Tema central

El populismo latinoamericano: entre la democratización y el autoritarismo

La relación entre el populismo y la democratización ha sido un tema central en los debates académicos. La bibliografía ha oscilado entre visiones que entienden el populismo como un peligro para la democracia, que puede llevar a la conformación de regímenes autoritarios, e interpretaciones que lo analizan como un movimiento de ruptura que democratiza los sistemas institucionales excluyentes. Este trabajo analiza estos debates en las tres olas populistas latinoamericanas: el populismo clásico que va desde la década de 1940 hasta los 70, el neopopulismo de los 90 y el populismo de izquierda ejemplificado por los regímenes de Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa.

El populismo latinoamericano: entre la democratización y el autoritarismo

Los legados del populismo clásico

Para Gino Germani, el populismo era una forma de dominación autoritaria que incorporaba a los excluidos de la política. Fue un fenómeno ligado a la transición de sociedades tradicionales a la modernidad. La relación entre Juan Domingo Perón y sus bases en Argentina fue personal y carismática. Sus visitas a plantas y sindicatos, los actos masivos, «junto con una amplia utilización de los medios masivos, especialmente la radio, fue[ron] uno de los factores centrales para erigir la figura de Perón en la del ‘hombre’, el único que podía ayudar a los trabajadores»1. En esta visión, el liderazgo de Perón se asentó en una «cultura política criolla (…) basada no solamente en la aceptación pasiva de un gobernante autoritario, legitimado por la tradición o aceptado por su carisma, sino también enraizada en el sentimiento del derecho a participar»2. La «democracia inorgánica», según Germani, es una forma de entender la democracia como participación política no mediada por instituciones y que puede subordinarse a la adhesión a liderazgos autoritarios.

Desde una óptica opuesta, la teoría de la dependencia entendió el populismo como una fase en la historia de la región ligada a políticas de sustitución de importaciones. Los populismos irrumpen en contextos de crisis de los regímenes oligárquicos. Fueron movimientos multiclasistas de la burguesía industrial, la clase media y el proletariado. Los regímenes nacional-populares fueron vistos como democratizadores, pues expandieron el electorado y basaron su legitimidad en ganar elecciones limpias. La política económica de los populistas redistribuyó el ingreso, subió los salarios mínimos y promocionó la organización sindical. En muchos casos se lograron transformaciones estructurales como la reforma agraria. Además, en sociedades racistas, estos gobiernos incluyeron a los más pobres y a los no blancos, representándolos como los baluartes de la verdadera nacionalidad.

Pese a los rasgos autoritarios de los liderazgos populistas que manipularon a la clase obrera a través de la demagogia, que atacaron a la izquierda organizada y que cooptaron a los trabajadores a través de prebendas, la bibliografía dependentista reconoce sobre todos sus efectos en promocionar la «democratización fundamental de América Latina»3. Esto se basa en políticas económicas redistributivas, en el nacionalismo, en la intervención estatal y en la promoción de la organización y la participación popular. La incorporación populista dejó su legado en la manera en que se entiende la democracia en América Latina. Enrique Peruzzotti señala que, si bien las elecciones limpias son la base de las credenciales democráticas del populismo, una vez que el pueblo ha votado, los populistas consideran que el electorado debe someterse políticamente al líder. Perón, por ejemplo, manifestó: «Le hemos dado al pueblo argentino la oportunidad de elegir, en las elecciones más libres y honestas de la historia argentina, entre nosotros y nuestros adversarios. El pueblo nos ha elegido, por lo tanto ese dilema está solucionado. En Argentina, se hace lo que decidimos»4. Esta visión de la democracia no toma en consideración los mecanismos de rendición de cuentas más allá de las elecciones y tampoco presta atención a las formalidades de la democracia liberal, pues el líder encarna los deseos populares de cambio, y los mecanismos que protegen a las minorías, así como las formas de representación liberales y los mecanismos institucionales de la democracia representativa, son considerados como impedimentos para que se exprese la voluntad popular encarnada en el líder. La representación populista asume una identidad de intereses entre el pueblo y su líder, autoerigido como el símbolo y la encarnación de la Nación.

El populismo entendió la democracia como la ocupación de espacios públicos de los cuales los pobres y los no blancos estaban excluidos, más que como el respeto a las normas e instituciones de la democracia liberal. A diferencia de las formas de participación liberal que buscan «implementar un sistema basado en la institucionalización de la participación popular y el imperio de la ley», las formas populistas se basan en una incorporación estética o litúrgica, más que institucional5.

La ocupación de espacios a través de marchas, mitines políticos y asambleas se ha dado junto con discursos maniqueos a favor del pueblo, construido como la encarnación de las virtudes y los valores «auténticos» de la nación, y en contra de la oligarquía «corrupta y vendepatria». El populismo es un discurso que divide a la sociedad en dos campos antagónicos: el pueblo contra la oligarquía. El pueblo, debido a sus privaciones, es el depositario de lo auténtico, lo bueno, lo justo y lo moral. El pueblo se enfrenta al antipueblo o a la oligarquía, que representa lo inauténtico o extranjero, lo malo, lo injusto y lo inmoral. La política se transforma en lo moral, y aun en lo religioso. No hay posibilidades de compromisos ni de diálogos, y todos los conflictos políticos son dramatizados como enfrentamientos entre campos antagónicos6.

