Tema central

Despliegues etnonacionalistas y temores empresariales

Luego de años de predominio neoliberal, en los países andinos, con la excepción de Colombia, han aparecido movimientos y liderazgos de masas que apelan a una tradición andina radical y encarnan un acentuado nacionalismo y antielitismo. Por lo mismo, constituyen un desafío para los grandes empresarios y las corporaciones, que han optado por tácticas que van del abierto golpismo a la cooptación e incluso el diálogo. Si se tienen en cuenta las realidades económicas globales y el peso de las fuerzas del mercado, es evidente que en la mayoría de los países los líderes contestatarios necesitan de la inversión privada. Por eso, aunque el escenario de confrontación siempre es posible, también hay espacio para la negociación y el entendimiento.

Despliegues etnonacionalistas y temores empresariales

¿Por qué el mundo andino produce líderes como Hugo Chávez en Venezuela, Nina Pacari y Lucio Gutiérrez en Ecuador, Ollanta Humala en Perú o Felipe Quispe y Evo Morales en Bolivia? ¿Por qué no surgen con la misma fuerza fenómenos contestatarios similares en los demás países de América Latina? ¿Qué reacciones generan estos movimientos entre los empresarios y cómo afectan el «clima de inversión»? Para responder a estas preguntas, es necesario explicar que algo políticamente novedoso está emergiendo en la mayoría de los países andinos, y que ocurre a pesar del crecimiento económico que éstos experimentan. Todo esto genera mucha preocupación, y hasta pánico, en las elites del poder.

Como afirmó Morales al ganar las elecciones de diciembre de 2005, la región vive un tiempo nuevo. Su signo más importante es la aparición de corrientes contestatarias, inspiradas en factores étnico-culturales y nacionalistas. Cuando éstas llegan a un tiempo de maduración, desarrollan tres componentes que conviene distinguir: a) movimientos y organizaciones de base popular de viejo y nuevo tipo, b) multitudes, o masas indiferenciadas, que cuestionan el statu quo neoliberal, y c) caudillos políticos que se montan sobre esta ola y se constituyen en alternativas de poder. Esos tres componentes, a pesar de indicar una multiplicidad de fuentes de protesta y una gran diversidad, tienen en común la identificación con figuras como el inca Pachacutec o el libertador Simón Bolívar, y una oposición al intervencionismo estadounidense y la globalización económica, algo propiamente andino. La emergencia de este curioso fenómeno inaugura un ciclo que revierte la ofensiva neoliberal de los años 90. Y cuando estas variadas y heterogéneas fuerzas se convierten en un factor de poder real, la clase empresarial se ve forzada a adoptar tácticas que van del enfrentamiento a la negociación, pasando por la cooptación.

Aunque la presencia de estos movimientos es creciente, su suerte política es variada debido a su carácter difuso y multipolar, a las diferencias tácticas entre las elites y a los distintos escenarios económicos de cada país. Por otro lado, los caudillos contestatarios, en muchos casos surgidos de un día para el otro por una marea de descontento social, tienen más claro a qué y a quiénes se oponen, antes que lo que proponen, y exhiben un fuerte personalismo que los hace impredecibles.

Variados, pero convergentes

A falta de una mejor definición, podemos denominar a estos movimientos «etnonacionalistas». Se trata de corrientes políticas híbridas, vagamente definidas, con distintos tipos de organización y liderazgo. A pesar de su variedad y multipolaridad, comparten ciertos rasgos comunes en cuanto a su identidad y juego de oposición. Pueden, por lo tanto, caminar en una misma dirección, llegar eventualmente a ser una alternativa de poder e, incluso, formar gobiernos.Quienes se movilizan y organizan de ese modo son mayormente pobres (campesinos, obreros, sectores marginales urbanos, universitarios, grupos emergentes), que son o se sienten identificados con los indígenas andinos y amazónicos –hecho más visible en Ecuador y Bolivia, aunque también en el Perú–, sin excluir la identidad africana. Nina Pacari, líder del Movimiento Pachakutic de Ecuador, sostiene al respecto que los indígenas se oponen a «un sistema de inequidad y exclusión que también alcanza a los mestizos pobres» y, precisamente por ello –argumenta–, tiene sentido «empezar a hablar de una propuesta plurinacional». Coincidentemente, el Movimiento al Socialismo (MAS) de Bolivia se define oficialmente como parte de un proceso mayor que llama «Movimiento Continental Indígena, Negro y Popular». Participan, también, individuos de los sectores medios, intelectuales deseosos de redefinir un discurso contestatario para el siglo XXI y, sorprendentemente, algunos militares radicales.

