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El sinuoso regreso de la economía heterodoxa

La relación entre economía heterodoxa e izquierdas latinoamericanas ha sido tortuosa durante la última década. Más allá de un fuerte cambio discursivo, no ha sido posible superar al bloque histórico ortodoxo, que fue hegemónico durante las décadas pasadas. Se pueden encontrar explicaciones en las decisiones de los gobiernos, que eligieron un camino gradualista y no confrontativo en el ámbito del debate económico propiamente dicho. La resiliencia demostrada por el neoliberalismo y, por ende, por la teoría económica ortodoxa a escala global, ha actuado como un formidable obstáculo.

El sinuoso regreso de la economía heterodoxa

El terremoto político ocurrido en Argentina y Brasil, junto con el ajuste fiscal implementado por la coalición frenteamplista en Uruguay durante el año pasado, marcó tanto simbólica como fácticamente el fin de un largo ciclo progresista en la región sudamericana y el regreso a políticas económicas neoliberales, al menos en sus economías principales. Un aspecto poco considerado de la nueva coyuntura político-económica ha sido la feroz pelea que los flamantes gobiernos conservadores han dado para lograr un cambio discursivo en el ámbito económico. En el caso argentino, por ejemplo, el jefe de gabinete Marcos Peña Braun declaró en diciembre del año pasado: «En la Argentina se piensa que ser crítico es ser inteligente, pero nosotros creemos que (…) el pensamiento crítico (…) le ha hecho mucho daño a la Argentina»1.

Semejante énfasis es representativo de una actitud compartida por todas las fuerzas conservadoras del continente e indicaría la necesidad de depurar el debate político-económico latinoamericano de la hegemonía critica –es decir, heterodoxa–, lo que sugiere implícitamente que, en la década pasada, los distintos gobiernos «populares» lograron imponer un cambio radical de clima de época en el ámbito de las ideas políticas y económicas.

Desde nuestro punto de vista, respecto del pensamiento económico, creemos que en ambos casos se trata de una clara sobrestimación de lo que efectivamente sucedió. Un análisis cuidadoso de los acaecimientos del pasado reciente demuestra que la relación entre izquierdas y economía heterodoxa ha sido por lo menos complicada y que el regreso del pensamiento crítico a las principales instituciones económicas de los países sudamericanos fue tortuoso y estuvo lleno de obstáculos.

El caso más emblemático es, sin lugar a dudas, Brasil. En términos generales, podemos pensar que en los países emergentes el nivel de ortodoxia de las políticas económicas depende en primer lugar del grado de apertura de la economía, dado que esta última reduce paulatinamente tanto las herramientas utilizables como los objetivos posibles de la política económica implementada por las autoridades nacionales. De manera más precisa, la etapa neoliberal del capitalismo se caracterizó por la creciente competencia transnacional y, por ende, por la continua búsqueda de la máxima eficiencia de las economías a costa de la dinámica salarial, las regulaciones y la expansión del Estado de Bienestar.

La intensidad de estas tendencias ha sido tal que en la literatura económica se ha debatido largamente una hipótesis explicativa llamada race to the bottom (carrera hacia abajo). Según esta teoría, en el capitalismo actual los países emergentes pueden beneficiarse enormemente de la apertura financiera y comercial solo a condición de ser competitivos y atractivos para los grandes flujos de capitales transnacionales. De esa manera, todos los gobiernos nacionales se encuentran afectados por una inusual «restricción externa» sobre las políticas económicas y sus objetivos: de repente, todo lo que podemos o tenemos que decidir depende indisolublemente de lo que decidieron o van a decidir los demás países/competidores. El resultado que la evidencia empírica muestra2 es entonces que todas las políticas económicas de los distintos países convergen a escala global, pero hacia una reducción permanente del costo del trabajo, de las regulaciones medioambientales, de los controles de capitales, etc., con un aumento proporcional de la desigualdad, de la volatilidad financiera y de la contaminación.

Como destaca Pierre Salama en un trabajo de 2011, en ambos mandatos de Luiz Inácio Lula da Silva están presentes tales improntas «ortodoxas»: en el primero, la ortodoxia prevalece netamente mientras que en el segundo tiende a afirmarse cierto intervencionismo «herético», si bien se conservan numerosos aspectos ortodoxos (metas de inflación, tasas de interés muy altas, poca inversión pública, recaudación fiscal moderada). Semejante juicio se puede extender también a los gobiernos de Dilma Rousseff, durante los cuales el Ministerio de Hacienda fue ocupado tanto por un ministro «lulista» (Guido Mantega) como por un ortodoxo duro y puro (Joaquim Levy) que, entre otras cosas, por primera vez en la historia de Brasil, prohibió el tradicional aumento anual del salario mínimo. Solo en los caóticos cinco meses previos al golpe institucional de mayo de 2016 el cargo de ministro fue ocupado por Nelson Barbosa, un economista heterodoxo, doctor por la New School for Social Research de Nueva York (el centro mundial más prestigioso para el estudio de la economía heterodoxa y crítica) y discípulo de Lance Taylor, uno de los más influyentes entre los economistas estructuralistas contemporáneos. Sin embargo, este lapso no fue suficiente para que se notara algún cambio sustancial respecto del rumbo anterior.

Dada esta premisa, el aspecto más interesante y que probablemente representa el punto de contacto más significativo entre los gobiernos de Lula y de Rousseff y el pensamiento económico heterodoxo fue un aspecto colateral, aunque no secundario, de la política económica: el regreso de la política industrial. Una característica de las reformas neoliberales implementadas en el continente a partir de la década de 1980 había sido la completa eliminación de semejante herramienta. En Brasil, esto había pasado en 1983, durante la presidencia de João Baptista de Oliveira Figueiredo, como consecuencia de la profunda crisis económica del país y el paquete de ajuste que el Fondo Monetario Internacional (fmi) exigió a cambio de un préstamo puente de rescate. Con los gobiernos del Partido de los Trabajadores (pt), en cambio, el Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (bndes) volvió a jugar un papel clave en la economía brasileña: los créditos productivos otorgados crecieron desde 2,2% del pib en 2005 hasta 4% en el primer mandato de Rousseff. Dicho en otras palabras, la corriente de pensamiento económico heterodoxo que más se destacó en el caso brasileño no fue el desarrollismo tradicional, ni el keynesianismo (cuyo papel fue, como vimos, marginal), sino el evolucionismo neoschumpeteriano.

  • 1.

    Entrevista a Marcos Peña Braun en el programa A dos voces en la señal tn, 8/12/2016, disponible en www.youtube.com/watch?v=zpdfohtx2la.

  • 2.

    V., por ejemplo, ocde: Growing Unequal? Income Distribution and Poverty in oecd Countries, ocde, 2008.