Las ambigüedades del neopopulismo para la democratización

Los dependentistas, al igual que los teóricos de la modernización, utilizaron teorías acumulativas del populismo que lo definen como un tipo de alianza de clase, políticas económicas distributivas y una etapa en el desarrollo de la región. Pero un nuevo grupo de académicos, en su mayoría cientistas políticos, dejaron de ligar el populismo con la estructura de clases, con políticas económicas distributivas o con etapas de desarrollo. Kurt Weyland, por ejemplo, lo definió como una estrategia política para llegar al poder o ejercerlo con la que líderes personalistas buscan el apoyo directo no mediado ni institucionalizado de un gran número de seguidores7. Algunos académicos consideran que el neopopulismo es más compatible que el populismo clásico con la democracia liberal8. Estas apreciaciones se basan en trabajos sobre las transformaciones del discurso peronista por parte del presidente Carlos Menem (1989-1999) en Argentina. Así, Marcos Novaro argumenta que Menem anuló el rasgo de antagonismo social del discurso peronista. A partir del colapso de la última dictadura, el Partido Justicialista empezó un proceso de reformas y renovación. Los peronistas aceptaron la democracia y cambiaron su visión sobre la lucha política. Los antiguos enemigos se transformaron en adversarios que tienen el derecho de existir y expresar sus opiniones9. Estos cambios en el discurso peronista, sin embargo, no estuvieron acompañados por un cambio en la actitud de Menem, quien gobernó a través de decretos de necesidad y urgencia e invocando privilegios exclusivos para el Poder Ejecutivo.

Pero el neopopulismo no siempre fue compatible con la democracia liberal. Steven Levistky y James Loxton argumentan que el populismo de Alberto Fujimori en Perú devino en un gobierno competitivo autoritario10. Este es un tipo de gobierno civil elegido en las urnas pero en un contexto en el que la cancha electoral favorece sistemáticamente a los candidatos del gobierno. Estos autores argumentan que los populismos exitosos llevan a regímenes autoritarios competitivos. Los populistas son outsiders que no han sido socializados en las reglas del juego democrático y en la política parlamentaria del compromiso. Surgen en contextos de crisis de los partidos y de las instituciones políticas, sobre todo del Parlamento. Llegan al poder con el mandato de terminar con el dominio de los políticos tradicionales y de refundar la democracia. Fujimori caracterizó la democracia peruana como basada en la «palabrería» y buscó reemplazar el dominio de los partidos por una democracia «más eficiente que resuelva nuestros problemas»11. Al llegar al poder sin el respaldo de partidos, y cuando varias instituciones del Estado estaban en manos de partidos tradicionales, el incentivo fue asaltar las instituciones de la democracia representativa, como la Corte Suprema, el Congreso o el Tribunal electoral. Esto llevó a crisis institucionales que se resolvieron de manera no democrática.

El populismo radical: ¿enemigo o redentor de la democracia?

Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa se parecen a los neopopulistas por haber irrumpido con una postura en contra del dominio de la partidocracia, pero se diferencian de ellos en que sus políticas económicas nacionalistas y redistributivas son opuestas al neoliberalismo. Se parecen más bien a los populistas clásicos. Estos líderes no se ven a sí mismos como políticos regulares que han sido elegidos por un periodo determinado. Se sienten portadores de misiones míticas, tales como alcanzar la segunda independencia para forjar democracias que superen los vicios de la democracia liberal. La misión de Chávez fue liderar la Revolución Bolivariana que construiría el socialismo del siglo XXI y el Estado comunal. Correa se presenta como el líder de la Revolución Ciudadana, que busca rescatar la soberanía nacional y favorecer a los pobres con políticas redistributivas. Morales está embarcado en lo que entiende es una revolución cultural anticolonial y en la creación de una sociedad plurinacional en la que coexista la democracia representativa con formas comunales e indígenas de democracia.

La bibliografía sobre la relación de estos gobiernos con la democracia oscila entre visiones que los caracterizan como alternativas a los regímenes excluyentes de la partidocracia neoliberal o bien como autoritarios. Muchos académicos argumentan que Hugo Chávez, Rafael Correa y Evo Morales innovaron la democracia. Sus credenciales democráticas se asientan en su compromiso con la justicia social y en políticas económicas y sociales que pusieron fin al neoliberalismo. El Estado tiene un papel central en el control de los recursos naturales, en la distribución del ingreso y en la protección de los más pobres y vulnerables. Estos gobiernos han democratizado sus sociedades convocando asambleas constituyentes participativas para revertir los déficits de la democracia liberal. Se redactaron nuevas constituciones que expandieron los derechos y establecieron modelos de democracia participativa, directa y, en el caso de Bolivia, comunal. Estos líderes han ganado elecciones limpias y han desplazado del poder a elites políticas corruptas. Su retórica populista glorifica e incluye simbólicamente a los excluidos. Los sectores populares, se argumenta, han respondido incrementando su participación política12.

Los académicos que se enfocan en el aspecto liberal de la democracia, que garantiza los derechos de la oposición, el pluralismo y las libertades civiles, tienen una evaluación contraria. Argumentan que estos gobiernos son autoritarios pues concentran el poder en el Ejecutivo, construyen a los opositores como enemigos malignos que atentan en contra de los intereses del proceso revolucionario, están en guerra con los medios privados de comunicación y las elecciones se dan en condiciones que favorecen a quienes están en el poder sin dar las mismas garantías a la oposición13.