Todos ellos expresan un sentimiento de defensa de la patria, resistencia contra las presiones externas y rechazo al control de los recursos naturales por empresas multinacionales. Estos movimientos son liderados por caudillos que entran de pronto en la acción, outsiders cuyo ascenso revela una tendencia antipolítica: cuestionan el rol de los «partidos tradicionales» y condenan al «Estado criollo», constituido por instituciones divorciadas del pueblo, «corruptas y vendidas», incapaces de hablar en nombre de la sociedad civil.

Además, critican abiertamente a los medios de comunicación corporativos, a los que acusan de ignorarlos mientras la situación política es normal, y de distorsionar sus posiciones con campañas de desprestigio cuando ganan popularidad, campañas que han sido particularmente virulentas en los casos en que estos dirigentes se convirtieron en alternativa de poder (en Venezuela, contra Chávez; en Bolivia, contra Morales; y en Perú, contra Humala). Al mismo tiempo, es un dato interesante verificar que el desarrollo de internet les ha permitido apelar a formas alternativas de comunicación.Sintomáticamente, el rechazo a la democracia formal es más fuerte en el mundo andino. Con excepción de la Venezuela de Chávez, las encuestas de opinión pública indican que en el resto de los países se registra un descenso del apoyo a la democracia, que se ubica por debajo del promedio de América Latina. En 2004, mientras el promedio regional se situaba en 53% (en Venezuela ascendía al 74%), en el resto de los países se ubicaba entre 45% y 46%.

Algo nuevo

Los movimientos y líderes contestatarios son híbridos desde el punto de vista ideológico e innovadores en el aspecto político. En cuanto a sus ideas, aluden a cuestiones étnico-culturales, pero también recurren a nociones socialistas de clase social y a criterios populistas y apelan a los sentimientos patrióticos. Estas ideas no son nuevas, pero se combinan formando un todo que sí es novedoso en cuanto a su identidad. Se perciben como un pueblo excluido, con una cultura propia rechazada y diluida por la globalización, y se oponen a los que detentan el poder económico, social y político en la era neoliberal, a quienes responsabilizan por su pobreza y exclusión.

En cuanto a la política, las distancias con el pasado son más nítidas. A diferencia del populismo clásico, los socialismos revolucionarios y las corrientes indigenistas del siglo XX, estos nuevos movimientos y organizaciones tienen una fuerte presencia de dirigentes locales y regionales. En ocasiones, la autonomía es tan visible que los líderes de base pesan igual o más que los dirigentes nacionales. Sus organizaciones, como las multitudes, funcionan sin dar cheques en blanco a quienes los representan. Tienen más espontaneidad y menos cohesión, pero expresan más nítidamente la voluntad popular. En ese sentido, pesan más las organizaciones que los partidos y han superado el esquema anterior de organizaciones partidarias que buscaban «encuadrar» a las masas y enseñarles una doctrina.

