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Empresarios a la Presidencia

El inicio del ciclo neoliberal trajo como novedad un nuevo rol de los empresarios en la política: se produjeron revueltas empresariales en defensa de la propiedad privada, como en México en 1982 y en Perú en 1987, y un acomodo de los empresarios a líderes populistas, como sucedió con Carlos Menem y Alberto Fujimori. Pero la gran noticia fue la emergencia de candidatosempresarios, como Gonzalo Sánchez de Lozada en Bolivia y Vicente Fox en México. Las candidaturas de Mauricio Macri en Argentina y Sebastián Piñera en Chile demuestran que el activismo empresarial democrático no ha desaparecido. Es más: la emergencia de gobiernos socialdemócratas y nacionalistas radicales permite que los empresarios compitan con ellos. Se trata, en suma, de una América Latina más diversa en materia de regímenes y orientaciones doctrinarias, que expresa la vitalidad de sus actores políticos.

Empresarios a la Presidencia

América Latina está siempre presta a dar sorpresas políticas. Menciono una que todavía no hemos terminado de entender. Entre el ocaso populista –que empieza con el estallido de la crisis de la deuda externa de México en 1982– y el amanecer neoliberal –que se inicia con la adopción de políticas económicas promercado del Consenso de Washington–, ocurrió un cambio sorprendente: comenzaron a aparecer movimientos de protesta empresarial. Y, más impactante todavía, surgieron empresarios-candidatos reclamando un espacio en la democratización en curso.

¿Gente privilegiada protestando en las calles y apelando al electorado en las urnas? Sí. Su entrada nos indicaba que estaba terminando un tiempo en el que predominaban los candidatos de clase media y origen popular, aquellos que movilizaban al «pueblo» con discursos encendidos contra «la oligarquía y el imperialismo». Durante el auge político del populismo y el socialismo en el siglo XX, los terratenientes y banqueros, y luego los industriales, hacían política, ciertamente; pero la solían practicar detrás de los muros de la fábrica, en los inaccesibles salones de sus residencias, manejando las elecciones detrás de la escena o tocando las puertas de los cuarteles. Como norma, los empresarios y propietarios no bajaban al llano. Ellos, al menos eso decían sus rivales, no eran pueblo. No podían o no debían serlo. Eran privilegiados, patrones, gente sin vocación de servicio público, impopulares, además. Más allá de las imágenes, o quizás debido a ellas, la política abierta y competitiva, que implicaba darse un baño de masas, no atraía a las clases altas.

Cuando los empresarios-políticos irrumpieron en escena, en la década de 1980, rompieron el molde de la política de masas. Había terminado la época de la prudencia, aquella en que decían «los tiburones son peligrosos solo para los que se atreven a nadar». La crisis del populismo y el socialismo y la entronización del paradigma neoliberal como «única salida» los ponían en el centro de la escena. Al luchar contra un intervencionismo que les parecía abusivo –particularmente en el caso de las expropiaciones–, sus actitudes se modificaron. Había que practicar la política de un nuevo modo, y los empresarios, ahora abanderados de la modernidad, la podían hacer, allí donde se pudiera –a fin de cuentas, la política es una cuestión de oportunidades–, en calles y plazas.

Más tarde, el clima político cambió y regresaron los viejos rivales de la derecha. Sin embargo, el panorama político no ha vuelto a ser dominado por los líderes populares de la misma forma que en el pasado. En efecto, a fines de siglo les tocó a los neoliberales sobresaltarse por las vueltas del ciclo político. Aprovechando las debilidades de gobiernos neoliberales y el rechazo a sus políticas de shock y privatizaciones, varios países de América Latina se alejaron del Consenso de Washington. Aparecieron así gobiernos como el de Hugo Chávez en Venezuela en 1998 –un caudillo militar nacionalista, inclinado a la izquierda– y el de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil –un dirigente sindical socialista, cabeza del Partido de los Trabajadores (PT)–, que ganó las elecciones de 2003. En 2009, Chávez y Lula siguen en el poder, e incluso han surgido émulos en otras partes del continente. Fue así como empezó el siglo XXI, con un variado espectro de gobiernos de orientaciones distintas en materia económica y social: conservador de derecha –la Colombia de Álvaro Uribe y el Perú de Alan García–, socialdemócrata de centro –como el Chile de Michelle Bachelet y el Brasil de Lula–, radical de izquierda o chavista –como la Bolivia de Evo Morales o el Ecuador de Rafael Correa–.

