Tema central

El populismo latinoamericano: entre la democratización y el autoritarismo

La relación entre el populismo y la democratización ha sido un tema central en los debates académicos. La bibliografía ha oscilado entre visiones que entienden el populismo como un peligro para la democracia, que puede llevar a la conformación de regímenes autoritarios, e interpretaciones que lo analizan como un movimiento de ruptura que democratiza los sistemas institucionales excluyentes. Este trabajo analiza estos debates en las tres olas populistas latinoamericanas: el populismo clásico que va desde la década de 1940 hasta los 70, el neopopulismo de los 90 y el populismo de izquierda ejemplificado por los regímenes de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa.

El populismo latinoamericano: entre la democratización y el autoritarismo

Los legados del populismo clásico

Para Gino Germani, el populismo era una forma de dominación autoritaria que incorporaba a los excluidos de la política. Fue un fenómeno ligado a la transición de sociedades tradicionales a la modernidad. La relación entre Juan Domingo Perón y sus bases en Argentina fue personal y carismática. Sus visitas a plantas y sindicatos, los actos masivos, «junto con una amplia utilización de los medios masivos, especialmente la radio, fue[ron] uno de los factores centrales para erigir la figura de Perón en la del ‘hombre’, el único que podía ayudar a los trabajadores»1. En esta visión, el liderazgo de Perón se asentó en una «cultura política criolla (…) basada no solamente en la aceptación pasiva de un gobernante autoritario, legitimado por la tradición o aceptado por su carisma, sino también enraizada en el sentimiento del derecho a participar»2. La «democracia inorgánica», según Germani, es una forma de entender la democracia como participación política no mediada por instituciones y que puede subordinarse a la adhesión a liderazgos autoritarios.

Desde una óptica opuesta, la teoría de la dependencia entendió el populismo como una fase en la historia de la región ligada a políticas de sustitución de importaciones. Los populismos irrumpen en contextos de crisis de los regímenes oligárquicos. Fueron movimientos multiclasistas de la burguesía industrial, la clase media y el proletariado. Los regímenes nacional-populares fueron vistos como democratizadores, pues expandieron el electorado y basaron su legitimidad en ganar elecciones limpias. La política económica de los populistas redistribuyó el ingreso, subió los salarios mínimos y promocionó la organización sindical. En muchos casos se lograron transformaciones estructurales como la reforma agraria. Además, en sociedades racistas, estos gobiernos incluyeron a los más pobres y a los no blancos, representándolos como los baluartes de la verdadera nacionalidad.

Pese a los rasgos autoritarios de los liderazgos populistas que manipularon a la clase obrera a través de la demagogia, que atacaron a la izquierda organizada y que cooptaron a los trabajadores a través de prebendas, la bibliografía dependentista reconoce sobre todos sus efectos en promocionar la «democratización fundamental de América Latina»3. Esto se basa en políticas económicas redistributivas, en el nacionalismo, en la intervención estatal y en la promoción de la organización y la participación popular. La incorporación populista dejó su legado en la manera en que se entiende la democracia en América Latina. Enrique Peruzzotti señala que, si bien las elecciones limpias son la base de las credenciales democráticas del populismo, una vez que el pueblo ha votado, los populistas consideran que el electorado debe someterse políticamente al líder. Perón, por ejemplo, manifestó: «Le hemos dado al pueblo argentino la oportunidad de elegir, en las elecciones más libres y honestas de la historia argentina, entre nosotros y nuestros adversarios. El pueblo nos ha elegido, por lo tanto ese dilema está solucionado. En Argentina, se hace lo que decidimos»4. Esta visión de la democracia no toma en consideración los mecanismos de rendición de cuentas más allá de las elecciones y tampoco presta atención a las formalidades de la democracia liberal, pues el líder encarna los deseos populares de cambio, y los mecanismos que protegen a las minorías, así como las formas de representación liberales y los mecanismos institucionales de la democracia representativa, son considerados como impedimentos para que se exprese la voluntad popular encarnada en el líder. La representación populista asume una identidad de intereses entre el pueblo y su líder, autoerigido como el símbolo y la encarnación de la Nación.

El populismo entendió la democracia como la ocupación de espacios públicos de los cuales los pobres y los no blancos estaban excluidos, más que como el respeto a las normas e instituciones de la democracia liberal. A diferencia de las formas de participación liberal que buscan «implementar un sistema basado en la institucionalización de la participación popular y el imperio de la ley», las formas populistas se basan en una incorporación estética o litúrgica, más que institucional5.