En cuanto a los pueblos originarios, lo interesante es que los propios indígenas han decidido organizarse y han desarrollado la capacidad de definir sus agendas para defender sus expresiones culturales y sus formas de vida frente a las amenazas actuales. Esta posición es la que expresan organismos como la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), que se movilizó exitosamente contra los presidentes Assad Bucaram y Jamil Mahuad, y que designó a dos ministros durante el gobierno de Lucio Gutiérrez. La Conaie afirma ser «un organismo autónomo de carácter nacional, [que] no depende de ningún partido político, ni de las instituciones estatales, extranjeras o religiosas». Otro ejemplo de esto es la Confederación de Nacionalidades Amazónicas del Perú (Conap), cuyo presidente, César Sarasara, sostiene que los nativos peruanos no admiten ninguna tutela, aunque tampoco se ubican en una posición ultraindigenista. «Hemos decidido perdonar a los blancos», afirma.

Este sentimiento de afirmación étnico-cultural no se limita a lo indígena ni se encierra en él. La interpretación andina del multiculturalismo es más abierta que su versión estadounidense, ya que muestra una solidaridad hacia «los otros», aquellos que comparten su pobreza y que, a pesar de ser mestizos, mulatos o incluso de origen europeo, pueden ser incluidos o convocados en sus movilizaciones. Ciertamente, en estos movimientos también encontramos caudillismos de sabor añejo, como el de Chávez. Al enfatizar más el aspecto nacionalista que el étnico, su liderazgo presenta similitudes con el populismo militar velasquista que sacudió al mundo andino en los 70 y que promovía la unidad entre el pueblo y las fuerzas armadas y buscaba encuadrar a los de abajo desde arriba, pero movilizándolos y organizándolos. Al mismo tiempo, Chávez apoya y promueve a los movimientos étnicos, particularmente en Perú y Bolivia.Políticamente, estos líderes y movimientos son, a su modo, democráticos, tanto en su base como en su concepción de la política, que incluye la aceptación de la democracia o, en todo caso, una definición de ésta en términos participativos. Se trata, sin embargo, de fuerzas contestatarias que asumen actitudes conspirativas si el sistema no las atiende, y que no dudan en recurrir a la acción directa cuando resultan decepcionados. Felipe Quispe –dirigente del movimiento Pachacutec, jefe de la Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia y organizador del cerco aymara a La Paz de octubre de 2003 que culminó en la caída del presidente neoliberal Gonzalo Sánchez de Losada– afirmó: «Para nosotros el brazo parlamentario es uno, no más. Al lado tenemos otros, como la movilización, para conseguir que nos oigan…».

La emergencia de estos movimientos en el mundo andino puede explicarse por dos razones. En primer lugar, se apoyan en intelectuales y sectores populares que han hecho una relectura de viejas luchas y demandas surgidas en la época de la Colonia y la Independencia. En algunos casos, como los movimientos de Ecuador y Bolivia, tienen como referente común la idealización del incario y la identificación con Pachacutec, el líder que expandió el imperio inca. En Perú, esa identidad es menos evidente: en las elecciones de 2001, el presidente Alejandro Toledo, de origen quechua, se presentó como «el nuevo Pachacutec». Junto con su esposa, la antropóloga Elian Karp, Toledo planteó una estrategia de apoyo a las organizaciones étnicas, aunque tratando de encuadrarlas. Pero al mismo tiempo consolidó la continuidad económica neoliberal y decepcionó pronto a sus seguidores. De allí que el etnonacionalismo peruano se haya reagrupado en 2005 en torno a expresiones más radicales, como las que lideran Antauro y Ollanta Humala, que reivindican la «raza cobriza».

La segunda razón que explica el fortalecimiento de estos movimientos es la presencia de «amenazas externas» y el histórico rechazo al intervencionismo, especialmente el estadounidense. Este sentimiento los lleva a identificarse con el libertador Simón Bolívar, adalid de las luchas por la independencia de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. Los intentos del caudillo venezolano por construir una «Patria Grande» latinoamericana se han mantenido siempre como un sueño bolivariano, que hoy constituye un importante referente histórico para líderes como Chávez, Morales y Humala.

