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El silencio no es espiritual El movimiento #MeToo evangélico

«Rezo para despertar a los pastores que necesitan despertar», dice Autumn Miles, una líder evangélica de 37 años sobreviviente de abuso doméstico. Miles es una de las impulsoras del #ChurchToo en la conservadora Iglesia Bautista del Sur y busca transformar la iglesia, derrumbar «los muros de Jericó» desde adentro. Es una expresión más del #MeToo, el movimiento de mujeres que ha conmovido la escena pública estadounidense.

El silencio no es espiritual / El movimiento #MeToo evangélico

El miércoles 13 de junio de 2018, 10.000 miembros de la Convención Bautista del Sur se congregaban en los alrededores del centro de convenciones Kay Bailey Hutchison, en el centro de Dallas, para la conferencia anual de su denominación. Unas 25 mujeres, de pie sobre el pasto descolorido, los miraban de cerca. Llevaban pancartas blancas con consignas escritas en negro y azul que decían, por ejemplo, «Convoquemos a las mujeres a predicar desde la primera mañana de Pascua» o «Puedo reconocer el Mal porque sé lo que es el Bien». Estaban allí representando un movimiento de protesta que incluye grupos como el #SilenceIsNotSpiritual y #ChurchToo y que tiene el potencial de transformar el evangelismo presionando a las iglesias para que condenen el abuso doméstico, capacitando a los pastores para contener a las víctimas y permitiendo a las mujeres acceder a posiciones de liderazgo. «Dios valora a las mujeres», me dijo Ashley Easter, una de las organizadoras de la protesta.Entre las manifestantes estaba Autumn Miles, una líder evangélica de 37 años que sobrevivió al abuso doméstico. Dueña de una alborotada melena de un color que ella describe como «rubio fluorescente», Miles, hija de un pastor de la Convención Bautista del Sur, creció en Terre Haute, Indiana. Se casó con su novio de la secundaria a los 18 años y después de seis años de abuso físico y psicológico, le pidió el divorcio. Miles contó que un comité de siete hombres mayores de la iglesia a la que pertenecía su familia la llamó para que explicara su decisión; le solicitaron a su padre que no estuviera presente. «Sé que suena raro, pero sentí la presencia del mal», comentó Miles. Le pidieron que volviera con su abusador. Ella se negó y abandonó la iglesia. Cuando su padre la defendió, lo despidieron. Desde entonces, Miles ha compartido su historia con muchas congregaciones evangélicas y ha hablado de la necesidad de cambiar las enseñanzas sobre abuso sexual y doméstico.

«Hay un pequeño grupo en la iglesia que mira a una mujer y le dice: ‘Tienes que obedecer’», me dijo, y citó Efesios 5:22: “Esposas, obedezcan a sus maridos, así como obedecen al Señor”. El pasaje quedó en el centro de los debates evangélicos sobre el rol de las mujeres. El ex-esposo de Miles lo citó para justificar sus abusos. Cuando comenzó el movimiento #ChurchToo en noviembre de 2017, las sobrevivientes de abuso contaron cómo fueron silenciadas por los líderes de la iglesia y muchas relataron que les pidieron que «obedecieran». En abril de 2018, el movimiento irrumpió en la iglesia de la Convención Bautista del Sur después de que salieran a la luz unas grabaciones del presidente del Seminario de Teología de la Southwestern Baptist, Paige Patterson, en las que aconsejaba a una víctima de abuso hace 18 años. Patterson le pedía que obedeciera a su marido y que rezara por él a la noche. «Prepárate, porque puede ponerse un poco más violento», le dijo. (Patterson sostuvo luego que sus comentarios habían sido mal interpretados).

En mayo, tras una serie de denuncias contra Patterson por su manejo de dos casos de violación, más de 1.000 mujeres de la Convención Bautista del Sur firmaron una petición en la que pedían su renuncia. Fue despedido, y la conferencia realizada a mediados de 2018 terminó por convertirse en un referéndum sobre el modo en que la iglesia enfrenta los casos de abuso doméstico. En una carta abierta1 a los hombres de la Convención Bautista del Sur, la líder evangélica Beth Moore escribió: «Las Escrituras no fueron el motivo del colosal desprecio y falta de respeto hacia las mujeres por parte de muchos de estos hombres. Solo fueron la excusa. El motivo fue el pecado. La falta de piedad».

