Tema central

Diario de una ecología privatizada

Suele mencionarse a Guayaquil como un ejemplo de buena gestión municipal, como un sinónimo de gobernabilidad, eficiencia y progreso. Sin embargo, la utopía modernizadora en esta ciudad ecuatoriana esconde los efectos perversos de un proceso de renovación urbana que restringe el espacio público y privatiza las funciones municipales, con consecuencias sociológicas problemáticas. El recorrido etnográfico en que se basa este artículo parte de la experiencia cotidiana y revela algunos aspectos silenciados que se ocultan tras los paisajes y las propagandas de la ciudad de tarjeta postal.

Diario de una ecología privatizada

A inicios del siglo XXI, Guayaquil ha emergido como un referente de gobernabilidad local para otros países de la región gracias a la magia privatizadora del espacio público. Siendo la urbe más grande de Ecuador (con aproximadamente 2.300.000 habitantes) y el puerto de exportación más importante sobre la costa del Pacífico, la ciudad es representada por las elites políticas como una suerte de Ave Fénix: de la decadencia de los gobiernos populistas de los 80 al despegue iniciado en los tempranos 90 bajo el mando de dos líderes del ultraconservador Partido Social Cristiano: León Febres Cordero, ex-presidente y alcalde entre 1992 y 2000, y Jaime Nebot (de 2000 al presente), su varias veces fracasado delfín en la carrera por la Presidencia y su sucesor en la Alcaldía, quien eligió el eslogan «Más ciudad» para promocionar las transformaciones emprendidas. El diario etnográfico que ensambla este artículo, a manera de viñetas sobre la vida cotidiana en Guayaquil, releva el otro lado de la medalla del proceso de renovación urbana: la construcción de «menos ciudadanía». Esta tensión pone sobre el tapete una pregunta frecuentemente borrada del lenguaje de la gobernabilidad local, discurso que domina hoy el debate sobre los destinos de la ciudad y que oculta los sentidos restringidos de ciudadanía que se van imponiendo como correlato de las modificaciones arquitectónicas y administrativas, obliterando los efectos autocráticos de estas sobre sus habitantes.

Propagandizado como la «cuarta revolución» de Guayaquil, el modelo de renovación urbana sigue las recetas conocidas: transformación de las zonas renovadas en pasarelas turísticas que demandan hipervigilancia y sobre las cuales se construye una imagen de ciudad postal, imagen cuyo éxito se mide por el grado de limpieza sociológica logrado frente a diferentes grupos, desde vendedores ambulantes hasta poblaciones marginales y jóvenes sospechosos. El gobierno local opera mediante el establecimiento de un aparato paramunicipal de fundaciones privadas con licencia de un siglo para el arbitrario manejo del espacio público. Por ejemplo, el antiguo puerto a lo largo del cual se tejió el tramado urbano original ha sido rebautizado con una marca, «Malecón 2000», y el ingreso está limitado por reglas de admisión que son aplicadas arbitrariamente por un ejército de guardianes privados con un nivel de educación comunitaria nulo. El tránsito por parte de los visitantes obedece a la lógica comercial que organiza este espacio: de los shopping malls a los jardines ornamentales, una mirada de vitrina de la ciudad ha sido cuidadosamente construida. Así, los ciudadanos se convierten en meros visitantes o consumidores en espacios que norman hasta el manejo de sus cuerpos: no parecer pandilleros, no besarse, no sentarse con los pies sobre las bancas, no vestirse como un estudiante, no ser travesti, no airear homosexualidad, no ser vagabundo. El malecón sirve como paradigma del paisaje deseado y creado como metástasis en otras áreas (la metáfora es oficial), paradigma que convierte a la ciudad en un espacio controlado y privatizado.

