Opinión

El Frente Amplio en la encrucijada Debates, tensiones y matices en la izquierda uruguaya

El principal partido de la izquierda progresista uruguaya se encuentra en un proceso de tensiones y debates internos. El espíritu del Frente Amplio, la fuerza gobernante en el país, ha sido siempre el de la resolución de las divergencias a través de los consensos. Concebido como una gran familia en la que conviven diferentes grupos que representan tradiciones e ideologías políticas distintas, el Frente Amplio tiene ahora el desafío de promover una nueva mirada progresista para Uruguay. En ese proceso debería evitar convertirse en aquello que nunca ha querido ser: una izquierda radical de mera vocación testimonial y pasaje anecdótico por el poder, o una socialdemocracia descafeinada que pierde su base social.

El Frente Amplio en la encrucijada / Debates, tensiones y matices en la izquierda uruguaya

Considerado un referente político para buena parte de la izquierda y el progresismo latinoamericano, el Frente Amplio (FA) es una creación uruguaya que ha demostrado una gran capacidad de sobrevivencia y una razonable habilidad de gobierno. La sola reproducción de su nombre a manera de «marca» prestigiosa en muchos países de la región es un indicador de su notoriedad y popularidad. Incluso desde fuera del país se lo ve como uno de los bastiones que resiste el supuesto «cambio de ciclo» que parece llevarse puesto a buena parte de los gobiernos progresistas de América Latina, sustituyéndolos por otros de tintes neoliberales, de clara tendencia conservadora, o simplemente derechistas. Un análisis desde Uruguay no debe ignorar esa valoración, pero también necesita señalar que hay nubarrones en el horizonte y ellos comprometen no solo sus chances electorales sino también su proyecto político.

El FA es una gran familia en la que conviven en tensión creativa diferentes grupos que representan tradiciones e ideologías políticas distintas. Éstas se organizan en torno a un compromiso político que combina complejos mecanismos de contrapeso interno (los famosos checks and balances en la jerga técnica) que regulan su funcionamiento, con una cultura política de búsqueda de acuerdos y adopción de decisiones por consenso. Aunque los locales ya estamos acostumbrados, para quienes lo miran desde fuera del país es relativamente difícil entender dónde está la clave que explica que grupos que van desde el Partido Comunista al Partido Demócrata Cristiano, pasando por el socialismo, la socialdemocracia y distintas vertientes de izquierda latinoamericanista y grupos de inspiración nacional-popular, puedan acordar en temas tan diversos y mantenerse unidos por más de cuatro décadas, incluyendo casi tres lustros de gobierno nacional.

Esa trayectoria ha sido posible porque el FA se ha concebido siempre como una alianza programática y no como un acuerdo ideológico. Eso permite a los diferentes grupos mantener su identidad, a la vez que establecer acuerdos que tienen como base una dimensión macro (grandes principios, más bien cercanos a valores) y una dimensión meso (relacionadas con la orientación y los grandes contenidos de las principales políticas públicas en un período de gobierno). Los ejecutivos electos a escala nacional y subnacional gozan así de cierta dosis de autonomía, encuadrada por esas directivas y en ciertos casos controlada por los organismos partidarios.

La estructura se combina con un estilo de relacionamiento interno que implica diálogo y negociación política permanente, en una dinámica en la que el esfuerzo principal se concentra en buscar un consenso aceptable para todas las partes. Es por eso que cuando se logra una síntesis política que contempla en alguna medida los intereses diversos respecto a un tema polémico se suele decir: «salimos en clave de Frente Amplio». La expresión alude a la superación de una situación de conflicto interno con una postura que contempla al menos algo de los diferentes puntos de vista que están sobre la mesa.

La lógica del consenso y el «bloque social de los cambios»

En la historia del FA el consenso ha sido posible sobre dos bases: la grandeza de las mayorías y la lealtad de las minorías. Las primeras, aún sabiéndose más numerosas, hacen un esfuerzo por escuchar y tratar de contemplar la visión de las minorías. Estas, habiendo sido integradas al diálogo y la negociación y atendidas en algún aspecto de sus posturas aún siendo menos importantes cuantitativamente, responden apoyando la posición tomada. Estos mecanismos han dado lugar a un estilo histórico de relacionamiento en el que, en muchas oportunidades, llega a ser más importante el proceso que el contenido mismo de esa decisión. La contrapartida de este estilo es que implica costos de transacción relativamente altos, algo que no necesariamente se combina de manera armónica con los tiempos requeridos por la dinámica de gobierno.

La articulación política no termina allí, sino que se traslada «extramuros». El FA siempre ha considerado que su proyecto político está basado en el «bloque social de los cambios», una construcción conceptual que atribuye a los sectores populares un rol relevante en el proceso. Aunque teóricamente variado y diverso, lo cierto es que el movimiento sindical ejerce en ese espacio un rol determinante.

En un país donde persisten dos partidos históricos que están entre los más antiguos del mundo, esa ingeniería política le ha permitido al FA nacer y hacerse un lugar cada vez más importante en la política uruguaya, hasta transformarse hace veinte años en el partido más grande del país y encaramarse en las últimas tres elecciones al gobierno nacional con mayoría parlamentaria propia y rasgos de partido dominante. Adicionalmente, puede exhibir un conjunto de logros nada despreciable: más de una década de crecimiento económico sostenido, baja sustancial de la pobreza y la indigencia, mejora de la distribución del ingreso, reformas importantes con vocación redistributivas en temas laborales, tributarios y de salud y una amplia agenda de derechos que incluyen el matrimonio igualitario, despenalización del aborto y de la venta regulada de marihuana.