Estas viejas tradiciones y herencias se han activado en los últimos años en los Andes, donde emerge con más fuerza la oposición a la extensión del Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos. El TLC es percibido como consumación de la política de integración económica estadounidense y el fin del sueño de integración bolivariano. Los movimientos antitratado, más populares que empresariales, han galvanizado a diversos sectores sociales contrarios al proyecto integracionista globalizador. Al mismo tiempo, también en el área andina se han consolidado los movimientos que resisten la política de erradicación de la hoja de coca impulsada por EEUU. Fortalecidos internamente y con nuevos aliados, estos movimientos han desarrollado un nuevo discurso, que defiende el cultivo de coca como «patrimonio cultural y biológico», y han logrado generar cierta coordinación y constituirse en la base para el ascenso de líderes como Evo Morales.

La economía andina y las elites empresariales

Walter Chávez, asesor del MAS, sostiene un argumento sobre Bolivia que es válido para toda la región. «La crisis en Bolivia es política, no es económica. La gente ya no cree en los políticos. Además, la economía no marcha mal». En efecto, a pesar de las turbulencias políticas, la región andina muestra niveles de crecimiento positivos. El Producto Interno Bruto ha crecido sostenidamente, excepto en Venezuela, que mantuvo un comportamiento errático (bajo crecimiento en 2002 y 2003 y una suba en 2005). Esto se debe, sobre todo, a los términos favorables de intercambio, la alta demanda internacional de materias primas y el aumento de exportaciones a EEUU, posibilitado por el convenio de acceso preferencial para los países que colaboran en la lucha contra el narcotráfico. El crecimiento se ha combinado con bajos índices de inflación que, aun en los casos más preocupantes, solo alcanzan los dos dígitos. Ecuador muestra tasas altas en los años de crisis (22,4% en 2001 y 9,4% en 2002), y Venezuela ha tenido tasas que oscilan entre 13% y 19% entre 2000 y 2004.Pero el hecho de que los movimientos contestatarios sean principalmente una respuesta a una crisis del sistema político no implica que estén desligados de los procesos económicos. Hay que verlos, también, como el producto del impacto del neoliberalismo en la estructura social. A diferencia de períodos anteriores, los obreros y trabajadores no tienen hoy mayor presencia demográfica ni fuerza política. Las mayorías pobres son «informales» o «marginados», con amplios sectores de desempleados permanentes. Gran parte de la población carece, por lo tanto, de una inserción estructural definida.

En la región andina, el porcentaje de desempleados en 2004 oscilaba entre 8,7% (Bolivia) y 15,1% (Venezuela). Se trata de niveles de desempleo relativamente altos para una economía en crecimiento, combinados con altos niveles de informalidad, que en los países andinos superan el 50%. Esta nueva conformación estructural crea un amplio espacio para un conflicto masas-elites antes que para uno entre clases (obreros versus empresarios). Antes, las masas seguían a los trabajadores sindicalizados y a sus partidos, pero hoy ocurre al revés: los trabajadores se enlazan con las multitudes identificadas con el ideario étnico-cultural y nacionalista.

El otro cambio estructural ocurre al nivel de las elites. Si en la base de la pirámide social encontramos multitudes difusas –más masa que clase–, en la cúpula sucede lo opuesto: la nueva elite económica presenta contornos «clasistas» muy nítidos, lo que contribuye a reforzar esta nueva polaridad. Luego de la crisis de la deuda externa en los 80 y la aplicación estricta de reformas neoliberales en los 90, ha surgido una cúpula empresarial corporativizada y altamente concentrada en cuanto a la producción de bienes y servicios. Sus principales inversiones, además, se concentran en productos primarios de exportación intensivos en capital (con bajos niveles de empleo y orientados a la explotación de recursos naturales, que «irrumpen» violentando la agricultura tradicional y depredando los bosques) y en servicios básicos (telefonía, energía eléctrica, agua).

