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El sindicalismo bajo el gobierno de Lula

Luego del compromiso con la apertura democrática en los 80 y la posición defensiva adoptada en los 90, el sindicalismo brasileño aguardaba con expectativas la llegada de Lula a la Presidencia. Pero pese a los vínculos históricos y la buena relación con el gobierno, la esperada reforma sindical y laboral no pudo ser llevada a la práctica. Esto se explica por la presión de los empresarios, la persistencia de la cultura corporativa de los sindicatos y la falta de tradición de diálogo social. El artículo sostiene que, si el segundo mandato de Lula concluye sin que se modifiquen las bases del anacrónico sistema actual, el gobierno y el sindicalismo habrán perdido una oportunidad histórica.

El sindicalismo bajo el gobierno de Lula

La reorganización del movimiento sindical en los 80

El final de la década del 70 y el comienzo de la del 80 fue una etapa de grandes movilizaciones de los trabajadores y de recuperación de la organización sindical en Brasil. Después de la dictadura militar, se produjo un amplio proceso de reorganización de la sociedad civil y el surgimiento de diversos movimientos sociales. En ese contexto se constituyó el denominado «nuevo sindicalismo», que combinaba demandas de carácter económico, como la recomposición del salario, con reivindicaciones políticas, como la convocatoria a una Asamblea Constituyente. En ese periodo se conformaron las principales vertientes del sindicalismo actual, que dieron origen a importantes centrales sindicales: la Central Única de los Trabajadores (CUT), la Confederación General de los Trabajadores (CGT) y, posteriormente, Fuerza Sindical (FS).

La CUT, fundada en 1983, es hasta hoy la mayor central sindical del país. Fue fruto del acercamiento de varios sectores del movimiento sindical que, en su mayoría, tenían una posición crítica frente a la estructura sindical oficial y se identificaban con el «nuevo sindicalismo». Reunió a dirigentes sindicales, a muchos militantes que se oponían a las conducciones de sus sindicatos, a miembros de organizaciones de base y a nuevos líderes políticos, muchos de ellos vinculados al Partido de los Trabajadores (PT). Desde el inicio, participaron de la CUT grupos de orientación socialista, trotskista y católica y, a partir de los 90, también comunistas. La CUT nació como una central sindical clasista y adoptó el socialismo como perspectiva general. Defiende la libertad y la autonomía sindical de acuerdo con la Convención 87 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), un sindicalismo de masas organizado a partir de las bases y en los lugares de trabajo, y reivindica su independencia frente a gobiernos y partidos. Pero a pesar de sus críticas a la estructura sindical oficial, la CUT nunca rompió completamente con ella y siempre actuó dentro de los sindicatos existentes para lograr su transformación. La gran novedad de esta central fue su organización nacional, la fuerte presencia de los trabajadores rurales, junto con los industriales y los del sector de servicios y, posteriormente, su gran inserción entre los trabajadores del sector público. Otra característica es la convivencia en su interior de diversas corrientes de opinión, lo que genera un debate político permanente.La CGT, fundada en 1986, estaba integrada por líderes ligados al comunismo y por un amplio abanico de sindicalistas que ocupaban puestos de dirección en los sindicatos y federaciones de la estructura sindical oficial. La estrategia política apostaba a la apertura y la transición gradual a la democracia, y su orientación sindical guardaba semejanza con la de la estructura corporativa, proponiendo el sindicato único, con el argumento de que de otro modo se abriría el camino al «paralelismo» sindical. Desde 1987 se fortaleció la concepción del «sindicalismo de resultados», defendida por los sectores más identificados con el sindicalismo estadounidense. En 1988, esos sectores comenzaron a exigir la «despartidización» de la CGT y derrotaron en una elección plenaria a los sindicalistas comunistas ligados al PCdoB, que acabaron rompiendo con la central. Un año después, estos últimos fundaron la Corriente Sindical Clasista (CSC), que posteriormente ingresaría en la CUT. En el congreso de 1989 hubo otra fuerte disputa en la CGT y se produjo una nueva división. Los grupos ligados a la estructura sindical tradicional, junto con militantes del PCB y del MR-8, fundaron otra central, más tarde denominada Central General de los Trabajadores de Brasil (CGTB).

En 1991, el sector ligado al «sindicalismo de resultados» salió de la CGT y fundó FS, que se planteó como una alternativa al sindicalismo politizado y de confrontación de la CUT y buscó pragmáticamente el diálogo con el empresariado y el gobierno. FS proponía un sindicalismo independiente y la defensa de la libertad y la autonomía sindicales.

Paralelamente a la constitución de estas nuevas centrales sindicales, las confederaciones nacionales de la estructura sindical oficial mantuvieron su poder intacto en base a su capacidad recaudatoria, apoyada en el «impuesto sindical».

La década del 80 estuvo marcada por altas tasas de inflación, lo que orientó el debate hacia las cuestiones económicas y generó enfrentamientos permanentes entre sindicalistas y empresarios, en los que la huelga fue la principal herramienta de lucha. Al mismo tiempo, el sindicalismo desempeñó un papel fundamental en la redemocratización del país y participó activamente en el proceso de elaboración de la Constitución de 1988. Esta presión garantizó constitucionalmente importantes conquistas para los trabajadores y generó cambios en la vida sindical. De esa manera se consolidó un movimiento sindical muy activo, que se transformó en un actor relevante de la escena política nacional. El sindicalismo a la defensiva: los 90

A comienzos de los 90, con la apertura financiera y comercial iniciada por Fernando Collor de Melo, Brasil ingresó desordenadamente en la globalización. La exposición brusca a la competencia internacional y la reorganización productiva que ésta generó, sumadas a las privatizaciones, disminuyeron el número de puestos de trabajo y tendieron a flexibilizar las condiciones de empleo. En los años siguientes, durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, tomó cuerpo la propuesta de ajustar el sistema de relaciones de trabajo para adaptarlo al nuevo orden globalizado. Diversos aspectos de la legislación laboral –la remuneración, el tiempo de trabajo y las formas de contratación– fueron modificados con el objetivo de flexibilizar aún más las relaciones laborales.

La mayor flexibilidad y la precarización, junto con el incremento del desempleo y del trabajo informal, sobre todo entre las mujeres y los jóvenes, debilitaron el poder de los sindicatos, que se vieron obligados a adoptar una posición defensiva frente a las políticas neoliberales. Las luchas por aumentos de salarios típicas de los 80 fueron sustituidas por acciones orientadas a garantizar los puestos de trabajo. Se observó, durante esta etapa, una disminución del número de trabajadores en la base de las organizaciones sindicales. Esto impactó en las fuentes de recaudación de los sindicatos, lo que a su vez contribuyó a la adopción de posturas conservadoras de defensa del monopolio de la representación (sindicato único) y de las contribuciones compulsivas.