Desde el escenario de Dallas, los Bautistas del Sur reflexionaron sobre la crisis del #MeToo y el rol de las mujeres que viene agitando a la iglesia. «Vimos el rechazo al fundamentalismo y un entusiasmo por participar en la cultura contemporánea, en lugar de darle la espalda», me comentó Jonathan Merritt, un periodista del Religion News Service. Merritt, hijo de un ex-presidente de la Convención Bautista del Sur, James Merritt, ha asistido a la conferencia durante 25 años. Este año, su padre acogió con beneplácito la idea de que una mujer se convirtiera en presidenta de la Convención, algo impensado hasta el día de hoy. James Merritt también formó parte de un panel sobre el #MeToo, junto con tres mujeres y otro hombre, en el que sostuvo: «La iglesia es el lugar donde la mujer abusada debería sentir la mayor seguridad. Y el pastor es la persona más idónea a la que debería poder recurrir». Más tarde, una sobreviviente de abuso sexual, Trillia Newbell, contó que fue «manoseada» en un viaje con el grupo de música de su escuela. En otra sesión, el vicepresidente Mike Pence se dirigió a la Convención y señaló: «Con Donald Trump en la Casa Blanca, haremos que Estados Unidos vuelva a ser un lugar seguro». El nuevo presidente de los Bautistas del Sur, J.D. Greear, tuiteó luego lo que muchos interpretaron como una crítica a los comentarios de Pence: «Sé que eso dio una señal terriblemente confusa. Estamos agradecidos de que los líderes de la sociedad quieran hablar en nuestra Convención, pero que no se equivoquen. Nuestra identidad es el Evangelio»2. Jonathan Merritt dijo: «La vieja guardia fue destruida en su enfrentamiento cuerpo a cuerpo con la nueva guardia».

Cuando Autumn Miles escuchó los comentarios de James Merritt, dijo: «Quiero abrazarlo. Quiero sentarme a su lado y agradecerle en nombre de las mujeres abusadas». Y agregó: «Las iglesias pueden ser el paraíso y me gustaría ver que en verdad lo sean». En 2017, Miles trabajó con Lifeway Research, una consultora de opinión pública enfocada en el cristianismo, en un trabajo de investigación sobre abuso doméstico en la iglesia para el que se entrevistó a miles de pastores. Descubrió que, si bien 97% de los pastores afirmó que sus iglesias eran un lugar seguro para las víctimas de abuso, solo 52% tenía un protocolo de respuesta. «Por definición, nuestras iglesias no son lugares seguros», me dijo Miles.

Miles conduce un programa de radio y graba videos en Facebook desde un columpio en el porche de su casa de Dallas; los videos tratan sobre temas tabú, como incesto y problemas matrimoniales, y reciben millones de visitas. «Digo todo lo que Dios me pide que diga», me cuenta. Hace dos semanas, me reuní con Miles en Katz’s Deli en el Lower East Side de Nueva York. La encontré tomando un café, un poco somnolienta. Había llegado a las 3:30 de la madrugada después de largas demoras en el vuelo. Tomaba su desayuno con otra sobreviviente de abuso doméstico, quien parecía un poco nerviosa cuando llegó. «Nunca conté toda mi historia», me dijo, sentada frente a Miles con un plato de salchichas y huevos fritos, «solo algunos fragmentos».

Para alentarla, Miles compartió su propia historia. Tenía 11 años la primera vez que ofreció su vida a Jesús y comenzó a predicar la Palabra de Dios entre sus compañeros. «Quería salvar a toda la gente de mi secundaria», me contó. A los 13, comenzó a usar un anillo de oro de castidad, lo que significaba que no tendría relaciones sexuales antes de casarse. Un tiempo después, cuando todavía estaba en la secundaria, comenzó a tener relaciones con su novio. Como no se lo contó a nadie, cree que el secreto y la vergüenza que sentía le dieron al novio poder sobre ella. Se casaron y, durante los primeros seis meses del matrimonio, Miles estaba aterrorizada porque creía que Dios quería que muriera y que su esposo iba a matarla. No lograba rezar y pensó en suicidarse.