Las gestiones socialcristianas han gozado de estabilidad política en un país donde se han turnado una decena de presidentes en pocos años, uno de los cuales fue desplazado por «incapacidad mental». Esto da cuenta de la hegemonía alcanzada por este proyecto, la misma que se expresa en la degeneración de una esfera pública donde prácticamente todo tinte crítico ha sido debidamente domesticado, y en la proliferación mediática de nociones de «autoestima» que han servido para apuntalarlo hábilmente y generar consensos. A falta de oportunidades de discusión sobre el devenir de una ciudad en la que los macroproyectos son develados uno tras otro sin previa consulta ni participación democrática, mientras muchas necesidades básicas continúan desatendidas (uno de cada cuatro habitantes no tiene acceso a alcantarillado), aquí ofrezco algunas miradas propias al día a día de las ruinas del espacio y la esfera pública. Estas entradas han sido catalogadas en relación con tres ejes que se van intersectando –paisaje urbano, seguridad pública y ciudadanía– y buscan provocar un reflejo, actual o futuro, en la morfología política de muchas otras urbes latinoamericanas, contextos donde, gradualmente, las esquinas, las calles y las plazas se vuelven intercambiables.

Paisaje

Agosto 16, 2004: la muerte del centro. Vivo al pie del malecón, en la frontera norte de la zona renovada. Un caminante que goza regularmente de las bondades del nuevo centro y que, no obstante, atestigua en sus erranzas su paulatina muerte. De los trabajadores ambulantes de mi zona, uno de los pocos sobrevivientes es un septuagenario lustrador de zapatos quien, gracias a la bondad de los dueños de la casa bajo cuyo portal se ampara, continúa peleando su supervivencia a la vuelta de la misma esquina donde lo hizo durante 50 años y de donde fue desplazado. El quiosco ubicado al frente, famoso por sus platos de pescado encocado, fue reemplazado por una pequeña cafetería gourmet. Aunque el gobierno municipal había prometido respetar a los vendedores tradicionales –quienes ofrecían pescado frito, encebollado y jugos de fruta–, el panorama resultante de los nuevos patrones de distribución comercial que favorecen a empresarios medianos es bastante anodino. Las comidas uniformes son otra forma de homogenización del espacio. En el proceso, muchos pequeños empresarios sin capital han sido condenados a los márgenes y han sido convertidos gradualmente en vendedores ambulantes o, directamente, en miserables.

Siguiendo la frontera, a cuatro cuadras, se halla Alberto, discapacitado y en sus cincuentas, quien solía vender la lotería y rentar un teléfono en la esquina del principal bulevar de la ciudad. Como los vendedores de lotería fueron confinados, los discapacitados invisibilizados y la telefonía globalizada, Alberto ahora vende antenas de televisión o cualquier otro cachivache mientras sortea a la Policía Municipal cada vez que intenta volver al territorio donde el fluir humano antes le garantizaba un mínimo ingreso diario. Cerca, los cuidadores de autos, también desplazados, disputan las propinas con nuevos actores: los guardianes privados que vigilan espacios cada vez menos públicos. Las armas de estos últimos prevalecen momentáneamente, pero al caer de la tarde regresan los indeseables, locos, pordioseros y desprotegidos, a ocupar los portales desolados. De hecho, toman fragmentos de bloques enteros durante los fines de semana, cuando el sol se aleja del paisaje de propaganda.

Las propias calles de la nueva ciudad mueren. Los rótulos de tiendas y establecimientos se ven ahora uniformes, gigantografías o placas iluminadas reemplazan a la riqueza tipográfica que se veía antes, en rótulos pintados manualmente y con diseños y cromáticas no estandarizados. Ellos han sido borrados, como las decoraciones de los buses. La contaminación sensorial está en otros lados. Saturación visual, en los paisajes sobreiluminados de los nuevos paseos y plazas, en la desoladora neutralidad de los lotes de parqueo que empiezan a dominar el espacio al norte de la avenida principal, en el exceso de puestos comerciales, monumentos y juegos de alquiler en el malecón. Contaminación olfativa, en el fuerte aroma a frituras de las cadenas de comida chatarra que invade la atmósfera. Y contaminación auditiva, en el escándalo de algunos bares del simbólico cerro que mortifican cotidianamente a sus habitantes, así como lo hace el muzak, a todo volumen, en malecones y parques.

