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Economía y política de las clases medias en América Latina

Aunque existen grandes diferencias de país en país, las clases medias están creciendo en América Latina, como resultado de la buena marcha de la economía y de las políticas de transferencia de ingresos. Esto ha dado lugar a nuevos fenómenos, como la expansión de las clases medias bajas. El artículo analiza el comportamiento político de las clases medias, sus expectativas y su rechazo a ciertos estilos de gobierno. Y concluye que, pese a las dificultades de representación, es necesario avanzar en una articulación política entre las clases medias y las mayorías sociales en torno de programas que concilien el crecimiento económico con la cohesión social.

Economía y política de las clases medias en América Latina

Se considera a menudo evidente la relación entre economía y política, en el sentido de que el voto y las actitudes políticas vienen determinados por la posición y los intereses económicos de las personas. Sin embargo, no es fácil hacer operativa una idea tan sugerente, sobre todo si se considera la economía como una realidad dinámica. En ese sentido, se ha distinguido entre voto económico retrospectivo –en el que los electores deciden su voto en función de la marcha de la economía en el periodo inmediato anterior– y voto prospectivo –en el que la clave serían las expectativas sobre el futuro de la economía según el signo de los gobiernos–.

Para complicar más las cosas, no es evidente que los ciudadanos juzguen siempre la marcha de la economía por su situación personal (lo que se denomina voto egotrópico), sino que es frecuente que den mayor importancia a la situación económica y social global (voto sociotrópico), apoyando por ejemplo a un gobierno que ha mejorado esta situación aunque no haya resuelto los problemas particulares del elector.

Las complejidades son aún mayores cuando se pretende prever o al menos explicar el comportamiento político de las clases medias. La razón es muy obvia: bajo esa etiqueta se engloban posiciones estructurales distintas –asalariados, profesionales independientes y pequeños empleadores– que a menudo solo tienen en común el tramo al que pertenecen en la escala de ingresos, por lo que sería más prudente hablar de «capas medias» y no de «clases medias»1.

Sin embargo, en este momento las clases medias tienen una nueva actualidad en América Latina a causa de varios factores. En primer lugar, la percepción generalizada de que su tamaño está creciendo en la región2, aunque las grandes diferencias entre países y los diferentes criterios de cuantificación hagan difícil objetivar el fenómeno. La emergencia de nuevas clases medias bajas, resultado de las políticas de transferencias monetarias directas y de otras políticas de redistribución, se suma a un periodo de crecimiento económico de casi una década y que, pese a la crisis de 2009, ha invertido el pronóstico pesimista de los años 90, según el cual el nuevo modelo económico hacía inevitable una crisis de las clases medias y la caída de una buena parte de estas en la «nueva pobreza»3. En Argentina, siete millones de personas, 20% de la población, dejaron de ser clase media en la década de los 90 para transformarse en pobres4. En segundo lugar, las clases medias han adquirido cierto protagonismo político en varios países de la región, al menos si aceptamos las interpretaciones de los medios. Las clases medias urbanas serían claves en la oposición a Hugo Chávez en Venezuela y a Cristina Fernández de Kirchner en Argentina. Las movilizaciones contra las retenciones a las exportaciones decididas por el gobierno argentino habrían unido a las clases medias urbanas y a las nuevas clases medias rurales que anteriormente habían apoyado a Néstor Kirchner. Las clases medias urbanas se habrían rebelado contra la manipulación del Poder Judicial en Ecuador y su movilización –los llamados «forajidos»– habría provocado la caída del presidente Lucio Gutiérrez en abril de 2005.

Curiosamente, este protagonismo político aparece en gran medida ligado a actividades de oposición y a movilizaciones «desestabilizadoras», frente a la tradicional visión de las clases medias como fuentes de estabilidad política. Existen sin embargo experiencias previas en la región que muestran que no se puede contar con que el comportamiento político de las clases medias sea «naturalmente» estabilizador y democrático. En el pasado, y especialmente en el Cono Sur y Brasil, amplios sectores de las clases medias respaldaron a los regímenes militares como alternativa a una situación de desorden político y social.

La idea de que las clases medias pueden jugar un papel estabilizador –que viene al menos de Aristóteles en su Política– se basa en que, al ser independientes de las clases altas para su sustento y estatus social, que derivan de la pequeña propiedad o de su nivel educativo, tienen razones para frenar los proyectos expansivos de esas clases que puedan poner en peligro sus propios intereses. En otras palabras, las clases medias pueden asumir un comportamiento democrático en la medida en que sus intereses son «antioligárquicos».

Sin embargo, cabe imaginar que si la movilización de las «clases bajas» pone en peligro sus intereses, las clases medias pueden aliarse con las clases altas para frenar la insurgencia popular. Esta es la explicación que a menudo se ha dado para el apoyo a los golpes y a los regímenes militares en América Latina. Pero esta explicación puede ser demasiado simple, porque confunde la amenaza de una revolución social con una situación prolongada de desorden social y político.

Las guerras civiles en Centroamérica podían representar una amenaza revolucionaria real, como se comprobó en el caso nicaragüense. Por su parte, el proceso abierto por el gobierno de la Unidad Popular en Chile pudo pensarse que desembocaría en una transformación social radical. Sin embargo, en general los golpes militares, aunque se justificaran como respuestas a la amenaza revolucionaria, obtuvieron apoyo de las clases medias a causa de una situación de desorden social y político.

En Brasil, en 1964, no existía ninguna amenaza revolucionaria real, aunque se invocara el recuerdo de la aún reciente Revolución Cubana de 1959 para justificar el golpe. Puede que en 1973 (Uruguay) y 1976 (Argentina) estuviera presente la crisis chilena, pero probablemente lo estuvo sobre todo porque los militares se sentían tentados a emular a sus homólogos chilenos, así como el golpe brasileño de 1964 había influido sobre los autores del golpe argentino de 1966. Independientemente de los argumentos de los golpistas, el apoyo de las clases medias puede haber estado determinado por la situación de desorden, con el razonamiento que Marx atribuyó a la burguesía francesa ante el golpe de Luis Napoleón Bonaparte: «Mejor un final terrible que un terror sin fin».

  • 1. Maria Hermínia Tavares de Almeida y E. Nunes de Oliveira: «Nuevas capas medias y política en Brasil» en L. Paramio (comp.): Clases medias y gobernabilidad en América Latina, Pablo Iglesias, Madrid, en prensa.
  • 2. Martín Hopenhayn: «¿Cómo cambió la clase media en América Latina? Elementos para el debate» en L. Paramio (comp.): Clases medias y gobernabilidad en América Latina, cit.
  • 3. Alberto Minujín y Gabriel Kessler: La nueva pobreza en la Argentina, Planeta, Buenos Aires, 1995.
  • 4. Liliana De Riz: «La clase media argentina: conjeturas para interpretar el papel de las clases medias en los procesos políticos» en L. Paramio (comp.): Clases medias y gobernabilidad en América Latina, cit.