Una noche de 2001, mientras estaba despierta en la cama, escuchó una voz en su interior que le decía: «¿Te acuerdas de mí?». La voz la sacó de la cama y la hizo cruzar el pasillo, hasta que terminó parada frente a una Biblia azul y con temor de abrirla. «Pensé que caería un rayo», me comentó. Pronunció lo que ella llamó una «plegaria rebelde». «Dios, no creo en ti», comenzó, y pidió una señal clara de su existencia. Abrió la Biblia y sus ojos se detuvieron en un verso que decía: «los justos tendrán vida eterna». Cayó al piso y pidió perdón a Dios por su deslealtad. Cree que esta experiencia directa con Jesús la ayudó a divorciarse. «La Biblia dice: ‘Él sana a los quebrantados de corazón y les venda las heridas’. No dice ‘Regresa para que te hagan más daño’».

Miles apoya firmemente el movimiento #ChurchToo, aunque no siempre esté de acuerdo con sus líderes, muchos de ellos «ex-vangélicos» que abandonaron la iglesia porque creen que es esencialmente dañina para los jóvenes. «La idea de que solo hay una forma de vivir el sexo ha provocado mucho daño», me dijo Allison Ahearn, una de las cofundadoras de #ChurchToo. Para Ahearn, la tolerancia hacia el abuso sexual y doméstico es parte de un patrón más amplio de disfuncionalidad entre los evangélicos blancos, 81% de los cuales apoyan a Trump. «Nacionalismo, tribalismo, Donald Trump, todos son componentes de un mismo engranaje», agregó. «Algunos quieren reparar las partes dañadas. Yo quiero destruir el engranaje».

Miles está entre quienes quieren hacer reparaciones. No busca destruir la iglesia; quiere reformarla. Hasta el día de hoy, piensa que tener relaciones antes de casarse es una traición a su fe. «Cuando mi hija cumpla 13, la sentaremos y hablaremos con ella sobre la virginidad», me contó. Si bien actualmente algunas iglesias evangélicas ordenan a mujeres, Miles adopta una postura intermedia. Considera que ambos cónyuges del matrimonio pueden trabajar como copastores, como Aquila y Priscilla, dos de los primeros cristianos de la antigua Roma. «No todos creen en esto», comenta mientras saca su Biblia y busca el salmo Timoteo 3:1-16, que establece quién puede liderar la iglesia. «Si alguien desea dirigir una iglesia, realmente desea un buen trabajo», empieza. Ed Stetzer, profesor en Wheaton College y director del Billy Graham Center, cree que el conservadurismo teológico de Miles la convierte en una fuerza más poderosa para la reforma. «La realidad es que existe una subcultura evangélica –me explicó– y quizás sea más efectivo hablar desde su interior que gritar desde afuera».

Además, ella permanece fiel a destacadas figuras evangélicas como Jerry Falwell padre, a quien atribuye haberla salvado después de su divorcio. Fue Falwell, un amigo de la familia, quien sugirió a su padre que Autumn fuera a la universidad que él fundó para encontrar un nuevo marido. «Vengan a Liberty –dijo–, le encontraremos un buen hombre». Falwell, que fue clave para el surgimiento de la derecha religiosa, era fuertemente antigay, pero Miles lo veneraba. «Si bien era beligerante, entregaba su corazón a la gente que sufría», comentó.

Una noche, cuando todavía estaba en Nueva York, Miles citó a tres de sus seguidoras de Facebook en un restaurant de la cadena Shake Shack en el centro. En un Hilton Garden Inn, intercambió sus tacos aguja por un par de zapatillas rosas de caña alta y se fue caminando a paso largo. Pensé que le resultaría difícil identificarlas en la multitud, pero no caí en la cuenta de que es imposible no advertir a Miles, con sus largas uñas color carmesí y su lápiz labial fucsia. Cuando abrió la puerta de vidrio, tres chicas millenials le sonrieron.Nos sentamos a una mesa grasienta y después de una breve charla sobre las extensiones de pestañas, pasamos a conversar sobre las relaciones. A una de las mujeres le preocupaba que su marido, que había perdido su trabajo en Microsoft, estuviera perdiendo también el rumbo como cristiano. Temía no gustarle y se sentía insegura con su cuerpo todo el tiempo. «¡Tienes una belleza infartante! –le dijo Miles–. No lo digo solo para tirarte rosas. ¿Qué te parece que piensa Dios cuando te miras en el espejo y dices: ‘Dios, podrías haberte esforzado un poco más’». Miles le saca el pan a su hamburguesa con queso y panceta y la envuelve en hojas de lechuga, mientras otra de las mujeres comparte su historia. Criada como judía, había escapado de un matrimonio abusivo en la comunidad Ortodoxa Moderna cuando, a los 29, se convirtió al cristianismo. «Entré a la iglesia e hice un clic», cuenta. Pero, hace poco, un novio cristiano la dejó y su rechazo fue una fuente de deshonra en su iglesia. Los mayores le pidieron que dejara de enseñar en la escuela dominical por un tiempo, lo cual le causó un gran enojo.