Pregunto al lustrador de zapatos, que dejará su oficio para siempre cuando lo vuelvan a empujar a las nuevas fronteras, si sabe si las palmeras, alguna vez y en algún lugar, brindaron sombra. En un entorno de humedad y soles tropicales, con cada vez menos portales y árboles oxigenantes, las palmeras, que han sido colocadas masivamente por la administración socialcristiana, se han convertido en el símbolo del carácter contraambientalista de este contexto urbano y, junto con la marginación social, la uniformización del espacio público y la vigilancia de los ciudadanos, constituirán legados mayores de la renovación de la ciudad. En la nueva ecología, la sombra es un derecho perdido para el anciano trabajador con su sabiduría de medio siglo al servicio de la vida en las calles.

Marzo 14, 2007: ruinas de Disneylandia. El actual gobierno municipal de Guayaquil no ha dudado en investir simbólicamente a la ciudad con una arqueología de su legado. Esta no nos remite solamente al pasado: refiere también al presente, a esa cualidad viva que se impregna en el devenir del día a día sobre la materialidad de las cosas. Así, cada poste y cada banca en las zonas renovadas incluyen el nombre del alcalde, y las placas que adornan algunas esquinas están igualmente destinadas a perennizar en la mentalidad de los habitantes la herencia de su patriarcado.

Aquella arqueología oficial, además de violar la prohibición legal de hacer propaganda política mediante la obra pública, añade al deterioro cotidiano el de los propios materiales utilizados para la renovación. De esta manera, el otro sentido de la arqueología, las ruinas, aparece con fuerza para formular sus propios comentarios sobre el presente. El lado oscuro del porcelanato es quizás el más dramático. Basta caminar por cualquiera de las veredas de alguna zona renovada para constatar la dinámica de una historia que en su momento fue definida por un editorialista como una «lotería ganada de por vida» por las empresas de mantenimiento y reposición. El alma de maquillaje que inspira la renovación es revelada por los pedazos y fragmentos en los que inevitablemente se convierten las baldosas. La destrucción se explica, por supuesto, por el uso de un material probablemente diseñado para la levedad de los interiores y no para el peso del espacio público.

Al calor del cuestionamiento del gobierno central sobre las fuerzas que respaldan este tipo de proyectos, el alcalde declaró en una entrevista en televisión que –sonrisas más, palabras menos– aspiraba para el país el modelo democrático de Disneylandia. El Mundo de Disney, por supuesto, construye espacios bajo la lógica del simulacro. Es una máquina autocrática de producción de felicidad simulada, que asume la falsedad como principio de diversión de los paseantes. La histeria detonada por la discusión acerca de la verdadera representatividad política de las, así llamadas, «fuerzas vivas» responde a que estas son creaciones acríticas de ciertos medios masivos para justificar las configuraciones de poder que históricamente han controlado la esfera pública en Guayas. El efecto político de ello es la inmovilización de los ciudadanos para exigir rendición de cuentas respecto de la obra pública.

Al reflexionar, entonces, sobre el deterioro de las baldosas y los modelos que inspiran la gestión pública, uno no puede dejar de pensar en los referentes simbólicos de aquellos que pretenciosamente han definido el modelo de desarrollo urbano de Guayaquil como una «ciudad-Estado». El detalle que generalmente olvidan quienes defienden la obra municipal es que, en Disneylandia, lo que se construye no es ciudadanía, sino apenas visitantes, que los principios democráticos, en Guayaquil y en Disneylandia, terminan cuando se acaba el dinero en el bolsillo. Nadie debe reflexionar sobre ello, solo divertirse.

Septiembre 1, 2005: hasta la vista, peatones. En las zonas renovadas las esquinas reservan ingratas sorpresas para el transeúnte. Estas a veces provienen de la propia disposición del nuevo sistema de semáforos. En otros casos, jardineras, macetas u otros dispositivos se han convertido en obstáculos para el caminante. Pero los riesgos que enfrentan los peatones no derivan tanto de los detalles del diseño como de una concepción espacial que tiende a la gradual aniquilación del espacio público. En el nuevo orden de la ciudad, los derechos de los peatones han sido supeditados a los del tráfico vehicular o directamente eliminados.