La polaridad se acentúa cuando el componente nacional en la economía se debilita. De un lado, los grupos de poder económico sobrevivientes al shock competitivo han disminuido considerablemente en número y peso. De otro, las empresas multinacionales no tienen mayores eslabones con las medianas y pequeñas empresas locales. Anotemos que el debilitamiento, o la virtual desaparición, de la burguesía nacional latinoamericana, es un proceso particularmente fuerte en Bolivia, Perú y Ecuador, por la propia brutalidad con que se impuso el neoliberalismo y por una mayor debilidad relativa histórica del capital nacional.

Así se crean las condiciones que agudizan los radicalismos. Los movimientos contestatarios indígenas o nacionalistas perciben a la nueva clase empresarial como excesivamente privilegiada, foránea, concentrada en la explotación de materias primas que consideran propias. En este contexto, el debilitado capital nacional no modera el extremismo neoliberal, mientras la mayoría de la población vive en la penuria del desempleo y la incertidumbre de la informalidad. Percibe los abusos de las grandes corporaciones en materia de tarifas de servicios básicos y la «captura» del Estado por parte de las elites económicas.

Temores empresariales

La luna de miel entre la empresa y el Estado ha terminado. Dada su variada, difusa, y por momentos convergente base social y organizativa, y teniendo en cuenta su carácter impredecible, los nuevos movimientos sociales andinos y sus líderes carismáticos, ya sean predominantemente étnicos o nacionalistas, representan un problema para los empresarios: originan una escalada del conflicto social y, cuando acumulan poder, pueden dar lugar a una alteración de las «reglas del juego» neoliberales y generar escenarios de ingobernabilidad.

El estallido de los conflictos sociales es un indicador de los límites de las políticas empresariales y gubernamentales de la era neoliberal. A pesar de los intentos de focalización del gasto social y de los programas de responsabilidad social corporativa, que en un principio constituyeron una novedad, no tardaron en emerger tensiones y enfrentamientos de base más amplia, tanto en zonas rurales como urbanas. En el campo, un elemento activador fueron los cocaleros, mientras que en la ciudad aparecieron reclamos dispersos pero crecientes de nueva base. Por ejemplo, protestas de pensionistas y consumidores de servicios básicos (según el proceso de privatización en cada país), además de las tensiones suscitadas por los viejos sindicatos y organizaciones varias (ambientalistas, defensoras de los derechos humanos, feministas).

Cuando la protesta social se tornó amenazante, aparecieron las condenas mediáticas a lo que los empresarios y la prensa definieron como «ruido político» o demandas «irracionales». Las elites intentaron aislarlos e instaron a los gobiernos a controlar con mano firme a los revoltosos, para que no afectasen al mercado, cuyas reglas fueron presentadas como intocables. Esto fue un gran error, ya que aquí es donde no solo el Estado, sino también los partidos y los medios de comunicación, dejaron gradualmente de representar y mediar en los problemas sociales. Al debilitarse el sistema de representación de intereses y de respuesta institucional a las tensiones sociales, se fue abriendo un espacio mayor para el campo contestatario.

En cuanto a su proyección, y según el tiempo político de cada país, es evidente que en todos los casos experimentan una evolución: pasan de ser movimientos sociales a fuerzas políticas. Cuando llegan a ese punto, son capaces de ejecutar ofensivas coordinadas, con posibilidades de sacudir gabinetes y hasta gobiernos, e incluso ganar elecciones. Todo ello se constituye en fuente de incertidumbre para los intereses económicos.

Frente a este contraciclo político, la clase empresarial corporativa, aquella que hoy comanda la economía, adopta diversas tácticas, que oscilan entre la confrontación abierta (como sucedió en el intento de derrocamiento de Chávez), la cooptación (como ocurrió con Gutiérrez, impulsándolo a girar a la derecha) y hasta la negociación (que puede ser el caso de Bolivia, donde se aceptaron reformas a cambio de ciertas garantías, y Perú, si ganase Humala). La variación táctica se explica por un hecho curioso: los empresarios no pueden recurrir al golpe de Estado para recuperar el poder, y los movimientos contestatarios no pueden romper relaciones con el sector privado, ya que se quedarían sin futuro económico.

