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Dimensiones culturales del desarrollo político e institucional de América Latina

En América Latina predomina una visión providencialista de Dios, que se expresa en el auge del cristianismo pentecostal y carismático y que ha generado una cultura política pragmática-resignada, que tolera la desigualdad y la injusticia como mandatos divinos. Esto es incongruente con un Estado moderno que debe equilibrar la racionalidad instrumental del mercado con los valores sustantivos de la democracia. Las ciencias sociales deben dejar de lado la idea de que las sociedades latinoamericanas se encuentran secularizadas para asumir una visión más realista, que contemple la dimensión subjetiva de los procesos de formación del Estado.

Dimensiones culturales del desarrollo político e institucional de América Latina

La cultura real y la institucionalidad formal de América Latina

La historia de Europa generó la idea del Estado. La ley y la teoría social definieron –y al hacerlo, condicionaron– los procesos materiales y culturales que dieron lugar a ese producto histórico. En América Latina, la idea del Estado forjada en Europa fue adoptada para reorganizar la historia republicana de la región. Los Estados latinoamericanos, como tantas veces se ha señalado, se constituyeron a priori, mediante fórmulas legales aplicadas sobre una realidad marcada, entre otras cosas, por profundas divisiones raciales, étnicas y sociales, territorios desintegrados y aparatos institucionales que no contaban con la capacidad y la legitimidad necesarias para hacer efectivo el modelo estatal adoptado por las elites de la región. El trasplante de la idea del Estado moderno europeo a América Latina fue el comienzo de lo que Carlos Fuentes ha caracterizado como la tensión, aún no resuelta, entre el «país legal» y el «país real». Esa tensión –entre la América Latina libre, justa y democrática expresada en las constituciones, y la otra, plagada de autoritarismo, injusticia y desigualdad– encuentra una de sus principales expresiones en la coexistencia de dos realidades incongruentes: la modernidad formal del Estado latinoamericano y la cultura religiosa y política premoderna dominante en la región.

El modelo de Estado adoptado por los países de América Latina fue el producto y la expresión institucional del desarrollo material y cultural de sociedades en las que logró consolidarse una visión de la historia como un proceso que puede y debe ser condicionado por la acción política de la sociedad. Pero, por otra parte, la cultura religiosa y política dominante en América Latina ha sido –y sigue siendo– premoderna.

Usar el término «premoderno» no implica sugerir que exista una progresión histórica lineal que coloca a todas las sociedades del mundo en una escala de desarrollo liderada por los países del Norte. Se trata, simplemente, de resaltar la existencia de importantes coincidencias entre la visión de la historia predominante en América Latina y algunos aspectos de la cultura europea medieval.

Durante la mayor parte de la Edad Media, la historia fue entendida como un proceso gobernado por Dios y la Fortuna (Manchester). La modernidad implicó el surgimiento de una nueva cosmovisión que permitió a los europeos asumir el derecho y la obligación de participar en la construcción de su propia historia.

Ya desde el Renacimiento, pero sobre todo a partir de la gran crisis del siglo XVI –generada por la revolución de Copérnico, la Reforma, el surgimiento del capitalismo y otros procesos–, la humanidad se elevó, en la visión de los europeos, a la condición de copartícipe de la creación del mundo y su historia. La pintura renacentista expresó esa nueva visión, resaltando y celebrando la figura humana, que había permanecido opacada en el arte medieval. En el campo de la filosofía, Nicolás Maquiavelo contribuyó al derrumbe de la visión medieval al proponer que la voluntad política (virtù) podía y debía ser utilizada para controlar los riesgos de la historia.

Los estudios del Estado y el desarrollo político latinoamericano han hecho caso omiso de esta contradicción entre la modernidad formal del Estado latinoamericano y la premodernidad cultural predominante en la región. Adoptando implícitamente las premisas históricas de las ciencias sociales de los países del Norte, estos estudios han asumido que el desarrollo latinoamericano ocurre dentro de un espacio secular separado del espacio de lo sagrado, divino, religioso o sobrenatural. Cuando prestan atención a la dimensión religiosa de la sociedad, lo hacen desde una perspectiva formal-institucional. Analizan, por ejemplo, el tema de las relaciones políticas entre Iglesia y Estado, o estudian a las organizaciones religiosas como grupos de interés que participan en la formulación de las políticas públicas. Desestiman, inexplicablemente, el poder discursivo y la influencia cultural de las organizaciones religiosas en la estructuración de las visiones sociales que han condicionado tanto el desarrollo del Estado como la conducta política de los latinoamericanos. Ignoran que las ideas de Dios que propagan las iglesias son, fundamentalmente, ideas acerca del papel de Dios en la historia y, más concretamente, ideas sobre la relación entre Dios, la historia y la humanidad.

Así pues, y a pesar de la estrecha relación entre la evolución de la idea de Dios y el surgimiento del Estado moderno en las sociedades que sirvieron de modelo a la organización institucional de América Latina, el estudio de la cultura religiosa y de las ideas de Dios de los latinoamericanos no forma parte de las principales interpretaciones del desarrollo político-institucional de los países de la región. Esa omisión se ha reproducido en el estudio de las llamadas «transiciones democráticas» ocurridas a partir de los 80 y en los análisis del Estado neoliberal y su futuro.

Los mismos estudios sobre cultura política elaborados dentro del marco de las ciencias políticas y la sociología (v., por ejemplo, PNUD) evitan analizar las creencias religiosas que condicionan las visiones del mundo, el poder y la historia de los latinoamericanos. Esos estudios casi siempre tratan la cultura política como conducta, sin cuestionar que la institucionalidad formal del «país legal» moldea las formas en que se expresan políticamente los latinoamericanos, pero no necesariamente anula las creencias religiosas que los predisponen a ver la historia como un proceso gobernado por Dios y no por la voluntad política –democrática o no– de la sociedad.

Los llamados «estudios culturales» también muestran una inexplicable tendencia a ignorar la cultura religiosa que condiciona el sentir y actuar político de los latinoamericanos. Los trabajos de Néstor García Canclini, José Joaquín Brunner, Renato Ortiz y Jesús Martín Barbero, para mencionar a algunas de las figuras más prominentes en este campo, asumen implícitamente que las sociedades que analizan son seculares.