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En diálogo con "Ariel", de José Enrique Rodó

Hablar el lenguaje de la juventud tiene poco que ver con la edad, como lo demuestra el éxito del manifiesto del nonagenario Stéphane Hessel; más bien refiere a la capacidad para cuestionar un cierto clima de época. A partir de esa idea, este artículo se propone una relectura del clásico libro de Rodó: sin dejar de lado el análisis de la contradicción que el escritor uruguayo postula entre una América Latina espiritual e idealista y un Estados Unidos materialista y centrado en el utilitarismo –Ariel y Calibán, en una alegoría inspirada en Shakespeare–, el desafío es (re)presentar el ensayo de Rodó para la juventud latinoamericana del siglo XXI, retomando la figura de Próspero.

En diálogo con "Ariel", de José Enrique Rodó

Ahí surgió, luminosa, la juventud; de las conversaciones más oscuras. Y la esencia, ahí, resplandeció.Walter Benjamin, Metafísica de la juventud1

En la primavera de 2011, miles de jóvenes españoles salieron a las calles de Madrid y Barcelona y acamparon en sitios tan visibles como Puerta del Sol o Plaza Cataluña. En pocos días, esas multitudes crearon un sistema deliberativo de asambleas, en el que se tomaron las más disímiles resoluciones: desde la forma de repartir la comida hasta el contenido de los comunicados de prensa. Como tantas veces en el siglo XX –los años 20, el 68, el 89–, la juventud estaba de nuevo en el centro de la esfera pública de la sociedad occidental.

Cuando comenzaron a entrevistar a los primeros líderes del movimiento de los indignados, en España, surgió un dato revelador: los libros que leían aquellos jóvenes y que orientaban buena parte de sus demandas habían sido escritos por dos ancianos franceses. Se trataba de ¡Indignaos!, de Stéphane Hessel2, y La vía: para el futuro de la humanidad, de Edgar Morin3; sus autores eran veteranos de todas las izquierdas derrotadas del siglo XX, pero sabían hablar la lengua de la juventud.

El dato nos recuerda que el lenguaje juvenil tiene sus propias cadencias y códigos, sus pausas y silencios. Walter Benjamin los exploró en los ensayos que conforman la Metafísica de la juventud, una recopilación de textos escritos antes y durante la Primera Guerra Mundial, en los que analizó el mundo juvenil europeo, dentro y fuera de los ambientes universitarios. Según Benjamin, los jóvenes de entonces se resistían de múltiples formas al disciplinamiento generado por la guerra y la educación, la familia y la moral. Algunos, los que anteponían la lógica de la «experiencia» a la del «conocimiento» –propia de la adultez–, lograban afirmar una subjetividad autónoma, pero no faltaban los que veían degenerar su «espíritu creador» en un «espíritu funcionarial», ajeno al reformismo universitario y al humanismo pacifista4.

Es asombrosa la consonancia que podría encontrarse entre las tesis de Benjamin sobre la juventud y algunas de las ideas que circularon en América Latina entre el movimiento de la Reforma Universitaria, iniciado en Córdoba (Argentina) en 1918, y la gran movilización estudiantil latinoamericana de los años 20, a la que no fueron ajenos fenómenos como el proyecto educativo de José Vasconcelos en México, la fundación de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) por el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre o las militancias comunistas de jóvenes intelectuales y políticos como el cubano Julio Antonio Mella y el peruano José Carlos Mariátegui.Tampoco es extraño que en esos años, en América Latina, tuviera lugar la naturalización del ensayo Ariel (1900) de José Enrique Rodó como un clásico del género. La mayoría de los debates y estudios sobre el libro de Rodó que conocemos se centran en el ejercicio alegórico que este lleva a cabo a partir de La tempestad de William Shakespeare, y en la, según unos, equivocada, y según otros, acertada distribución de roles y sujetos de sus tres arquetipos: Ariel, Próspero y Calibán. Sin embargo, como ha recordado recientemente Daniel Mazzone, esa obsesiva hermenéutica, demasiado dependiente de las tensiones culturales e ideológicas entre Estados Unidos y América Latina, nubla el centro argumentativo de Rodó, que tiene que ver con el arte de hablar a los jóvenes, es decir, con la educación y la moral5.