En el caso de Venezuela, Pedro Carmona y Carlos Fernández, dos dirigentes de Fedecámaras, el gremio de gremios empresarial, estuvieron directamente involucrados en los «paros cívicos» de la clase media y alta de diciembre de 2001, abril de 2002, diciembre de 2002 y febrero de 2003. Con sus tácticas de oposición abierta, alcanzaron un resultado tan breve como trágico. Carmona logró destronar a Chávez y se convirtió en presidente por solo 48 horas, en abril de 2002. Frente a una revuelta popular, y en el contexto de una división de los militares, el presidente-empresario se vio obligado a dimitir. La consecuencia ha sido un chavismo fortalecido. Los altos precios del petróleo y el hecho de que la gran empresa privada no domina la economía venezolana también han jugado a favor del mantenimiento de Chávez en el poder, ya que es el Estado el que conserva el control de los recursos energéticos.

Ante el fracaso de la conspiración elitista, la Venezuela de Chávez ha desarrollado una agresiva política exterior de apoyo a Cuba, al Mercosur y a dirigentes como Morales en Bolivia y Humala en Perú. Su posición opositora y crítica en la IV Cumbre de las Américas de Mar del Plata, en noviembre de 2005, terminó predominando sobre las posturas de apoyo al libre comercio del presidente George Bush (h). Venezuela se ha convertido, de este modo, en un gran dolor de cabeza empresarial y estadounidense.

A diferencia de Venezuela, en el caso de Ecuador la táctica elitista y empresaria se ha basado en la cooptación, aunque ello no permitió estabilizar la situación política. En 1999, el caudillo militar Gutiérrez, junto con la Conaei y el movimiento Pachakutic, provocó una crisis que llevó a la caída del presidente Mahuad y a la elección de Gutiérrez como jefe de Estado al año siguiente. Debido a su errada política de alianzas con la derecha, y a pesar de haber dividido al movimiento indígena, Gutiérrez no permaneció mucho tiempo en el cargo. Su pacto con el corrupto ex-presidente Bucaram generó como respuesta la «revuelta de los forajidos». Luego de que los movimientos indígenas finalmente le quitaran su respaldo, Gutiérrez terminó fugándose del país. Su sucesor, el presidente Alfredo Palacio, es débil. En esta perspectiva, Ecuador se ha convertido en un caso de inestabilidad sistémica, donde los reclamos de los gremios empresariales por «estabilidad de las reglas del juego» expresan más un temor que una posibilidad.

Perú ha permanecido relativamente estable bajo la presidencia de Toledo quien, a pesar de sus orígenes andinos, funciona como un escudero empresarial. Más que un Inca, ha sido un Felipillo, es decir, un traductor que sirve a los conquistadores. Sintomáticamente, fue aclamado en la conferencia empresarial CADE 2005 con el argumento de que permite que la política no se entrometa en la economía. Su popularidad, sin embargo, es considerablemente baja.

Comparado con el resto de los países, Perú es un caso intermedio, un campo de batalla entre viejas y nuevas fuerzas, entre neoliberales y nacionalistas. Las elecciones de 2006 pueden ser una sorpresa. Junto a los candidatos de partidos populistas como el APRA y Acción Popular, cuya vitalidad es un indicio de que el sistema de partidos no ha colapsado, ha aparecido la figura de Humala y su Partido Nacionalista. Este militar outsider encabeza una exitosa candidatura. Como Morales en Bolivia, goza de fuerte apoyo cocalero y está conectado con Chávez. Luego de que los medios de comunicación conservadores lo calificaran de «violento», y después de haber generado una caída de los índices de la Bolsa de Valores de Lima cuando se anunciaron las primeras encuestas que indicaban su espectacular crecimiento, Humala ha optado por dialogar. Los empresarios también. El contacto comenzó a través del intelectual neoliberal Hernando de Soto y se ha prolongado en sigilosas reuniones. Mientras tanto, la Confederación Nacional de Instituciones Empresariales Privadas (Confiep) guarda un prudente silencio. Si Humala gana las elecciones, estos contactos bien pueden ser indicio de una cooptación o de una negociación. En público, Humala ha insistido en su intención de renegociar los contratos de las empresas privatizadas y anunciar impuestos extraordinarios a la minería, alterando de ese modo las reglas del juego establecidas por Fujimori y mantenidas por Toledo.