La presencia y la ausencia de ciertos dispositivos llaman a preguntarse por la suerte de los caminantes. A lo largo de la avenida principal, a pocos centímetros de la vía vehicular, fueron instaladas algunas bancas. El peligro de su cercanía a los autos se exacerba por el hecho de que la vereda se encuentra prácticamente al mismo nivel que el tráfico. En oposición, la ausencia total de bancas en amplias secciones de las veredas renovadas da cuenta del patrón dominante, que piensa la ciudad en términos de habitantes que caminan pero que no deben descansar, ni siquiera en las paradas de los buses, para evitar la apropiación de espacios.

A pesar del gran acierto que constituyen las señales auditivas para discapacitados visuales, el sistema de semáforos, supuesto modelo de sofisticación tecnológica, radicaliza la discriminación de los peatones. En muchas esquinas el caminante carece de señal alguna para orientar su proceder. Además, salvo excepciones, los semáforos están programados para facilitar el fluir ininterrumpido de vehículos sin contemplar el tiempo necesario para el cruce de los transeúntes. Finalmente, la zona de paso destinada a estos últimos está señalizada de manera caprichosa, confusa, con la clásica línea de cebra interrumpida por adoquines en la mitad de la vía que debería demarcar. Cruzar o no cruzar, ese es el dilema.

Las jardineras y macetas, tan necesitadas, han sido dispuestas como ornamentos que muchas veces funcionan como apéndices de proyectos que privilegian el diseño estético o los intereses privados y complican el libre flujo peatonal. Esto ocurre, por ejemplo, cuando son colocadas como un adorno que elimina abruptamente la vereda y la bloquea por completo. En esos casos, los peatones se ven obligados a caminar directamente por la calle. En otras ocasiones, la vereda se ve supeditada a los intereses privados: las jardineras, colocadas frente a ciertos negocios, interrumpen la calzada, que a veces también queda anulada por el parqueadero de una empresa o un negocio. Los ejemplos sugieren que en el Guayaquil regenerado la vida peatonal ha resultado sistemáticamente degenerada.

Seguridad

Junio 4, 2006: del peso relativo de las almas. Dos balazos a niños son el motivo de esta historia. El primero, un infante trabajador asesinado a sangre fría y a quemarropa por un guardián privado. La segunda, una escolar muerta accidentalmente tras un tiroteo entre asaltantes y policías. Ambas historias reflejan a distintos actores del drama de la seguridad pública en el Guayaquil amurallado y hablan de los diferentes espacios y grados de importancia que la violencia adquiere en la imaginación mediática.

El primer asesinato es de un salvajismo que debería haber generado el cuestionamiento de una política municipal fundamental: la creciente privatización de la seguridad en manos de criminales despiadados en potencia. El niño, Ruben Darío, abandonado por su padre, mantenía a su familia trabajando como reciclador de basura en las calles de un barrio marginal. Jugando con sus amigos, robó la chompa de un guardia de una empresa cercana. Al ser descubierto, imploró perdón por su travesura y devolvió la prenda, pero el guardia clamó venganza como un espectáculo machista y una lección represiva a ser disfrutada por el resto de sus colegas y, frente a los traumatizados amigos del niño, lo mató de un tiro. El caso desapareció de la prensa en un par de semanas.

La segunda muerte fue producto del azar y no del cálculo deliberado. Un comercio atracado por delincuentes. Una bala cruzada entre el tiroteo y la persecución. Un bus escolar parqueado en las inmediaciones. Una niña de clase media, Nathalia, sentada en el lugar y en el momento equivocados. El lugar erróneo, eso parece ser lo más importante: demasiado cerca de la utopía separatista de las elites. La diferencia clave en el tratamiento de los medios radica precisamente en el locus de la violencia: Samborondón, territorio reclamado por las clases altas en su repliegue hacia espacios supervigilados y ciudadelas fortaleza. Este caso ha desatado la preocupación de los medios o, para ser más precisos, su agenda más represiva. Articulistas consternados, cartas de opinión, primeras planas en la prensa escrita, arengas a través de la radio. Velas encendidas en los sets de los noticieros televisivos para convocar a una marcha pública. Vela tras vela, sus palestras son ahora verdaderos altares al negocio de la violencia. Anuncian con sangre fría el desfile de las estrellas de la farándula, aunadas esta vez a la familia afectada gracias al cinismo que caracteriza el tratamiento mediático. Esta es la segunda marcha pública realizada en tiempos recientes como resultado de la politización del problema de la seguridad pública, orquestada con la venia de las autoridades municipales. En esta ciudad, donde el dolor de quienes son afectados por la delincuencia suele ser explotado eficazmente, hasta las almas de los niños pesan diferente, igual que los despliegues periodísticos que las iluminan o las hacen desaparecer.

