Tema central

Economía y empleo en la era de la globalización

Los resultados decepcionantes de las políticas del Consenso de Washington llevaron a que América Latina buscara otras opciones, que pueden dividirse en tres modelos distintos de desarrollo y de inserción en el mundo globalizado: en el norte de la región, la continuidad neoliberal en el marco de alianzas comerciales con Estados Unidos; en el Cono Sur, políticas macroeconómicas ortodoxas combinadas con estrategias de reindustrialización, en un intento por construir una “globalización con rostro humano”. Y en algunos países andinos, ensayos de transformación económica más radical. El artículo argumenta que, en el fondo, lo que está en juego en todos los casos es el carácter futuro del capital y su relación con el Estado y el trabajo, que definirán la forma en que la región se insertará en el mundo.

Economía y empleo en la era de la globalización

América Latina durante la ola neoliberal

En los 80, las economías de América Latina iniciaron un proceso de reformas estructurales que se aceleró en la década siguiente. Las medidas de reforma, agrupadas bajo el título de «Consenso de Washington», buscaban integrar las economías latinoamericanas al mundo, estimular el crecimiento y contribuir a saldar la deuda externa acumulada durante las décadas anteriores. Promovidas agresivamente por el gobierno de Estados Unidos y los organismos financieros internacionales, las reformas incluyeron la privatización de las industrias estatales, la apertura a la inversión extranjera directa, la liberalización del comercio internacional, la promoción de políticas monetarias de ajuste para reducir la inflación, la desregulación del mercado laboral y el equilibrio presupuestario. Estas políticas implicaron una profundización del compromiso de la región con los procesos de globalización. En general, provocaron una gran resistencia social, que se manifestó en protestas callejeras, disturbios y hasta rebeliones armadas, como la que ocurrió en Chiapas, México, en enero de 1994, cuando se produjo el levantamiento zapatista. Pese al rechazo de buena parte de la sociedad, en diferente grado y con distinto ritmo, las reformas neoliberales se aprobaron en todos lados. Y en ese sentido resulta significativo que los candidatos presidenciales, que en muchos casos habían sido elegidos por su discurso de oposición a las políticas neoliberales, se resignaran a aplicarlas una vez que llegaban al gobierno (Stokes). Más significativo todavía es que los líderes que aplicaron estas medidas con frecuencia fueron reelegidos en sus cargos.

A pesar de la estabilidad macroeconómica obtenida, la estrategia neoliberal de integración al mundo resultó decepcionante en al menos tres aspectos importantes. En primer lugar, desde México hasta Argentina, con la llamativa excepción de Chile, el crecimiento económico fue mediocre, tanto en términos absolutos como en comparación con los años dorados de la industrialización por sustitución de importaciones. El bajo crecimiento se tradujo en una escasa creación de empleo, con consecuencias adversas para el bienestar social. Industrias enteras desaparecieron debido a la apertura a la competencia internacional, llevándose consigo los empleos que alguna vez habían generado. Al mismo tiempo, surgieron o se expandieron otras actividades económicas que crearon nuevos empleos que a veces, aunque no siempre, sustituyeron a los que habían desaparecido. Hubo perdedores y ganadores, y los diagnósticos varían de acuerdo con el análisis: espacial, sectorial o en términos de género o generación.

Pero lo central es que el índice de desempleo promedio se mantuvo alto. Superó el 10% en 2001 (BID, p. 16) y disminuyó muy poco desde entonces. Y, además, no se generó empleo de alta calidad. En Sudamérica, la expansión económica tendió a concentrarse en aquellos sectores que utilizan bienes de capital y tecnología avanzada pero no generan demasiados empleos. En México y América Central, en cambio, se crearon muchos empleos, pero en buena medida como consecuencia de las actividades manufactureras en las llamadas «zonas francas», estilo maquila o procesamiento de exportaciones, un tipo de empleo no calificado que requiere mucho esfuerzo a cambio de bajos salarios. En un análisis del empleo en las zonas de procesamiento de exportaciones, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) (2004, pp. 162-164) constató que en algunos países el aumento de los puestos de trabajo es sorprendente. En México, los obreros que trabajan en el sector maquila pasaron de 118.000 en 1980 a 1.200.000 en 2001. En República Dominicana, había en 1970 500 obreros que trabajaban en las zonas de procesamiento de exportaciones; en 1996 ya llegaban a 164.000 (8% del empleo total). En suma, un incremento del empleo, pero de mala calidad, como resultado del avance de la globalización, en el marco de un proceso que algunos observadores denominan «crecimiento empobrecedor».

El segundo aspecto en el cual las políticas neoliberales generaron resultados negativos es el de la pobreza y la desigualdad. América Latina siguió siendo la región más desigual del mundo, lo que llevó a los sociólogos Kelly Hoffman y Miguel Ángel Centeno (2003) a denominarla «el continente invertido». Las estadísticas subestiman la verdadera dimensión del problema, ya que la desigualdad en la distribución de los recursos es aún más profunda que la de la distribución del ingreso, que es la que generalmente se mide. Pero incluso los datos del ingreso son preocupantes: a fines de los 90, en Brasil, por ejemplo, el ingreso del 10% más rico era 68 veces más elevado que el del 10% más pobre; en Guatemala, el decil superior ganaba 55 veces más que el inferior. En el promedio de la región, el 10% más rico obtiene 48% de los ingresos, contra 29% de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). Un problema relacionado con este, aunque no igual, es el de la pobreza: a comienzos del nuevo siglo, tras casi dos décadas de reformas, cerca de la mitad de la población latinoamericana vivía en la pobreza; el porcentaje se elevaba a tres cuartos en algunos países. El fenómeno de la exclusión social, con su corolario de alienación y violencia, marca el paisaje social en prácticamente toda la región.Finalmente, el último aspecto negativo de las reformas neoliberales es el debilitamiento de la capacidad del Estado y de diversos actores sociales para lograr una distribución más equitativa de los beneficios sociales y las oportunidades. El Consenso de Washington recomendaba el achicamiento del aparato estatal y la reducción de la intervención pública. Así, el porcentaje de empleos en el sector público pasó de un promedio de 16% en 1990 a alrededor de 13% a finales de la década. Algunos países, como Panamá, Argentina y Honduras, vieron reducirse los puestos de trabajo en el Estado en un tercio durante el transcurso de la década (BID, p. 170, al citar estadísticas de la Organización Internacional del Trabajo, OIT).