Coyuntura

El PRI como orilla de la democracia. Después de las elecciones de 2010 en México

La persistencia del PRI quedó confirmada en las últimas elecciones, en las que el viejo partido obtuvo nueve de las 12 gubernaturas en disputa. El artículo sostiene que la alternancia en el poder federal se dio mediante un mecanismo que identifica al PRI como enemigo de la democracia, lo cual exportó efectos graves para la búsqueda de un orden político democrático. En la actualidad, el PRI funciona como un punto límite que constituye un adentro democrático. Y, por lo tanto, pasó teatralmente de enemigo a amigo central de la democracia. Así, el PRI sigue ocupando una orilla central en la vida pública del país (y en la vida privada también), a pesar de que con mucha probabilidad se trata de un espacio vacío.

El PRI como orilla de la democracia. Después de las elecciones de 2010 en México

Las pasadas elecciones del 4 de julio han producido un panorama preocupante en la política mexicana. Se eligieron 12 nuevos gobernadores estatales y hubo elecciones generales en 14 estados. Al respecto, se ha dicho que todos los partidos perdieron y ganaron «algo». ¿Cómo es eso? En efecto, el histórico y otrora hegemónico Partido Revolucionario Institucional (PRI) perdió tres gubernaturas, que representaban algunos de sus bastiones históricos desde el punto de vista territorial, como Oaxaca, Puebla y Sinaloa, donde la alternancia política había estado ausente hasta este año. Lo mismo sucedió en otros estados, incluso en aquellos que en esta ocasión estuvieron en disputa, como los casos de Zacatecas y Tlaxcala (que perdió el Partido de la Revolución Democrática, PRD) y Aguascalientes (que estaba en manos del oficialista Partido Acción Nacional, PAN), en ambos casos después de 12 años consecutivos de gobierno. Sin embargo, el PRI ganó nueve de las 12 gubernaturas en disputa (entre ellas, las tres que perdieron el PRD y el PAN) y corroboró así que aún tiene un peso más que significativo en la vida pública de México, no solo en su existencia político-electoral, donde, por cierto, después de esta elección controlará aproximadamente 50% del territorio. Más aún, las derrotas que sufrió el PRI en Oaxaca, Puebla y Sinaloa fueron el resultado de alianzas electorales entre partidos tan distantes como el PRD y el PAN, que hace un par de años se antojaban como irrealizables, sobre todo después de los efectos políticos y sociales que produjo la pasada elección presidencial. De hecho, por lo menos en los casos de Oaxaca y Puebla ya aparecían desde hacía dos años los síntomas irreversibles de lo que se confirmó el pasado julio: los salientes gobernadores –Ulises Ruiz, de Oaxaca, y Mario Marín, «el gober precioso», de Puebla– encabezaban desde 2008 la lista de los peores gobernadores en términos de reputación, con un 4,4% y 4,6% respectivamente, según la Encuesta Nacional 2008 del Gabinete de Comunicación Estratégica.

Además de confirmar uno de los signos más evidentes de la política nacional, en el sentido del profundo desdibujamiento de los mecanismos de socialización de la política democrática a través de los partidos, aquí hubo solo perdedores desde el punto de vista democrático (que, como sabemos, no se puede circunscribir exclusivamente a los procesos electorales). Y el caso más flagrante es el lugar político, social y legal que ocupa el PRI después de diez años de no tener en sus manos la silla presidencial.

Una democracia sin amigos

¿Cuál es el lugar que cubre, representa y vuelve efectivo el PRI desde la pérdida del Poder Ejecutivo federal en 2000? En primer término, es quizá la expresión de un pasado en tránsito que instaló en el tiempo democrático presente un régimen permanente de paradojas, sobre todo desde el momento en que se ha vuelto una fisura de nuestra experiencia histórica, un indicio de nuestro desgano para desplazarnos como sociedad y como proceso democrático hacia un lugar menos estéril y, por qué no decirlo, menos imposible. Digo menos imposible porque lo que necesita México es precisamente destrabar las contradicciones postergadas –y, por consiguiente, no resueltas– que siguen ordenando desde hace varias décadas la vida pública-estatal del país. Todo ello, en medio de la otra vanagloria democrática actual, encabezada por el gobierno federal pero también por el PAN y el PRD, al presentar y representar al PRI como una suerte de nunca más, pero que más bien expresa lo contrario, ya que la pretensión suicida de las llamadas alianzas electorales de 2010 solo manifiesta un objetivo: construir un dique político, un nunca más frente al PRI, que sin embargo sigue ahí, con un vigor inédito, sin oponerle prácticas y procesos político-electorales de distinto calado, sin ofrecer un nuevo locus para el desarrollo de la vida pública democrática.

En segundo término, las elecciones de 2010 nos permiten construir un balance crítico de la alternancia que se abrió en 2000, cuando Vicente Fox ganó, por vez primera en la larga historia política del siglo XX mexicano, la Presidencia de la República a través de un partido distinto al PRI. Esas elecciones funcionaron, política y simbólicamente, como una suerte de «quiebra del tiempo»; es decir, fue una fecha que cinceló hasta la actualidad una fascinación perturbadora en tanto escansión democrática inaugural que nos persigue a todos lados: después de 2000, nada sería igual en el escenario político mexicano. Y en efecto, nada ha sido igual, ya que a partir de esa inauguración democrática algo quedó completamente bloqueado. Es decir, no apareció en el horizonte un proceso de reinvención de los mecanismos políticos, no solo de acceso al poder sino de producción de orden democrático.

La revelación más palpable de este fenómeno es que el PRI es tiempo y lugar presente. ¿Qué quiere decir esto? Desde el momento en que lo volvieron el enemigo de todas aquellas voces y acciones que enarbolaban la bandera de la democratización del país en las últimas dos décadas del siglo XX («habrá democracia cuando el PRI esté fuera de Los Pinos»), el deseo de sacarlo de la Presidencia fue tan fuerte y violento que terminó en una circularidad obsesiva, un regreso a lo mismo. A fuerza de repetir la necesidad de «sacarlo» del poder y de «borrarlo» del lugar que había ocupado por decenios (incluso, en los casos más dramáticos, con espirales crecientes de violencia), lo volvieron el antagonista (el otro) de su propio protagonismo: lo uno en una soledad total y bajo la forma de una imposibilidad nuevamente necesaria. ¡Qué peculiar batalla! Volverlo un enemigo de sí mismo: el PRI y su sombra, el PRI y su Estado, el PRI y sus paradojas, el PRI como necesidad para todos los otros (partidos, oposiciones, ciudadanías) que empezaban a girar por fuera del centro de gravedad que mantenía aún en pie, permitiéndole con ello moverse en modo casi nuevamente perfecto. Como señala Gerardo Ávalos Tenorio,