Debido a que los populismos concentran el poder en el líder y limitan a los contrapoderes, devienen en regímenes híbridos14. Son una nueva forma de autoritarismo que utiliza instrumentos democráticos como las elecciones para promover resultados no democráticos, como la exclusión de los rivales políticos. Weyland argumenta que Chávez, Correa y Morales llegaron al poder en contextos de bonanza de los precios de los recursos naturales que permitieron que sus políticas económicas tuvieran mayor autonomía de los dictados del mercado y de los organismos internacionales. A diferencia de los populismos de derecha de Fujimori y Menem, que combatieron la hiperinflación, estos líderes luchan por reformas estructurales y de largo plazo como la reducción de la desigualdad y de la pobreza. Sus políticas estatistas les dan más control sobre la economía que las políticas neoliberales que redujeron el poder del Estado. Los populistas de izquierda son parte de un nuevo bloque antihegemónico que no busca el apoyo de los organismos internacionales y que más bien crea pactos económicos regionales y globales antineoliberales. No están siempre limitados por las recomendaciones y la aprobación de organismos multilaterales que velan por las libertades democráticas y que son caracterizados como defensores de los privilegios del antiguo régimen. Considerando todos estos factores, Weyland señala que los efectos negativos de estos regímenes en contra de la democracia serán más duraderos que los ataques coyunturales de los populismos de derecha, que se asentaron en bases más frágiles15.

Comparto las críticas sobre los rasgos autoritarios de estos gobiernos y sobre la visión normativa que sostiene que sin libertades individuales e instituciones fuertes se atenta contra la posibilidad de que la sociedad civil se organice y exprese sin la injerencia del Estado. Sin embargo, me parece que también hay que tomar en consideración los aspectos incluyentes y democratizadores que se han dado en estos gobiernos. La democratización, como señala Robert Dahl, no solo garantiza los derechos de la oposición para que compita en condiciones de igualdad, pueda criticar al gobierno y ofrezca puntos de vista alternativos; también promueve la participación y la inclusión16. Si se evalúa a los gobiernos populistas de izquierda con estos parámetros, sus credenciales democráticas mejoran. Después de todo, basan su legitimidad en ganar elecciones limpias, y sus políticas sociales a favor de los pobres han reducido la desigualdad. De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), la pobreza se redujo en Venezuela de 48,6% en 2002 a 29,5% en 2011; en Bolivia, disminuyó de 62,4% en 2002 a 42,4% en 2010; en Ecuador, finalmente, bajó de 49% en 2002 a 32,4% en 201117.Las políticas públicas y económicas de estos gobiernos han puesto fin al neoliberalismo, pero hacen diferentes énfasis en cómo promueven la participación popular. En Venezuela y Ecuador, las iniciativas políticas vienen desde el Ejecutivo, mientras que en Bolivia los movimientos sociales limitan las acciones del gobierno y tienen iniciativas autónomas. En Venezuela y Bolivia se han creado mecanismos institucionales para promover la participación sobre todo en el nivel local, mientras que en Ecuador la participación se reduce al voto.

El gobierno de Chávez implementó la democracia participativa y protagónica. Algunos argumentan que esta es diferente «a la democracia burguesa, esto es, al mero sistema político representativo», y que se basa en el «ejercicio real y cotidiano del poder por las grandes mayorías populares»18. El gobierno de Chávez creó varias instancias para institucionalizar la democracia participativa y protagónica, de los cuales los más estudiados han sido los círculos bolivarianos y los consejos comunales. Los círculos bolivarianos funcionaron entre 2001 y 2004 y tuvieron un rol importante en las protestas en contra del golpe de Estado contra Chávez en 2002. Si bien es indudable que estos círculos incrementaron la participación popular y politizaron a sectores previamente excluidos, no están basados en la «clase de autonomía que la democracia requiere»19. Funcionaron con criterios clientelares para transferir recursos y se basaron en mecanismos de mediación carismática entre el líder y sus seguidores, que no permiten la autonomía de las bases.

Luego del triunfo electoral de Chávez en 2006, se radicalizó el proceso con el objetivo de construir el socialismo del siglo XXI y el Estado comunal. En palabras de Chávez, «el poder popular es alma, nervio, hueso, carne y esencia de la democracia bolivariana, de la democracia revolucionaria, de la democracia verdadera»20. Un estudio basado en encuestas a 1.200 consejos comunales ilustra que la mayor parte de sus proyectos han sido sobre infraestructura pública, urbanismo y servicios. Este estudio sostiene que «hay un proceso progresivo de protagonismo y responsabilidad popular en la construcción de respuestas colectivas en la búsqueda de un mejor vivir»21. La encuesta del Centro Gumilla señala que 84% de los encuestados se involucran en las acciones de los centros comunales22, pero estas conclusiones no son compartidas por todos los estudiosos. Por ejemplo, en sus estudios etnográficos sobre instituciones de democracia participativa en Caracas, Margarita López Maya señala que la participación se reduce a un grupo de personas politizadas con anterioridad y con experiencias participativas, y existen dificultades para incorporar a otras personas de la comunidad23.

Críticos y defensores de los consejos comunales sostienen que tienen los mismos problemas y virtudes que los círculos bolivarianos. Si bien han incrementado la participación y han empoderado a sectores antes excluidos, el liderazgo personalista y carismático de Chávez ha reducido la autonomía de las propuestas e iniciativas que vienen desde las bases24. Además, como señala el periodista Ian Bruce, los consejos comunales dependen de las decisiones unilaterales y centralizadas del presidente sobre cuánto dinero distribuir, en qué y cómo gastarlo. Así se transforma a los miembros de los consejos en «ejecutores de proyectos públicos en pequeña escala neutralizando su potencial político para ser quienes construyan una nueva sociedad y un nuevo Estado comunitario»25.