La ocupación de espacios a través de marchas, mitines políticos y asambleas se ha dado junto con discursos maniqueos a favor del pueblo, construido como la encarnación de las virtudes y los valores «auténticos» de la nación, y en contra de la oligarquía «corrupta y vendepatria». El populismo es un discurso que divide a la sociedad en dos campos antagónicos: el pueblo contra la oligarquía. El pueblo, debido a sus privaciones, es el depositario de lo auténtico, lo bueno, lo justo y lo moral. El pueblo se enfrenta al antipueblo o a la oligarquía, que representa lo inauténtico o extranjero, lo malo, lo injusto y lo inmoral. La política se transforma en lo moral, y aun en lo religioso. No hay posibilidades de compromisos ni de diálogos, y todos los conflictos políticos son dramatizados como enfrentamientos entre campos antagónicos6.

Las ambigüedades del neopopulismo para la democratización

Los dependentistas, al igual que los teóricos de la modernización, utilizaron teorías acumulativas del populismo que lo definen como un tipo de alianza de clase, políticas económicas distributivas y una etapa en el desarrollo de la región. Pero un nuevo grupo de académicos, en su mayoría cientistas políticos, dejaron de ligar el populismo con la estructura de clases, con políticas económicas distributivas o con etapas de desarrollo. Kurt Weyland, por ejemplo, lo definió como una estrategia política para llegar al poder o ejercerlo con la que líderes personalistas buscan el apoyo directo no mediado ni institucionalizado de un gran número de seguidores7. Algunos académicos consideran que el neopopulismo es más compatible que el populismo clásico con la democracia liberal8. Estas apreciaciones se basan en trabajos sobre las transformaciones del discurso peronista por parte del presidente Carlos Menem (1989-1999) en Argentina. Así, Marcos Novaro argumenta que Menem anuló el rasgo de antagonismo social del discurso peronista. A partir del colapso de la última dictadura, el Partido Justicialista empezó un proceso de reformas y renovación. Los peronistas aceptaron la democracia y cambiaron su visión sobre la lucha política. Los antiguos enemigos se transformaron en adversarios que tienen el derecho de existir y expresar sus opiniones9. Estos cambios en el discurso peronista, sin embargo, no estuvieron acompañados por un cambio en la actitud de Menem, quien gobernó a través de decretos de necesidad y urgencia e invocando privilegios exclusivos para el Poder Ejecutivo.

  • 1. Carlos de la Torre: director del Programa de Estudios Internacionales de la Universidad de Kentucky. Ha sido becario de la John Simon Guggenheim Foundation y del Woodrow Wilson Center for International Studies. Su libro más reciente es Populism of the Twenty First Century, coeditado con Cynthia Arnson (Johns Hopkins University Press, Baltimore, 2013).Palabras claves: populismo clásico, neopopulismo, inclusión, democracia, América Latina.. G. Germani: «El surgimiento del peronismo. El rol de los obreros y de los migrantes internos» en Carolina Mera y Julián Rebón (eds.): Gino Germani: la sociedad en cuestión, Clacso, Buenos Aires, 2010, p. 618.
  • 2. Ibíd., p. 627.
  • 3. Carlos Vilas: «Estudio preliminar. El populismo o la democratización fundamental de América Latina» en C. Vilas (ed.): La democratización fundamental. El populismo en América Latina, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, df, pp. 11-118.
  • 4. E. Peruzzotti: «Populismo y representación democrática» en C. de la Torre y E. Peruzzotti (eds.): El retorno del pueblo. El populismo y nuevas democracias en América Latina, Flacso, Quito, 2008, p. 109.
  • 5. José Álvarez Junco: «El populismo como problema» en J. Álvarez Junco y Ricardo González Leandri (eds.): El populismo en España y América, Catriel, Madrid, 1994, pp. 25-26.
  • 6. Osvaldo Iazzeta: «Democracia y dramatización del conflicto en la Argentina kirchnerista (2003-2011)» en Isidoro Cheresky (ed.): ¿Qué democracia en América Latina?, Clacso / Prometeo, Buenos Aires, 2012, pp. 281-303.
  • 7. K. Weyland: «Clarifying a Contested Concept: Populism in the Study of Latin American Politics» en Comparative Politics vol. 34 No 1, 2001, p. 12.
  • 8. Ibíd., p. 16.
  • 9. M. Novaro: «Los populismos latinoamericanos transfigurados» en Nueva Sociedad No 144, 7-8/1998, pp. 90-104, disponible en www.nuso.org/upload/articulos/2517_1.pdf.