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Diferente macroeconomía, pero la misma vulnerabilidad

Argentina y Brasil mantienen regímenes de tipo de cambio flotante, aunque con importantes diferencias: en el primer caso, un tipo de cambio competitivo, que contribuyó a la recuperación del crecimiento y produjo una expansión de la industria, aunque también una alta inflación debido a la inconsistencia de la política fiscal. Brasil, en cambio, consolidó un sistema de flotación libre. Esto produjo una revalorización del real que fomentó el ingreso de capitales, pero también generó un crecimiento más lento. La crisis mundial revela la vulnerabilidad de ambas economías y la necesidad de una mayor coordinación macroeconómica más allá de las promesas integracionistas.

Diferente macroeconomía, pero la misma vulnerabilidad

La crisis financiero-productiva que se inició en 2008 impacta duramente en la periferia, aun en los países que se consideraban «desacoplados» de los problemas externos, a través de la huida de capitales, la devaluación y la recesión. En América Latina, los países más afectados por la salida de divisas y la devaluación fueron aquellos con modelos macroeconómicos que permitieron la valorización de sus monedas, como Brasil y México.

En Brasil, la política monetario-cambiaria provocó –al menos hasta el estallido de la crisis internacional– una sobrevaluación del real que afectó las exportaciones, aunque el efecto fue compensado con programas de promoción sectorial y de exportaciones. El resultado de esa estrategia es una baja inflación, pero con un crecimiento modesto y un deterioro de la cuenta corriente.

En Argentina, en cambio, se mantuvo un tipo de cambio competitivo que favoreció el crecimiento y las exportaciones industriales, pero no se siguió una política fiscal acorde con la política cambiaria, lo que contribuyó a generar presiones inflacionarias. Por otra parte, no se desarrollaron políticas sectoriales o exportadoras significativas. El resultado fue un alto crecimiento pero con inflación, y una competitividad industrial muy dependiente del tipo de cambio.

La crisis desatada en Estados Unidos y las muestras de vulnerabilidad externa de los países de la región refuerzan la importancia de analizar las políticas monetarias y cambiarias y su relación con la producción y el sector externo. Ese es el objetivo de este artículo.

Discusión sobre regímenes cambiarios

Durante los 90, la ortodoxia económica y los organismos multilaterales promovieron los sistemas de tipo de cambio fijo en los países de la periferia, como instrumento antiinflacionario y como forma de profundizar la apertura de las economías al sistema de precios internacional.

Un sistema de tipo de cambio fijo, en una economía abierta, reduce dramáticamente la posibilidad de aislar a los sectores productivos y a los consumidores de los movimientos de precios y tendencias de la productividad en el resto del mundo. Desde el punto de vista de la teoría convencional, en tales condiciones la economía se ve obligada a mantener una baja tasa de inflación para no perder competitividad, y a remodelar sus sistemas productivos en función de la demanda y la oferta externas, lo que reduce la posibilidad de implementar políticas para promover actividades relativamente menos competitivas en función de objetivos estratégicos o de largo plazo.

El paradigma del tipo de cambio fijo se eclipsó en 1997, a partir de la crisis de las economías asiáticas, cuyas monedas estaban atadas al dólar, y fue reemplazado por el de cambio flotante, en dos versiones: una, radical, de flotación libre; y otra basada en la flotación administrada. Las corrientes ortodoxas y los organismos financieros promovieron la flotación libre y el sometimiento del tipo de cambio a una política antiinflacionaria conocida como «objetivos de inflación» (inflation targeting). En un artículo crítico de esta estrategia, Luiz Carlos Bresser-Pereira resume la recomendación ortodoxa de la siguiente forma:

Para garantizar la estabilidad macroeconómica, el país debe lograr un superávit primario que mantenga la relación deuda/PIB en un nivel aceptable para los acreedores. El Banco Central debe tener un único mandato –combatir la inflación– y dispone de un único instrumento, la tasa de interés de corto plazo. Esta tasa es esencialmente endógena, o sea, definida por el mercado. Debe ser alta para combatir la inflación. El tipo de cambio también es endógeno y su equilibrio será asegurado por el mercado.

La política de objetivos de inflación

Uno de los problemas de la política de objetivos de inflación es que, cuando el tipo de cambio es libremente determinado por los movimientos de capital, puede generarse una apreciación de la moneda nacional. Cuando se combina una oferta de capitales abundante en el mercado internacional con una tasa de interés elevada en el mercado local (producto de la astringencia monetaria de la política antiinflacionaria), la economía genera un ingreso de capitales financieros que aprecian el tipo de cambio.

Esta apreciación del tipo de cambio determina un sistema de precios relativos que afecta a los sectores con menores ventajas comparativas, como por ejemplo el sector industrial. Esto se debe, como señala Bresser-Pereira, a que el tipo de cambio normal de equilibrio puede ser menor que el tipo de cambio de equilibrio de la industria.

Esta situación afecta al conjunto de la economía, porque las actividades tradicionales, aun cuando cuenten con una importante incorporación de tecnología, como sucede con el petróleo y el agro, no emplean toda la fuerza de trabajo. Se pierden oportunidades de invertir en sectores con mayor componente tecnológico y con una producción de mayor valor agregado.Este problema se verificó en Argentina durante el periodo de convertibilidad (1991-2001). En esta etapa, la producción, la productividad y las exportaciones agrícolas aumentaron. Sin embargo, también aumentó la desocupación, debido a que el sector industrial sufrió la combinación de un bajo crecimiento económico con inversiones que reemplazaron mano de obra.

La política de tipo de cambio competitivo

La segunda opción para un régimen de tipo de cambio flotante es sostener un tipo de cambio competitivo ubicado más cerca del tipo de cambio de equilibrio de la industria. Para seguir esta estrategia, el Banco Central debe asumir objetivos más amplios que el simple cumplimiento de metas de inflación. Esto implica que el Banco Central no necesariamente es independiente, sino que debe operar en articulación con el organismo que diseña la política económica (por ejemplo, el Ministerio de Economía).

Esta estrategia lleva a enfrentar el trilema planteado por la ortodoxia. Roberto Frenkel examina el argumento ortodoxo de la «trinidad imposible», según el cual un país no puede mantener simultáneamente la libertad de los flujos de capital, una política monetaria activa y el control del tipo de cambio. Esto se debe a que, en un contexto de libertad de flujos de capital, si se controla la oferta monetaria, se deja libre el tipo de cambio y este es determinado por el ingreso o la salida neta de capitales. Para eludir el trilema, es necesario apelar a instrumentos heterodoxos, como controles de flujos de capital o de tipo de cambio.