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El mito de la energía en México

En 2008, tras una aparatosa discusión,el Congreso mexicano aprobó la reforma petrolera. La cuestión es crucial: el petróleo ha sido el soporte de la economía mexicana en los últimos 30 años y hoy cubre buena parte del desequilibrio comercial y aporta entre 30% y 40% de las finanzas públicas. Pero el petróleo es mucho más que una fuente de ingresos: es el gran mito de la Revolución y uno de los pilares en que descansa la comunidad imaginaria. Por eso, la declinación en la producción y la evidente ineficiencia de Pemex no son cuestiones técnicas sino asuntos complejos y sensibles que articulan política, economía e ideología.

El mito de la energía en México

En 2008, el gobierno mexicano intentó reformar el marco jurídico de la energía. Específicamente, del petróleo. Se trató del más importante esfuerzo por modificar la manera en que México enfrenta sus requerimientos energéticos. Si se quiere ver positivamente, la discusión de estos temas constituye en sí misma un gran avance; si se quiere ver desde una perspectiva menos optimista, el resultado de esa discusión fue un fracaso, puesto que, si bien se logró mejorar parcialmente el marco jurídico de Pemex, la empresa petrolera estatal, no parece que eso vaya a tener un impacto muy significativo ni en el sector energético ni en la economía mexicana. Sin embargo, no es posible entender el tema energético en México sin conocer, así sea superficialmente, la historia reciente del país. Por un lado, el petróleo ha sido el soporte de la economía mexicana en los últimos 30 años; cubre buena parte del desequilibrio comercial y entre 30% y 40% de las finanzas públicas. Por otra, en México el petróleo es un gran mito o, si se prefiere, el núcleo del mito fundacional de la comunidad imaginaria.

En realidad, los detalles de la reforma discutida y aprobada no tienen mucha importancia. Lo relevante es que Pemex expresa la concreción de la Revolución Mexicana, la referencia más clara del nacionalismo revolucionario, la construcción cultural que dio legitimidad al régimen autoritario que sufrió México durante el siglo XX. Al mismo tiempo, el petróleo es la explicación de por qué la transición política en México fue pacífica, pero también incompleta. Es esa telaraña la relevante: ideología, historia, economía y política. Las cuestiones técnicas, sean jurídicas o petroleras, no tienen la menor importancia.

Por eso, aunque parezca extraño, es necesario dedicarle un espacio a repasar cómo fue que se construyó el régimen de la Revolución Mexicana, porque el tema del petróleo en México no es técnico ni económico. Es más: no se limita a la esfera política, sino que borda en el gran mito en el que se sostiene la «identidad nacional». Un mito que, no cabe duda, tiene los días contados, pero que es todavía lo suficientemente fuerte como para impedir debates racionales acerca del petróleo.

El México del siglo XX

Para México, el siglo XX es el siglo de la Revolución Mexicana, la guerra civil que dio origen a un régimen político muy particular, tal vez el único régimen corporativo exitoso del mundo. Su éxito debe buscarse precisamente en su capacidad de construir una fuente de legitimidad que le permitió gobernar el país por más de medio siglo sin enfrentar mayores dificultades. La Revolución Mexicana no es otra cosa que esa fuente de legitimidad: es una construcción cultural que le da sentido a la violencia, pero también a la historia nacional.

El proceso de construcción del mito fundacional se inició con los primeros vencedores de la guerra civil, genéricamente llamados «sonorenses» por el estado en que nacieron: Álvaro Obregón, presidente entre 1920 y 1924, quien sería asesinado a pocos días de regresar a la Presidencia, en 1928, y Plutarco Elías Calles, presidente entre 1924 y 1928 y el hombre fuerte que mantuvo el control político del país a partir del asesinato de Obregón, hasta su expulsión por orden de Lázaro Cárdenas, en 1935. En esos 15 años hubo en verdad pocos cambios en relación con lo que había sido el México de don Porfirio Díaz, el dictador que gobernó de 1884 a 1911 de forma ininterrumpida y contra el cual, cuenta el mito revolucionario, se levantó el pueblo.

Es decir, Obregón y Calles no modificaron de manera sustancial la manera en que Díaz y Benito Juárez, presidente del país en varias ocasiones entre 1858 y 1872, habían gobernado México. El régimen político siguió siendo un régimen de hombres fuertes, mientras que la orientación económica mantuvo las mismas líneas iniciadas por Juárez y desarrolladas ampliamente por Porfirio. Se trataba de un «liberalismo autoritario» en el que las variantes eran muy pocas y circunstanciales. Más aún, los grandes cambios reflejados en la Constitución promulgada en 1917 no se tradujeron en hechos durante esos gobiernos. Las conquistas laborales, por ejemplo, deben más al proceso de industrialización realizado durante el Porfiriato que a la Ley Federal del Trabajo, que no se publicará sino hasta 1931. La hacienda, que en el mito es el símbolo del Porfiriato, siguió funcionando prácticamente sin cambios hasta 1936. Durante los gobiernos de los sonorenses, tan solo se repartieron 4,2 millones de hectáreas, equivalentes a 2% del territorio nacional.

El verdadero cambio llegó con Lázaro Cárdenas. Fue él quien tuvo la habilidad no solo de desplazar a Calles, sino de construir un régimen político distinto. Es decir, fue Cárdenas quien dio inicio a un nuevo conjunto de reglas que limitan el poder y quien definió un nuevo conjunto de valores que guían la acción política y económica del país.

En la esfera político-social, Cárdenas tomó los esbozos sindicalistas y construyó con ellos el pilar obrero del Estado. Lo hizo mediante movilizaciones no vistas antes ni después: en 1935, prácticamente uno de cada dos obreros se encontraba en huelga en algún momento del año. Cárdenas las utilizó para desplazar a Calles y para subordinar el movimiento laboral al Estado. De inmediato, neutralizó las movilizaciones y dirigió la acción pública hacia la reforma agraria, con lo cual destruyó la hacienda como unidad productiva relevante, se deshizo de los terratenientes como actores políticos y construyó el pilar campesino del Estado. Si se quiere, institucionalizó el agrarismo que, por cierto, es un fenómeno de los años 20, no de los años de la guerra civil.

En materia político-administrativa, Cárdenas subordinó a la Suprema Corte de Justicia mediante la eliminación de la inamovilidad de los ministros y el establecimiento de un periodo de seis años, coincidente con la Presidencia; subordinó a los gobernadores, desplazando a los callistas, y asumió el control del Banco de México a partir de 1938. No era necesario subordinar al Congreso, eso ya lo había hecho Calles.