El gobierno de Correa es diferente pues no promueve la participación en el nivel local ni ha creado instituciones de democracia participativa. En su régimen convive el discurso populista con el dominio de los tecnócratas26. Una elite de expertos está a cargo de la elaboración de políticas públicas que van desde el plan nacional de desarrollo hasta políticas de educación y comunicación del régimen. Los expertos dicen hablar en nombre de toda la nación y no de intereses particulares ni de grupos sociales calificados como corporativistas, como maestros, indígenas o servidores públicos. El líder actúa como si encarnara la voluntad popular. Los tecnócratas consideran que están más allá de los particularismos de la sociedad y que pueden diseñar políticas que beneficien a toda la nación. En ese marco, el líder y los técnicos ven a la sociedad como un espacio vacío donde pueden diseñar instituciones y prácticas nuevas. Todas las instituciones existentes son consideradas como corruptas y dignas de ser renovadas. Las reacciones defensivas de los movimientos sociales a la penetración del Estado refuerzan la visión del líder de que su proyecto de redención universalista es resistido por una serie de enemigos egoístas, particularistas y corporativistas. Asumiendo que posee la verdad que viene del saber de los expertos y de la voz unitaria del pueblo encarnada en el líder, el gobierno desdeña el diálogo. El disenso es interpretado como traición a la misión de reestructuración del Estado, la cultura, la economía y la sociedad. Como resultado, el gobierno de Correa, que prometió una revolución ciudadana, está minando las bases que garantizan ciudadanías autónomas al promover la formación de masas agradecidas. Los conflictos de Correa con el movimiento indígena, por ejemplo, se basan en diferentes visiones sobre la explotación de los recursos naturales. Correa ve el futuro del país en la minería, que dará medios para combatir la pobreza, mientras que indígenas y ecologistas buscan sistemas alternativos de desarrollo que no estén basados en la explotación de los recursos naturales. Los conflictos con el movimiento indígena también fueron provocados porque el gobierno transfirió el control de la educación intercultural de manos de las organizaciones indígenas al Estado. La estrategia del gobierno es establecer relaciones directas con las bases indígenas para aislar a la organización más poderosa, la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie). Correa ve a los indígenas y a los ecuatorianos pobres como beneficiarios de las políticas distributivas del régimen. Cuando estos articulan ideas propias sobre el desarrollo o la democracia son estigmatizados como «infantilistas de izquierda» manipulados por ONG extranjeras.

Evo Morales, por su parte, llegó al poder en el pico del ciclo de protestas de los movimientos sociales en contra del neoliberalismo y de la partidocracia. Su partido, el Movimiento al Socialismo (MAS), tiene orígenes en los movimientos sociales y en redes de sindicatos campesinos y de organizaciones indígenas. Estas organizaciones comparten una tradición comunitaria de discusión de los problemas y toma de decisiones colectivas27. Los movimientos tienen una cultura política de participación activa y presionan para que los líderes sean responsables ante quienes los pusieron en posiciones de autoridad. El presidente Morales sigue las prácticas de democracia comunal cuando discute sus políticas con los movimientos sociales. Por ejemplo, dio un informe de labores de su primer año de gobierno a los sindicatos y las organizaciones indígenas. Discute con estas organizaciones sus políticas públicas como la Ley de Educación, la política sobre la coca y la seguridad social28. Si bien para algunos académicos estas reuniones, que pueden durar hasta 20 horas, están basadas en la participación de todos, otros consideran que prima la imposición de los criterios de Morales.

La relación del presidente boliviano con los movimientos sociales es caracterizada por Fernando Mayorga como «flexible e inestable», pues ha ido desde la cooptación hasta la independencia29. Por ejemplo, los movimientos organizados en el Pacto de Unidad tuvieron un papel independiente y activo en la Asamblea Constituyente. En 2007 se reagruparon en la Coordinadora Nacional por el Cambio (Conalcam), presidida por Morales para movilizar a sus seguidores en una coyuntura de luchas intensas en contra de la oposición. Los movimientos sociales marcharon para apoyar al gobierno y en 2008 estuvieron al frente de la campaña a favor de Morales en el referendo revocatorio en el que fue ratificado con 67% de los votos. Sin embargo, no todos los movimientos sociales están subordinados al presidente. En 2011, varios de ellos protagonizaron protestas en contra del incremento de los precios de la gasolina y marcharon en contra del plan del gobierno de construir una carretera en el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Secure (TIPNIS).

Los gobiernos de Chávez, Morales y Correa prometieron poner fin a las exclusiones del neoliberalismo, mejorar la calidad de la democracia y resolver los problemas de participación y representación de las democracias liberales. Sin embargo, sus propuestas no valoraron los procedimientos de la democracia liberal por entenderlos como impedimentos para que se exprese la voluntad popular encarnada en el líder. Estos gobiernos concentraron el poder en el Ejecutivo, sin independencia de los diferentes poderes del Estado, restringen a los medios de opinión privados y redujeron los espacios para que la oposición participe en las elecciones en condiciones de igualdad. En Venezuela se crearon organizaciones sindicales paralelas y organizaciones populares dependientes del Ejecutivo a la vez que, como en Ecuador, se fragmenta, debilita y coopta a las organizaciones autónomas de la sociedad civil. Sin embargo, y a diferencia de Venezuela y Ecuador, el liderazgo de Morales se asienta en movimientos sociales que no permiten que este se apropie de la voluntad popular.

