Coyuntura

Elecciones en México

Las elecciones presidenciales en México estuvieron, desde el comienzo, marcadas por los golpes bajos y la guerra sucia. Finalmente, los resultados del 2 de julio confirmaron el peor de los escenarios posibles: una fuerte polarización y una diferencia estrecha, de menos de un punto, entre el candidato del partido de gobierno, Felipe Calderón, y el líder de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador. En ese contexto de incertidumbre y zozobra, López Obrador denunció fraude y lanzó un movimiento de resistencia civil cuyos objetivos no se ajustan a la lógica jurídica. En cualquier caso, la perspectiva es la de una crisis poselectoral que sacude a la incipiente democracia mexicana y complica la formación del próximo gobierno.

Elecciones en México

1.Cada uno de los años que han transcurrido en este sexenio de alternancia, el primero en más de siete décadas, puede tener una definición propia. Por ejemplo, 2001 fue el de las expectativas y el desencanto frente al nuevo gobierno; 2003 fue un año políticamente inútil, porque la primera parte estuvo dedicada a una campaña electoral de mercadotecnia que llevó a unas elecciones intermedias, abstencionistas y costosas, y en la segunda parte fracasaron las negociaciones para emprender reformas legislativas; 2005 fue el año del pleito y la parálisis, con una alta polarización social en torno del desafuero del entonces jefe de gobierno de la capital, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), el candidato a la Presidencia más potente de la izquierda mexicana; y 2006, el año electoral, será crucial, porque de cómo se resuelva el proceso electoral dependerá el futuro inmediato del país.

Llegamos al proceso electoral no en las mejores condiciones, sino en las que decidieron los partidos políticos y sus cortos intereses. Debido a una partidocracia cada vez más desprestigiada, los bloqueos legislativos hicieron que el país se quedara sin la reelección consecutiva de legisladores, sin nuevas reglas para el financiamiento, sin segunda vuelta y sin otro modelo para el acceso de los partidos a los medios. Solo fue aprobada la reforma del voto de los mexicanos en el extranjero, que fue un gran fracaso porque únicamente unos 40.000 ejercieron su nuevo derecho, cuando se hablaba de millones.

No es exagerado decir que el país llegó exhausto a 2006 y a la sucesión presidencial como resultado de una muy larga preparación, con intensas anticipaciones y un fuerte desgaste. Durante los cinco años anteriores, varios fantasmas rondaron el escenario público: el de la recuperación del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que hoy se ha esfumado por completo; o el de la llegada del populismo al poder.

Asistimos a una campaña demasiado larga –180 días–, que se sumó a una sucesión anticipada y a una fase de precampañas definida por un escenario de confrontaciones dentro del izquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD), que postuló a Andrés Manuel López Obrador; por rupturas en el viejo partido gobernante, el PRI, que fue con Roberto Madrazo como candidato; y por ajustes en el derechista Partido Acción Nacional (PAN), que optó por Felipe Calderón. Además, hubo otros dos candidatos de fuerzas políticas nuevas: Roberto Campa, por Nueva Alianza, el partido del magisterio corporativo, y Patricia Mercado, de Alternativa Socialdemócrata y Campesina.

Para un gran porcentaje de los votantes, el resultado del 2 de julio quedó envuelto en la incertidumbre, pero no solo por lo apretado de las cifras, sino por los antecedentes de la misma campaña electoral. El proceso electoral estuvo marcado por la incertidumbre, lo cual es propio de las democracias, pero sin la certeza absoluta de que las reglas del juego serían completamente respetadas ni de que cualquier resultado sería reconocido por el perdedor. Desde que se inició la campaña, se anticiparon dos escenarios posibles. En el primero, que parecía una prolongación del marcador de las encuestas de opinión al momento de iniciar la campaña, se preveía un margen suficiente entre los candidatos, de modo que las dudas y las impugnaciones no afectaran la legitimidad de los comicios. El otro escenario se refería a una elección complicada que no saliera bien por una legitimidad dañada, en la que la diferencia entre el primer lugar y el segundo fuera completamente cerrada, lo que abriría un expediente de litigio con amplias resonancias sociales. Después del 2 de julio, este segundo escenario se hizo realidad.

2. Uno de los pocos resortes de interés que mantuvo la campaña electoral de 2006 fue la incertidumbre de su resultado. Las preferencias del inicio, en enero de 2006, definieron una primera fotografía: Consulta Mitofsky estableció una preferencia efectiva del voto de 31% para Felipe Calderón, quien subió ligeramente respecto a noviembre, cuando tenía 28,8%; Roberto Madrazo conseguía 29,2% en enero (en noviembre tenía 30,4%); y AMLO elevaba su aprobación hasta 38,7% (en noviembre contaba con 34,8%).

Durante los primeros meses, AMLO mantuvo su ventaja, pero desde finales de marzo se inició un reajuste en las tendencias y el panista Calderón empezó a aumentar sus índices de preferencia mediante la estrategia de una campaña sucia contra el postulante del PRD. Después de varios meses durante los cuales la tendencia no se había modificado sustancialmente, entre finales de marzo y principios de abril las campañas mostraron, por primera vez, un ajuste significativo. Durante la primera etapa de la campaña, había habido una inercia ganadora para López Obrador, quien se fortalecía pasara lo que pasare. Sin embargo, la propaganda sucia que lo comparaba con el polémico presidente de Venezuela, Hugo Chávez, y la frase acerca de que su triunfo implicaba «un peligro para México» lograron hacer disminuir sus preferencias. ¿Qué ocurrió?

Hacia finales de marzo, Consulta Mitofsky mostró una disminución de dos puntos para AMLO (pasó de 39,4% a 37,5%), una suba de Calderón (de 29,8% a 30,6%) y un incremento para Madrazo (de 27,5% a 28,8%). Había, de todos modos, una distancia cómoda, de 10 puntos de ventaja, a favor de AMLO. Entonces, la estrategia de sus contrincantes fue apuntar todas las baterías en su contra, primero en base a las críticas por su decisión de no asistir al primer debate y luego difundiendo spots negativos en la televisión. A todo ello hay que sumar la presencia permanente en los medios de comunicación del presidente, Vicente Fox, quien hablaba en contra de AMLO, aunque no directamente, sin mencionar su nombre, sino a partir de una construcción ideológica negativa que tuvo como objetivo central calificarlo de «populista».

En esa guerra de adjetivos, López Obrador respondió cometiendo dos errores que le costaron una baja de sus preferencias: por un lado, un discurso de intolerancia («cállate, chachalaca», le dijo al presidente Fox); por otro, un tono duro de intransigencia. Cuando un candidato va ganando la carrera presidencial, es esperable una actitud por la cual se sitúe por encima del pantano, abriendo espacios incluyentes hacia sectores que tienen dudas en cuanto a apoyarlo o no. A López Obrador, en cambio, le ganó el carácter y apeló a la lógica de la arenga.