Opinión

El final del progresismo

No se debe confundir el agotamiento del potencial transformador positivo del progresismo y el final de su ciclo político en América Latina. La izquierda pagará caro las oportunidades desperdiciadas durante la última década.

El final del progresismo

Eduardo Gudynas tiene razón: una cosa es el agotamiento del potencial transformador positivo del progresismo y otra el final de su ciclo político. No podemos afirmar con certeza que el ciclo haya terminado. Nicolás Maduro podría ganar milagrosamente el revocatorio y la reelección; el Movimiento al Socialismo (MAS) podría volver a superar a sus desgastados rivales en la elección de 2019 en Bolivia; el correísmo podría imponerse frente a sus fragmentados desafíos electorales a izquierda y derecha en febrero de 2017 en Ecuador; el Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN) salvadoreño podría superar el trauma del inesperado y apretadísimo resultado de 2014 y permanecer en palacio después de 2019. Al fin y al cabo, el Frente Amplio lo consiguió en Uruguay hace menos de dos años. El destino electoral del kirchnerismo o del lulismo no dibuja el futuro de todos los demás.

No es tanto que los variados perfiles de los movimientos políticos progresistas sean distintos. Lo son. El Frente Amplio, el PT y el FMLN son partidos poderosos, con reglas de funcionamiento consolidadas y un apoyo electoral asentado cuyas estructuras sin duda perdurarán en el mediano plazo. Son partidos de centro izquierda con un peso electoral propio que puede reducirse pero difícilmente desaparecer. No podemos estar tan seguros del futuro del chavismo, el kirchnerismo o el correísmo. Su surgimiento fugaz e imprevisible desgarró el sistema de los partidos tradicionales y el porvenir puede depararles un final tan abrupto como su nacimiento. El fin del kirchnerismo, no tendría por qué arrastrar a su abismo a un peronismo infinitamente maleable, pero obligaría a buscar reagrupamientos políticos nuevos incluso dentro del movimiento. En estos casos, mucho más dependientes de irrepetibles figuras caudillescas, no extrañaría un porvenir de interminables subdivisiones por mitosis una vez desensillados de la montura gubernamental.

Lo realmente decisivo no es ese juego de variantes circunstanciales sino que el agotamiento del proyecto de transformaciones llegó antes del final del ciclo político. No es la primera vez que sucede algo así. Para herir de muerte un proyecto jamás fue indispensable desplazar a sus dirigentes o a sus partidos. Los nacionalismos populares de mediados de siglo no necesitaron el entierro de sus movimientos políticos para asesinar su proyecto original. Los casos de Víctor Paz Estensoro o Carlos Andrés Pérez, transfigurados en menos de dos décadas entre su primera y su segunda encarnación, son sin lugar a dudas los giros ideológicos más impactantes. Pero la operación transformista del menemismo, asentado en el mismo partido que inventó la más radical reforma social de la historia argentina, no tiene mucho que envidiar a sus pares bolivianos o venezolanos. ¿Hay alguna continuidad discernible entre el sandinismo orteguista y el que nos entusiasmó con la hazaña de su ética, su entereza y generosidad para desalojar a una de las dictaduras más infames de un continente plagado de infamias? Quizás sin el dramatismo de sus antepasados, el agotamiento del progresismo latinoamericano contemporáneo incluyó capitulaciones semejantes.

Aunque agotamiento y fin de ciclo deben distinguirse (ambos nos remiten al mismo límite estructural que en último término los condenó) subyace a ellos un sustrato común. El auge del precio de las materias primas y la bonanza latinoamericana de inicios de milenio fueron la condición básica de posibilidad del proyecto de equilibrismo político progresista. Les ofreció la oportunidad de repartir algo a los marginados de la liberalización, a esas masas exhaustas y descontentas por los años incontables de cinturones apretados, sin tener que afectar el modelo económico que heredaron. Distribuir abajo sin afectar arriba. Con el marchitamiento del espejismo dorado de los BRICs, los progresismos se vieron obligados a enfrentar la disyuntiva hasta entonces eludida. Casi sin excepción, la opción fue clara. Por eso, el fin de la bonanza económica no solo hizo evidentes los límites de sus programas de cambio económico y político sino que erosionó parte de su atractivo electoral. A la inflación, la penuria fiscal, el ajuste más o menos forzado y en casos extremos, la escasez, se le sumaron concesiones cada vez más grandes a aquellos poderosos grupos económicos cuyo poder nunca quisieron afectar.

En verdad, aunque las derrotas y los debilitamientos de la base política del progresismo tienen muchas causas variadas y diversas, la crisis económica figura de manera prominente entre ellas. Así, si el agotamiento vino antes y nació de las limitaciones mismas de los proyectos políticos que impulsaban y de la naturaleza de los grupos que terminaron por liderarlos, durante la bonanza podían maquillarse y a veces acompañarse de guiños limitados y algunos fondos públicos para el ensayo de auténticas alternativas. Casi todo el cosmético se acabó frente a la desmaquilladora inflexible de la crisis económica: la previa descomposición de los tímidos proyectos de redistribución se está acompañando, de manera heterogénea, de un desgranamiento más o menos profundo de su base electoral y sus apoyos políticos.

Aunque el porvenir es largo, la factura inmediata por esta oportunidad desperdiciada por las izquierdas del continente habrá de pagarse. Pero además, en los tiempos difíciles que se anuncian, habremos de desmentir el conocido aforismo de Hegel: «La historia nos enseña que las personas jamás aprendieron nada de la historia».

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