El populismo y el pueblo

El concepto de pueblo es central en la manera en que el populismo entiende la democracia. El discurso populista construye al pueblo y a las elites como polos antagónicos. Los líderes populistas dicen encarnar los deseos y virtudes del pueblo, prometen devolverle a este el poder y redimirlo del dominio de elites políticas, económicas y culturales. Pero como señala la filósofa política Sofia Näström, el pueblo es «uno de los conceptos más usados y abusados en la historia de la política»30. No es un dato primario, es ante todo una construcción discursiva que representa a la vez a toda la sociedad y a un sector de esta, los excluidos31. Las elites todavía usan el concepto de pueblo para descalificar y estigmatizar a las masas como peligrosas. Sostienen que la «chusma» y el «populacho» atentan en contra de la democracia y la civilidad. Pero el pueblo a su vez es invocado como un «ser mítico». El pueblo «no es únicamente la fuente de legitimidad política sino la promesa de redención de la opresión, la corrupción y la banalidad»32.

Las imágenes de peligros de la plebe, heredados de las visiones decimonónicas de la psicología de las masas y de las teorías de la sociedad de masas, todavía informan cómo las elites y los medios representan al pueblo en América Latina. Se teme a la masa porque es irracional y atenta contra la democracia. Las elites construyen a los excluidos como incapaces de tener un discurso racional. Jacques Rancière sostiene que, para no reconocer a alguien como un ser político, no se escucha o no se entiende lo que sale de su boca como discurso. Anota por ejemplo que el patriciado romano rechazó escuchar los sonidos emitidos por las bocas de los plebeyos como discursos33.

También se distingue a los ciudadanos racionales que debaten en la esfera pública de las masas que se dejan llevar por sus emociones. Así, desde Germani se han usado representaciones de la masas irracionales para descalificar a los seguidores populistas como cercanos a la barbarie.

Para contrarrestar estas representaciones se ha construido al pueblo como el portador de virtudes míticas. El historiador de la Revolución Francesa Jules Michelet lo concibió como «el nuevo Cristo porque lleva en sí dos tesoros: el primero, la virtud del sacrificio, y el segundo, formas instintivas de vida que son más valiosas que todos los conocimientos sofísticos de los llamados hombres cultos»34. El populismo es una política de reconocimiento simbólico y cultural de las despreciadas clases bajas. Transforma las humillaciones de la chusma en fuentes de dignidad. Los excluidos son la fuente de toda virtud, y los que los humillan y marginan se convierten en la despreciada oligarquía «vendepatria». Los populistas son famosos por transformar los estigmas del pueblo en virtudes. Perón transformó a «los descamisados» y a los «cabecitas negras» en la fuente de la verdadera argentinidad. De manera similar, la despreciada y temida «chusma» colombiana y ecuatoriana se transformó en la amada y bendita chusma de Jorge Eliécer Gaitán y de José María Velasco Ibarra.

El discurso populista agrupa las opresiones de clase, étnicas y culturales en dos campos irreconciliables: el pueblo que comprende a la nación y a lo popular contra la oligarquía maligna y corrupta. La noción de lo popular incorpora la idea de conflicto antagonista entre dos grupos, con la visión romántica de la pureza y la bondad natural del pueblo. Como resultado, lo popular es imaginado como una entidad homogénea, fija e indiferenciada35. Los líderes populistas actúan como si conocieran quién es el pueblo y cuál es su voluntad. El pueblo no se enfrenta a adversarios sino a enemigos morales. Los enemigos representan una amenaza que debe ser erradicada. Durante la huelga general de la oposición, por ejemplo, Chávez manifestó: «Esto no es entre Chávez y los que están en contra de Chávez, sino que entre los patriotas y los enemigos de la patria»36.

Los populistas no aceptan las reglas de juego. Buscan destrozar el orden institucional existente y reemplazarlo con un régimen que no excluya al pueblo. A diferencia de los políticos, que actúan con la premisa de que no siempre estarán en el poder, la fantasía de la unidad del pueblo «abre la puerta a la percepción del ejercicio del poder como una posesión y no una ocupación temporal»37. Los populistas concentran el poder y reducen los espacios para que se exprese la oposición, pues consideran que hay enemigos conspirando permanentemente. Su objetivo es estar en el poder hasta transformar el Estado y la sociedad. Debido a que el pueblo es entendido como la plebe –los más pobres y excluidos–, ejecutan políticas en beneficio de estos sectores. Los populistas incorporan a los excluidos redistribuyendo recursos materiales, confrontando los valores de la cultura popular con la dominación de las elites y dando voz a quienes están desmotivados o excluidos de la política.

Los movimientos sociales que dicen hablar en nombre del pueblo limitan la tentación populista de construir al pueblo como un sujeto homogéneo y el empeño del líder de autoproclamarse como la encarnación de la voluntad popular. En Bolivia, por ejemplo, el gobierno de Morales está sometido a negociaciones con movimientos sociales que han logrado frenar iniciativas estatales. Correa y Chávez han actuado como si fuesen la vox populi. Ganar elecciones y tener altos índices de popularidad los certifican no solo como los únicos representantes legítimos, sino como la voz y «la encarnación misma del pueblo»38.

Las visiones míticas del pueblo, que son una respuesta a los estigmas que usan las elites, pueden llevar a fantasías autoritarias. Si el pueblo es visto como homogéneo, si la imagen del pueblo es transparente, si no se reconocen sus divisiones internas, si se argumenta que el pueblo unitario lucha en contra de sus enemigos externos, el peligro es la creación de la imagen autoritaria del «pueblo como uno»39.

