Opinión

El primer año de gobierno de Sebastián Piñera: entre el desconcierto y la emergencia

El triunfo de la derecha en la quinta elección presidencial en Chile después del retorno a la democracia en 1990 no dejó de ser una sorpresa, especialmente por su controvertido rol en el quiebre de la democracia en Chile en 1973. La forma en que asumió el poder, en medio de las réplicas del megasismo que asoló al país el 27 de febrero de 2010, ofrece un contexto marcado por la emergencia. Basta señalar que 48% de los proyectos aprobados correspondió a iniciativas vinculadas a la reconstrucción. A ello se sumó el exitoso rescate de 33 mineros. El hecho, que develó las deplorables condiciones laborales en las minas, le permitió a Sebastián Piñera hablar de la “chilean way”, entendida como una forma de hacer las cosas bien y con sentido de urgencia.

El primer año de gobierno de Sebastián Piñera: entre el desconcierto y la emergencia

El triunfo de la derecha en la quinta elección presidencial en Chile después del retorno a la democracia en 1990 no dejó de ser una sorpresa, especialmente por su controvertido rol en el quiebre de la democracia en Chile en 1973. La forma en que asumió el poder, en medio de las réplicas del megasismo que asoló al país el 27 de febrero de 2010, ofrece un contexto marcado por la emergencia. Basta señalar que 48% de los proyectos aprobados correspondió a iniciativas vinculadas a la reconstrucción. A ello se sumó el exitoso rescate de 33 mineros. El hecho, que develó las deplorables condiciones laborales en las minas, le permitió a Sebastián Piñera hablar de la “chilean way”, entendida como una forma de hacer las cosas bien y con sentido de urgencia. El 11 de marzo se cumple un año de su instalación, lo que da la oportunidad para un primer balance de su gestión. ¿En función de qué criterios? El más inmediato es la revisión de sus promesas de campaña. El actual presidente prometió que haría lo mismo que sus antecesores, aunque mejor, bajo la consigna de “la nueva forma de gobernar”. Sus prioridades fueron crecimiento económico, más empleo y combate a la delincuencia. Bajo esos parámetros debería tener una buena nota: Chile recuperó la senda del crecimiento, el nivel de empleo ha crecido y los índices de temor y de victimización muestran un descenso. Pero las encuestas dicen otra cosa. Rompiendo una tendencia habitual en el país, su popularidad ha estado por debajo de la de su equipo, salvo por el momento estelar que supuso el rescate minero. Algo también inusual es que, por momentos, la desaprobación es mayor que la aprobación. Una primera explicación alude a su déficit en aquellos atributos que Michelle Bachelet introdujo en la política chilena: honestidad, credibilidad y cercanía. Otros esgrimen que no separó sus negocios de la política con la celeridad esperada. Una tercera señalaría que el contraste entre buenos indicadores objetivos y la evaluación subjetiva crítica pasa porque, si bien se crearon nuevos empleos (la mayoría en la categoría “por cuenta propia”), estos están lejos de ser buenos empleos. Pero lo que más debate viene generando es su estilo de liderazgo. En un país orgulloso de su solidez institucional, la prensa habla de “piñerismo” para reflejar su exacerbado personalismo. Sus propios partidos resintieron, desde el comienzo, el carácter tecnocrático de su gabinete y la poca consideración que merecen, especialmente la Unión Demócrata Independiente. Luego de la movilización de la región de Magallanes por el alza del precio del gas, Piñera realizó su primer cambio ministerial, integrando a dos senadores con experiencia política. Está por verse si ello solucionará las debilidades políticas de un gobierno que, además de no lograr ordenar razonablemente sus propias filas, no cuenta con mayoría parlamentaria. Algunas de sus decisiones han resultado desconcertantes como, por ejemplo, el alza de impuestos para financiar la reconstrucción. El intento por sumar temas ajenos a las preocupaciones de su sector como el medio ambiente o los derechos humanos y deslastrarse, de paso, de la derecha tradicional, ha llevado a acuñar la expresión Nueva Derecha, inspirada esencialmente en la forma en que David Cameron, en el Reino Unido, supo arrebatar al Laborismo emblemáticas banderas de lucha. Mientras tanto, las entrañas del gobierno se ven tensionadas entre liberales y conservadores, especialmente en los llamados temas valóricos. En el campo de la igualdad de género, visibilizado por Bachelet como un asunto de Estado, se ha retrocedido a una visión familista y conservadora. A ello se suma el intento por desmantelar la institucionalidad de género, creada en 1990 y reconocida internacionalmente. En cuanto a la Concertación, devenida en una parte de la oposición, además de estar situada en el Congreso se ve desafiada a constituir la oposición social y cultural que no tiene. Desplegó un comportamiento errático, parcialmente entendible por el escaso margen que ofrece un régimen hiperpresidencial. Por otro lado, se ha visto internamente tensionada entre lógicas inerciales y demandas por configurar un nuevo referente que avance hacia una nueva mayoría social y política. Ad portas de su segundo año, mientras el gobierno ha prometido que impulsará “siete reformas estructurales” a fin de acallar a quienes critican la insuficiencia de un relato meramente eficientista, se levantan dos tipos de voces: las que afirman que, por la continuidad, se asiste a un “quinto” gobierno de la Concertación y aquellas que advierten intenciones de refundación política y en la que los embates privatizadores constituirían, apenas, un aspecto más.

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