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Diario de una ecología privatizada

Suele mencionarse a Guayaquil como un ejemplo de buena gestión municipal, como un sinónimo de gobernabilidad, eficiencia y progreso. Sin embargo, la utopía modernizadora en esta ciudad ecuatoriana esconde los efectos perversos de un proceso de renovación urbana que restringe el espacio público y privatiza las funciones municipales, con consecuencias sociológicas problemáticas. El recorrido etnográfico en que se basa este artículo parte de la experiencia cotidiana y revela algunos aspectos silenciados que se ocultan tras los paisajes y las propagandas de la ciudad de tarjeta postal.

Diario de una ecología privatizada

A inicios del siglo XXI, Guayaquil ha emergido como un referente de gobernabilidad local para otros países de la región gracias a la magia privatizadora del espacio público. Siendo la urbe más grande de Ecuador (con aproximadamente 2.300.000 habitantes) y el puerto de exportación más importante sobre la costa del Pacífico, la ciudad es representada por las elites políticas como una suerte de Ave Fénix: de la decadencia de los gobiernos populistas de los 80 al despegue iniciado en los tempranos 90 bajo el mando de dos líderes del ultraconservador Partido Social Cristiano: León Febres Cordero, ex-presidente y alcalde entre 1992 y 2000, y Jaime Nebot (de 2000 al presente), su varias veces fracasado delfín en la carrera por la Presidencia y su sucesor en la Alcaldía, quien eligió el eslogan «Más ciudad» para promocionar las transformaciones emprendidas. El diario etnográfico que ensambla este artículo, a manera de viñetas sobre la vida cotidiana en Guayaquil, releva el otro lado de la medalla del proceso de renovación urbana: la construcción de «menos ciudadanía». Esta tensión pone sobre el tapete una pregunta frecuentemente borrada del lenguaje de la gobernabilidad local, discurso que domina hoy el debate sobre los destinos de la ciudad y que oculta los sentidos restringidos de ciudadanía que se van imponiendo como correlato de las modificaciones arquitectónicas y administrativas, obliterando los efectos autocráticos de estas sobre sus habitantes.

Propagandizado como la «cuarta revolución» de Guayaquil, el modelo de renovación urbana sigue las recetas conocidas: transformación de las zonas renovadas en pasarelas turísticas que demandan hipervigilancia y sobre las cuales se construye una imagen de ciudad postal, imagen cuyo éxito se mide por el grado de limpieza sociológica logrado frente a diferentes grupos, desde vendedores ambulantes hasta poblaciones marginales y jóvenes sospechosos. El gobierno local opera mediante el establecimiento de un aparato paramunicipal de fundaciones privadas con licencia de un siglo para el arbitrario manejo del espacio público. Por ejemplo, el antiguo puerto a lo largo del cual se tejió el tramado urbano original ha sido rebautizado con una marca, «Malecón 2000», y el ingreso está limitado por reglas de admisión que son aplicadas arbitrariamente por un ejército de guardianes privados con un nivel de educación comunitaria nulo. El tránsito por parte de los visitantes obedece a la lógica comercial que organiza este espacio: de los shopping malls a los jardines ornamentales, una mirada de vitrina de la ciudad ha sido cuidadosamente construida. Así, los ciudadanos se convierten en meros visitantes o consumidores en espacios que norman hasta el manejo de sus cuerpos: no parecer pandilleros, no besarse, no sentarse con los pies sobre las bancas, no vestirse como un estudiante, no ser travesti, no airear homosexualidad, no ser vagabundo. El malecón sirve como paradigma del paisaje deseado y creado como metástasis en otras áreas (la metáfora es oficial), paradigma que convierte a la ciudad en un espacio controlado y privatizado.

Las gestiones socialcristianas han gozado de estabilidad política en un país donde se han turnado una decena de presidentes en pocos años, uno de los cuales fue desplazado por «incapacidad mental». Esto da cuenta de la hegemonía alcanzada por este proyecto, la misma que se expresa en la degeneración de una esfera pública donde prácticamente todo tinte crítico ha sido debidamente domesticado, y en la proliferación mediática de nociones de «autoestima» que han servido para apuntalarlo hábilmente y generar consensos. A falta de oportunidades de discusión sobre el devenir de una ciudad en la que los macroproyectos son develados uno tras otro sin previa consulta ni participación democrática, mientras muchas necesidades básicas continúan desatendidas (uno de cada cuatro habitantes no tiene acceso a alcantarillado), aquí ofrezco algunas miradas propias al día a día de las ruinas del espacio y la esfera pública. Estas entradas han sido catalogadas en relación con tres ejes que se van intersectando –paisaje urbano, seguridad pública y ciudadanía– y buscan provocar un reflejo, actual o futuro, en la morfología política de muchas otras urbes latinoamericanas, contextos donde, gradualmente, las esquinas, las calles y las plazas se vuelven intercambiables.

Paisaje

Agosto 16, 2004: la muerte del centro. Vivo al pie del malecón, en la frontera norte de la zona renovada. Un caminante que goza regularmente de las bondades del nuevo centro y que, no obstante, atestigua en sus erranzas su paulatina muerte. De los trabajadores ambulantes de mi zona, uno de los pocos sobrevivientes es un septuagenario lustrador de zapatos quien, gracias a la bondad de los dueños de la casa bajo cuyo portal se ampara, continúa peleando su supervivencia a la vuelta de la misma esquina donde lo hizo durante 50 años y de donde fue desplazado. El quiosco ubicado al frente, famoso por sus platos de pescado encocado, fue reemplazado por una pequeña cafetería gourmet. Aunque el gobierno municipal había prometido respetar a los vendedores tradicionales –quienes ofrecían pescado frito, encebollado y jugos de fruta–, el panorama resultante de los nuevos patrones de distribución comercial que favorecen a empresarios medianos es bastante anodino. Las comidas uniformes son otra forma de homogenización del espacio. En el proceso, muchos pequeños empresarios sin capital han sido condenados a los márgenes y han sido convertidos gradualmente en vendedores ambulantes o, directamente, en miserables.

Siguiendo la frontera, a cuatro cuadras, se halla Alberto, discapacitado y en sus cincuentas, quien solía vender la lotería y rentar un teléfono en la esquina del principal bulevar de la ciudad. Como los vendedores de lotería fueron confinados, los discapacitados invisibilizados y la telefonía globalizada, Alberto ahora vende antenas de televisión o cualquier otro cachivache mientras sortea a la Policía Municipal cada vez que intenta volver al territorio donde el fluir humano antes le garantizaba un mínimo ingreso diario. Cerca, los cuidadores de autos, también desplazados, disputan las propinas con nuevos actores: los guardianes privados que vigilan espacios cada vez menos públicos. Las armas de estos últimos prevalecen momentáneamente, pero al caer de la tarde regresan los indeseables, locos, pordioseros y desprotegidos, a ocupar los portales desolados. De hecho, toman fragmentos de bloques enteros durante los fines de semana, cuando el sol se aleja del paisaje de propaganda.