Claude Lefort señaló que las revoluciones del siglo XVIII abrieron el espacio político-religioso ocupado por la figura del rey. En su libro Los dos cuerpos del rey, Ernst Kantorowicz analizó cómo el monarca, al igual que Dios, era omnipresente porque constituía el cuerpo de la política sobre el que gobernaba. Igual que el hijo de Dios que fue enviado para redimir el mundo, era hombre y Dios, tenía un cuerpo natural y uno divino, y ambos eran inseparables40. La democracia, señala Lefort, transforma el espacio antes ocupado por el rey en un espacio vacío que los mortales solo pueden ocupar temporalmente:

La democracia nació del rechazo a la dominación monárquica, del descubrimiento colectivo de que el poder no pertenece a nadie, que quienes lo ejercen no lo encarnan, que solo son los encargados temporales de la autoridad pública, que la ley de Dios o de la naturaleza no se asienta en ellos, que no poseen el conocimiento final sobre el mundo y el orden social, que no son capaces de decidir lo que cada persona tiene el derecho de hacer, pensar, decir o comprender.41

El advenimiento de las revoluciones del siglo XVIII, argumenta Lefort, a su vez generó un principio que podía poner en peligro el espacio democrático. La soberanía popular entendida como un sujeto encarnado en un grupo, un estrato o una persona podría clausurar el espacio vacío a través de la idea del «pueblo como uno»42. Para Lefort, la modernidad se mueve entre el espacio abierto de la democracia y el totalitarismo, basado en el poder del ególatra que clausura ese espacio abierto. Lo que Lefort no analiza es cómo y cuándo los proyectos totalitarios no devienen en regímenes autoritarios debido a la resistencia de las instituciones o de la sociedad civil. Tampoco considera la posibilidad de que existan regímenes que no sean plenamente totalitarios o plenamente democráticos43.El filósofo político Isidoro Cheresky utiliza la noción de poder semiencarnado para analizar los gobiernos de Chávez, Morales y Correa44. El poder se identifica en un proyecto o un principio encarnado en una persona que es casi pero no totalmente insustituible, pues la encarnación del proyecto puede desplazarse hacia otro líder. La idea de poder semiencarnado también ayuda a conceptualizar las condiciones institucionales y los procesos que limitan la tentación de un líder de ser la única y verdadera voz de todo el pueblo. Las instituciones de la democracia mitigan la tentación de un líder de convertirse en la encarnación del pueblo. Osvaldo Iazzetta demuestra, a partir de los traumas de la dictadura de los años 70 y de un análisis de los riesgos de las concepciones populistas de la política (la lucha entre amigos y enemigos), cómo la democracia argentina se construyó bajo la idea del adversario y no del enemigo político. Esto permitió la creación de instituciones y de una sociedad civil que defendía los derechos humanos. Los intentos de los Kirchner de transformar la política en una lucha maniquea entre los buenos y los malos y la dramatización del conflicto con el propósito de polarizar el escenario político y demarcar dos espacios antagónicos son resistidos por una sociedad plural y compleja45. En Venezuela, Bolivia y Ecuador colapsaron los partidos políticos y las instituciones de la democracia. Chávez, al igual que Correa y en menor medida Morales, no fue socializado en las reglas del juego constitucional o en la política del compromiso. Tampoco fue parte de partidos políticos que reevaluaron la democracia luego de experiencias traumáticas con regímenes autoritarios. Al contrario, estos políticos ligaron el neoliberalismo con la democracia liberal y prometieron transformar y refundar todas las instituciones de lo que denominaron la democracia burguesa. Como su objetivo es redimir al pueblo de los vicios y el sufrimiento causados por el neoliberalismo, la globalización y la partidocracia, estos presidentes no ven sus mandatos como uno más en la historia. Más bien los presentan como momentos refundacionales de sus repúblicas, como el nacimiento de la segunda independencia o como el fin del colonialismo. Sus presidencias marcan la disyuntiva entre un pasado opresivo y de sufrimiento y un renacimiento que se enmarca en las luchas de los héroes patrios. Morales, Correa y Chávez dicen encabezar procesos revolucionarios. La revolución acelera el tiempo histórico y obliga a tomar partido. En los momentos de ruptura, la complejidad de lo social se reduce a dos campos nítidos: el campo del líder que encarna al pueblo y las promesas de redención y el campo de los enemigos del líder, del pueblo y de la historia. El mito de la revolución crea la esperanza de que el paraíso se construya en la Tierra y que ponga fin a la opresión y a los sufrimientos del pueblo, considerado como un sujeto liberador. El pueblo ha sufrido, es puro y no ha sido corrompido por los vicios importados por la globalización, el individualismo y el mercado. La historia no termina sino que recién empieza, pues estos líderes recogen las luchas del pueblo y sus próceres y por fin llevarán al pueblo a la redención y al reinado de Dios en la Tierra.

Conclusiones

Este trabajo no considera que el populismo sea un peligro inherente a la democracia pero tampoco entiende que es su redentor. De manera similar a Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser, se analizaron las ambigüedades del populismo en la democratización. Estos autores utilizan la noción de Dahl de que la democratización garantiza los derechos de la oposición para que compita en condiciones de igualdad promoviendo, a su vez, la participación y la inclusión46. El trabajo comparativo de Mudde y Rovira sobre los populismos europeo y latinoamericano ilustra que el populismo es antiliberal pero no necesariamente antidemocrático. El populismo latinoamericano incorpora políticamente a los excluidos, promueve su inclusión material y su inclusión simbólica, pero sin respetar necesariamente los derechos de la oposición.

