Tema central

El (en)cubrimiento de la inseguridad o el «estado de hecho» mediático

El discurso de la inseguridad es representado por los medios de comunicación a través de estrategias ligadas al modo en que conciben su trabajo y los criterios que lo rigen. La noticiabilidad que organiza la labor periodística deriva, en el contexto latinoamericano, en un justicialismo mediático que debilita cualquier alternativa que no sea la cárcel. El resultado es la sobrepoblación de las prisiones y la estigmatización de los culpables, que son siempre los jóvenes y los marginales, como demuestra el artículo a partir del estudio de los casos de las pandillas juveniles y de los inmigrantes latinoamericanos en España.

El (en)cubrimiento de la inseguridad o el «estado de hecho» mediático

La seguridad, un discurso mayor

«Inseguridad» se ha convertido en una palabra fundamentalmente mediática, aunque tenga relación más o menos directa con otros discursos que han designado el conjunto de amenazas que caracterizaría a la sociedad contemporánea. No pretendo explicar las razones –múltiples, complejas y que se relacionan con la configuración de un nuevo orden mundial– que han hecho que la inseguridad sea tal vez el tema de mayor preocupación en las agendas de las instituciones políticas, de las autoridades de control y, por lo tanto, de la opinión pública, en prácticamente cualquier país del mundo. Tampoco intentaré caracterizar los elementos fundamentales que hacen de la inseguridad un discurso omnipresente. Asumo simplemente que se trata de un discurso mayor, que pertenece a aquella categoría de discursos que se han ido consolidando con el tiempo hasta llegar a ser dominantes y, por lo tanto, supuestamente incuestionables.

El papel de los medios es hacerse eco del imperativo de la seguridad, que hoy se aplica a cualquier situación definida como una amenaza para el orden establecido y para el control del disenso o de los conflictos a cualquier escala, social, cultural y política. La hipótesis de partida, por lo tanto, es que no hay una agenda específicamente mediática sobre la inseguridad. De existir, significaría plantear que el lugar de los medios es autónomo en relación con las otras instancias de mediación y representación social, algo que descarto. Por otro lado, resulta complicado plantear la existencia de un lugar común a todos los medios desde donde se produciría el discurso sobre la inseguridad. No obstante, no se puede negar que los medios, por razones que trataré de dilucidar en este trabajo, contribuyan al tema de la inseguridad en base a los modos específicos de su representación.

En otras palabras, el contenido del discurso de la inseguridad es construido por las instituciones políticas que lo reproducen, mientras que los medios lo asumen y representan por razones que tienen que ver con su modo específico de funcionamiento, que podría sintetizarse en la aplicación a priori de criterios de «noticiabilidad» y la rutina periodística que la sostiene. Esta «noticiabilidad» constituye el común denominador de los medios y se relaciona directamente con las modalidades del decir respecto de la inseguridad, privilegiando así la enunciación sobre el enunciado. La tesis que aquí se plantea es que el discurso de la inseguridad es representado por los medios de comunicación a través de estrategias discursivas y de enunciación ligadas al modo en que hasta ahora se ha concebido la labor periodística y, por lo tanto, la producción noticiosa. El discurso de la inseguridad –entre cuyos elementos principales consta la sensación de amenaza, de precariedad y vulnerabilidad para sujetos y colectividades– encuentra en los medios de comunicación un terreno fértil, una caja de resonancia fundamental, debido precisamente a la concepción con la que se ha pensado el trabajo periodístico. La inseguridad les permite a los medios reafirmar su papel de constructores de imaginarios sociales y constituye una de las principales instancias de reproducción de discursos mayores.

No existe un «momento cero» de la representación mediática. Las figuras de la criminalidad y de la violencia difundidas por los medios se inscriben, por lo tanto, en una red de interpretaciones a la que los periodistas «se conectan» para producir narraciones que proponen y amplían los marcos cognitivos –y sobre todo morales– con que la ciudadanía contrasta sus entendimientos y sensaciones acerca de la inseguridad. Resulta muy útil, por lo tanto, descifrar cuáles son los signos interpretativos más relevantes de la inseguridad que los medios despliegan en su representación. Algunas preguntas nos pueden guiar en esta tarea: ¿cuáles son los signos mediáticos del alarmismo y la amenaza, percepciones a las que la prensa se conecta o que sostiene con mayor frecuencia? ¿Cuál es la base moral desde la cual se producen esos signos? Este trabajo intentará contestar estas preguntas a través de una crítica teórica a los medios y el análisis de casos específicos que revelan las modalidades del tratamiento periodístico del tema de la inseguridad.

El problema de la objetividad

El trabajo periodístico se caracteriza por algunas contradicciones que aparecen en las formas bajo las cuales designa sus procedimientos principales. Uno de estos procedimientos es la «cobertura» de los acontecimientos o hechos violentos como una de las operaciones fundamentales de los periodistas para recolectar información y mostrarla al público. Nos preguntamos sobre el modo de funcionamiento de esta operación: ¿se trata acaso de descubrir algo y reflejarlo? Y, si fuera así, ¿por qué utilizar la palabra «cubrir»? Cubrir un hecho sería velarlo (¿ocultarlo?). Y entonces, ¿qué se estaría reflejando, el hecho o una particular manera de narrarlo?

En los últimos tiempos, algunos periodistas (y algunos medios) parecen haber abandonado la premisa de la objetividad, que era el principio rector del periodismo, por nuevos criterios que no son menos cuestionables. Frente a las críticas sostenidas que muestran la inconsistencia de la objetividad o de la búsqueda de «la verdad», lo que han hecho algunos es sustituir estas ideas por la fórmula de la «aproximación a la verdad». ¿Estamos seguros de que esto cambia el panorama? Pienso que no, ya que se sigue cayendo en el error de plantear la existencia de algo (¿el hecho verdadero?) a lo que nos aproximamos, como si este algo existiera por fuera –en un más allá– de su narración.

Una de las consecuencias más problemáticas de todo esto es la narración periodística como autorreferencial, es decir como si se sostuviera por sí misma. Se debe inferir que lo que parece ser un cubrimiento de los acontecimientos resulta, en realidad, un encubrimiento de las condiciones que hacen posible cualquier narración periodística. Estas condiciones pueden mostrarse a través del análisis de los horizontes discursivos desde donde «habla» el periodista, desde sus convicciones conceptuales y morales, a las que habría que agregar el conjunto de estrategias discursivas que establece para la narración de los «hechos». Estas estrategias van desde la utilización de determinadas fuentes (supuestamente legítimas y portadoras de autoridad racional y moral) hasta las formas visuales y los lenguajes que se emplean para imprimir un modo discursivo de narrar.