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En diálogo con "Agrietar el capitalismo. El hacer contra el trabajo", de John Holloway

John Holloway vuelve a poner sobre la mesa una serie de tesis polémicas sobre la estrategia que deberían seguir los movimientos que luchan por la emancipación. Desde una posición profundamente antiestatal y antipartidaria, defiende la tesis de que el capitalismo es en verdad resistido en las grietas abiertas por la «gente común» desde su hacer cotidiano, más allá de la conciencia, de la organización y del proyecto. Con este libro, el autor irlandés residente en México profundiza sus argumentos en un momento de crisis para las izquierdas autonomistas que se proponían «cambiar el mundo sin tomar el poder» y en el que, al mismo tiempo, se perciben dificultades para las izquierdas que gobiernan en la región.

En diálogo con "Agrietar el capitalismo. El hacer contra el trabajo", de John Holloway

El libro Agrietar el capitalismo. El hacer contra el trabajo1 de John Holloway es una obra ambiciosa, de gran alcance teórico y político, que –más allá de las filias y las fobias que suscitará– tiene la virtud de colocarse en el centro del debate e interpelar algunos aspectos fundamentales de las prácticas y las experiencias de las izquierdas latinoamericanas en la actualidad. Sin duda, como lo hizo su antecesor –Cambiar el mundo sin tomar el poder2–, despertará una acalorada polémica en y entre los distintos círculos radicales de la región. Desde el prisma de sus tesis centrales pueden visualizarse dos perspectivas que sostuvieron y sostienen una de las disputas políticas y teóricas más trascendentes de nuestra época: la confrontación entre izquierdas autonomistas y hegemonistas en relación con la caracterización de las formas de poder y contrapoder y los contenidos y alcances anticapitalistas de la acción política. En el marco de esta disputa estratégica, la clave de lectura que quiero exponer aquí (dejando para otro momento el análisis del planteamiento estrictamente teórico marxista-autonomista contenido en el libro) es que pueden vislumbrarse, en el trasfondo de las reflexiones y las propuestas de Holloway, dos pendientes críticas que configuran la coyuntura que viven las izquierdas latinoamericanas, derivas opuestas que no presagian un porvenir luminoso detrás de las apariencias de un florecimiento izquierdista en la región, cuyo ciclo lamentablemente parece estar agotándose. En efecto: por una parte, siendo un diseño autonomista y anticapitalista, el texto ofrece una serie de argumentos sólidos y válidos que ponen en evidencia los límites tanto procedimentales como de contenido del proyecto hegemónico nacional-popular enarbolado por los llamados «gobiernos progresistas». Por la otra, leído a contrapelo de su intención, muestra las debilidades, las lagunas y las contradicciones –que el autor reconoce o que simplemente aparecen en el camino de su discurso– del proyecto autonomista en su actual aislamiento y marginalidad. Así, entre las páginas del libro, traslucen la crisis relativa y el estancamiento político de los dos proyectos que fueron los grandes protagonistas de la década y se vislumbra un pasaje particularmente delicado para las izquierdas latinoamericanas en su conjunto.

Antes de volver sobre estas consideraciones al margen del texto, revisemos los elementos fundamentales que lo componen.

El hacer contra el trabajo: la lucha cotidiana de la gente común

El meollo teórico de este libro está resumido en el subtítulo: el hacer contra el trabajo. Si bien este planteamiento ya aparecía enunciado en la obra anterior de Holloway, ahora se presenta mucho más desarrollado y se coloca en el centro de la argumentación.

Partiendo del principio materialista que coloca el trabajo como eje y punto de partida de toda construcción social, Holloway sostiene que el reconocimiento del carácter dual del trabajo es el corazón crítico del pensamiento de Karl Marx y la veta más fecunda del marxismo. La distinción metodológica entre trabajo abstracto alienado y trabajo o hacer concreto le permite destacar un nivel de antagonismo en el cual la lucha fundamental no es en primera instancia del trabajo contra el capital, sino del hacer contra el trabajo y, en consecuencia, contra el capital. A partir de la descomposición de esta secuencia lógica, Holloway trata de argumentar una perspectiva subjetivista autonomista centrada en la lucha contra el trabajo, un planteamiento ya sostenido por la tradición obrerista italiana desde la década de 19703. El principio irreductible del hacer le permite sostener que, si bien el trabajo abstracto domina y conforma la sociedad existente, hay una opción de salida, una apertura y una tendencia a la creación de una sociedad diferente, una posibilidad de «éxtasis», contra y más allá del trabajo, contra y más allá del capital.