A diferencia de posiciones claramente normativas a favor de estos regímenes o de críticas que los caracterizan como autoritarios-competitivos, la noción lefortiana de semiencarnación permite analizar algunas ambivalencias del populismo para la democratización. El riesgo de que estos regímenes populistas cierren el espacio democrático está presente pero, a su vez, estos intentos son resistidos por la sociedad civil y por las instituciones de la democracia liberal. Los populistas no son únicamente regímenes híbridos; muchos buscan incrementar la participación y la inclusión de los de abajo. En los populismos, las tensiones entre mayor inclusión y los peligros de la apropiación de la voluntad popular por parte del líder se manifiestan de manera particular en cada caso. Así, los populismos de Correa y Fujimori, pese a promover políticas económicas opuestas, se parecen en que no han promovido la participación más allá de las elecciones y en su visión tecnocrática de la política.

En estos casos, los líderes combinan la apropiación populista de la voluntad popular con la apropiación tecnocrática del conocimiento para transformar la sociedad sin contar con la opinión de los ciudadanos. El populismo de Chávez se mueve entre la promoción de la participación popular y la apropiación de la voluntad popular por parte del líder. Debido a que se han creado mecanismos participativos y se ha movilizado a los de abajo en la lucha en contra de la oposición, los sectores subalternos buscan apropiarse de las iniciativas del Estado para promover sus intereses. Morales, por su parte, no logra apropiarse de la voluntad popular pues su liderazgo se asienta en movimientos sociales autónomos con los que cuenta para negociar con la oposición.

El populismo representa simultáneamente la regeneración de los ideales participativos y de igualdad de la democracia, así como la posibilidad de negar la pluralidad de lo social. Pero sin esta pluralidad, el ideal democrático puede degenerar en formas autocráticas y plebiscitarias de aclamación a un líder construido como la encarnación de la voluntad unitaria del pueblo. Si bien el populismo motiva a que los excluidos y los apáticos participen, las visiones sustantivas de la democracia, entendidas como la voluntad homogénea del pueblo o como la identificación entre el líder y la nación, desconocen el pluralismo y los procedimientos del Estado de derecho. El populismo es una forma de incorporación política que ha tenido rasgos democratizadores y autoritarios. A la vez que regenera la democracia, politiza las desigualdades sociales y las humillaciones cotidianas de los pobres y de los no blancos, el populismo puede generar formas de representación que nieguen las diversidades de la sociedad en la antiutopía de la unidad del pueblo con la voluntad del líder. El populismo se mueve entre la ambigüedad de pensar a la sociedad como una comunidad con intereses homogéneos y la politización de las exclusiones para incorporar a poblaciones relegadas.

