultados fueron contrarios a los esperados. Por una parte, los precios macroeconómicos clave –el tipo de cambio y la tasa de interés– tendieron a desalinearse y exhibieron una alta inestabilidad luego de las políticas económicas de los 90. Y esto evidentemente resulta muy poco amigable con el mercado, pues somete al sector productivo a una enorme tensión. Por otra parte, la demanda o la capacidad de compra de la población se ha visto expuesta a grandes altibajos, determinados por flujos de capitales volátiles y precios de exportación muy fluctuantes. El resultado, un crecimiento mediocre y con mucha desigualdad, se ha desviado de las expectativas de los reformadores neoliberales.

Los logros de las reformas

Entre los logros del proceso de reformas se destacan tres conquistas importantes. La primera es el crecimiento de las exportaciones, un fenómeno generalizado en América Latina desde los 90. Los volúmenes exportados han aumentado de manera sustancial, a una tasa media de 7,9% anual en términos reales, durante el periodo 1990-2005. Este impulso exportador fue significativamente mayor que el aumento de las exportaciones del mundo en la misma época (5,7%).

La segunda conquista es la de los equilibrios fiscales. En los 80, América Latina exhibió desequilibrios fiscales muy marcados. En algunos países, el déficit alcanzó entre 10% y 17% del PIB. En los 90, se registró un progreso notorio en los balances presupuestarios y varios países consiguieron superávits fiscales durante muchos años: antes de la crisis asiática, América Latina en promedio cumplía con creces el criterio de Maastrich, con un déficit fiscal del orden de 1,5% del PIB.

El tercer logro es el control de la inflación. En ese ámbito, América Latina experimentó una notable mejora y pudo superar los procesos de hiperinflación de las décadas anteriores. En los 80, algunos países tuvieron tasas de inflación de más de 1.000% anual, lo que obviamente es muy destructivo para las empresas y las personas y constituye un enemigo mortal de la inversión, la innovación, la equidad y la armonía social. Desde los 90, la inflación se redujo notablemente: desde 1997, el promedio regional es de un dígito; en 2005, fue de 6,1%.

Las falencias de las reformas

Las reformas han adolecido también de graves deficiencias. Entre las más importantes se destacan:

a) La volatilidad financiera y macroeconómica. Se trata de uno de los principales problemas de las economías latinoamericanas. Si bien se realizaron esfuerzos decididos para lograr equilibrios macroeconómicos en términos fiscales e inflacionarios, hubo también una notable incapacidad para prever los problemas surgidos de los desequilibrios financieros externos. Y, también, para anticipar los efectos de los desequilibrios reales, económicos y sociales, que surgieron como consecuencia de reformas financieras diseñadas de manera ideológica.

En efecto, los desequilibrios externos de los 90 fueron consecuencia de una oferta externa de capitales marcada por etapas de sobreoptimismo y sobrepesimismo. Durante los periodos de auge del financiamiento externo –entre 1990 y 1994, y entre mediados de 1995 y 1998–, la región sufrió un fuerte crecimiento del déficit externo y el atraso cambiario, estimulados por ingresos masivos de capitales, lo que generó serias vulnerabilidades. Como consecuencia, América Latina sufrió la crisis mexicana durante 1995 y luego, desde 1998, la crisis asiática, y su prolongación en la crisis argentina. Así, entre 1998 y 2003, el conjunto de la región vivió una situación recesiva: el PIB por habitante decreció igual que durante la crisis de la deuda (la «década perdida»). Estos ciclos financieros han determinado también los ciclos productivos y generaron una brecha entre el potencial de la economía y su desempeño efectivo.