Sobre la base de estas consideraciones, Holloway propone una de las ideas más polémicas y problemáticas de su libro: la insistencia en situar el foco principal de la lucha anticapitalista en la dimensión cotidiana de la subversión operada por la «gente común» desde su hacer, al margen de la conciencia, de la organización y del proyecto. En efecto, para el autor es irreversible la crisis del movimiento obrero histórico y de las izquierdas socialistas revolucionarias –y, de paso, de la tradición marxista4–, que fueron incapaces de impulsar un movimiento real y radicalmente anticapitalista y menos lo podrán hacer hoy. Para Holloway, el movimiento y la clase obreros son expresiones del trabajo abstracto, es decir que el trabajador es creado por el capital y este le atribuye un rol e, insiste el autor, una máscara. Esta «personificación» se presenta como identidad de clase, lo cual, para Holloway, es equivalente a una clasificación que subordina al sujeto y reproduce las relaciones de dominación5. En sentido inverso, solo la «no identidad» de la «gente común» puede arropar una serie de subjetividades subversivas y anticapitalistas a partir de su vida cotidiana y de su hacer –situado en el centro material de la sociedad capitalista y no en sus márgenes, como sostendrían otras perspectivas autonomistas–. Más que un anticlasismo, podríamos decir que Holloway sostiene un aclasismo o un no-clasismo6.No sorprende que la conclusión lógica de un planteamiento que asume que la lucha anticapitalista brota de la vida cotidiana de la gente común sea el rechazo a la política institucionalizada en el Estado y los partidos.

Contra y más allá del Estado y los partidos

En efecto, siguiendo la senda abierta por Cambiar el mundo sin tomar el poder, Holloway insiste en señalar que el Estado y los partidos políticos no solo no pueden ser considerados como instrumentos útiles para impulsar procesos de emancipación, sino que son en esencia cristalizaciones institucionales de las relaciones de dominación y, por lo tanto, fagocitan las buenas intenciones de los revolucionarios que se monten en ellos. Para Holloway, se trata de entidades destinadas a ser autoritarias en tanto formadas en la lógica de separación –entre sujeto y objeto, público y privado, política y economía– que brota del capitalismo. El Estado confirma y reproduce la negación de la subjetividad sobre la que se basa el capital, y los partidos se moldean a imagen y semejanza del Estado en un círculo vicioso del cual el autor no ve salida. De allí que reconozca solo dos formas de lucha: la política de la dignidad (ejercida desde los consejos o asambleas) y la política de la pobreza (representada por los partidos centrados en el Estado).

  • 1. Massimo Modonesi: profesor titular de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (unam), donde también es coordinador del Centro de Estudios Sociológicos. Dirige la revista Observatorio Social de América Latina osal del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso). Palabras claves: izquierda, Estado, autonomía, John Holloway, Agrietar el capitalismo. El hacer contra el trabajo.. Herramienta, Buenos Aires, 2011; Herramienta / Bajo Tierra / Sísifo / Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (buap), México, 2011.
  • 2. Herramienta / buap, Buenos Aires, 2002.
  • 3. Holloway solo reconoce explícitamente otra aportación «obrerista»: la idea de que la crisis capitalista surge de la insubordinación de los trabajadores y de que el capital no tiene la iniciativa, sino que reacciona y «persigue» el trabajo vivo que se expresa en las luchas sociales.
  • 4. Salvo contadas excepciones ligadas a la Escuela de Fráncfort y a algunos autores marxistas-autonomistas que no enumeraré. No se salvan ni Lenin ni Rosa Luxemburgo en tanto sostenían, según Holloway, la separación entre lucha económica y lucha política.
  • 5. Ob. cit., p. 153. Este planteamiento, reconoce el autor, tiene sus antecedentes en la tesis del hombre unidimensional de Herbert Marcuse, aun cuando Holloway aclara que no comparte las conclusiones pesimistas e intelectualistas sino que, por el contrario, sostiene una salida optimista centrada en la capacidad transformadora de las subjetividades anticapitalistas.
  • 6. Al estilo de André Gorz –a quien Holloway curiosamente no menciona–, quien en su famoso y polémico libro Adiós al proletariado (1980) hablaba de la «no-clase». Esta cuestión fue abordada por Holloway en un par de artículos publicados en J. Holloway (comp.): Clase=lucha. Antagonismo social y marxismo crítico, Herramienta / buap, Buenos Aires, 2004.