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El modelo Putin: de la normalización política a la crisis de Ucrania

Vladímir Putin –en el poder desde hace 15 años– se ha sostenido sobre la ideología y la consigna de la estabilidad. Los ingresos petroleros le permitieron políticas de estímulo al consumo que fueron creando una clase media de nuevo tipo. El modelo Putin se basa en una «democracia dirigida», que repuso el rol del Estado frente a las peleas intraoligárquicas de la era Yeltsin y logró cierta estabilidad. La tesis central de este artículo es que una crisis similar a la que se estaba gestando en Rusia estalló primero en Ucrania y modificó el escenario político, al provocar un enfrentamiento con Occidente y poner en primer plano lemas de «dignidad nacional».

El modelo Putin: de la normalización política a la crisis de Ucrania

Se suele considerar a Rusia como un país que ha sufrido la crisis económica mundial menos que otros. En verdad, en 2008 el país sobrevivió a una violenta depresión, en la cual la caída de la producción resultó más significativa que en la mayoría de las economías desarrolladas. Sin embargo, ya al año siguiente comenzó un periodo de crecimiento, aunque bastante limitado. A esta recomposición contribuyeron las moderadas medidas keynesianas, destinadas a estimular la demanda. Estas medidas, además, fueron dictadas no solo por la tendencia del gobierno a alejarse de la habitual ortodoxia neoliberal, sino por el temor a la insatisfacción de la población que se reveló a fines de 2011. En las condiciones en que se desencadenaron manifestaciones de protesta en Moscú y San Petersburgo, los círculos dirigentes no se arriesgaron a llevar a cabo un conjunto de medidas antisociales planeadas con anterioridad, que amenazaban con ampliar seriamente la cantidad de insatisfechos.

Como resultado de estos estímulos, la economía rusa mostró en 2012 resultados relativamente razonables, lo que, como algo extraordinario, atrajo la atención de Europa occidental, donde se desencadenaba una crisis financiera. El nivel de vida y la ocupación también se recuperaron relativamente rápido. Una cuestión diferente es hasta qué punto resultaron serios los «daños» ocasionados por la crisis a la propia estructura de la sociedad y del Estado. La recomposición de la economía ocultó las contradicciones estructurales, y la tranquilidad política relativa, después del declive de las protestas de 2011-2012, enmascaró la modificación radical en la correlación de las fuerzas sociales y el potencial creciente en la sociedad para un estallido nuevo y mucho más serio.

El «diálogo social» de Vladímir Putin

Las manifestaciones de los años 2011 y 2012 suelen ser leídas como una protesta de la clase media, que está irritada contra el gobierno autoritario de Vladímir Putin y aspira a la democratización del sistema político. Sin embargo, la clase media de Moscú y San Petersburgo, que constituyó el caldo de cultivo fundamental de la protesta, fue precisamente un producto de la política de Putin, edificada sobre el estímulo al consumo debido al crecimiento de los ingresos del petróleo. La política tributaria del gobierno, excesivamente liberal en relación con las grandes empresas, y la disposición del Estado a cerrar los ojos frente a los llamados «esquemas grises», mediante los cuales las empresas medianas y pequeñas evadían el pago de impuestos, crearon las condiciones para cierta redistribución del ingreso en provecho de la clase media. Como en las organizaciones estatales, también en las corporaciones privadas creció rápidamente la cantidad de colaboradores con funciones indefinidas y altas retribuciones. Surgió una capa de gerentes, consultores, expertos, representantes de una «clase creativa», que en su momento crearon una demanda de servicios específicos, comenzando por el negocio del turismo, que creció velozmente, y terminando por proyectos culturales y de entretenimiento de toda clase. Primero en Moscú y San Petersburgo, y después en otras grandes ciudades, comenzaron a aumentar rápidamente los precios de los inmuebles. Esto, a su vez, estimuló un boom de la construcción, que estuvo acompañado por la escasez cada vez más aguda de viviendas en el sector de las edificaciones de «clase económica»: la abrumadora mayoría de los nuevos edificios estaban proyectados para clientes ricos, y el viejo fondo de viviendas soviético caducaba y era sustituido por viviendas más caras, para las cuales la gente no tenía suficiente dinero.

