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El fracaso de una política subalterna

Desde 1989, Cuba buscó nuevos socios que le permitieran superar el aislamiento geopolítico. En el marco de esta estrategia, Europa fue el bloque que más rápidamente incrementó su presencia en la isla. A ello contribuyó el mantenimiento de una política diferenciada de la de Estados Unidos, en la que el vínculo económico no se supeditaba al cambio del sistema socialista. Más tarde, sin embargo, Europa cambió de posición y adoptó una estrategia subalterna a la estadounidense, evidenciada en la Posición Común y la imposición de sanciones. Esta actitud, fuertemente condicionada por la política del gobierno español de turno y las posiciones más duras de los países del antiguo bloque comunista, implicó un debilitamiento de la presencia económica europea en la isla y llevó al gobierno cubano a buscar socios alternativos, como Venezuela y China, que no impusieran condicionantes políticos.

El fracaso de una política subalterna

Aislamiento geopolítico y reconstrucción de las relaciones externas

Sin duda alguna, 1989 marcó un punto de inflexión en la historia reciente de Cuba. La desintegración del bloque socialista sumergió a la economía cubana en una crisis sin precedentes. En apenas cuatro años, la pérdida del 85% de los nexos comerciales y financieros con el exterior arrastró al país a un deterioro de sus principales variables económicas prácticamente insostenible: las exportaciones se contrajeron 47%, las importaciones 70% y el PIB, 35% (Cepal).

Como consecuencia de ello, Cuba quedó prácticamente aislada. Y este aislamiento, en un escenario internacional marcado por el fin de la Guerra Fría, no fue solo económico, sino también geopolítico. Y es que 1989 marcó, además, la transición de un mundo caracterizado por la bipolaridad a uno unipolar bajo la hegemonía casi absoluta de Estados Unidos. Una hegemonía que limita las posibilidades de Cuba de defender el modelo político, económico y social sobre el que se ha sustentado y desea seguir sustentándose la revolución.

Desde principios de los 90, entonces, la mayor de las Antillas enfrenta un tremendo reto: reinsertarse en la economía internacional y hacerlo de modo tal que la relación con sus nuevos socios no impida la defensa de un modelo que pretende seguir diferenciándose del hegemónico. En ese sentido, los nuevos socios deben cumplir una doble condición: deben repercutir positivamente en la recuperación de la economía cubana y, al mismo tiempo, no deben interferir en las decisiones soberanas del país.

Los cambios en el patrón de intercambio: de Europa a China y Venezuela

El proceso de acercamiento a socios que cumplan con este doble requisito puede diferenciarse en dos grandes periodos. En el primero, durante prácticamente toda la década de los 90, la necesidad de Cuba de superar la grave crisis limitó las alternativas posibles. En la segunda etapa, desde fines de los 90 hasta principios de 2000, la mejora relativa de la economía, junto con la emergencia en el escenario internacional de contrabloques de poder que cuestionan la hegemonía estadounidense, facilitó el establecimiento de nexos con países que sí cumplen con ambas exigencias.

Una mirada al cambio experimentado en el patrón de intercambio de Cuba con el exterior entre 1990 y 2006 –sintetizado más adelante en la tabla– ratifica e ilustra lo anterior. En efecto, entre 1990 y 2000, la presencia de la Unión Europea (UE-15) en la economía isleña se consolidó día tras día, hasta lograr explicar más de un tercio del comercio internacional de bienes de Cuba. Después, en la etapa 2001-2006, la UE, si bien mantuvo una presencia importante, comenzó a ser desplazada por otros socios, en particular por Venezuela y China, dos países que pasan de tener una participación relativamente menor en 1990 (0,5% y 4,7% respectivamente) a convertirse en el primer y el segundo socio comercial más importante de la isla (20,6% y 14,9% respectivamente en 2006).

No cabe duda de que, en los tres casos mencionados, la evolución de la relación económica se corresponde con la relación política. Concretamente, el fortalecimiento de los nexos comerciales con Venezuela y China se explica, entre otros motivos, por la creciente afinidad política con estos países. La pérdida de influencia de Europa, mientras tanto, evidencia el fracaso de adoptar una estrategia que, al intentar condicionar la economía a la política interna de Cuba, resulta discriminatoria respecto de la mantenida hacia otros países.

La relación Cuba-UE: inflexión económica y política

En septiembre de 1988, la entonces Comisión Económica Europea (CEE) estableció sus primeros contactos oficiales con las autoridades cubanas. El objetivo era empezar a preparar un acuerdo económico y comercialcon la isla que permitiera, gradualmente, ir consolidando su influencia en Cuba (Klepal). En apenas dos años, y coincidiendo con la desintegración del bloque socialista, el objetivo parecía haberse logrado: la CEE avanzó notablemente como alternativa comercial y sus 12 países miembros explicaban, en aquel entonces, prácticamente 10% del total del intercambio de Cuba con el exterior (ONE 1998).

En 2000, la relación económica entre Cuba y la UE parecía consolidada. Aunque China y Venezuela comenzaban a aparecer como fuertes competidores, de todos modos Europa todavía era el socio más importante de la isla. A partir de ese momento, sin embargo, la situación comenzó a revertirse. Fruto de ello, y en apenas seis años, la UE perdió más de siete puntos de participación relativa en el intercambio comercial cubano.

Los vaivenes en la relación económica entre Cuba y la UE reflejan el progresivo deterioro de los vínculos políticos. Tres fechas han marcado los cambios más importantes: 1996, 2003 y 2005. A fines de 1996, la UE decidió adoptar la denominada «Posición Común». Conforme a esta, el bloque europeo decidió condicionar los acuerdos de cooperación económica y comercial con la isla a que las autoridades cubanas llevaran a cabo «progresos» en su transición hacia un modelo económicamente más liberal y políticamente pluripartidista. La UE exigió también más libertades civiles e indicios de mejoras en la supuesta violación de los derechos humanos.

La reacción cubana fue previsible. La Posición Común impone condicionamientos políticos y «utiliza un doble rasero para medir los actos de Cuba frente a los de gobiernos supuestamente democráticos de casi todo el resto del continente», tal como demuestra la postura del bloque europeo en relación con Colombia, El Salvador, Guatemala o México donde, a pesar de registrarse violaciones flagrantes de los derechos humanos, la UE se limita a reclamar una «cláusula democrática» para firmar acuerdos económicos o comerciales. En este marco, el gobierno cubano rechazó de inmediato la Posición Común, que consideró como una clara intromisión en sus asuntos internos y en sus decisiones soberanas. Asimismo, acusó a la UE de dejar de lado una política autónoma para pasar a adoptar una estrategia subalterna a la de EEUU.