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En diálogo con "El reino de este mundo" y "El siglo de las luces", de Alejo Carpentier

Las novelas sobre dictadores, que suelen desbordarse hacia la literatura del poder, son parte de la producción clásica en América Latina. Aunque los revolucionarios –y luego gobernantes– del subcontinente se vistieron con los trajes de Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Jefferson, Franklin o Paine, bajo esos ropajes no tardó en asomar la cola del caudillo. Y así, como en \"El reino de este mundo\" esclavos devinieron dueños de esclavos y se pusieron las pelucas de sus viejos amos; las revoluciones libertarias devinieron en nuevas tiranías. Por eso, lo «real maravilloso» no es mera ficción: es una perspectiva más de nuestra historia... y de nuestro presente.

En diálogo con "El reino de este mundo" y "El siglo de las luces", de Alejo Carpentier

El poder ha sido una constante entre los temas fundamentales de la literatura latinoamericana gracias a sus invariables distorsiones a lo largo de la historia. Desde la conquista de la independencia en el siglo XIX, el poder se convierte en una anormalidad, y se establece una distancia insalvable entre lo que las nuevas constituciones de inspiración republicana mandan y lo que la realidad establece como suyo; el ideal, por una parte, que crea la ilusión del gobernante respetuoso del bien común y de las leyes, sujeto a un sistema en el que el contrapeso de poderes del Estado, independientes y armónicos, actúa como un freno a la tiranía; y, por el otro, el mundo real, donde reina el caudillo sujeto nada más al arbitrio de su voluntad, con lo que todo se convierte en una mentira, que es el alimento de la novela.

En el texto de nuestras constituciones fundadoras tocamos con las manos la utopía nunca resuelta. Gobiernos para el bien común, instituciones firmes y respetadas, sujeción de los gobernantes a las leyes, respeto a los derechos individuales, libertad de expresión, igualdad ante la justicia. Podemos leer esas constituciones como novelas, fruto de la imaginación. Nuestras mejores novelas. Intentamos la modernidad, pero no pudimos apropiarnos de los modelos que se nos proponían. Eran ropajes importados que quisimos cortar a nuestra medida, los mismos que vistieron Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Jefferson, Franklin, Paine; y bajo esos ropajes asomaba la cola del caudillo, que fue al principio un personaje amante de las luces de la Ilustración y luego volvió letra muerta la filosofía libertaria, como el doctor Gaspar Rodríguez de Francia, dictador perpetuo del Paraguay.

La distancia contradictoria entre el ideal imaginado y la realidad vivida, entre el mundo de papel de las leyes y el mundo rural donde se engendra la figura del caudillo, entre lo que deber ser y lo que realmente es, entre modernidad derrotada y pasado vivo, es lo que crea el asombro que primero se llama «real maravilloso» en tiempos de Alejo Carpentier y Miguel Ángel Asturias, en la primera mitad del siglo XX, y luego «realismo mágico» en tiempos de Gabriel García Márquez, en la segunda mitad. «¿Pero qué es la historia de América toda sino una crónica de lo real maravilloso?»1, dice el mismo Carpentier, quien junto con Asturias aprendió a ver el mundo latinoamericano desde Francia en plena fiebre del surrealismo, en toda la ostentación de sus desajustes, distorsiones, exageraciones y excentricidades.

El reinado de lo arcaico sobrevive en sus esplendores caducos y la historia entrega de cuerpo entero a los dictadores a la novela, desde el doctor Francia, recreado por Augusto Roa Bastos en Yo el Supremo, o Manuel Estrada Cabrera de Guatemala, recreado por Miguel Ángel Asturias en El Señor Presidente, o las figuras eclécticas, compuestas por una suma de dictadores caribeños recreados por Alejo Carpentier en El recurso del método y por García Márquez en El otoño del patriarca, hasta la del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo en La fiesta del chivo de Mario Vargas Llosa. De este friso surge la ya clásica novela del dictador que cubre todo el siglo XX latinoamericano, un descubrimiento literario que no podemos dejar de atribuir a Ramón del Valle Inclán, el primero que convierte a un tirano latinoamericano en personaje excéntrico, el Tirano Banderas.

Pero, por otro lado, la anormalidad del poder no solo engendra al dictador que llega a convertirse en un fantasma acosado por la eternidad, como en El otoño del patriarca, sino que también altera y distorsiona la vida de los ciudadanos comunes y crea dramas familiares e individuales, miedo, corrupción, sumisión, cárcel, exilio, muerte. Esta es la segunda vertiente. Es cuando el poder, como una fuerza ciega, se introduce en el ámbito privado y lo saca de quicio para someterlo también a la anormalidad; es así como la historia pública es capaz de descoyuntar las vidas, quiéranlo o no los protagonistas, y alterar sus destinos. En este sentido, el poder es también materia de la novela, y no solo el poder político, también el poder de la desigualdad económica que provoca las emigraciones forzadas, y hoy en día, el poder del narcotráfico.

El novelista cubano Alejo Carpentier (1904-1980) se ocupa del dictador clásico en El recurso del método (1974), pero también nos enseña de manera descarnada la metamorfosis de los revolucionarios que se alzan contra la opresión, en lucha por la libertad, y una vez en el poder terminan convirtiéndose en lo que combatieron, como lo encontramos en El reino de este mundo (1949) y en El siglo de las luces (1962). Se trata de una vieja propuesta de la literatura, desde La comedia humana de Honoré de Balzac; los antiguos combatientes de las barricadas en la Revolución Francesa terminan convertidos en prósperos burgueses, dueños de bosques y viñedos, como si la ley de la historia fuera esa, que los ideales solo pueden subsistir en tiempos de lucha y empiezan fatalmente a revertirse pervertidos por el ejercicio del poder, que tiene sus propias reglas inflexibles; los sueños de la razón que siempre engendran monstruos.

Atraído por esa magia siniestra de la historia, que crea sus fantasmagorías desde lo real, Carpentier vuelve sus ojos hacia Haití para revivir en El reino de este mundo la figura de Henri Christophe, el esclavo liberto que luego se convierte en dueño de esclavos y que también es el personaje de la pieza Emperor Jones de Eugene O’Neill. Antiguo cocinero de una fonda en Cape Française, Christophe se alza en armas contra los colonizadores franceses junto con Toussaint-Louverture y Jean-Jacques Dessalines. Ha estallado una revolución en Francia que proclama la igualdad de todos los hombres y la abolición de la esclavitud, y es hora entonces de liberar a los esclavos negros que trabajan en los ingenios de azúcar, una de las fuentes de la riqueza de la metrópoli; y tras muchas vicisitudes, que pasan por la prisión y el destierro de Toussaint-Louverture, los alzados logran la derrota de las tropas de Napoleón comandadas por el general Leclerc, con lo que se establece en 1804 la primera república independiente de América, una república negra cuyo primer presidente es Dessalines. Por fin, de acuerdo con el libreto romántico de la historia, los esclavos negros son dueños de su propio destino y de la riqueza que generan. Una revolución de blancos en la lejana Europa ha producido una revolución de negros en el Caribe.

  • 1. «Prólogo» en El reino de este mundo, 1949.