  • 1. Carlos de la Torre: director del Programa de Estudios Internacionales de la Universidad de Kentucky. Ha sido becario de la John Simon Guggenheim Foundation y del Woodrow Wilson Center for International Studies. Su libro más reciente es Populism of the Twenty First Century, coeditado con Cynthia Arnson (Johns Hopkins University Press, Baltimore, 2013).Palabras claves: populismo clásico, neopopulismo, inclusión, democracia, América Latina.. G. Germani: «El surgimiento del peronismo. El rol de los obreros y de los migrantes internos» en Carolina Mera y Julián Rebón (eds.): Gino Germani: la sociedad en cuestión, Clacso, Buenos Aires, 2010, p. 618.
  • 2. Ibíd., p. 627.
  • 3. Carlos Vilas: «Estudio preliminar. El populismo o la democratización fundamental de América Latina» en C. Vilas (ed.): La democratización fundamental. El populismo en América Latina, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, df, pp. 11-118.
  • 4. E. Peruzzotti: «Populismo y representación democrática» en C. de la Torre y E. Peruzzotti (eds.): El retorno del pueblo. El populismo y nuevas democracias en América Latina, Flacso, Quito, 2008, p. 109.
  • 5. José Álvarez Junco: «El populismo como problema» en J. Álvarez Junco y Ricardo González Leandri (eds.): El populismo en España y América, Catriel, Madrid, 1994, pp. 25-26.
  • 6. Osvaldo Iazzeta: «Democracia y dramatización del conflicto en la Argentina kirchnerista (2003-2011)» en Isidoro Cheresky (ed.): ¿Qué democracia en América Latina?, Clacso / Prometeo, Buenos Aires, 2012, pp. 281-303.
  • 7. K. Weyland: «Clarifying a Contested Concept: Populism in the Study of Latin American Politics» en Comparative Politics vol. 34 No 1, 2001, p. 12.
  • 8. Ibíd., p. 16.
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  • 10. S. Levistky y J. Loxton: «Populism and Competitive Authoritarianism: The Case of Fujimoris’s Peru» en Cas Mudde y Cristóbal Rovira Kaltwasser (eds.): Populism in Europe and the Americas: Threat or Corrective for Democracy?, Cambridge University Press, Cambridge, 2012, pp. 160-182.
  • 11. Ibíd., p. 172.
  • 12. Gregory Wilpert: Changing Venezuela by Taking Power: The History and Policies of the Chávez Government, Verso, Londres, 2007; Ernesto Laclau: «Consideraciones sobre el populismo latinoamericano» en Cuadernos del Cendes vol. 23 No 64, 2006, pp. 115-120; Álvaro García Linera: Biografía política e intelectual. Conversaciones con Pablo Stefanoni, Franklin Ramírez y Maristella Svampa, Le Monde Diplomatique, La Paz, 2009; D.L. Raby: Democracy and Revolution: Latin America and Socialism Today, Pluto Press, Londres, 2006.
  • 13. S. Levitsky y J. Loxton: «Populism and Competitive Authoritarianism in the Andes» en Democratization vol. 20 No 1, 2013, pp. 116-117; K. Weyland: «The Threat from the Populist Left» en Journal of Democracy vol. 24 No 3, 7/2013, pp. 18-32.
  • 14. Javier Corrales y Michael Penfold: Dragon in the Tropics: Hugo Chávez and the Political Economy of Revolution in Venezuela, Brookings Institution Press, Washington, dc, 2011, p. 149.
  • 15. K. Weyland: «The Threat from the Populist Left», cit.
  • 16. C. Rovira Kaltwasser: «The Ambivalence of Populism: Threat or Corrective for Democracy» en Democratization, 2011, pp. 1-25.
  • 17. Cepal: Panorama social de América Latina 2012, onu, Santiago de Chile, 2013, disponible en www.cepal.org/publicaciones/xml/5/48455/PanoramaSocial2012.pdf.
  • 18. Vladimir Acosta: «El socialismo del siglo xxi y la revolución bolivariana. Una reflexión inicial» en Margarita López Maya (ed.): Ideas para debatir el socialismo del siglo xxi, Alfa, Caracas, 2007, pp. 21-31.
  • 19. Kirk Hawkins y David Hansen: «Dependent Civil Society: The Círculos Bolivarianos in Venezuela» en Latin American Research Review vol. 41 No 1, 2006, pp. 102-132.
  • 20. Citado por Arturo Sosa: «Reflexiones sobre el poder comunal» en M. López Maya (ed.): Ideas para debatir el socialismo del siglo xxi, cit., p. 52.
  • 21. Jesús Machado (coord.): Estudio de los consejos comunales en Venezuela, Fundación Centro Gumilla, Caracas, 2008, p. 50, disponible en http://gumilla.org/files/documents/Estudio-Consejos-Comunales01.pdf.
  • 22. Ibíd., p. 23.
  • 23. M. López Maya: «Los consejos comunales en Caracas vistos por sus participantes: una exploración» en Política & Sociedade vol. 10 No 18, 4/2011.
  • 24. G. Wilpert: ob. cit.
  • 25. I. Bruce: The Real Venezuela: Making Socialism in the Twenty-First Century, Pluto Press, Londres, 2008, p. 163.
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  • 27. John Crabtree: «From the mnr to the mas: Populism, Parties, the State, and Social Movements in Bolivia Since 1952» en C. de la Torre y Cynthia Arnson (eds.): Populism of the Twenty First Century, The Johns Hopkins University Press / Woodrow Wilson Center Press, Baltimore-Washington, dc, 2013, pp. 269-295.
  • 28. Á. García Linera: ob. cit., p. 90.
  • 29. F. Mayorga: «Bolivia: populismo, nacionalismo e indigenismo» en I. Cheresky (ed.): ¿Qué democracia en América Latina?, cit., pp. 235-251.
  • 30. S. Näström: «The Legitimacy of the People» en Political Theory vol. 35 No 3, 2007, p. 324.
  • 31. E. Laclau: «Populism: What’s in a Name?» en Francisco Panizza (ed.): Populism and the Mirror of Democracy, Verso, Londres, 2005, p. 48.
  • 32. Margaret Canovan: The People, Polity Press, Cambridge, 2005, p. 123.
  • 33. J. Rancière: Staging the People: The Proletariat and His Double, Verso, Nueva York, 2011, p. 37.
  • 34. Citado en J. Álvarez Junco: «Magia y ética en la retórica política» en J. Álvarez Junco (ed.): Populismo, caudillaje y discurso demagógico, Centro de Investigaciones Sociológicas, Madrid, 1987, p. 251.
  • 35. Leonardo Avritzer: Democracy and the Public Sphere in Latin America, Princeton University Press, Princeton, 2002, p. 72.
  • 36. José Pedro Zúquete: «The Missionary Politics of Hugo Chávez» en Latin American Politics and Society vol. 50 No 1, 2008, p. 105.
  • 37. Benjamin Arditi: Politics at the Edge of Liberalism, Edinburgh University Press, Edimburgo, 2007, p. 83.
  • 38. E. Peruzzotti: ob. cit., p. 110.
  • 39. Claude Lefort: The Political Forms of Modern Society: Bureaucracy, Democracy, Totalitarianism, The mit Press, Cambridge, 1986.
  • 40. Edmund Morgan: Inventing the People: The Rise of Popular Sovereignty in England and America, W.W. Norton & Company, Nueva York, 1988, p. 17.
  • 41. C. Lefort: Complications: Communism and the Dilemmas of Democracy, Columbia University Press, Nueva York, 2007, p. 114.
  • 42. Andrew Arato: «Lefort, the Philosopher of 1989» en Constellations vol. 19 No 1, 2012, p. 28.
  • 43. E. Laclau: On Populist Reason, Verso, Londres-Nueva York, 2005, p. 166. [Hay edición en español: La razón populista, fce, Buenos Aires, 2005].
  • 44. I. Cheresky: «Mutación democrática, otra ciudadanía, otras representaciones» en I. Cheresky (ed.): ob. cit., p. 33.
  • 45. O. Iazzetta: ob. cit., p. 285.
  • 46. C. Mudde y C. Rovira Kaltwasser (eds.): ob. cit.