Entrevista

«El desafío más importante de América Latina es de carácter político»

La región debe afrontar unida el impacto de los mega acuerdos comerciales, que ponen en cuestión la capacidad de acción de los Estados nacionales.

«El desafío más importante de América Latina es de carácter político»

-- ¿Cómo se explica, en su opinión, la tendencia actual hacia mega acuerdos comerciales como el TTIP o TPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica)?

--La crisis financiera internacional originada en el centro del capitalismo evidenció los fallos del sistema de acumulación y las dificultades de los espacios multilaterales para acordar cambios certeros en la arquitectura financiera global y mecanismos de salida a la crisis que promuevan el crecimiento con inclusión social. Por otra parte, el constante crecimiento de nuevos actores «emergentes» del orden global completa un panorama de crecientes cambios en el escenario internacional.

La región asiática, encabezada por China, ha liderado el crecimiento económico en los últimos años. Los BRICS, verdaderos «ladrillos» del crecimiento económico mundial en los últimos años, concentran más de un 40% de la población y son los principales tenedores de reservas a nivel global. Además de impactar en la ecuación económica internacional, este escenario, que se perfila con el cambio de siglo y explota luego de la crisis financiera internacional de 2007-08, incide claramente sobre la reconfiguración de los esquemas multilaterales de negociación: las economías emergentes demandan mayor espacio.

Hacia finales de 2013 el acuerdo alcanzado en la IX Conferencia Ministerial de la OMC sorprendió al mundo con un aparente revivir de las negociaciones en el marco de la Ronda de Doha. No obstante, las condiciones acordadas en el «Paquete de Bali», con acuerdos concretos en materia de facilitación del comercio y dilaciones de los compromisos en la agenda de la agricultura, abrieron un escenario de dudas sobre las posibilidades reales de conclusión efectiva de la «Ronda del Desarrollo».

Por otro lado, se producen cambios en el esquema de negociación de acuerdos comerciales regionales. El número de acuerdos (bi o plurilaterales) ha sido creciente desde el año 2000: a partir de entonces fueron notificados a la OMC 201 acuerdos comerciales del total de 258 que han sido notificados en la vigencia del GATT y la OMC. No obstante, a partir de 2010 aparece en escena un nuevo tipo de acuerdos denominados «mega regionales» a cuenta de la gran amplitud geográfica que se proponen cubrir. Se destacan el Trans Pacific Partnership (TPP), el Transatlantic Trade and Investment Partnership (TTIP) y la Regional Comprehensive Economic Partnership (RCEP) .

--¿Cree que el comercio -tanto los acuerdos como las disputas- sigue siendo una herramienta más de las relaciones entre países y regiones o que representa hoy una nueva forma de geopolítica?

--Ambas cosas. Con el objetivo de mejorar las condiciones de explotación de las cadenas globales de valor, estos acuerdos se proponen homogeneizar las reglas para la producción, el comercio y la inversión así como profundizar la apertura de los esquemas nacionales, promoviendo disciplinas más ambiciosas que las negociadas en el espacio multilateral.

Con los escenarios multilaterales ante nuevos desafíos, los avances de integración regional y un nuevo marco de reglas y pautas del comercio y de las finanzas internacionales, la gobernanza mundial vive inserta en decisiones importantes. La perspectiva del comercio mundial influenciado por las grandes cadenas de producción al auspicio de acuerdos mega regionales ponen en cuestión la capacidad de los Estados, incluso más allá de su tamaño, abriendo interrogantes inéditos por su profundidad y magnitud.

Implica por ejemplo preguntarse qué soberanía efectiva queda para la acción de los Estados nacionales en relación a una mayoría de decisiones estratégicas del sector privado que impactan directamente en el territorio y en la población de un país.

Esta realidad supone no ahorrarse preguntas incómodas acerca de la cuestión central de cómo funciona esta nueva lógica internacional que desafía el propio nivel de decisión de los Estados. ¿Quiénes ocupan los lugares centrales de la decisión a nivel internacional? ¿Con qué legitimidad democrática? ¿Cómo se participa y se influye en los nuevos formatos formales e informales de la gobernanza a escala global?

--¿Qué posición tiene América Latina frente a estas tendencias?

--La renovación radical de los desafíos globales impone una reinserción internacional potente de la región y de sus países. El impacto potencial en los flujos de comercio que pueden tener estos grandes acuerdos incide en las condiciones de inserción internacional de América Latina. Eso representa desafíos en dos dimensiones: por un lado, a las políticas exteriores adoptadas por cada Estado y, por otro, a las posibilidades de fortalecer en común las condiciones regionales para el aumento de valor agregado en la producción, de cara a una participación más virtuosa en las cadenas globales de valor.

Los giros de los procesos de integración actualmente en curso en América Latina no pueden descontextualizarse de lo acontecido durante el último tiempo en el panorama político regional. El indudable valor que representa la continuidad general de las democracias electorales en el continente no debe ocultar la persistencia de algunas situaciones de relativa inestabilidad política, crisis de los partidos y de formas de representación, con la consolidación de muy fuertes cambios en los mapas nacionales y regionales de movimientos y actores sociales.

A este cuadro político debe sumársele la persistencia de desigualdades inadmisibles aunque las mejoras sean tangibles y muy grandes en la última década. Son decenas de millones de latinoamericanos los que lograron dejar la pobreza en este período.

Al mismo tiempo, América del Sur y el propio Mercosur encuentran barreras a la inserción. En números: la participación de la región en el producto global se mantiene estable en torno a un magro 5% desde 1980 (luego de haber caído a niveles apenas superiores al 3% en la década de 1990) mientras que las exportaciones provenientes de América del Sur y el Caribe representan un porcentaje estable del 4% de las exportaciones globales en el mismo período.

A esto se suman procesos ambivalentes. Si bien en materia de captación de inversión extranjera directa (IED) la región ha presentado un gran dinamismo, se concentran fuertemente en actividades vinculadas con los recursos naturales, que son de menor capacidad de generación de empleo. Adicionalmente, la rentabilidad de esas inversiones recibidas ha crecido fuertemente pero los egresos por repatriación de utilidades a las matrices alcanzaron el 92% de los ingresos de IED, con lo cual el efecto positivo en la balanza de pagos se neutraliza. Esta ecuación económica debe ser modificada para terminar con una dinámica de exportación de la riqueza que inhibe la capacidad de fortalecimiento de la capacidad productiva y de generación de empleo.

Con el telón de fondo de ese panorama regional, la situación de los procesos de integración a nivel hemisférico -no sólo en América del Sur sino más ampliamente en América Latina- están obligados a profundizar en soluciones.

A grandes rasgos, el escenario actual permite identificar dos dinámicas divergentes en materia de integración sub-regional: mientras que por un lado los países con costas al Pacífico consolidan su esquema de integración regional enmarcado en la trayectoria de apertura unilateral a la economía global a partir de la Alianza del Pacífico, los países asociados en torno al Mercosur y el Alba procuran (no sin dificultades) consolidar la integración regional como mecanismo que favorezca una inserción más virtuosa en el escenario global.

En ese contexto hay que pesar los impactos de los avatares de las agendas y los procesos nacionales en los países sudamericanos, así como la multiplicidad de las propuestas de integración y concertación política en el continente, con sus distintos formatos y alcances institucionales, ideológicos, comerciales y productivos.

El desafío fundamental para nuestra región en los próximos tiempos será -con escaso margen para la duda- fortalecer su acción unitaria. Coherente a ello, la construcción más importante es de carácter político. Se debe avanzar en una práctica en la que se logren definir objetivos para el desarrollo regional y cumplirlos.

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