«A veces el rechazo de un hombre es un gran regalo –le contesta Miles–. La gente de la iglesia es la más cruel». Creer en Dios requiere desinflar el ego. Y luego agrega: «Dios dijo: ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome la cruz, y sígame’. ¿Dijo que comamos hamburguesas con queso, que tengamos hijos, que nos volvamos ricas y que después lo sigamos? No». Las mujeres se ríen.

Miles sacó una copia de su último libro, I Am Rahab [Yo soy Rahab]3, sobre la prostituta bíblica, que, según el Libro de Josué, ayudó a Dios a destruir Jericó, la ciudad del pecado. Miles se identifica con Rahab y espera que las demás mujeres también lo hagan. «Hay que derribar los muros de Jericó desde adentro», les dice. Eso quiere decir que hay que defender lo que es justo dentro de la iglesia y destruir las viejas formas de pensar, sostenidas en el miedo y en el yo. «Creo que ustedes todavía tienen algo de Jericó en su interior», comenta. Las mujeres se toman de la mano y Miles reza para que elijan al hombre adecuado en lugar del hombre que está a mano. Un par de turistas alemanes observan al grupo de cabezas inclinadas.

Dos noches después, Miles va a orar a Graffiti, una iglesia Bautista del Sur, que anteriormente fue una sinagoga, en el Lower East Side. El pastor, Taylor Field, un hombre de 63 años con una cola de caballo canosa y pantalones cargo negros, podría pasar por un baterista exhausto. Se mudó de Oklahoma a Nueva York hace 32 años para trabajar como jardinero de la iglesia y al comienzo predicaba en una de las típicas tiendas convertidas en iglesias (storefront churches). Hace casi una década mudó Graffiti al edificio de la antigua sinagoga.

Field saluda a Miles con un tono cansino y toma de la pared una fotografía enmarcada para mostrarle los antros de ventas de drogas que en alguna época atestaban su calle. «Pasó de ser un lugar de crack a un lugar de culto», comenta. El servicio vespertino es un asunto privado. Los cinco integrantes del personal de la iglesia, jóvenes y entusiastas, superan en número a los feligreses. La mayor parte del servicio consiste en cantos y en un breve sermón pronunciado por Field sobre la importancia de las diferencias. «Es un gran, gran reino –dice–. ¿No los alegra que todos seamos distintos?». Después del servicio, Miles va a la oficina de Field para preguntarle cómo maneja el abuso doméstico en su iglesia. Field le cuenta que a lo largo de los años le pidieron que interveniera en una cantidad de situaciones difíciles y que en algunos casos no estaba seguro de haberlas manejado bien. Una vez, recibió un puñetazo cuando se interpuso entre una víctima y su abusador; otra vez, un hombre lo apuntó con un arma.

«Intenté ser un salvador, pero la situación me superó», dice. Es educado, pero la presencia de una periodista lo pone nervioso. «No soy más que un pastor local», afirma, haciendo énfasis en que no está capacitado para hablar sobre política o reformas dentro de la Convención Bautista del Sur. Pero tanto a él como a Miles la «agitación» del momento les parece emocionante, porque es una oportunidad para preguntarse: «¿Qué dice en verdad la Palabra de Dios?». Toda lectura de las Escrituras implica una interpretación y esta pregunta es tan antigua como la fe. «Siempre está dando vueltas», agrega. Al igual que muchos otros líderes evangélicos, piensa que el cambio debe venir desde adentro. «Somos todos tribales», le dice a Miles. Cuando el encuentro finaliza, la invita a orar. Y ella comienza: «Rezo para que esto despierte a los pastores que necesitan despertar».


Nota: la versión original de este artículo en inglés fue publicada con el título «Silence Is Not Spiritual: The Evangelical #MeToo Movement» en The New Yorker, 15/6/2018.

Traducción: Rodrigo Sebastián.