Junio 9, 2006: peces fuera del agua. La así llamada «marcha blanca» del 7 de junio en reclamo de seguridad dio cabida a múltiples manifestaciones y comentarios públicos. Una lectura plana, la mediática, seguirá las líneas del cansancio frente a una delincuencia incontrolada y el avance de las demandas a las autoridades. Hablará de la civilidad guayaquileña, de lo pacífico de la marcha, de su carácter «no político». Pero la ausencia de figuras políticas no significa que detrás de las etiquetas de la «guayaquileñidad», el «pacifismo» y lo «no político» haya una coincidencia de intereses o de visiones sobre el destino fortificado de la ciudad. Si la marcha revela algo, un dato casi exótico en el Guayaquil contemporáneo, es la existencia, aunque eventual y efímera, de una esfera pública no «regenerada». Lejos de presentar una imagen monocromática, la heterogeneidad de agendas es precisamente lo que más se destaca en la marcha de las velas del 7 de junio de 2006.

Los Latin King, único grupo juvenil no dependiente de una ONG o de una institución educativa presente en la marcha, hicieron un despliegue sobrio de sus emblemáticos símbolos transnacionales. No por su número, más bien un puñado de pandilleros, sino por su corporalidad: en una ciudad acostumbrada a las imágenes de blanqueamiento, buena parte de los que desfilaron eran jóvenes de tez oscura que no estaban vestidos con el código de etiqueta blanco de la marcha. Su bandera representa un castillo dorado rodeado por dos leones, quizás una alegoría de su propia ubicación en la marcha: flanqueados por policías, fueron los últimos en desfilar. Su presencia era inquietante no solo para los curiosos, sino para ellos mismos: intentaban ocultar sus rostros frente a mi cámara, como si estuvieran incómodos por la atención recibida.

«Vamos por buen camino, Sancho, porque los perros ladran.» Un anciano vestido con un pantalón de baño y gafas para natación. Un pez hippy fuera del agua, pintado su cuerpo con las consignas de amor y paz. Y con megáfono, vociferando todo lo que al discurso represivo de los medios y de la municipalidad se le ha olvidado: que la violencia no es un problema de la delincuencia sino de la falta de empleo y de la corrupción rampante, que una ciudad no es tal mientras sigan expandiéndose las murallas. Un hombre que marchaba solo, un iconoclasta en la tierra del horizonte autoritario.

Las mujeres se encargaron de devolver el tema a la vida cotidiana, a su carácter procesal y no episódico. Su sola presencia revelaba una demanda para quitarle al asunto su carácter de espectáculo político y retomarlo como un hecho que obedece también a las condiciones de género dominantes. Dos mujeres con cartelones hechos a mano: una adolescente con un cartel cuya consigna subvertía la alegoría oficial de la ciudad, la figura de la estrella de las pancartas oficiales del municipio que, coquetamente, tiende a infantilizar a los ciudadanos, esta vez se veía maniatada por un billete de un dólar y condecorada con la consigna «Más inseguridad», revirtiendo así la propaganda oficial. La otra portaba un cartel donde podía leerse una pregunta esencial: «Sr. alcalde, ¿de qué sirvió poner seguridad privada si cada día aumenta la delincuencia?». Todas ellas rebasan el silencio que caracteriza a la esfera pública guayaquileña, donde preguntarse por políticas no represivas tiende a ser visto como algo impensable. El hecho de que hayan sido dos mujeres quienes se animaron a formular estos planteos hace mucho más importante su crítica al discurso machista que se solapa en las estrategias de guerra contra la delincuencia común.