Aunque la crisis de 2008 llevó a una drástica reducción de la ocupación y de los ingresos de la clase media de las capitales1, el shock no fue continuo ni profundo. Durante los últimos dos años, estos grupos fueron recuperando su posición anterior e incluso la consolidaron. Así y todo, la crisis demostró que el nivel alcanzado y la calidad de vida no estaban garantizados para ellos. Además, el alza de precios, que prosiguió en 2010, aventajó claramente el incremento de los salarios. En la clase media creció una particular tensión social, más vinculada a la desconfianza hacia el futuro que a sus problemas más inmediatos. La irritación parecía dirigida sobre todo contra el Estado, que gastaba demasiado dinero en la ayuda a los pobres, programas sociales, industrialización, defensa, etc., en lugar de crear condiciones favorables para el florecimiento de esa «clase creativa».

La situación con los gastos sociales también resultó muy contradictoria. Pese a su visión filantrópica, el gobierno lograba destinar cada vez más fondos al apoyo de programas sociales y elevaba así el nivel de vida de las capas más pobres de la población, de los jubilados, de los médicos, de los maestros y de los empleados estatales, que en los años 90 llevaban una vida miserable. Semejante munificencia se explicaba por los ingresos, que crecían constantemente, gracias a la venta de petróleo y otros combustibles. Como resultado, el aumento de los gastos sociales no redundó para las grandes empresas en una carga tributaria demasiado pesada, aunque los ideólogos empresariales, se entiende, afirmaran lo contrario.

La consigna y la ideología del gobierno de Putin –tanto en su función de presidente como de primer ministro– fueron la «estabilidad»2. En el plano político, el sistema de gobierno constituido fue a menudo considerado una «democracia dirigida». Por un lado, estaban presentes los signos externos de un gobierno formalmente democrático, desde la competencia de candidatos en las elecciones hasta una efectiva libertad de palabra que no influyó de ninguna manera en el accionar del gobierno. Los ingresos petroleros parecían suficientes para satisfacer a todos, aunque no en igual medida.

Otro logro importante de la época de Putin fue la estabilización de la elite. El gobierno tuvo éxito en poner fin a la guerra entre clanes que desgarró a la oligarquía rusa en la década de 1990. Se celebró un principio de compromiso coercitivo: el Estado estaba dispuesto a considerar los intereses de todos los grupos, a condición de que estos respetaran determinadas reglas de juego. Los oligarcas que no accedían a obedecer esas reglas eran sometidos no solo a represión por parte del poder, sino, lo que no es menos importante, al ostracismo por parte de sus colegas de negocios. El desgraciado destino de los millonarios Vladímir Gusinski, Mijaíl Jodorkovski y Boris Berezovski (fallecido en 2013) –cuyos negocios abarcaban petróleo, banca, mass media y otros rubros estratégicos– no fue ajeno a esos cambios. Estos tres empresarios integraban el grupo de las personas más influyentes en los años de gobierno de Boris Yeltsin y no quisieron resignar sus posiciones de privilegio en tiempos del nuevo presidente. De modo que fueron socavando la lógica del compromiso general que radicaba en la base del «sistema Putin». El resultado del enfrentamiento fue previsible: los tres tuvieron que emigrar y Jodorkovski, además, pasó diez años en la cárcel.

  • 1. Moscú y San Petersburgo [N. del E.].
  • 2. Putin ejerció la Presidencia de Rusia entre 2000 y 2008 y regresó al cargo en 2012; en el ínterin, ocupó el cargo de primer ministro, con Dmitri Medvédev –su «delfín»– a la cabeza del Poder Ejecutivo [N. del E.].