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El FMNL salvadoreño: de la guerrilla al gobierno

La llegada al gobierno del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (fmln) en 2009 ha sido un hecho histórico para El Salvador, luego de una sangrienta guerra civil y de una larga hegemonía de la derecha. No obstante, este camino de las armas a la batalla democrática institucional conllevó profundos cambios en el interior de una fuerza política cuyo programa alentaba la construcción del socialismo a partir de un triunfo político-militar. Hoy esos objetivos parecen lejanos, y el Frente ha pasado a sostener posiciones progresistas pragmáticas, ha devenido un partido electoralmente competitivo y se ha volcado a la gestión estatal.

El FMNL salvadoreño: de la guerrilla al gobierno

Desde las elecciones que en 2009 dieron el triunfo presidencial a Mauricio Funes, no es infrecuente encontrar en los medios de derecha salvadoreños columnas de opinión y de análisis en las que se dibuja un perfil del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) como un partido cuyos líderes y miembros de base están no solo atrapados en una ideología radical de izquierda, sino empeñados en crear las condiciones –mediante sutiles mecanismos de conspiración– para hacerse con el control total del Estado. La finalidad última de todo ello no sería otra –según se colige de muchas de esas opiniones– que hacer realidad el hasta ahora pospuesto proyecto socialista, fraguado inicialmente en los años 70 por las organizaciones político-militares de izquierda y luego convertido en el propósito principal del ejército guerrillero FMLN a inicios de la década de 1980.

Desde la perspectiva reseñada, el FMLN actual –en tanto partido político– no sería esencialmente distinto del FMLN de los años 80 –en tanto ejército guerrillero–, y su realidad partidaria sería un mero artificio coyuntural, útil mientras se preparan las condiciones para asaltar finalmente el aparato estatal, lo cual ya se estaría plasmando de manera solapada. En este sentido, siempre según estas lecturas desde la derecha, el FMLN, lejos de tener algún compromiso con la democracia, sería un partido absolutamente antidemocrático; es decir, un partido dispuesto a sabotear la democratización del país para imponer, por la fuerza, el proyecto socialista siempre soñado.

Sin embargo, un examen medianamente objetivo de la trayectoria histórica del FMLN revela algo distinto de lo anteriormente planteado. Este ensayo tiene como objetivo ofrecer una visión de conjunto de esa trayectoria. De manera crítica –y muy sintéticamente– se intentará atar diferentes cabos sueltos que hay en la bibliografía sobre el FMLN. El tema específico de análisis es la trayectoria de esta organización, por lo cual se dejan de lado otros aspectos de la historia política salvadoreña que sin duda son claves para entenderla más cabalmente, pero que alargarían demasiado este ensayo1.

Los orígenes: las organizaciones político-militares

Lo primero que cabe destacar en esa trayectoria es la enorme capacidad de cambio mostrada por el FMLN en diferentes momentos de su ya dilatada presencia como movimiento político. La primera gran trasformación fue la que dio paso, precisamente, a su fundación como ejército guerrillero en octubre de 1980. Eran otros tiempos en El Salvador y en América Latina. En la década anterior habían florecido importantes movimientos de masas –Bloque Popular Revolucionario (BPR), Ligas Populares 28 de Febrero (LP-28), Frente de Acción Popular Unificada (FAPU), Movimiento de Liberación Popular (MLP)– que demandaban con energía creciente un orden socioeconómico más justo e incluyente2. El papel de la Iglesia católica, en su vertiente más progresista, fue crucial en el despertar organizativo de amplios sectores de la población que vencieron el miedo al aparato represivo del Estado y desafiaron abiertamente a los grupos de poder económico3.

En forma paralela al auge del movimiento popular, cuatro organizaciones político-militares se afirmaban en su ideario y ganaban experiencia en la lucha armada: Fuerzas Populares de Liberación (FPL), Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), Fuerzas Armadas de la Resistencia Nacional (FARN) y Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos (PRTC)4. Todas se sostenían en el ideario marxista-leninista (en algún caso, con elementos maoístas y trotskistas) y estaban empeñadas en la toma violenta del poder estatal por la vía armada. Además de competir entre sí por la primacía revolucionaria, también lo hacían con el Partido Comunista Salvadoreño (PCS, fundado en 1930), al cual reprochaban su apuesta por la conquista de la «democracia burguesa» como paso previo en la lucha por el socialismo. El PCS finalmente debió conformar su propia estructura militar –las Fuerzas Armadas de Liberación (FAL)– para incidir en la dinámica de la izquierda armada gestada en la década de los 70.

A mitad de esa década, las organizaciones político-militares no solo estaban atrapadas en una fuerte disputa entre ellas y con el PCS. Se preparaban, en la práctica y con acciones de hecho, para hacer frente al aparato represivo del Estado, lo cual puso en la mira de los cuerpos de seguridad estatales a sus dirigentes y militantes, sobre quienes se desató una implacable persecución política. Los grupos de poder económico, por su lado, habían creado sus propias organizaciones paramilitares –escuadrones de la muerte– para llevar adelante su particular lucha anticomunista, la cual, pese a su completa ilegalidad, no excluía la colaboración sistemática con los cuerpos de seguridad estatales.

No obstante, la persecución política estatal y paramilitar no se dirigió en exclusiva a las organizaciones político-militares. Abarcó muchas veces de manera preferencial a los dirigentes, miembros y simpatizantes de las organizaciones populares que, a finales de la década de los 70 y en los primeros años de la década de los 80 fueron víctimas de una intensa represión. Esta última se hizo más despiadada a medida que el movimiento popular radicalizó sus demandas. Esta radicalización se articuló con un fenómeno histórico singular: desde mitad de los años 70, las organizaciones político-militares se habían acercado a las organizaciones populares y habían logrado que estas, poco a poco, hicieran suyo el ideario revolucionario y, en consecuencia, dieran a sus demandas un carácter político y no solo reivindicativo. Cuando la década estaba por finalizar, esa confluencia había alcanzado su mayor nivel, al tiempo que los niveles de represión estatal y paramilitar alcanzaron proporciones exorbitantes.

Otras salidas, distintas de la solución militar, parecían cerrarse cada vez más. Los ecos de la Revolución Sandinista de julio de 1979 se hacían sentir con fuerza en el imaginario de dirigentes, militantes y simpatizantes de las organizaciones político-militares y las organizaciones populares. En ese imaginario, El Salvador estaba en camino de convertirse en otra Nicaragua. Pero algo faltaba: la instancia organizativa capaz de dirigir el asalto al poder estatal y de contener la intensa represión que golpeaba, más que a los cuadros guerrilleros, a los sectores populares organizados, maestros y agentes de pastoral.

  • 1. Ver L.A. González: «Estado, sociedad y economía en El Salvador (1880-1999)» en Rodolfo Cardenal y L.A. González (comps.): El Salvador: la transición y sus problemas, uca Editores, San Salvador, 2002, pp. 13-28.
  • 2. Segundo Montes: El Salvador: las fuerzas sociales en la presente coyuntura (enero 1980-diciembre 1983), uca, San Salvador, 1984.
  • 3. Carlos Rafael Cabarrús: Génesis de una revolución, Casa Chata, México, 1983.
  • 4. L.A. González: «La violencia sociopolítica de las décadas de 1970 y 1980» en Enciclopedia El Salvador 2, Océano, Barcelona, pp. 300-310.