La histeria nacionalista del mundial de fútbol también fue hábilmente criticada por una agrupación de jóvenes de camisetas negras bajo la consigna: «Ratas en el hospital, ratas en el mundial». El Estado y la selección ubicados en el mismo plano: el escándalo de la venta de visas que envolvió a dirigentes del equipo nacional y la negligencia sistemática en un hospital público que les costó la vida a decenas de infantes pobres. Dos grandes vergüenzas aunadas por una masa juvenil que, marginada de la democracia y del sistema de partidos, busca en sus propias agrupaciones la forma de dejar su impronta.Y, claro, no faltaron los empleados municipales y las asociaciones de turismo. Después de todo, estos dos sectores son probablemente los más preocupados, puesto que su gestión político-empresarial depende del maquillaje renovador y de la boyante economía turística de la ciudad. Cerrando la marcha, el barrendero con su uniforme celeste y blanco, los colores de la bandera de Guayaquil, marcado con el nombre de una prisión tercerizada por la magia de las fundaciones paramunicipales, «Limpieza Sector 9 de Octubre». Con su imagen, se borraron los vestigios de una ciudadanía diversa y no autoritaria que apareció durante la marcha.

Agosto 16, 2006: seguridad ciega. El ciego gira sobre sí mismo sin que los paseantes se inmuten. Solo lo miran. El hombre, de mediana edad, dice querer llegar a la avenida principal, pero no encuentra la ayuda necesaria para descubrir una clave que le permita guiar su destino. No posee un bastón que facilite su propósito. De repente, un guardia privado, de aquellos que pululan por las calles renovadas, se acerca a la escena y se convierte en un simple curioso más. Mi esperanza se transforma en ira al comprobar que el ciego no encuentra ayuda entre aquellos cuyos sueldos han sido pagados con mis impuestos. En cuanto al resto, no me extraña su desdén. Después de todo, la regeneración ha servido para marcar fronteras y etiquetas: los desempleados, los pordioseros, los vagabundos, los informales, todos ellos han sido estigmatizados en el intento de apuntalar la lógica turística de la renovación urbana. La palabra clave que no se conjuga en el limitado vocabulario oficial es, precisamente, exclusión.

Tomo al ciego de un brazo, después de que mi reclamo al guardia por su impavidez fuera recibido con silencio, como si su lengua hubiese sido tragada por su silbato. No entiendo: pago para «proteger» las calles a personas sin educación y sin sentido común. Pagan los ciudadanos por las perversiones de la seguridad pública: por la burla, la desidia, la ignorancia y los abusos que constituyen el día a día del espacio público privatizado. Paso a paso, mientras cruzamos la calle, el hombre ciego me cuenta su desventura. Vive de la caridad de los transeúntes y diariamente se traslada a lugares ahora prohibidos para los más necesitados. Su bastón había desaparecido minutos antes por arte y magia de los propios guardianes, que se lo arrebataron en tono de broma para obstaculizar su tránsito.

Casi al llegar a la avenida principal, a sabiendas de que otra vez podrá ser maltratado salvajemente, privado de la única ayuda con la que contaba para moverse en este mundo, una mano amiga surge desde el parque. Ella, su conocida, le brinda algo de sosiego en medio de un desamparo que corroe hasta lo más profundo un espectáculo renovador que siempre se verá contaminado por estos fantasmas. Allí dejo al ciego, paliando con una pizca de solidaridad la locura que le provoca su hambre, la de seres de carne y hueso condenados por una visión sobre la ciudad que privilegia las fronteras y no los puentes entre los ciudadanos.

