Coyuntura

Encrucijadas brasileñas: entre protestas, procesos y elecciones

Brasil vive días agitados. La campaña electoral de 2014 y la asunción de Dilma Rousseff se produjeron en un clima de crispación. Tras la victoria del Partido de los Trabajadores (PT), grupos de derecha salieron a protestar contra la corrupción y a pedir la renuncia de la presidenta. Pero además de estas protestas, aún resuena el eco de las manifestaciones de 2013, con una agenda de cambios que podría dinamizar al PT, un partido que en un momento fue «lo nuevo» y logró cambiar el país en muchos sentidos, pero que con el correr del tiempo, si no logra ponerse a la altura de lo que reclama la sociedad, y en especial los jóvenes, puede pasar a formar parte de «lo viejo».

Encrucijadas brasileñas: entre protestas, procesos y elecciones

Resultado electoral: victoria y señales

Finalmente, y pesar de todo, la presidenta Dilma Rousseff y el Partido de los Trabajadores (PT) resultaron victoriosos en las elecciones del 26 de octubre pasado. En la séptima elección presidencial consecutiva, el PT conquistó un inédito cuarto mandato presidencial, con 54,5 millones de votos (51,64% de los votos válidos) y consiguió conservar el número de estados en los que gobierna (cinco), con las importantes victorias en Minas Gerais y Ceará. Mantiene, también, la mayor bancada en la Cámara de Diputados. En un escenario de desaceleración de la economía (aunque con mantenimiento del nivel de empleo y del salario) y en el que sectores disidentes del progresismo (Eduardo Campos y Marina Silva) se aliaron con la oposición, todo esto no deja de ser un acontecimiento. Una victoria fuerte.

No obstante, surgieron varias señales preocupantes (e incluso alarmantes) para el PT. Su bancada de diputados federales sufrió una caída importante (de 88 a 70, sobre un total de 513), sobre todo en San Pablo (donde el PT pasó de 16 a 10 diputados) y en Pernambuco (donde cayó de 4 a 0). Hubo, además, dos derrotas simbólicas en las elecciones para el Senado: la de Eduardo Suplicy en San Pablo y la de Olívio Dutra en Rio Grande do Sul. Al mismo tiempo, las bancadas conservadoras se fortalecieron con el llamado «bloque de la bala» (policías, sobre todo), los parlamentarios evangélicos y los vinculados al agronegocio: en total, los conservadores aumentaron de 191 a 247 diputados. Se observa, en paralelo, una caída significativa en la cantidad de diputados ligados a sindicatos de trabajadores (de 83 a 46) y un peso mayor de un número reducido de empresas (de los sectores financiero, de alimentos, mineros y contratistas) que financiaron gran parte de las campañas electorales.Además, como en 2010, la candidatura de Rousseff sufrió derrotas en centros metropolitanos importantes, como San Pablo, Belo Horizonte y el Distrito Federal. El caso de San Pablo –donde el PT triunfó en las elecciones municipales de 2012– es particularmente grave, pues incluso en varios barrios de la periferia la candidata del PT sufrió reveses claros. Hay también una progresiva pérdida de amplitud de las victorias del PT (Luiz Inácio Lula da Silva ganó las dos veces por más de 20 puntos y Dilma había conseguido en su primer mandato 12 puntos de ventaja sobre su rival). Y esto ocurre frente a un adversario, Aécio Neves, que presentó pocas propuestas, a excepción de ciertos programas sociales y de plantear la retirada del PT del gobierno.

Doce años después de la primera victoria de Lula, en 2002, el deseo de cambio se hizo presente nuevamente en el escenario electoral, aunque en un contexto muy distinto. Dilma, sin embargo, lo tuvo en cuenta en su estrategia electoral: su sitio de campaña tenía como nombre Cambia Más e incluía su eslogan de la primera vuelta, «Más cambios», y de la segunda, «Gobierno nuevo, ideas nuevas». El cambio encarna, así, el sentido de profundizar el ciclo iniciado en 2003 con la victoria de Lula. Tal voluntad de cambio se relaciona, ciertamente, con las protestas de junio de 2013, cuando un terremoto político sacudió Brasil. Miles de personas salieron a las calles sin ninguna coordinación centralizada. Fue un hecho inédito, un significativo cambio en el país. Tres demandas se destacaron en el clamor de las calles: ciudades mejores para vivir, servicios públicos dignos, participación política. Este fenómeno surge en el contexto de un nuevo Brasil, después de una década de reducción de las desigualdades. En las calles se veía una mezcla de sectores medios y de la «célebre» clase C, o mejor, de los jóvenes trabajadores. Algunos, obsesionados con los números y las hojas de cálculo, no percibieron a las personas de carne y hueso, con deseos y luchas, en su dimensión subjetiva. Las movilizaciones expresan también una paradoja del lulismo, que en su (aparente) moderación y ausencia de «reformas estructurales», contribuyó a una fenomenal apertura de las perspectivas de liberación para los «de abajo».

Proceso electoral: olas, volteretas y crispaciones

Una de las consecuencias de las protestas fue un cierto «malhumor» hacia la política instituida. Alrededor de 70% de los consultados en varios sondeos pedía cambios en el próximo gobierno. Es decir, en teoría, se trataba de un escenario propicio para una victoria de la oposición. Fueron, además, las elecciones más crispadas desde la redemocratización, y se pueden destacar tres «olas» en ese proceso.La primera fue la ola Marina Silva, que se formó incluso antes de que esta asumiera oficialmente la candidatura presidencial. Después del trágico accidente en el que falleció Eduardo Campos (líder del Partido Socialista Brasileño, PSB) el 13 de agosto de 2014, Marina, hasta entonces candidata a vicepresidente, asumió la cabeza de la fórmula. Marina se había afiliado al PSB luego de no haber conseguido legalizar su partido, la Red de Sustentabilidad. De algún modo, ella era la opositora perfecta: trayectoria singular (analfabeta hasta los 16 años y cauchera en el Acre de Chico Mendes, después se convirtió en profesora); militante por muchos años de la Central Única de los Trabajadores (CUT) y del PT; joven senadora, ambientalista de renombre, ex-ministra de Lula. A pocas semanas de las elecciones, llegó a quedar empatada en las encuestas con Dilma y, en una eventual segunda vuelta, aparecía diez puntos por encima. Pero Marina sucumbió. Por un lado, sufrió fuertes ataques; de Aécio, que la acusaba de ser del PT –es decir, de no representar un verdadero cambio–, y de Dilma, que buscaba mostrar que Marina se había convertido al neoliberalismo (la coordinadora de su programa de gobierno era la educadora y empresaria Neca Setubal, heredera del Banco Itaú, y eso fue conectado con su defensa de la independencia del Banco Central). A esto se sumaron sus propias ambigüedades en los temas caros a los colectivos LGBT, como el matrimonio igualitario y el combate a la homofobia, y cambios de posición en temas simbólicos para su perfil ideológico ambientalista, como su aceptación de los transgénicos y el poco énfasis ambiental en su discurso. Con pocos minutos de televisión en el horario electoral gratuito y tal vez no preparada para enfrentar la dura campaña presidencial, Marina cayó vertiginosamente.