¿Giro a la izquierda o defensa del progresismo?

Pero el actual período de gobierno muestra cambios relevantes, que sitúan al FA en otro contexto y en una situación diferente. La moderación del crecimiento económico con problemas agravados en la región han reducido de manera importante las posibilidades de avance en algunas políticas públicas y muestran límites de las herramientas actuales para la continuidad de un modelo redistributivo. El incremento del déficit fiscal también limita el aumento del gasto y cuestiona algunas modalidades de gestión pública. Los cambios en los procesos de integración regional y la nueva realidad proteccionista desafían el modelo de política exterior. El cambio de humor de algunos sectores sociales restringe el margen de maniobra de la política tributaria. Algunos efectos no deseados de ciertas reformas requieren pensar en una «segunda generación», con el consiguiente desgaste político que ello implica.

Adicionalmente, estas cuestiones se plantean en un período en el que parece haberse reducido la eficacia de la articulación política, y en que aumentan y se diversifican demandas y presiones desde el bloque social. Han sido más frecuentes los desajustes entre el gobierno, la bancada parlamentaria y los organismos de la fuerza política, y también más habituales las diferencias de parecer entre estos y grupos y movimientos sociales.

¿Dónde residen las diferencias? Aunque los temas son variados, podrían agruparse en torno a dos grandes grupos: uno que implica desacuerdos de tipo general y otro que supone debates en torno a cuestiones más específicas. En el primer caso han crecido corrientes que sugieren que el «progresismo» está agotado y que el gobierno deberá experimentar un viraje hacia la izquierda, con los consecuentes cambios en algunas líneas de política –por ejemplo, tributación más exigente a ciertos sectores sociales y actores económicos, o cambio en los mecanismos de exenciones fiscales. Estas posturas se enfrentan a quienes consideran que, en el actual contexto económico y político regional y mundial, el gobierno debe priorizar la protección de los avances a través de un manejo macroeconómico prudente en el que existen pocas posibilidades de modificar la frontera tributaria. En el segundo caso, se presentan diferencias en torno a temas concretos como la inserción internacional, para lo que sirve de ejemplo el debate que acaba de escenificarse en el Plenario Nacional del FA respecto al Tratado de Libre Comercio con Chile. Por estrecho margen, una mayoría de los delegados aprobó un conjunto de cambios a un documento de base que restringen de manera importante la posibilidad de firmar acuerdos de libre comercio, lo que cuestiona la aprobación parlamentaria del acuerdo suscrito hace un año por el gobierno y con con el que se habían manifestado de acuerdo la gran mayoría de los legisladores.

A este panorama no es ajena la interna del movimiento sindical. Para su próximo congreso de fines de mayo, también se delinean posturas críticas con el gobierno y algunas políticas del FA, en muchos casos con fuerte apoyo de sindicatos, especialmente algunos del sector público que se ubican en sectores no transables de la economía.

¿Cómo seguir?

Todo este «combo» dibuja un escenario que se caracteriza por bajos niveles de aprobación del presidente Tabaré Vázquez en un clima de opinión en el que predomina el pesimismo económico y desciende el apoyo electoral al FA. Este proceso se combina, al mismo tiempo, con una fuerza política que parece enfrentar cada vez mayores dificultades para lograr consensos. La «clave del Frente Amplio» está siendo más difícil de lograr.

El elemento más importante es que esta situación no cuestiona la persistencia del FA como herramienta política, algo sobre lo que existe un acuerdo extendido, pero sí plantea una gran disyuntiva: ¿cómo seguir?.

Parece bastante claro que la síntesis política que llevó al FA al gobierno en 2004 muestra síntomas evidentes de «fatiga de material», tanto hacia dentro del FA como en la población. Pero menos evidente es cuánto debería tener de mantenimiento y cuánto de cambio una nueva formulación. «Vale tanto lo logrado como lo que queda por hacer» decía un slogan manejado recientemente que, sin duda, intentaba conciliar ambas perspectivas. Pero la nueva síntesis política se antoja más compleja.

«Cómo seguir» no es solamente un interrogante político. En un sistema democrático con regla electoral como es Uruguay, la próxima elección en 2019 es también una prueba crucial. Para entonces, esa nueva síntesis política tiene que ser capaz de construir un relato consistente que a la vez que reivindique logros, reconozca errores, y proponga también una promesa de futuro capaz de entusiasmar.

La tarea por delante está lejos de ser menor, pero para ponerla en perspectiva quizás sería bueno compararla con la que tuvieron planteada hace casi medio siglo los «padres fundadores» que enfrentaron cuestionamientos diversos de sus propias tiendas partidarias y sus matrices ideológicas para apostar por un proyecto como el FA.

En ciertas oportunidades, el FA ha experimentado cierto complejo de inferioridad por las críticas de los «puristas» de uno y otro lado. Los procesos más radicales en América Latina le cuestionaron muchas veces su moderación, mientras que las centroizquierdas europeas más típicas le reprocharon una mirada retrospectiva que consideraban nostálgica y atrasada. Viendo donde están hoy esas experiencias y donde se ubica Uruguay, buena parte de esas recriminaciones pueden relativizarse. Quizás ha llegado el tiempo en el que el FA pueda valorar su historia como una base para construir su futuro. Un futuro que debería evitar que se transforme en algunas de las cosas que nunca ha sido: una izquierda radical de mera vocación testimonial y pasaje anecdótico por el poder o una socialdemocracia descafeinada que pierde su base social. En América Latina hay demasiada gente mirando al sur como para ignorar ese desafío.

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