Bolivia es el caso más crítico: se trata de una victoria del MAS ocurrida luego de varias «guerras» (la del agua, la del gas y la última, contra la «democracia pactada»). Presenta, también, la peculiaridad de varias tácticas empresariales. La Confederación de Empresarios Privados de Bolivia, más ligada a la ciudad de La Paz, ha reclamado con preocupación el «respeto a las reglas del juego» y la generación de condiciones para mejorar o recuperar la inversión privada. Dado que se han agotado los distintos diques de contención contra Morales, optan por una postura pragmática y de diálogo. En el caso de los empresarios cruceños, la confrontación tiende a predominar y podría dar lugar al separatismo si no se maneja bien. Mientras tanto, Morales ha sostenido, sin revelar cómo conseguirlo, que quiere un gobierno con «socios y no con patrones». Insiste en nacionalizar el gas, pero no quiere ahuyentar la inversión privada.

Reflexiones finales

A pesar de sus limitaciones, y por contar con una amplia base democrática, lo cierto es que estos cóndores etnonacionalistas son capaces de producir un fuerte dolor de cabeza a las elites que hasta hace poco tenían el manejo de los destinos de los países andinos, y que operaban bajo las alas del águila americana. La fuerza de los cóndores se está extendiendo, aunque los casos muestran variaciones y el futuro en muchos casos es incierto.

Hay limitaciones evidentes. Las nuevas organizaciones son bastante autónomas, existen múltiples polos de apoyo y las movilizaciones tienen una fuerte dosis de espontaneidad. Sus expresiones políticas están marcadas por el caudillismo personalista, cuya relación con las bases no es sólida. Su poder se construye tan rápidamente como se disipa. Y, cuando llegan al gobierno, salvo que tengan la opción de nacionalizar recursos clave para que se conviertan en el sostén del Estado, deben entenderse de una u otra manera con las elites que manejan la economía de mercado, o pagar el precio de un declive económico.

Colombia es la excepción, por la peculiaridad de sus conflictos y la mayor fortaleza de su sistema político. Chile es «otro planeta», ya que su sistema económico y político funciona mejor. Sin embargo, en el resto del mundo andino la tendencia antisistema es clara. Y es así debido a la contundente victoria de Morales en Bolivia, la consolidación de Chávez en Venezuela y el espectacular ascenso electoral de Humala en Perú. En Ecuador ha ocurrido una relativa recuperación elitaria del poder político, pero la situación no es estable y el país bien puede quedar atrapado en un empate político. Desde el punto de vista de la política exterior, se está formando un eje andino contestatario bajo el liderazgo de Venezuela, conectado con la Cuba de Castro y con posibles extensiones a los países del Cono Sur: el área andina escapa cada vez más a la influencia de Washington.

El futuro de este fenómeno político es difícil de predecir, no solo por lo difuso de sus movimientos y el carácter caudillista de sus dirigentes. También, y principalmente, por razones económicas: carecen de un plan que compatibilice sus objetivos sociales con la dinámica de mercado, no han definido una forma –acorde con sus postulados nacionalistas y de defensa cultural– para insertar a sus respectivos países en la globalización y, finalmente, puede suceder que el boom llegue a su fin y el panorama económico se complique.

Por el momento, los cóndores seguirán volando sobre los Andes, indicando que son un fenómeno propio de sociedades elitarias enfermas, en busca de una cura popular, cuyos efectos, si aquélla se aplicara, son desconocidos. En este contexto, a las elites económicas parece no quedarles otra opción más que hablar y perder algo, o no negociar y perderlo todo.