Ciudadanía

Julio 9, 2006: negro esperanza. Guayaquil, domingo, 07.00 hs. Los límites entre lo público y lo privado son la enseñanza de hoy en el programa de educación a distancia Aprendamos, que es emitido semanalmente por televisión en señal abierta. El curso se titula: «Ciudadanía: una oportunidad para todos». Una pareja de vecinos, marcados como diferentes por su rostro oscurecido por el maquillaje, ha decidido pintar la vereda frente a su casa. Pero nuestros héroes, otra pareja llamada Justo y Progreso, deciden civilizar a estos dos extraños impidiéndoles que atenten contra el nuevo orden urbano. Para ello, Progreso acude a la puerta de la casa de los infractores. La lección se desarrolla con pupilos cuyas diferencias radican en su piel, en su estilo de hablar y de vestir y en su origen migrante.

Las caras pintadas desnudan el lenguaje racial de la ciudad ficticia de Puerto Esperanza, metáfora didáctica sobre la ciudad de carne y hueso. En los textos que fundamentan este curso, el racismo institucionalizado es suplantado por personajes en distintos tonos de celeste y blanco. Para obviar la referencia a conflictos reales, no hay negros ni indios. Pero este recurso, sencillo de representar en el estilo de las tiras cómicas del libro que sirve de instrumento pedagógico, se ve muy diferente en la televisión, donde el maquillaje traiciona el espíritu neutral y el tono ascético de los materiales textuales.

La performance de la diferencia requiere subrayados adicionales cuando se traduce al lenguaje audiovisual, que, mediante el ejercicio de una antropología costumbrista, destaca las diferencias a través del gesto corporal, el lenguaje verbal y la vestimenta. La gestualidad animal y el tono chabacano de hombres y mujeres, y el uso de pañuelos en la cabeza como una referencia directa a la población trabajadora migrante dan cuenta de una estética derivada del estilo de las series y comedias de televisión racistas. Lo oscuro, lo negro, lo indio, lo cholo, lo montubio, conjurados por los artefactos de la ignorancia y el mal gusto. Justo y Progreso, en cambio, son una pareja mestiza y de clase media, a pesar del toquecito gay en sus nombres que podría traicionar el espíritu esencialmente heterosexual de estas historias. A diferencia de los sin nombre, ellos son los naturales e inescrutables portavoces de la nueva racionalidad ciudadana.

Bien dicen sus personajes principales al referirse al espacio público: «Hay un adentro y un afuera en Puerto Esperanza». El «adentro» y el «afuera» de quienes piensan que la ciudadanía es solo una cuestión de valores individuales, de ejercicio doméstico, curso de autoayuda dictado por «esperanceños» de pura cepa, revolución interna que debe ocurrir «adentro», en el alma de campesinos y pobres. Una práctica ciudadana limitada a discutir las mejoras del barrio y no a preguntarse acerca del destino de la ciudad, destino dictado por las elites políticas que han hecho de estas ficciones un instrumento para infantilizar efectivamente a los ciudadanos del Guayaquil contemporáneo, aquellos que pagan sus impuestos para que estos materiales didácticos lleguen gratuitamente, y con el aplauso del Estado, a sus manos.

Agosto 22, 2007: a sangre fría. Es fácil prometer «morir por Guayaquil» como ejercicio melodramático para las masas en tiempos de celebraciones populares y elecciones. Es cínico hacerlo mientras se promueve una consulta en la que, tras haber flirteado con la pena de muerte, finalmente se han contentado con la cadena perpetua. Es decisivo saber que detrás de ella están, entre otros, el Partido Social Cristiano y la Iglesia católica. Cristiano más católico significa, en estos días de infatigable trabajo por frenar todo intento de cambio, por simbólico que este fuere, más condenas y más muerte. La propuesta de consulta que ha sido encabezada por el alcalde Nebot en su intento por consolidar un frente de oposición al gobierno de Rafael Correa se ha puesto en marcha, ahora, con el apoyo de varios municipios filiales. Que el Arzobispado de Guayaquil, léase el Opus Dei, esté detrás de todo esto no sorprende. Después de todo, Guayaquil ha sido el bastión de las marchas colegiales contra el aborto y la píldora del día después. Como la Iglesia católica ha ido perdiendo espacio frente a otras religiones, hoy se encuentra de campaña de puerta en puerta en busca de fieles. Parece evidente que parte de las deserciones del campamento católico se explican por la constante alineación de sus máximas autoridades eclesiales con las fuerzas elitarias que se encuentran detrás de la renovación urbana.