(Re)presentar el Ariel

Hace algunos años, la estudiosa del jazz Pilar Peyrats Lasuén leyó Rayuela de Julio Cortázar con el propósito de reconstruir la banda sonora de aquella novela. El resultado fue un CD venturosamente titulado Jazzuela (2001), en el que se grabó la música que escuchaban Oliveira y la Maga en París: las orquestas de Lionel Hampton y Dizzy Gillespie, de Louis Armstrong y Duke Ellington, las voces inconfundibles de Bessie Smith y Earl Hines. El ejercicio de Peyrats es una buena muestra de las posibilidades que tiene la reconstrucción de los campos referenciales para el estudio de obras de la literatura, el arte y la música.

Un ejercicio similar merecería el Ariel de José Enrique Rodó, tal vez el texto más influyente de su género escrito en Hispanoamérica en los dos últimos siglos. No por meros afanes arqueológicos o de genética literaria, sino como una vía de indagación en las claves de la recepción del ensayo de Rodó, valdría la pena reorganizar la biblioteca del escritor uruguayo. Tal vez en aquellos anaqueles se encuentre la explicación de las tantas lecturas entusiastas y adversas generadas, a su vez, por el Ariel en el siglo XX hispanoamericano.

En un periodo de 70 años, que podríamos enmarcar entre 1898, año de la primera ocupación militar de Cuba, Puerto Rico y Filipinas por EEUU, y 1968, año de mayor efervescencia de la izquierda occidental en el pasado siglo, ningún otro ensayo latinoamericano alcanzó los altos índices de recepción del Ariel. Tampoco hubo otro ensayo latinoamericano que lograra tantas reediciones y tantos epígonos en una región que, a principios del siglo XX, poseía una plataforma de integración cultural más bien débil. Además de múltiples reproducciones en las décadas siguientes y en varios países latinoamericanos, el Ariel generó un movimiento intelectual, el «arielismo», y lecturas afirmativas desde casi todas las corrientes ideológicas del continente.

No es este el lugar para emprender una historia detallada de la recepción del texto de Rodó en el siglo XX latinoamericano. Baste recordar, a modo de ilustración, que la impronta del ensayo se siente en varias generaciones intelectuales de la pasada centuria, empezando por la de los contemporáneos de Rodó, como el liberal positivista cubano Enrique José Varona –a quien el uruguayo envió un ejemplar con la siguiente dedicatoria: «Usted puede ser, en realidad, el Próspero de mi libro»–; el también positivista venezolano César Zumeta –autor del ensayo El continente enfermo (1899) y luego teórico de la dictadura de Juan Vicente Gómez–; o el caraqueño Rufino Blanco Fombona –escritor bolivariano, rival de Gómez, amigo de José Martí y autor, entre tantos títulos, del panfleto antigomecista Judas capitolino (1912)–6.

  • 1. Rafael Rojas: historiador y ensayista cubano. Es profesor e investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (cide), en la Ciudad de México, y académico internacional en la Universidad de Princeton. Su libro Las repúblicas de aire. Utopía y desencanto en la revolución de Hispanoamérica (Taurus, México, df, 2009) ganó el Premio de Ensayo Isabel Polanco.Palabras claves: antiimperialismo, juventud, liberalismo, José Enrique Rodó, Ariel, América Latina.. [1918], Paidós, Barcelona, 1993.
  • 2. Destino, Madrid, 2011.
  • 3. Paidós, Barcelona, 2011.
  • 4. W. Benjamin: ob. cit., pp. 123-126.
  • 5. D. Mazzone: «Prólogo» en José Enrique Rodó: Ariel, Ministerio de Relaciones Exteriores / Consejo de Educación Técnico Profesional / Universidad del Trabajo del Uruguay, Montevideo, 2008, pp. 7-11.
  • 6. El crítico cubano Raimundo Lazo, editor de Rodó, Varona, Domingo Faustino Sarmiento y otros grandes ensayistas hispanoamericanos para la colección mexicana «Sepan cuántos», rescatada luego por Porrúa, comentó algunas de las dedicatorias del Ariel que envió Rodó a sus contemporáneos. Ver E. J. Varona: Textos escogidos, Porrúa, México, df, 1974, p. xxi.