De este trío de alternativas, solo la primera representa abiertamente la doctrina neoliberal de restringir el Estado y vigorizar las fuerzas del mercado. Sin embargo, esta alternativa no parece andar en franco retroceso. Creo que es adecuado afirmar que lo que hay es más competencia. Existen, en efecto, alternativas políticas –y de política económica– al neoliberalismo, pero ello no estaría indicando un completo cambio de rumbo, sino más bien el fin del mal llamado «Consenso de Washington». Ni siquiera el estallido de la crisis global de 2008-2009 pareciera haber cambiado radicalmente la correlación de fuerzas. Los salvatajes y los paquetes de estímulo contienen o retrasan la posibilidad de realizar cambios mayores y evitan costos políticos. Los empresarios conservan su poder, siguen compitiendo en las lides políticas, y las grandes mayorías no los ven siempre de manera negativa. Además, la crisis afecta también a las alternativas de centro y de izquierda que están en el poder. Cabe preguntarse si el fenómeno del activismo empresarial indica que emergió finalmente una burguesía heroica. En realidad, no. Primero, porque esta emergencia es más política que económica. Segundo, porque no se registra un fortalecimiento de los empresarios nacionales en el mercado. A pesar de la conglomeración del capitalismo familiar latinoamericano y la emergencia de multilatinas, la economía de la región se sigue extranjerizando. Grandes grupos están sucumbiendo a la ofensiva competitiva global, donde predomina la lógica de las multinacionales de «o te compran o te quiebran»1. Pero la política es distinta: es un terreno reservado a nacionales y, a juzgar por las tendencias que estamos evaluando, se encuentra más abierto a los empresarios.

¿Cómo se compatibilizan estas tendencias de debilitamiento económico y fortalecimiento político de los empresarios nacionales? Muchas veces, estos empresarios-presidentes, o estos gobiernos influidos por empresarios, son simples «administradores» del país que las multinacionales necesitan, lo que puede entenderse como un reflejo de la concentración de poder en la estructura económica en manos de las grandes corporaciones. Este concepto de presidentes-administradores (y también otro, el de la captura del Estado por las corporaciones) es parte del lenguaje político en muchos países y se ha convertido en un fenómeno que vamos a discutir. Pero primero debemos hacer un balance. El conocimiento que tenemos hoy acerca del mundo empresarial es considerablemente mayor al de hace 20 años. Las revistas y la información abundan y el estudio de empresas y fortunas ha avanzado mucho2. En cada país hay estudios de caso de calidad variable pero indicativos de una mayor productividad en el tema. En el terreno comparativo, existen varios trabajos empíricos y teóricos que nos permiten entender mejor la conglomeración y concentración de la riqueza3 y también la acción colectiva de los empresarios4. Asimismo, se han producido importantes avances en la discusión teórica para entender a los empresarios como firma o sector, individual o colectivamente, y analizar en detalle los patrones de relación con el Estado, sean colusivos o productivos5. También conocemos más de la relación entre la gran empresa y la sociedad civil y las prácticas filantrópicas y de «responsabilidad social corporativa»6. Cabe mencionar un nuevo campo de estudio, el de las corporaciones como actor global, donde se discute si su fortalecimiento estructural, instrumental y discursivo las pone «por encima del Estado»7. Sin embargo, el rol de los empresarios como actores directamente inmersos en la lucha política constituye un campo menos trabajado. Aunque no faltaron algunos esfuerzos por entenderlo cuando empezó el cambio de rumbo8, no tenemos todavía un panorama completo a comienzos del siglo XXI.

  • 1. Brasil cuenta con los grupos de poder más industrializados y poderosos. Pero aun en ese caso hay «dudas» sobre su capacidad competitiva.
  • 2. Considérese el aumento inusitado de publicaciones empresariales y de economía y finanzas. Un caso notable es AméricaEconomía y sus rankings empresariales de las top companies.
  • 3. Wilson Peres (ed.): Grandes empresas y grupos industriales latinoamericanos, Siglo Veintiuno Editores / Cepal, México, df, 1998; Pedro Reyes: Los dueños de América Latina, Grupo Zeta, México, df, 2003.
  • 4. F. Durand y Eduardo Silva (eds.): Organized Business, Democracy and Economic Change in Latin America, North-South Center, Miami, 1998; Ben Ross Schneider: Business Politics and the State in Twentieth Century Latin America, Cambridge University Press, Cambridge, 2004.
  • 5. Sylvia Maxfield y Ben Ross Schneider (eds.): Business and the State in Developing Countries, Cornell University Press, Ithaca, 1997.
  • 6. Cynthia Sanborn y Felipe Portocarrero (eds.): Filantropía y cambio social en América Latina, Harvard University / Universidad del Pacífico, Lima, 2008.
  • 7. Doris Fuchs: Business Power and Global Governance, Lynne Rienner, Boulder, 2007; Peter Utting y José Carlos Márquez (eds.): Business Policy and Social Policy, cap. 7, Palgrave, Londres, en prensa.
  • 8. Celso Garrido (ed.): Empresarios y Estado en América Latina, cide / Fundación Friedrich Ebert / unam, México, df, 1988.