La campaña liderada por al alcade Nebot tiene, entre otros, tres componentes centrales: la ampliación de condenas, la prohibición del aborto y la defensa de la dolarización. La primera se construye en base a la manipulación política del miedo ciudadano a la inseguridad. Una y otra vez, durante los últimos años, Nebot ha politizado el tema, llevándolo al punto de capitalizar algunas manifestaciones callejeras con la finalidad de avanzar una agenda más represiva en Guayaquil. Acostumbrado a sentar al presidente de turno para hacerlo firmar las iniciativas más descabelladas, como la concesión del control de calles públicas a compañías privadas de seguridad, la consecuencia más clara de la manipulación del miedo y la desgracia ciudadana por parte de su tienda política es la inclusión como candidato a la Asamblea Constituyente de una víctima, el padre de una niña asesinada cuyo único pensamiento político es el clamor por la pena de muerte.

La prohibición del aborto es un tema persistente a pesar de las cifras devastadoras de embarazos no deseados, especialmente entre mujeres adolescentes. La Iglesia, y sobre todo algunos sectores del Opus Dei con conexiones con el Partido Social Cristiano, que son los primeros en abogar por una menor presencia del Estado en la vida social, encuentran un límite a su ideología cuando del cuerpo de las mujeres se trata. Pregonan la más pura ignorancia como receta mágica justamente en la provincia que registra los mayores niveles de sida. La prohibición del aborto equivale, en estas condiciones, a una mayor descomposición familiar por la falta de educación anticonceptiva y, dada la expansión epidémica del sida, a más muerte.

La propuesta de consulta popular cuya cabeza parlante es el propio alcalde juega también con el miedo a la desdolarización. El dólar es la bandera que mejor aúna sus intereses y la que cobija a los sectores industriales y comerciales que están detrás de esta iniciativa. Una historia de la dolarización en Ecuador nos lleva también a la muerte como su punto de origen: la de los defraudados que literalmente se suicidaron, la de las esperanzas de los depositantes comunes y corrientes, la de la soberanía monetaria de un país, la de un sistema judicial que se ha probado hasta ahora incapaz de juzgar a sus responsables principales. La consulta popular que promueven Nebot y su rebaño, cuyo principal móvil fue intentar tergiversar el sentido de las elecciones para la Asamblea Constituyente y lograr obtener votos con el engaño, continúa pues subida al tren de la muerte.

Para utilizar el lenguaje de la Alcaldía: más consultas, más manipulación política, más represión, más miedo, más abortos ilegales, más ignorancia sobre la sexualidad, más sida… a sangre fría y por un voto.

Escape

El cielo del Salón de Honor, la sala principal del Palacio Municipal, se halla decorado desde 2004 con una pintura que cita «La creación del hombre», la obra de Miguel Ángel. Pero hay una variación crucial, junto a otras innovaciones. En los extremos de Dios y el Hombre se encuentran León Febres Cordero y Jaime Nebot, los dos alcaldes y patriarcas a los que aludí al inicio de este diario, gestores de los espacios públicos con derechos de admisión, de los materiales didácticos racistas que diferencian entre ciudadanos de primera y de segunda, creadores de las fundaciones paramunicipales y de los museos navales con piratas de parche y pata de palo y damitas y caballeros sacados de las páginas del Manual de Carreño. El mural fue un sentido homenaje al alcalde Nebot por parte de las cámaras empresariales y las juntas cívicas, un eufemismo para denominar a grupos de elite de raigambre aristocrática que utilizan el nombre del bien común para avanzar la agenda edilicia y oponerse al gobierno central. Verdadero monumento kitsch, el mural da cuenta cabal de las artes y la magia de la privatización: allí, en el salón máximo, la cúpula ha sido reducida a una escena idólatra entre gobernantes locales que entendieron que, una vez aniquilada la esfera pública, solamente les restaba admirarse el uno al otro. Como si sus miradas se perdieran en un tiempo que no es necesariamente eterno, a la manera que lo quiere el espejo de su preferencia.